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Recuadros:

En Asia faltan mujeres

En muchos países asiáticos las desigualdades sexuales llegan a afectar el equilibrio demográfico. De no mediar la intervención humana, habría  90 millones más de mujeres. Aborto selectivo, malos tratos a niñas y mujeres, política del hijo único en China, presiones para controlar los nacimientos, llevaron a esta situación inédita en el mundo. Las razones son políticas, económicas, sociales, culturales y religiosas.

"¿Qué tipo de mujer quiero?", se asombra un joven chino de unos treinta años. "¡Qué importa! Es tan difícil conseguir una mujer ahora. ¡Quiero una, eso es todo!" 1. En ciertos países de Asia, conseguir esposa ya no es asunto sencillo. Se estima que a partir de 2010, más de un millón de chinos quedarán solteros cada año, a falta de mujeres. La escasez de mujeres casaderas hace que, por ejemplo, en algunas aldeas del Estado indio de Punjab (en el norte) haya hombres que salen a recorrer los Estados vecinos, como Rajastán u Orissa, en busca de una esposa.

India y China, que en conjunto representan más de la tercera parte de la población mundial (37%), comparten en efecto una característica cuando menos atípica: un déficit de mujeres. Sin embargo, esta anomalía demográfica está lejos de concitar la atención que merece, y la primera voz de alarma, emitida en 1990 por Amartya Sen, economista indio ganador del Premio Nobel de Economía en 1998, no tuvo eco: "Actualmente, están faltando más de 100 millones de mujeres" 2 en el mundo, la enorme mayoría en China e India.

En una población dada, cuando hombres y mujeres reciben un tratamiento igualitario, si las mujeres no tienen mayor propensión a migrar que los hombres, lo normal es que ellas sean mayoría. Si Asia registrara, de acuerdo a esta regla general, una leve preponderancia femenina, contaría con unos noventa millones de mujeres suplementarias, más del doble de la población argentina.

Contra la norma biológica

China, que hasta hace 30 años seguía imponiéndose como honrosa representante del comunismo mundial, ferviente defensora de la igualdad de los sexos, se convirtió en uno de los países del mundo donde, en el nivel demográfico, la discriminación hacia las mujeres es más marcada. Como reverso de su liberalización económica y social, resurgen en este país las relaciones de poder tradicionales, inconteniblemente desfavorables a las mujeres. India, gran potencia económica emergente -que ocupa hoy el séptimo lugar entre las potencias industriales del mundo- también discrimina a las mujeres.

Junto a estos dos gigantes, Pakistán, Bangladesh, Taiwán, Corea del Sur y, en menor medida, Indonesia -países que, por sí solos, reúnen 3.000 de los 6.500 millones de habitantes del planeta- también están afectados. La eliminación de las niñas mediante abortos selectivos; el desigual tratamiento en la infancia según se trate de niñas o varones; el estatuto social de segunda clase y las malas condiciones sanitarias que originan una mayor mortalidad femenina en la infancia y la adultez, son otras tantas particularidades que contribuyen al déficit de mujeres.

La estructura por sexos de una población depende, por un lado, de la proporción de cada sexo en el nacimiento y, por otro, de la frecuencia de los decesos de hombres y mujeres en las distintas edades de la vida. En épocas normales, es decir, cuando ninguna forma de intervención humana altera el efecto de estas leyes, se observa una proporción de varones levemente superior a la de las niñas en el momento de nacer y una mayor mortalidad de los varones en todas las etapas de la vida, que viene a compensar de modo natural el excedente de varones en el nacimiento (ver recuadro, pág. 30). Pero en muchos países asiáticos las prácticas sociales contrarrestan una u otra de estas leyes y a veces incluso ambas. Nacen entonces menos mujeres de las que deberían y mueren más de las deseable, por lo que la proporción de hombres aumenta.

