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Fisuras entre neoconservadores estadounidenses

Pilar del neoconservadurismo de Estados Unidos, en America at the Crossroad Francis Fukuyama se inquieta ante las confusiones ideológicas y los errores de la administración Bush. Discrepa no acerca de los principios neoconservadores sino sobre la política estadounidense en Irak. Se desmarca de la retórica de la “guerra contra el terrorismo”, a la que considera que facilita el trabajo de los terroristas.

Célebre por su controvertida obra sobre el "fin de la historia" 1 después de la caída de la URSS, Francis Fukuyama se consideró a sí mismo un neoconservador durante mucho tiempo. Pero en su última obra, America at the Crossroad 2, consuma una verdadera ruptura con la administración Bush y tal vez con todo el neoconservadurismo.

Es cierto que sigue rindiendo homenaje a esa corriente de pensamiento por su "anticomunismo de siempre", y recuerda su constante oposición a la realpolitik de Henry Kissinger (lo que merecería una amplia discusión, pero no es el objeto de este artículo). Fukuyama no se aleja realmente de los cuatro grandes principios del neoconsevadurismo. Sigue pensando que, contrariamente a lo que afirman los "realistas", la naturaleza interna de los regímenes no es indiferente en las relaciones internacionales; hay que preocuparse por ella, y si es necesario cambiar las dictaduras por democracias. No cuestiona -al contrario- que Estados Unidos deba involucrarse en los asuntos internacionales, desde el momento en que ya lo está, casi por su naturaleza, al servicio de "fines morales". Piensa que hay que desconfiar de las excesivas ambiciones de transformación social de las sociedades, y finalmente, que no hay que hacerse ilusiones sobre la ley y las instituciones internacionales, poco capaces de imponer la seguridad y la justicia.

El punto en que más se enfrentan los neoconservadores -entre los cuales todavía se encuentra Fukuyama- con los realistas clásicos al estilo Kissinger es en el grado en que las políticas exteriores tienen en cuenta la naturaleza de los regímenes. Se oponen a los liberales internacionalistas wilsonianos (demócratas estadounidenses; socialdemócratas europeos, e incluso europeos en general), en el tema del multilateralismo. En cuanto al necesario compromiso estadounidense (la "nación indispensable" de Madeleine Albright), contrasta con el aislacionismo recurrente, pero impracticable en nuestros días, de la opinión pública estadounidense. Los neoconservadores han inventado un cóctel ideológico original, pero inspirados en corrientes antiguas del pensamiento estadounidenses. Durante su primer mandato, Georges W. Bush tal vez haya sido una caricatura, pero no una aberración.

Los errores de Bush

Pero si en alguna medida sigue siendo neoconservador, ¿con quién rompe hoy Fukuyama, y por qué? Rompe principalmente con la administración Bush, a causa de su política en Irak. En su opinión, la administración Bush cometió tres errores graves con la guerra de Irak: se equivocó de amenaza, no anticipó la virulenta oposición mundial al ejercicio de la supuesta benevolent hegemony (hegemonía benévola) estadounidense y finalmente evaluó muy mal las dificultades de la pacificación y reconstrucción de Irak.

Remontándose a la raíz de estos errores, Fukuyama se desmarca por completo de la retórica de la "guerra contra el terrorismo", que juzga impropia, vana y dañina. Rindiendo homenaje a Olivier Roy y a Gilles Kepel, estigmatiza las permanentes confusiones en que incurre Estados Unidos entre fundamentalistas islámicos, islamitas, radicales islamitas y musulmanes. Y no se detiene allí: afirma que a corto plazo la democracia occidental no es una solución al problema del terrorismo. Admite -una posición valiente para un estadounidense- que el rencor contra Estados Unidos en el mundo árabe, ligado a lo que se percibe como un apoyo unilateral a Israel, facilita el trabajo de los terroristas. Y sobre todo, aunque recuerda algunas acciones preventivas justificadas en el curso de la historia (y a la inversa lamenta que otras no se hayan llevado a cabo), cree que es extremadamente difícil una acción preventiva contra un programa nuclear, al que podría desacelerar, pero no detener. Algo así podría incluso estimular la proliferación, y además el proceso de cambio de régimen que se supone podría desprenderse de ella es terriblemente incierto. Por otra parte, la propia Condoleeza Rice ha puesto notoriamente un freno a este tema. ¡Son demasiados desacuerdos!

Fukuyama tampoco es indulgente cuando juzga insuperable la contradicción entre la creencia de Estados Unidos en su propio carácter "excepcional" -donde ve casi una religión- que se remonta al mismo George Washington y que hoy justifica el peligroso concepto de guerra preventiva por una parte y, por otra, la necesidad de una legitimación internacional. "No basta que los estadounidenses crean en sus buenas intenciones, reconoce; ¡también tienen que estar convencidos los no estadounidenses!" Sobre todo cuando Estados Unidos no llega a demostrar ex-post la legitimidad de sus intervenciones y cuando la competencia del "poder hegemónico" no está a la altura de sus pretensiones. En resumen, la administración Bush se habría equivocado en todo, tal como lo escribe, desde la vereda de enfrente, en Foreign Affairs, el experto demócrata Philip Gordon ("The End of the Bush Revolution" 3).

