Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Para una historia política del trabajo

"Globalización" y "neoliberalismo" son términos que en las últimas dos décadas ganaron la primera fila a la hora de explicar los procesos de transformación sociopolítica y económica. Entre ellos, las transformaciones operadas en el trabajo. Usados como sustantivo o adjetivo ("globalización neoliberal" o "neoliberalismo globalizado", por caso), ambos dan lugar a argumentos simétricamente opuestos: en el primer caso, todo es nuevo con eso que llamamos globalización y neoliberalismo; en el segundo, en cambio, se trata de términos que sólo definen la fase actual de lo ya conocido: el sistema capitalista.

La relación entre trabajo y política ilustra estas dos posiciones mejor que ninguna otra: para la primera, las categorías "capital y trabajo", "lucha de clases" y "plusvalía", que en el ciclo anterior guiaban buena parte de los análisis, ya no sirven para entender lo que pasa. Para la segunda, sólo hay capital y trabajo; globalización y neoliberalismo no son otra cosa que un capítulo más de la lucha de clases, y de lo que se trata es de verificar cuánto ha aumentado la plusvalía.

Pero una historia política del trabajo requiere reconocer en él dos pilares: en primer lugar, el trabajo ha sido y es la vía legítima de satisfacción de necesidades, ya que es a cambio de él que los no propietarios obtienen un ingreso. Fue el reconocimiento del carácter productivo del trabajo (el hecho de que agrega valor) lo que lo convirtió en algo apreciado por las sociedades, para las que no daba lo mismo que la gente trabajara o no, ya que el trabajo de sus miembros es la fuente de generación de riqueza. Dicho de otro modo, ese interés de la sociedad por el trabajo de sus miembros fue una condición para que se convirtiera en cuestión política, y por lo tanto en objeto de acción estatal legítima.

Marca de época

A treinta años de "la crisis de los '70", no cabe duda de que se vive una ofensiva del capital contra el trabajo, así como que éste viene perdiendo la partida. Quienes ven en esto una fase más de la lucha de clases aciertan al señalar que, aun con lo perturbadores que son para la vida individual y colectiva, esos procesos alrededor del trabajo no son de una naturaleza diferente a otros procesos de fortalecimiento económico, social y jurídico del capital. En otras épocas aumentó el desempleo (en las sociedades capitalistas no hay riesgo más cierto que el de la desocupación), bajó el salario real, aumentó la tasa de ganancia por subas de la productividad no trasladadas a salarios, o se aplicaron durísimas legislaciones laborales. También quienes afirman que hay "algo distinto" en esta época dicen una parte de verdad, aunque se equivocan al identificar ese "algo": la marca de época no se encuentra en la "naturaleza económica", sino en lo que el trabajo tiene de político.

Bajo la invocación de la globalización y del progreso técnico, el neoliberalismo tuvo éxito en poner en cuestión la condición productiva del trabajo; es decir, en dudar de la necesidad (social) de trabajo para crear riqueza ("ya ven, ahí están las fabulosas tasas de desempleo para demostrarlo"); y, al hacerlo, cuestionó su utilidad social. Por supuesto, el neoliberalismo no inventó el argumento de que puede prescindirse del trabajo humano, interpretación que está en la base misma del sistema capitalista, del mismo modo que la compulsión del capital de expulsar trabajo del proceso productivo. Pero con la oleada globalizadora surgieron condiciones favorables para instalar esas "razones" en el sentido común, presentarlas como "evidentes por sí mismas" y quebrar la resistencia de movimientos sindicales, sociales y políticos diversos.

El neoliberalismo alcanzó entonces relativa hegemonía al privar al trabajo del reconocimiento de su carácter productivo, conservando sólo el significado de sostén para los individuos que, ante su "falta", pierden sus medios de vida. Tener o no tener trabajo se convirtió en la frontera entre "pertenecer y no pertenecer" a la sociedad, entre la inclusión y la exclusión social.

Durante los '90, Argentina fue escenario de ese proceso de transformación material y simbólica del trabajo, con una velocidad nada común en la experiencia internacional: en pocos años, el término "desempleado" perdió su condición de adjetivo (trabajador desempleado), devino un sustantivo y los desempleados pasaron a ser superfluos social y económicamente e invisibles políticamente. ¿Qué otra cosa, sino convertirse en no-sujetos, podía suceder con quienes son portadores de algo carente de utilidad social? Véase a los movimientos de desocupados: máximos exponentes de la visibilización social y política, sólo pueden hacerse ver por una acción "extra-muros" a esa condición.

