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El poder militar en Israel

Israel se ve sacudido por la polémica sobre cómo evaluar los resultados de su intervención en el Líbano: con la rétorica triunfalista de algunos generales, se confunden las voces que hablan de empate o directamente de una victoria del Hezbollah. Sea como fuere, Israel se prepara para una segunda incursión militar.

El general Shlomi Cohen, que dirige la famosa brigada Alexandroni, visitó el 15 de agosto pasado a sus soldados que regresaban del frente. Lo aguardaba un sorpresa: los oyó quejarse a los gritos de no haber sido informados sobre el adversario y de no estar equipados para enfrentarlo. "Nos negaremos a participar en la próxima guerra. Tenemos familia", le espetaron algunos. El general los acusó entonces de "falta de motivación". El tono fue subiendo y cuando se retiró, después de amenazar con "enviar a un soldado a la cárcel", todos gritaban "¡Que vergüenza!".

Esta escena, dada a conocer por la segunda cadena de radio oficial 1, habla a las claras sobre la confusión, el desasosiego y el enojo que reinan en Israel desde la proclamación del alto el fuego, al cabo de una guerra en la que Tsahal, el ejército israelí, uno de los más poderosos del mundo, no pudo derrotar al Hezbollah, una guerrilla de unos miles de combatientes. Una avalancha de revelaciones sumerge a los medios de comunicación, revelando la falta de preparación y los errores que explican el costo que el país pagó por ese conflicto: 160 muertos (119 soldados y 41 civiles), unos 1.500 heridos y 1.000 millones de dólares en daños muy graves para la economía. Esto por no hablar de la abortada ambición de colaborar con la administración Bush, que de entrada había incitado a Israel a "romperle los huesos" 2 a Hezbollah para crear un "nuevo Medio Oriente"...

¿Quién ganó?

En realidad la polémica comenzó desde el inicio del conflicto, aunque en sordina, a la saga de encuestas aparentemente muy positivas para los jefes políticos y militares del país. Seguro de sí mismo, Ehud Olmert había declarado el 1 de agosto: "El Hezbollah no representa el mismo peligro que antes. Ya no podrá amenazar a este pueblo, pues este pueblo sabe responder y vencer". Y añadió: "Si el combate terminara hoy mismo, podríamos decir que la faz del Medio Oriente ha cambiado por completo con el éxito total del ejército israelí y del pueblo israelí" 3. Ahora, esas fanfarronadas ya no caben. Y si bien hay generales que -contra toda evidencia- repiten en los programas de televisión que Israel ganó, otros hacen oír una opinión muy diferente.

Para el general Giora Eiland, ex-jefe del Consejo de Defensa Nacional, que depende directamente del Primer Ministro, el resultado se parece más bien a un "empate". Habrá que esperar "cuatro o cinco meses -nos dijo- para saber quién fue el verdadero vencedor". Algunos militares adoptan directamente el análisis de... el sheik Hassan Nasrallah, que el día del alto el fuego reivindicó para el Partido de Dios una "victoria estratégica e histórica" 4. En opinión de esos militares, el ejército no pudo quebrar al Hezbollah, ni desarmarlo, ni siquiera liberar a los dos soldados cuya captura, el 12 de julio, sirvió de pretexto a la guerra. Además evocan un "segundo round", para el cual "Israel deberá esta vez prepararse seriamente"...

Desde siempre, la gran mayoría de los israelíes vive con la ilusión de que la experiencia militar es una garantía de éxito para cualquier dirigente político. Como si los generales estuvieran predestinados a dirigir el país. Así es como los partidos políticos, al igual que las más prestigiosas instituciones civiles, no ahorran esfuerzos para captarlos. De hecho, los tres jefes de gobierno más importantes de los últimos quince años, fueron ex-militares: Itzhak Rabin, Ehud Barak y Ariel Sharon.

Sin embargo, la opinión pública juzgó severamente a Barak, infligiéndole una dura derrota en las elecciones de febrero de 2001, luego de que llevara al fracaso la cumbre de Camp David, provocando así la segunda Intifada. El general Sharon, su sucesor, enterró los acuerdos de Oslo, reconquistó militarmente Cisjordania, para luego aplicar su nueva política de retirada unilateral de Gaza. Fulminado a fines de 2005 por una hemorragia cerebral, dejó aniquilada por mucho tiempo cualquier esperanza de paz negociada con los palestinos.

Itzhak Rabin fue el único de esos generales que llegó a convertirse en un verdadero dirigente político. Pero el 4 de noviembre de 1995, cuatro balas disparadas por un judío fanático de extrema derecha pusieron fin a su vida y al mismo tiempo a los esfuerzos realizados para avanzar hacia la creación de una entidad palestina independiente en los territorios ocupados en 1967. Eso significa que todo depende, no del grado alcanzado por un hombre en la jerarquía militar, sino de su visión del mundo, de sus convicciones y de su coraje político. Afirmación válida no sólo en Israel: el general Charles De Gaulle, "padre" de la descolonización, no tenía nada en común, salvo sus galones, con el general Raoul Salan, partidario de una Argelia francesa.