En el nivel mundial, la norma biológica -alrededor de 105 nacimientos de varones por cada 100 de niñas- se cumple con una notable regularidad. Y las desviaciones son reducidas; el nivel más bajo se observa en Ruanda, donde nacen 101 varones por cada 100 niñas, y el más alto, fuera de los países asiáticos, es de 108 varones, en Surinam.

En varios países de Asia, la realidad es muy distinta. Si bien no debe excluirse, por supuesto, la influencia de los factores biológicos, genéticos y ambientales que habitualmente se alegan para explicar las diferencias entre países, en ningún caso bastan para explicar la tendencia registrada en los últimos veinte o veinticinco años. En China, India, Corea del Sur y Taiwán, varones y niñas nacían en proporciones normales a principios de los años '80. Pero a partir de entonces, con el descenso de la fecundidad, se exacerba la preferencia tradicional por el hijo varón, que empieza a suplantar a las leyes biológicas, rompiendo de ese modo el equilibrio natural.

Los progresos tecnológicos ya hacen posible incidir en el sexo de la propia descendencia. Tras algunos meses de embarazo, la futura madre se hace una ecografía o una amniocentesis. Si es varón, puede volver a casa y esperar pacientemente el feliz acontecimiento. Pero si es niña, aparece el dilema: si la conservamos, ¿tendremos otra oportunidad de tener un varón? ¿Podremos eventualmente hacer frente al aumento constante del costo que implica mantener a varios niños? Por supuesto, antes que tener que renunciar a un hijo varón, las parejas deciden deshacerse de la indeseable niñita, y la mujer aborta. Así es como en China el excedente de varones en el nacimiento está hoy un 12% por encima del nivel normal; en India, en un 6% (ver recuadro, pág. 30). En Corea del Sur, una vez superado el paroxismo de mediados de la década del '90 (115 varones por cada 100 niñas), la situación empieza a mejorar, con 108 varones en 2004.

Desde hace poco, este fenómeno se propaga hacia otras partes del continente. Una de cada dos provincias vietnamitas registra actualmente más de 110 nacimientos de varones por cada 100 de niñas. En los países del Cáucaso (Azerbaiyán, Georgia, Armenia) esta proporción aumentó bruscamente desde mediados de los años '90, hasta alcanzar niveles comparables a los de ciertas regiones de China e India (ver recuadro, pág. 30). Sin embargo, en los países vecinos de Rusia, Ucrania, Irán o Turquía, se mantiene el equilibrio.

En Indonesia, la proporción de varones entre los niños menores de un año, que en 1990 seguía siendo normal, pasó diez años después a 106,3. Una acelerada masculinización, que se manifiesta en la aparición de un déficit de mujeres, al que empieza a contribuir el desequilibrio de los sexos en el nacimiento, además de una emigración femenina masiva, en especial hacia Arabia Saudita 3.

Los factores que se combinan para privilegiar a los hombres y maltratar a las mujeres son complejos. Pero las sociedades asiáticas que presentan un déficit de nacimientos femeninos tienen en común una fuerte preferencia por los hijos varones, que exacerba la reciente disminución del número de hijos. En China, a causa de la política autoritaria de control de la natalidad, el promedio de hijos por mujer cayó de más de cinco a principios de los años '70 a menos de dos en la actualidad. En India está a punto de caer por debajo de la barrera de dos hijos, contra también más de cinco hace 20 años. En Corea del Sur y Taiwán, las mujeres están teniendo un promedio de 1,2 hijos, uno de los índices de fecundidad más bajos del mundo. Entonces, ¿qué hacer cuando uno no quiere -o no puede, como en China- tener más que un muy reducido número de hijos y desea a toda costa un hijo varón? La única opción es impedir, en lo posible, el nacimiento de una niña, o bien, si la niña llega, evitar por todos los medios que prive a sus padres de la posibilidad de tener un hijo varón.

