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Lealtades en conflicto entre chiitasEn busca de nuevos conceptos, ciertos medios evocan un “eje chiita” que reagruparía a la República Islámica de Irán con sus aliados en el Líbano y en Irak. Pero la religión no basta para definir un conjunto homogéneo. Ni a escala de Medio Oriente, ni siquiera en cada uno de los países en cuestión. Lo demuestra la diversidad del chiismo iraquí, dividido entre la empatía y la hostilidad hacia el chiismo persa.La violencia en Irak alcanza un umbral crítico del que los medios de comunicación, hastiados de un conflicto de larga data con el que compite la novedad de la guerra del Líbano, no dan cuenta suficiente. Los ataques de carácter sectario entre sunnitas y chiitas se han vuelto rutinarios y provocan diariamente decenas de muertos y cientos de heridos. Estas violencias superan ampliamente a las operaciones que apuntan a las fuerzas de ocupación. Así, en la capital, Bagdad, el curso del Tigris representa una línea de fractura entre una margen izquierda ampliamente chiita (Al Rusafa) y una margen derecha mayoritariamente sunnita (Al Karkh). Grandes enclaves subsisten desde luego de un lado y otro, especialmente los barrios con fuerte connotación religiosa de Al Kadhimiya (chiita) y Al Adhamiya (sunnita). Pero el proceso de polarización, por el cual se forman verdaderas líneas de frente, "anuncia combates más violentos y más estructurados", tal como lo señala un representante del grupo armado sunnita Jaish Ansar Al Sunna 1. El nacionalismo iraquí jaqueadoSegún las interpretaciones predominantes en Irak y en el extranjero, dos "comunidades" se enfrentarían por el poder: de un lado, una "comunidad" árabe sunnita, que responde supuestamente al antiguo régimen y que habría perdido el monopolio secular de las instituciones centrales; del otro, una "comunidad" árabe chiita, tradicionalmente marginada en el terreno político, para la cual la invasión estadounidense habría constituido una oportunidad histórica para hacerse escuchar como mayoría demográfica. Esta visión tiene la ventaja de la simplicidad, pero no refleja la multiplicidad de objetivos que se fijan los actores del escenario político iraquí. Promueve sobre todo una dinámica que es necesario contener en vez de alimentar, "esencializando" "comunidades" que constituyen en realidad entidades muy diversas 2. La tentación de concebir a los chiitas como una entidad homogénea es perceptible en el actual debate sobre sus alianzas, reservadas a Irak u ofrecidas a Irán. En diciembre de 2004, el rey Abdallah de Jordania lanzó la fórmula de la "media luna chiita", que presenta a los chiitas del Golfo, Irak, Siria y el Líbano como una quinta columna dirigida por Teherán y amenazadora para los intereses sunnitas. El presidente egipcio Hosni Mubarak redobló la apuesta, afirmando que los chiitas del mundo árabe se mostraban, históricamente, más fieles a su vecino iraní que a sus países de origen. Investigadores en boga convierten esta generalización en concepto, a semejanza de la estrella estadounidense en ascenso Vali Nasr, que ve en la victoria de los chiitas iraquíes en las elecciones de 2005 un factor de movilización de todos los chiitas de la región en torno a una identidad común y reivindicaciones compartidas, que son funcionales a las ambiciones iraníes 3. Otra escuela refuta esta teoría, oponiéndole la de un "nacionalismo iraquí" a toda prueba. Como, por ejemplo, este sagaz observador iraní que nos confía : "La solidaridad entre chiitas no superará la línea de fractura fundamental que separa a los árabes de los persas. Todo el mundo parece haber olvidado que los chiitas iraquíes combatieron a los chiitas iraníes durante los ocho largos años de la guerra entre Irán e Irak, la más sangrienta de la segunda mitad del siglo XX. La información que nos llega de Irak indica que los iraquíes, incluso los que vivieron exiliados en Irán, rechazan la influencia iraní en su país". Este debate no es menor. La percepción de un resurgimiento chiita tiende a influir en las políticas implementadas por Estados Unidos, los regímenes árabes y especialmente las monarquías del Golfo, que perciben toda ambición iraní como necesariamente hostil. Alimenta sobre todo un odio a lo chiita cada vez más difundido entre