Olmert subordinado al ejército

El azar quiere que el actual jefe de gobierno israelí, Ehud Olmert, y su ministro de Defensa, Amir Peretz, tengan un pasado militar insignificante. Como todos los israelíes, ambos prestaron servicio en el ejército, pero sus conocimientos en materia de defensa son muy limitados. Es seguramente por eso que el jefe del Estado Mayor, Dan Haloutz, les dio una calurosa bienvenida: para poder ejercer más fácilmente su influencia sobre ellos. Incluso el laborista Peretz -experimentado sindicalista, de origen marroquí y convicciones pacifistas- cayó en la trampa. A partir de su designación y aun más desde el desencadenamiento de las operaciones en Gaza (28 de junio), una llamativa armonía reina entre el Estado Mayor del ejército y "su" ministro. Con algunos matices, sin embargo: Peretz exageraba un poco su papel, jactándose, por ejemplo, de haber permitido que la aviación atacara barrios residenciales palestinos y libaneses. Una caricatura publicada por el diario Haaretz mostraba dos generales que lo observaban dar órdenes a un soldado cerca de una localidad palestina bombardeada. Uno de los militares murmuraba: "Qué rápido aprendió" 5.

Es lo que se vio el 12 de julio. En lugar de intercambiar a los dos soldados israelíes que había capturado el Hezbollah por los milicianos de ese movimiento en poder de Israel 6 (posibilidad que la ministro de Relaciones Exteriores, Tzippi Livni, terminó por considerar como último recurso... a mediados de agosto), Peretz siguió la opinión del Estado Mayor. Éste prometía desatar una verdadera "tormenta de fuego" que "en pocos días" aniquilaría todas las instalaciones del Hezbollah, dejaría unas 300 víctimas civiles libanesas y no más de 90 entre el ejército y la población de Israel. Los generales afirmaban que era absolutamente necesario restablecer la capacidad de disuasión israelí frente al Hezbollah, y por lo tanto frente al mundo árabe. La destrucción de los medios militares de la milicia chiita modificaría completamente la situación en el Líbano, afirmaban, cometiendo así el mismo error que sus "mayores" estadounidenses en Irak: no es posible destruir militarmente una fuerza profundamente arraigada en el tejido humano y político de una sociedad.

Porque del dicho al hecho hay una distancia: nada es más imprevisible que la evolución de una guerra, incluso cuando se entra en ella con una superioridad de fuerzas enorme. Así es cómo, en lugar de coronarse de laureles, Haloutz, Peretz y Olmert deberán hacer frente, paralelamente al derrumbe de su índice de popularidad, a una comisión investigadora. Estas dos palabras traen a la memoria dolorosos recuerdos: luego de la sorpresa de 1973, cuando los egipcios y los sirios hostigaron durante una semana a las tropas israelíes, las conclusiones de la comisión dirigida por Shimon Agranat provocaron un terremoto en la escena política del país. Asimismo, luego de las masacres de Sabra y Chatila (1982), la comisión que dirigió Itzhak Kahan obligó al general Sharon a abandonar su cargo de ministro de Defensa.

¿Hasta dónde irá la comisión investigadora designada a mediados de agosto por el ministro de Defensa? ¿Será capaz de explicar al país por qué los servicios de inteligencia no anticiparon la operación del Hezbollah ni evaluaron la importancia de la espada de Damocles que sus cohetes representaban para el tercio norte del territorio israelí? ¿Podrá decir a los más desfavorecidos por qué, a falta de medios para refugiarse en otras zonas del país, tuvieron que conformarse con refugios improvisados? ¿Y a los soldados por qué el ejército no los preparó para combatir una guerrilla? Uno de ellos afirmó: "Enviarnos de esa manera a esa guerra es como pedirle a un cirujano que hace muchos años que no opera que efectúe una intervención muy complicada, y esperar que tenga éxito". Pero más allá de esos interrogantes, la comisión investigadora deberá sobre todo dar respuesta a una pregunta: ¿no es tiempo ya de que el Estado judío trate de asegurar su futuro, no por medio de una fuerza militar visiblemente engañosa, sino a través de negociaciones de paz sólidas con sus vecinos, palestinos, sirios y libaneses? El unilateralismo caro a Sharon y a Olmert parece condenado...

En cuanto a los crímenes de guerra cometidos durante las 32 terribles jornadas de ese conflicto, sería mejor contar con un tribunal internacional para establecer la verdad. ¿Pero verá alguna vez la luz?

  1. El 17-8-06.
  2. "Breack the bones", Yediot Aharonot, Tel Aviv, 14-7-06.
  3. AFP, 1-8-06.
  4. AFP, 14-8-06.
  5. Haaretz, Tel Aviv, 7-7-06.
  6. Sheik Nasrallah deseaba especialmente la liberación del libanés Samir Kountar, condenado a cadena perpetua debido a un operativo mortífero en 1969 en Nahariya, que no fue liberado en ocasión del último "trueque" en 2004.
Autor/es Amnon Kapeliouk
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 87 - Septiembre 2006
Páginas:10
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Militares
Países Israel, Líbano