En India, el gobierno preconiza el modelo de la familia reducida desde los años '60. La resistencia a aceptar la norma comunitaria ideal -similar a la de casi todas partes del mundo- de un varón y una niña es cada vez mayor. "Se necesita un varón y una niña para completar el par", dicen los chinos. Pero en realidad, muchas veces las parejas desean un varón, o incluso varios, y a lo sumo una niña.

En Bangladesh y Pakistán, donde las mujeres siguen teniendo de dos a tres veces más hijos que en China, Taiwán o Corea, la selección prenatal por sexo está poco difundida. Pero la discriminación de las niñas y mujeres no es menos importante. Junto con India, estas dos naciones están entre los pocos países del mundo donde la esperanza de vida femenina es equivalente o incluso inferior a la de los hombres, aunque las leyes naturales favorezcan a las mujeres (ver recuadro, pág. 30).

La discriminación de las niñas

Desatender a las niñas, poniéndolas en segundo lugar respecto de los varones a la hora de alimentarlas, asegurarles asistencia médica o vacunas, son prácticas frecuentes y muchas veces fatales que ocasionan una importante desigualdad entre los sexos frente a la muerte, en particular en la infancia. La mortalidad infanto-juvenil entre el nacimiento y el quinto cumpleaños es normalmente más alta en los varones que en las niñas. Pero en India es un 7% más alta en las niñas que en los varones; en Pakistán, un 5%; en Bangladesh, un 3%. A título comparativo, en países musulmanes como Túnez, Egipto o Mauritania, con niveles de desarrollo humano 4 comparables, la mortalidad de los varones antes de los cinco años supera a la de las niñas en varios puntos de porcentaje, siguiendo la norma mundial comúnmente observada. La anomalía llega a su paroxismo en China, donde la mortalidad infanto-juvenil de las niñas es 28% más alta que la de los varones.

Los abortos selectivos según el sexo y la desatención de las niñas pequeñas, causantes de su superior mortalidad, son responsables de la mayor parte del déficit; las otras formas de discriminación (en particular, el infanticidio femenino) desempeñan un papel menor. Estas prácticas son consecuencia directa del estatuto inferior de las mujeres en esas sociedades: sistema patriarcal, familias patrilineales, socialización que estimula la sumisión al marido y la familia política, matrimonios arreglados... Se necesita un hijo varón para mantener la familia, perpetuar el apellido y garantizar la reproducción biológica y social.

En China, Taiwán o Corea del Sur, la ausencia de un heredero varón significa la extinción del linaje familiar y del culto a los antepasados. En la religión hinduista, donde el encargado de los ritos funerarios cuando mueren los padres es tradicionalmente el hijo varón, su ausencia condena al alma de los padres a errar eternamente. Tanto en India como en China, una niña sólo está de paso con sus padres. Cuando la casen, se dedicará a su familia política, y a partir de entonces no deberá nada a sus padres. En las zonas rurales chinas, se sabe que "hay que criar a un hijo para preparar la propia vejez", ya que nadie cobrará nunca una jubilación. Dice un proverbio chino que "criar a una hija es cultivar un campo ajeno"; para los indios, es "regar el jardín del vecino".

Las prácticas discriminatorias no afectan sin embargo a todas las parejas con independencia de su estatuto social, económico o religioso. Por ejemplo, en India practican más masivamente la selección prenatal las clases económicamente más favorecidas y más instruidas. Curiosamente, la autonomía adquirida por la madre aparece como otro factor determinante: las mujeres más autónomas recurren con más frecuencia que las demás a los abortos selectivos. La constatación es similar en China, donde las mujeres más jóvenes y con mayor educación, especialmente de las ciudades, practican más sistemáticamente estos métodos de selección prenatal.

