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Mito fundacional y autonomía militar

Oficialmente, la historia orgánica del Ejército Argentino comienza con la Proclama de Reglamentación de las Milicias, que el titular del Departamento de Gobierno y Guerra de la Primera Junta, el abogado Mariano Moreno, firmara el 29 de mayo de 1810. Según esta datación, el Ejército comenzó con la Patria. Sin embargo con el correr del tiempo ese paralelismo de orígenes no pareció legitimación suficiente y echando mano a una peculiar interpretación histórica del período de las Invasiones Inglesas (1806-1807), se instaló un nuevo mito fundacional: el Ejército como institución precedente a la Patria.

Otras lecturas, menos hagiográficas, creen ver, por ejemplo, los orígenes institucionales del Ejército en antecedentes tales como el Decreto de Bartolomé Mitre del 3 de octubre de 1862, donde el triunfador de Pavón, en su carácter de gobernador de Buenos Aires y encargado del Poder Ejecutivo Nacional nacionalizaba el Ministerio de Guerra y Marina de la Provincia de Buenos Aires, unificando bajo un solo mando las fuerzas del Estado de Buenos Aires y de la Confederación Argentina.

Doscientos, ciento noventa y seis o ciento cuarenta y cuatro años... ¿tiene sentido esta polémica más allá de los preciosismos de la arqueología militar? Seguramente, si se la enmarca en el análisis de uno de los fenómenos clave de la historia argentina moderna y contemporánea: la autonomía militar. 

Uno de los requisitos básicos para la existencia de un Estado Moderno (requisito de Estatidad), es la aparición de un sistema de funcionariado diferenciado que garantiza el cumplimiento de los servicios públicos indelegables. De ellos, ninguno es más típico que el de gestionar los Sistemas de Defensa, en particular si se toma la definición weberiana de Estado como aquella organización que monopoliza la violencia legítima.

En un Estado de Derecho democrático estos aparatos burocráticos se encuentran bajo el doble control de las leyes y la racionalidad de sus agentes. Estos últimos son imaginados como formando un sistema profesional, neutral, abstracto y meritocrático, atento sólo a que el mejor resultado posible de su especialización parcial garantice el funcionamiento del todo.

El sistema borbónico

Esta es al menos la teoría; la práctica, como siempre, suele seguir otros derroteros. En la realidad estas estructuras funcionan como una mezcla variable de rutinas, tradiciones, innovaciones, ambiciones y liderazgos. Una cultura organizacional en suma que, en las organizaciones verticales y altamente jerarquizadas, tiende a ser endógena, autorreferenciada y autorreproductiva. Todo lo cual suele llevar a confundir misiones y funciones legalmente asignadas por otras autoimpuestas; a ver el todo a través de la imagen limitada de la parte. 

Esta deformación burocrática se denomina autonomía, y en el caso del actor militar lleva a confundir a las Fuerzas Armadas con el Estado y a suponer que los intereses particulares de la maquinaria militar son los intereses colectivos de la Nación.

En esa óptica resulta de particular importancia definir cómo se ve una institución a sí misma. Si su existencia es previa a la del Estado y además su creadora, está claro que no se encuentra atravesada por la ley y que sus miembros, al menos simbólicamente, ostentan un poder fundacional: como diría Gianfranco Pasquino, "con características de casta y de culto, de autoridad y de fe" 1.

Para una correcta comprensión de esta visión, es necesario analizar el sistema militar borbónico vigente en el Virreinato a comienzos del siglo XIX. Las Ordenanzas de Carlos III, que reglaban el sistema militar, se basaban en la coexistencia de dos estructuras: Ejército Veterano y Milicias. El primero era permanente y profesional, formado por una oficialidad de carrera. Se requería para ingresar ascendencia nobiliaria, "hijodalgo notorio", o padre con al menos el grado de Capitán o abuelo con el de Teniente Coronel. Inclusive los soldados rasos debían ser, según las mencionadas Ordenanzas, "sin vicio indecoroso ni extracción infame, como mulato, gitano, verdugo, carnicero de oficio, etc." 2.