los sectores sunnitas, conservadores o no. En Irak, actualmente son pocos los predicadores sunnitas que no califican a los chiitas de rawafidh (apóstatas), expresión peyorativa durante mucho tiempo característica de los jihadistas del tipo Abu Musab Al Zarqawi (jefe de Al-Qaeda en Irak). A decir verdad, la referencia al "nacionalismo" no basta para explicar el comportamiento de los chiitas iraquíes durante el conflicto contra Irán, aunque se trate de uno de los elementos que deben tenerse en cuenta. En aquella época, el proceso de construcción nacional iniciado en la primera mitad del siglo XX aún no había sido abortado por completo. En los años '70, el régimen seguía distribuyendo activamente los recursos hacia el Sur; por eso ciudades como Diwaniyah o Nasiriyah ofrecieron grandes contingentes de reclutas a la policía y al ejército. Los campesinos conservaban el recuerdo de la vigorosa reforma agraria lanzada luego del golpe de Estado baasista. Sus políticas "progresistas" le valían al régimen el apoyo de numerosos chiitas pobres. Al mismo tiempo, el carácter totalitario del régimen había conducido a la desaparición de los círculos religiosos de Najaf y la erradicación de los proyectos políticos que competían con el baasismo, a saber el comunismo y el islamismo. Finalmente, la coerción a la que contribuía un ejército popular de más de 500.000 hombres desempeñó también un papel clave en la movilización de los chiitas contra Irán. Con la guerra de 1991 y las posteriores revueltas se produjo un giro que inició una etapa de creciente diferenciación de las identidades colectivas: acceso a la autonomía, guerra civil, luego florecimiento (económico) en el Kurdistán; por otra parte, abandono del modelo de Estado clientelista y benefactor, en beneficio de una economía de saqueo y "privilegios" basada en las redes familiares y una lealtad ciega al régimen. Este vuelco perjudicó particularmente a los sectores chiitas que habían sacado mayor provecho de las posibilidades de ascenso social que ofrecía el régimen: funcionarios, soldados y pequeños comerciantes. Pero no escatimó a los árabes sunnitas y a los cristianos, aunque hubieran dispuesto en general de condiciones de acceso a los recursos relativamente mejores, a través de sus redes familiares en Irak o el extranjero. En el Sur, a la pauperización se sumó sin embargo una política de represalias económicas contra localidades chiitas que se habían sublevado en 1991: una ciudad como Hilla sólo disponía de una a dos horas de electricidad por día antes de 2003, lo que generó el traslado de los talleres y fábricas y el éxodo de la fuerza de trabajo. Competencia entre víctimasSin embargo, la noción de una "comunidad chiita" martirizada se impuso realmente sólo tras la caída del régimen en 2003, descripta como el derrocamiento del orden sunnita. El carácter sectario de la distribución de puestos en el seno del proceso político concebido por la administración estadounidense se tradujo en una forma de "competencia entre las víctimas", en la que cada actor basaba su aspiración a una porción de poder en la magnitud de los sufrimientos padecidos. Los partidarios de la Asamblea Suprema para la Revolución Islámica en Irak (ASRII), dirigida por Abdul Aziz Al Hakim, hacen valer así a los numerosos mártires en la familia de su líder, así como su papel clave en las insurrecciones de 1991. Los militantes fieles a Moqtada Al Sadr, en cambio, les reprochan haber elegido el exilio, torturado a los prisioneros de guerra iraquíes por cuenta de los iraníes, y abandonado a los insurgentes en 1991 con un repliegue prematuro en Irán. A su vez, son acusados de haber servido a los intereses del régimen y reclutado en sus filas a muchos de sus agentes. Lo cierto es que la reinterpretación de la historia iraquí en función de la dicotomía sunnitas-chiitas dio el golpe de gracia al "nacionalismo iraquí". Los iraquíes de diferentes orígenes ya no tienen puntos de referencia en común: los jalones de su historia colectiva -como el fin de la monarquía (1958), la toma de poder por parte del Baas (1968), la Guerra del Golfo (1991) o la intervención anglo-estadounidense (2003)- son objeto de amargas disputas que reflejan divisiones sectarias; los recursos nacionales ya no se redistribuyen, sino que son acaparados