Esto no significa que el resto de la población conserve a sus hijas. Al contrario. Tanto en China como en India, la preservación del patrimonio económico familiar o de los propios medios de producción, es decir, de la tierra en la mayoría de los casos, tiene enorme influencia sobre la decisión de priorizar un hijo varón. En tal sentido, el sistema de atribución de las tierras cultivables establecido en China durante la descolectivización agraria de los años '80 5, sumado a un sistema de herencias regido por leyes patrilineales, incita a muchos campesinos a preferir un varón. En India, la reciente inflación del monto de la dote, que amenaza cada vez más gravemente el equilibrio económico de las familias, constituye uno de los principales estímulos para eliminar a una niña. Incluso para los ricos, tener una hija es visto muchas veces como una mala suerte. Cuando se case, habrá que ceder parte de la fortuna familiar a la familia política, a modo de dote, mientras que el casamiento de un hijo implica un consecuente ingreso de dinero: "¡Si usted tiene tres hijas, está arruinado; si tiene tres hijos, está salvado!".

La pertenencia religiosa, que influye en la propensión de las parejas a preferir un varón a una niña, cumple por lo tanto un papel determinante en el recurso a los abortos selectivos. Corea del Sur, con un 47% de budistas, 37% de protestantes y 14% de católicos, es un interesante ejemplo. En efecto, el budismo, más compatible con los valores confucianistas (muy favorables a los hijos varones) que el catolicismo o el protestantismo, pero también más tolerante en relación al aborto, sería un factor agravante de la discriminación a través de la selección prenatal. En India, mientras que musulmanes y cristianos no discriminan tanto a sus hijas y en sus comunidades la proporción de sexos se mantiene conforme a la norma, los hindúes, y más aun los sijs y jaínes, son en cambio los más proclives a practicar abortos selectivos.

Arriesgando el linaje

La cuestión demográfica es de considerable importancia a escala de los países afectados. La consecuencia más inmediata podrá apreciarse a partir de la mitad de la próxima década, cuando las generaciones deficitarias en niñas lleguen a la edad de casarse, tras haberse hipotecado de este modo, para muchos hombres, la posibilidad de encontrar una esposa.

En China, el desequilibrio de los sexos en el mercado matrimonial se agudizará cada vez más a partir de 2010, con un excedente de hombres que podría alcanzar el 20%, de modo que hacia 2030 alrededor de 1,6 millón de hombres al año podrían quedar imposibilitados de casarse. En un primer momento, el mercado matrimonial se autorregulará. Los aspirantes al casamiento se volverán primero, forzosamente, hacia parejas cada vez más jóvenes, para buscarlas luego en dos reservorios hasta el momento poco codiciados: el de las viudas, si llegara a caer el tabú sobre su segundo casamiento, y más que nada en el cada vez más nutrido de las divorciadas. De todas maneras, los candidatos deberán desplegar más paciencia para encontrar una esposa, y entonces, en conjunto, serán mayores al casarse.

A más largo plazo, los hombres quedarán forzosamente solteros, cosa que los obligará además a renunciar a una descendencia, lo que acarreará la interrupción de su linaje familiar, cuya continuidad es hoy uno de los principales factores de preferencia por los hijos varones.

Para dar respuesta a esta creciente demanda de esposas, se organizan redes transnacionales, especialmente en China. En la frontera sino-vietnamita, por ejemplo, la migración de mujeres con fines matrimoniales está en plena expansión. Varios factores la explican. El primero está relacionado con el marcado déficit de mujeres en las provincias meridionales. El segundo es económico, resultado de la inflación de los gastos inherentes al matrimonio a partir de las reformas económicas de los años '80. Para ciertas familias chinas pobres, comprar una esposa sería actualmente la única manera de conseguir, con un gasto menor, una mujer para su hijo. Además, esta demanda responde a las estrategias económicas desarrolladas por las migrantes vietnamitas, que ponen en el matrimonio con un chino la esperanza de una vida mejor.

Estas migraciones matrimoniales están igualmente en marcado ascenso hacia Taiwán, donde cerca del 8% de los casamientos celebrados en 2000 fueron de una mujer vietnamita con un marido taiwanés. Desde mediados de los años '90, Vietnam habría provisto también de esposas a unos 100.000 taiwaneses, deseosos en su mayoría de contraer una unión estable con una mujer respetuosa de sus valores tradicionales comunes y con menos posibilidades que una taiwanesa de reivindicar alguna autonomía.