La segunda era transitoria, no profesional y de reclutamiento civil obligatorio. Se trataba de vecinos que recibían entrenamiento (denominados Asambleas) fuera de horarios laborales, generalmente una hora los domingos, y que sólo cobraban sueldo en la esporádica posibilidad de salir en campaña.

En 1801, en el territorio del Río de la Plata sólo existían dos Regimientos Veteranos, uno de Infantería y otro de Dragones (infantería montada); así como un pequeño núcleo de Artillería (Real Cuerpo de Artillería). En total apenas tenían en torno a un 50% de su planta teórica, es decir 1.335 efectivos, en lugar de los 2.785 preceptivos.

El Regimiento de Infantería de Buenos Aires, o Fijo (ese apelativo indicaba que un oficial podía hacer su carrera permanente dentro del mismo), una unidad de origen español, fue creado en 1789 sobre la base del III Batallón de Infantería de Burgos y 374 de sus soldados presentaban el curioso origen de "vagos de leva honrada". Siempre tuvo problemas muy serios de reclutamiento, aun para sus oficiales.

Al producirse las Invasiones Inglesas, el resto de las estructuras militares eran milicianas, entendiéndose por ello españolas en un sentido amplio (tanto de origen europeo como americano) al estar formadas por individuos de tez blanca, salvo una unidad de artillería remontada en Paraguay de "morenos y pardos libres".

Es de hacer notar que en las primitivas milicias, anteriores a la creación del Virreinato del Río de la Plata (1776) existieron en Buenos Aires cuerpos de Negros Libres, Indios Guaraníes, Pardos e Indios Ladinos (esto es, hispanohablantes). Sobre estas unidades, llamadas genéricamente de castas, señala el coronel Juan Beverina que "no contaban con un solo oficial ni suboficial veterano por la repugnancia de los blancos (o de sangre limpia), de pertenecer a unidades integradas por indios y demás elementos bajos de la sociedad" 3. En 1793 la presencia militar de las castas había quedado reducida a dos compañías de Maestranzas de Negros y Mulatos.

Otra particularidad eran los Regimientos de Blandengues, unidades especializadas en la lucha contra los indígenas en las imprecisas fronteras con los pueblos originarios, que se desarrollaron a partir de milicias voluntarias de caballería local (Santa Fe, 1725) y terminaron permanentes y rentadas, siendo consideradas veteranas, pero no parte natural del Ejército regular.

El mal desempeño de este sistema durante la Primera Invasión Inglesa (1806), llevó al Comandante General de Armas de Buenos Aires, Santiago de Liniers, a reformarlo aprovechando el clima de movilización popular. Liniers profundizó el servicio miliciano, pero como prestación voluntaria.

Este nuevo voluntariado tenía una serie de particularidades. Se organizaba por lugar de nacimiento (distinguiendo entre criollos y peninsulares); sus jefes eran electivos y mayoritariamente sin experiencia militar previa: Cornelio Saavedra, jefe de la emblemática Legión de Patricios, era un comerciante potosino que había hecho carrera como funcionario a cargo de pesas y medidas en el Cabildo de Buenos Aires. Al ampliarse las bases de reclutamiento (Cuerpo de Artillería de Indios, Pardos y Morenos; Batallón de Naturales, Pardos y Morenos de Infantería; Cuerpo de Quinteros y Labradores e inclusive un Cuerpo de Esclavos), sus miembros representaban a una mayor cantidad de sectores sociales que las milicias clásicas. Al ser acuartelados -a partir del 2 de mayo de 1807- los cuerpos voluntarios comenzaron a cobrar sueldo, siguiendo en este punto la práctica en campaña de las milicias borbónicas.

La evolución de esta novedosa estructura siguió los vaivenes políticos posteriores. Fracasado el intento de insurrección de Álzaga contra Liniers, éste se apoya en las milicias americanas y la mayoría de las de origen español fueron disueltas. El virrey Cisneros trató de reequilibrar esa situación, pero con éxito limitado.