y privatizados descaradamente; las instituciones son despedazadas y transformadas en feudos partidarios. Cierto que persiste en los discursos una vaga referencia a un Irak que trascendería las divisiones, pero cuya definición se echa cruelmente de menos. En la práctica, los reflejos electorales, la violencia arbitraria, el nepotismo y una corrupción sin precedentes revelan la importancia de las lealtades no nacionales. Chiitas iraquíes y persasSin embargo, esta situación no convierte a Irán en nación "por defecto" o "por adopción" para los chiitas iraquíes. En el Sur del país persisten los sentimientos encontrados respecto del vecino persa. Moqtada Al Sadr utiliza por ejemplo los orígenes iraníes del ayatollah Ali Al Sistani para denigrarlo. Los habitantes de la ciudad de Al Amarah disfrutan calificando a los de Kut de "persas", un término a sus ojos muy peyorativo. Si bien los retratos del ayatollah Ruhollah Jomeini y su sucesor Ali Jamenei abundan, sólo unos pocos actores de la escena política chiita reconocen la concepción iraní de velayat-e faqih (gobierno del docto), pilar de la República Islámica. Las posturas del ayatollah Sistani respecto de sus pares iraníes siempre fueron a la vez diplomáticas -evitando cruzar ciertas líneas rojas- y ferozmente independientes. Por lo demás, parecería que en Irán, en tanto fuente de interpretación de las Escrituras, se lo tiene en mayor consideración que al "guía", el propio ayatollah Jamenei. Sin embargo, Irán muestra sus cartas con una gran sutileza en Irak, extendiendo su influencia a través de múltiples canales. Teherán favoreció la participación de sus aliados en el proceso político con el fin de orientarlo mejor, y esforzándose por entablar vínculos con el conjunto de los actores políticos, incluido Moqtada Al Sadr, enemigo jurado de su aliada la ASRII. A un nivel más local, Irán financia a pequeños grupos a sueldo, tales como Tha'r Allah en Basora, aunque sin exponerse: no apoya masivamente los ataques contra la coalición, absteniéndose por ejemplo de proveer a los insurgentes el armamento antitanque que ofreció al Hezbollah libanés. En Najaf, la institución Jamenei multiplica las becas de estudio y las donaciones de libros. El canal satelital iraní Al Alam, gracias a su profesionalismo, conquistó una amplia audiencia entre los chiitas iraquíes. Otra manera de forjar una imagen positiva de Irán son las acciones humanitarias y las inversiones económicas. Finalmente, a diferencia de las monarquías del Golfo, la República Islámica abrió ampliamente sus fronteras a los turistas y peregrinos: su tranquilidad y prosperidad relativas causaron una fuerte impresión, al ofrecerles un rostro más abierto y más acogedor del que esperaban. Paradójicamente, la estrategia iraní se basa, no en un reflejo de lealtad, sino en la comprensión de una población chiita cuya diversidad, compuesta por identidades colectivas muy diferentes, admite. Una profunda división social enfrenta especialmente a sectores chiitas conservadores (los religiosos de Najaf, los comerciantes de las ciudades santas, las clases medias urbanas, etc.) con las masas "revolucionarias" que siguen a Moqtada Al Sadr 4. Por otra parte, cada ciudad del Sur tiene sus especificidades y sus objetivos particulares. Kut es una pequeña ciudad de provincia sin historia, que tiende a apartarse de las aspiraciones federales del gran Sur. Controlada por Sistani y la ASRII, la ciudad santa de Najaf sigue despertando la codicia de otros actores. Por último, en Basora una lucha a muerte por el control de los recursos, especialmente el del contrabando de petróleo, enfrenta a diversos partidos "islamistas" y sus respectivas milicias. En síntesis, cuanto más se aleja uno de la capital, donde los enfrentamientos entre sunnitas y chiitas favorecen una apariencia de unidad en cada bando, más surge el potencial de violencia entre chiitas. Mientras que la población del Sur se vio decepcionada en todas partes por estos partidos -de los que esperaba mucho- en materia de gobierno local el paradigma de la reconstrucción es reemplazado por la lógica del beneficio inmediato, el clientelismo y la intimidación. Lo cual torna muy vanas las sempiternas reformas e iniciativas que se discuten en Bagdad.
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