En China se desarrolla el tráfico de esposas. Los compradores son generalmente campesinos pobres y poco educados, para quienes recurrir a traficantes sigue siendo más cómodo y menos oneroso que realizar una boda común. La laxitud y corrupción de las regiones "compradoras" favorece este tráfico. En algunas aldeas, los servicios de registro de los casamientos  autorizan a simplificar los procedimientos, cosa que permite que los compradores obtengan, pagando, un certificado que atestigüe su casamiento con la esposa comprada y una inscripción con todas las de la ley en los registros del estado civil. Así fue como una joven china rescatada por la policía después de haber sido secuestrada y vendida exigió, al ser liberada, regresar con su familia. Pero el que era a la vez su marido y comprador protestó, apoyándose en su certificado de matrimonio: "¡Es cierto que compré a mi mujer, pero estamos casados ante la ley!".

Cosificación de las mujeres

¿Permitirá la disminución del número de mujeres mejorar su condición? Nada lo indica a la fecha. Especialmente en China e India, se asiste a una mercantilización de las mujeres, que por momentos acaban por no representar más que un bien de consumo como cualquiero otro. Lejos de aumentar su valor simbólico y por ende las consideraciones que son susceptibles de merecer, la modernización económica y el fenómeno de la escasez de mujeres tienden por el contrario a acentuar su cosificación. Este es el caso de India, en especial a través del sistema de la dote. También de China, donde con las reformas, el valor mercantil de la mujer aumenta, sin que esto la haga objeto de mayor consideración, sobre todo en el campo.

Mayor escasez no implica entonces necesariamente mayor valorización. La película de ciencia ficción imaginada por un cineasta indio, Matrubhoomi, un mundo sin mujeres (2005), ilustra llamativamente la situación. La historia transcurre en una zona rural de India, donde hace años que la población femenina se ha visto diezmada por el infanticidio. Un hombre del lugar, Ramcharan, intenta desesperadamente casar a sus hijos. No lejos de allí, un campesino pobre esconde a su bien más preciado: Kalki, su hija de 16 años, de enorme belleza. Informado por uno de sus amigos de la existencia de esta jovencita, Ramcharan compra a Kalki a precio de oro para destinarla oficialmente al mayor de sus hijos. Pero una vez celebrada la boda, la jovencita es entregada al deseo de los cinco hermanos y de su padre. Más adelante, la encadenarán en un establo, librándola a la de los hombres de la aldea, y acabará trayendo al mundo... ¡a una niña! Esta película, más fantástica que visionaria, muestra sin embargo algunos posibles descarríos de una sociedad privada de su dimensión femenina.

Conscientes de la gravedad de la situación, las autoridades de los países afectados intentan darle respuesta política. En India, la "Prenatal Diagnosis Techniques Act" (ley sobre las técnicas de diagnóstico prenatal) prohíbe desde 1994 develar el sexo del futuro hijo. Pese a las penas de encarcelamiento y multas en ella previstas, se la sigue violando impunemente. En China, muchas leyes de los años '90 prohíben toda forma de maltrato o discriminación contra las niñas, así como la selección prenatal del sexo. Pero, corrupción mediante, los abortos selectivos siguen siendo un servicio al alcance de la mano. La campaña por "Mayor consideración para las niñas", lanzada en China en 2001, busca promover la idea de la igualdad de los sexos, en especial en los manuales escolares, y mejorar las condiciones de vida de las familias que tienen exclusivamente hijas. En este sentido, hay regiones donde las parejas afectadas gozan, por ejemplo, de un fondo de apoyo, y están exceptuadas de impuestos agrícolas y gastos de escolaridad para sus hijas, hasta que éstas tengan edad para casarse. Por otro lado, el gobierno chino puso en marcha un programa que apunta a hacer caer a un nivel normal el índice de masculinidad de los nacimientos de aquí a 2010.