Sociedad militarizada

La idea de que estos cuerpos formados al calor de una movilización general, interclasista, voluntaria y transitoria, puedan visualizarse como las raíces de un ejército institucional profesional y permanente, capaz de actuar con suficiente autonomía como para construir un Estado-Nación, es por lo tanto simplemente ficcional. Más que el núcleo de un ejército moderno, aquello se parecía a una leva en masa, producto de una amenaza externa. De hecho ésa era la opinión de sus organizadores. El acta de la Junta de Guerra del 12 de junio de 1807 decía "las tropas levantadas para la defensa de esta capital después de su reconquista no son milicias regladas, sino unos cuerpos voluntarios formados por la necesidad".

Que esa experiencia histórica fuera seguida en el corto plazo por el vacío de poder producido por el colapso del centro imperial, y que los procesos de militarización se aceleraran dando comienzo a un ciclo de guerra y revolución, es otra historia. Pero aun en esos procesos, lo que hubo fue una sociedad militarizada en su conjunto; lo contrario de un Ejército como actor autónomo.

De los miembros de la Junta de Mayo, uno solo, Miguel de Azcuénaga, es lo que podríamos decir un militar profesional, el resto son civiles que han asumido roles militares. Un claro ejemplo de esto es lo que ocurrió con el Regimiento Fijo. Esta unidad fue aparentemente disuelta, pero realmente reabsorbida en el recientemente creado Regimiento de La Estrella o de América. Su jefe es Domingo French, el viejo agitador de los Chisperos, convertido en coronel, que se constituirá en el brazo armado de la política morenista.

El famoso decreto de Moreno del 29 de mayo de 1810 (de Reglamentación de las Milicias) no crea un nuevo ejército, se limita a elevar a categoría de regimiento a los batallones milicianos preexistentes. Es dable considerar que esta nueva nomenclatura buscaba legitimar la vocación de poder de Buenos Aires con respecto a las demás provincias del Virreinato, presentándose como los herederos de la vacancia de Fernando VII. La lógica es sencilla: los regimientos son Reales y las milicias, por definición, provinciales o locales.

Siguiendo esta óptica de análisis los regimientos de Buenos Aires con pretensión de Ejército Veterano desaparecen después de la derrota del Partido Unitario en 1820 (causada de hecho por la sublevación de esas unidades en Rancagua y Arequito). Es tan total su retorno a la provincialización, que el Ejército de los Andes de José de San Martín, en su tránsito chileno- peruano pasa a considerarse administrativamente dependiente de la Provincia de Buenos Aires.

Todo el período posterior de guerras civiles se hará sobre la base de milicias, mejor o peor regladas. Montevideo durante el Sitio Largo (la Nueva Troya) es defendida por Legiones italianas y francesas. En la batalla de Caseros (febrero de 1852), Rosas manda batallones de infantería formados por los empleados municipales encargados de cobrar la contribución de los serenos. En los combates de Los Corrales y Puente Alsina (1880), Carlos Tejedor utiliza al Cuerpo de Bomberos, dotado con cañones Krupp.

El verdadero ciclo de formación del Ejército como estructura moderna se inicia con la victoria de Buenos Aires sobre la Confederación. Recién después de la reorganización militar, producto del triunfo mitrista en Pavón, comienza a contarse con la base de una estructura de Ejército Nacional, que se concretará con la ley del 11 de octubre de 1869, con la que Domingo Faustino Sarmiento crea, en la antigua casa de Rosas, el Colegio Militar.

Por lo tanto el egreso de su primera promoción (1873) y las batallas libradas en 1880 por la federalización de la ciudad de Buenos Aires, al comando de Julio A. Roca, son las verdaderas actas fundacionales del Ejército Argentino profesionalizado como tal. Es entonces cuando se debe ubicar su verdadero nacimiento institucional.

  1. Gianfranco Pasquino, Nicola Matteucci y Norberto Bobbio, Diccionario de Política, Siglo XXI, México, 1997.
  2. Coronel Juan Beberían, El Virreinato de las Provincias del Río de la Plata. Su Organización Militar, Círculo Militar, Buenos Aires, 1992, pág. 226.
  3. Ibidem, pág. 271.
Autor/es Martín Grass
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 85 - Julio 2006
Páginas:10,11
Temas Historia
Países Argentina