Como en una pesadilla

Si de rastrear una historia política del trabajo se trata, debe admitirse que esto no sucedió naturalmente, ni fue obra de un sector empresario, o de sus intelectuales ocupando en soledad la escena política y social. Sucesivos elencos gubernamentales, no sólo la dictadura militar (1976/83), dieron forma a eso que Estela Grassi ha llamado "el trabajo a cualquier precio y en cualquier condición" 1: legalización del trabajo no protegido (¿fue otra cosa la flexibilización menemista?) y "planes sociales de empleo" cuya nula productividad era evidente y que, más que nada, tenían como propósito que los desempleados mostraran su disposición a ganarse el pan. Está claro que son dos universos (elencos gubernamentales-empresarios y sus intelectuales) de fronteras difusas: en especial durante el menemismo, la pertenencia simultánea fue la norma, aunque eso fue sólo la expresión en el nivel individual de un Estado que se tornaba menos contradictorio y más puramente capitalista.

Pero tampoco "los gobiernos" hicieron esto sin colaboración: el sindicalismo argentino, casi ontológicamente incapaz de desplegar prácticas inclusivas e impulsoras de solidaridades de clase (o más amplias, al menos), se atrincheró detrás de prerrogativas para las organizaciones sindicales: obras sociales, fondos de jubilaciones, cláusulas obligacionales en las paritarias, etc. 2, desentendiéndose de necesidades y demandas relacionadas con las condiciones de trabajo y de vida. Peor aun, defendió buena parte de esas prerrogativas a cambio de protecciones y derechos de los trabajadores.

No es posible profundizar aquí en el capítulo político-institucional de una historia política del trabajo en Argentina, que pondría a la luz todos estos factores y otros más. Sí, en cambio, advertir que aquella resignificación (el trabajo como de interés sólo para las personas) y estas prácticas políticas y sindicales produjeron la más fabulosa transformación regresiva de que se tenga memoria: convirtieron al trabajo en ayuda, en asistencia, en un favor del empresario al trabajador. Como en un sueño -o mejor una pesadilla- las personas "piden" trabajo y deben demostrar que lo merecen, o quedarán condenadas a la ilegalidad y la indecencia.

Este ha sido el gran triunfo del capitalismo en el ciclo de los '90, cuya importancia radica en su capacidad para reorganizar a largo plazo la lucha social y política, ya que trasciende a ocasionales nuevos gobiernos y a nuevas composiciones de las dirigencias sindicales. No es que dé lo mismo cualquier política, por supuesto: hay una distancia abismal entre aquella flexibilización desvergonzada y el "Plan de Regularización del Trabajo" del actual gobierno. Tampoco da lo mismo cualquier dirigencia: en estos años se fue recomponiendo laboriosamente otro sindicalismo, heredero de otras tradiciones, dispuesto a habitar el escenario de otro modo. Pero es preciso asumir la magnitud del retroceso, para ponderar el camino a recorrer.

Como siempre, la historia política del trabajo adquiere su plena significación al pensarse el presente y sobre todo el futuro del trabajo. A la vista de las transformaciones y del "sentido común" actuales, es probable que los proyectos genuinamente alternativos deban ser radicales, porque estarán obligados a empezar por reconstruir la definición misma del trabajo, del trabajador y de sus derechos. Lo que implica replantear los contenidos de un orden socialmente deseable.

  1. Estela Grassi, Políticas y problemas sociales en la sociedad neoliberal. La otra década infame, Espacio Editorial, Buenos Aires, 2003.
  2. Cláusulas contenidas en las convenciones colectivas, que establecen aportes complementarios o suplementarios que las empresas deben hacer a los gremios, además de los realizados al sistema previsional, de seguridad social, etc. C. Danani, "La construcción sociopolítica de la relación asalariada: obras sociales y sindicatos en la Argentina, 1960-2000", Tesis de Doctorado UBA, Bs. As., 2005.
Autor/es Claudia Danani
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 85 - Julio 2006
Páginas:9
Temas Neoliberalismo, Política, Trabajo