Pero las leyes no alcanzan. En estas sociedades, los valores patriarcales están tan profundamente anclados en las mentalidades que, aunque algunas mujeres reconocen que las niñas son más apegadas a su madre que los varones y que se ocupan más de sus padres cuando envejecen, siguen prefiriendo tener un varón. Es de temer también que se necesiten varias generaciones para que, gracias también a una mejora en el estatuto de la mujer, llegue a ser indistinto para las parejas el sexo de sus hijos.

Sigue habiendo no obstante una esperanza, y es que las distintas leyes y medidas establecidas consigan, como en Corea del Sur, invertir rápidamente la tendencia. Efectivamente, el índice de masculinidad de los nacimientos vuelve progresivamente en ese país a niveles más normales desde mediados de los años '90, dado que las parejas jóvenes son menos proclives que sus mayores a defender los valores patriarcales y reproducir los comportamientos sexistas tradicionales.

El porvenir de estas generaciones de mujeres todavía no está escrito. Si el déficit de mujeres sigue su tendencia actual, acentuándose en varios millones por década, las repercusiones serán graves. Porque quien dice menos mujeres dice, a corto plazo, menos niños, por lo tanto, matemáticamente, menos niñas, es decir menos mujeres en las generaciones futuras, y por ende, rápida desaceleración del crecimiento demográfico en los que hoy son los países más populosos del mundo. Entonces, ya no estaremos lejos de la ficción imaginada por Amin Maalouf en El primer siglo después de Beatriz 6: "Si mañana los hombres y las mujeres pudieran, con un método fácil, decidir el sexo de sus hijos, algunos pueblos elegirían sólo varones. Dejarían entonces de reproducirse y, a cierto plazo, desaparecerían. El culto del macho, que hoy es una tara social, se convertiría entonces en un suicidio colectivo". Asistiríamos pues al "autogenocidio de los pueblos misóginos".

  1. International Herald Tribune, París, 18-8-1994.
  2. Amartya Sen, "More than 100 million women are missing", The New York Review of Books, 20-12-1990.
  3. Se encuentra también en discusión una sobre-mortalidad femenina en la edad fértil y un sub-registro de las mujeres en los censos. El desequilibrio de los sexos en el nacimiento se ubica sólo en el cuarto lugar.
  4. Indicador elaborado por el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo).
  5. La descolectivización de la agricultura fue la primera reforma fundamental impulsada por Deng Xiaoping en los años '80. Devolvió a los campesinos el usufructo de la tierra.
  6. Alianza Editorial, Buenos Aires, 2003.

Desigualdades frente a la muerte

Attané, Isabelle

En casi todo el mundo, la esperanza de vida de las mujeres es superior a la de los hombres, por razones simultáneamente genéticas, socioculturales y conductuales. Sumado a esto, las mujeres consumen en general menos alcohol y tabaco y están menos expuestas a los accidentes y el estrés.
En varios países asiáticos, esta regla se cumple poco o nada. En India, la diferencia de esperanza de vida entre los sexos es inferior a un año. A título comparativo, la vida promedio es dos años más larga para las mujeres en el África Subsahariana, una de las regiones más pobres del mundo; tres años en Vietnam; seis años en Malasia, siete años en Japón.
En Bangladesh, la esperanza de vida es de 58 años, para hombres y mujeres por igual. En Pakistán, los hombres viven en promedio cuatro meses más que las mujeres (59,2 y 58,9 años respectivamente).
En contrapartida, China se ajusta más a la regla internacional, con una diferencia en la esperanza de vida de tres años a favor de las mujeres, cifra que de todos modos sigue por debajo de lo que podría esperarse si no existieran las desigualdades.


Autor/es Isabelle Attané
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 85 - Julio 2006
Páginas:28,29,30
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Estado (Política)