"La democracia instantánea"

Fukuyama hace dos observaciones suplementarias que resultan esenciales, especialmente para los europeos que reflexionan sobre su política exterior futura: antes de hablar de democratización, redescubre Fukuyama, hace falta un Estado. La construcción del Estado (el state building) es una cosa en sí misma, que la promoción de la democracia no asegura ipso facto. Por otra parte, la receptividad al apoyo exterior de las fuerzas democráticas locales en un país dado, especialmente si proviene de Estados Unidos, depende en gran medida de la historia particular de la sociedad en cuestión y del tipo de nacionalismo vigente. En otras palabras, la democracia no puede imponerse fácilmente desde el exterior y los países occidentales -colonizadores ayer, potencias dominantes hoy- no están forzosamente bien colocados para eso. Me congratulo al ver que Fukuyama admite por su cuenta la diferencia que vengo señalando desde hace años entre "procesos de democratización" necesarios, largos y difíciles; y la ilusoria "democracia instantánea", sobre todo impuesta desde el exterior. No puede haber institución ni democratización sin una demanda interna. En el mismo sentido, y esto es capital, Fukuyama desmiente la supuesta (y supuestamente saludable) desaparición de los Estados.

No obstante, no hagamos de Fukuyama un intelectual europeo multilateralista... La "hegemonía benévola" estadounidense encuentra sus límites, pero Fukuyama no comparte ninguna de las ilusiones de los europeos y de la izquierda estadounidense sobre las instituciones internacionales. Llega incluso a pensar que, por el hecho mismo de su existencia, la Organización de las Naciones Unidas dispensa de pensar en ese tema. Habiéndose comprobado que la ONU no es pasible de reforma, ve que se va desarrollando un abanico de formas muy diversas de cooperación internacional, que van desde la más formal y más legítima (la ONU) a la más informal (los códigos de empresas, ISO, ICANN 4, pero las más legítimas no son las más eficaces.

El deber de civilización

Como cualquier otro estadounidense, Fukuyama no cuestiona el liderazgo de Estados Unidos. Además, como los wilsonianos y los neoconservadores estadounidenses y una gran parte de las organizaciones no gubernamentales y de la opinión occidental, no renuncia al proselitismo y sigue pensando que hay que cambiar los regímenes no democráticos. ¿Pero en nombre de qué, y cómo, se plantea la cuestión, dado que al mismo tiempo es consciente de los límites del unilateralismo y, como wilsoniano realista, le parece ilusorio esperar demasiado de las instituciones internacionales?

Deplora que las ideas neoconservadoras en las cuales creyó y en las cuales en gran parte todavía cree, hayan sido aplicadas por malos equipos, en lugares desafortunados y de la peor manera, lo que las desacreditó ampliamente. Pero es bien consciente de que Estados Unidos no puede exigirle al resto del mundo que le tenga confianza si no demuestra que es capaz de ver más lejos que los demás y no se da cuenta de que el poder es más fuerte cuando es solamente sugerido. Se distancia entonces de la administración actual, tal vez para señalar su disponibilidad para otra futura política exterior estadounidense. "Restaurar la credibilidad estadounidense, previene, no será sólo una cuestión de relaciones públicas, sino que requerirá un nuevo equipo y nuevas políticas".

Los europeos harían bien en leer y meditar sobre lo que escribe Fukuyama. Su pensamiento es fuerte, su itinerario interesante, aun cuando uno y otro sean, naturalmente, discutibles. Y, sobre todo, este debate les concierne directamente. En efecto, las manifestaciones europeas contra la guerra en Irak enmascararon una convergencia occidental más profunda: hay más europeos de lo que se cree que comparten algunas convicciones de los neoconservadores, incluso en la izquierda francesa. Desde el derrumbe de la URSS, los occidentales, estadounidenses y europeos, se sienten más que nunca investidos de su misión civilizadora secular, que hoy consiste en democratizar al resto del planeta: Rusia, China, el mundo árabe islámico, África.

Tanto por parte de los medios como de algunos políticos, se ha vuelto un lugar común la denuncia de las políticas "realistas" -cómodos chivos emisarios- que se supone han "sacrificado los derechos humanos" a consideraciones vilmente económicas, comerciales, energéticas, etc. Estas posiciones presuponen que la legitimidad de los occidentales para propagar los derechos humanos no se discute, ni tampoco su capacidad para hacerlo con eficacia y de modo duradero. Los neoconservadores estadounidenses no dicen nada distinto. La principal divergencia entre estadounidenses y europeos está en los medios -el recurrir o no a la fuerza de las armas - y no en los fines.

Las diversas corrientes que, tanto dentro de la derecha como de la izquierda francesa, militan en este año pre-electoral por abandonar la línea diplomática de la Quinta República (suponiendo que se la ha seguido) a favor de una diplomacia más militante y "transformadora", para retomar el lenguaje de Condoleeza Rice, se exponen a las mismas contrariedades y sinsabores que la política neoconservadora, aun cuando sólo encarnen una pálida copia de ella. Antes de volver a montar con ardor renovado y con sus riesgos y peligros el viejo matungo demasiado maquillado del "deber de civilización", deberían interesarse en estudiar por qué Francis Fukuyama se aparta de sus viejos amigos, que se han convertido en aprendices de brujos.

  1. Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, Planeta, México 1992.
  2. Francis Fukuyama, America at the Crossroad, Yale University Press, 2006.
  3. Foreign Affairs, Palm Coast (Fl) julio-agosto de 2006.
  4. La ONG International Standars Organization (Organización Internacional para la Estandarización) (ISO), el mayor organismo de normalización del mundo, tiene como actividad principal la elaboración de normas técnicas. Creada en 1998, la Internet Corporation for Assigned Names and Numbers (ICANN) es la autoridad de regulación de Internet; su competencia es mundial y sus decisiones se imponen de hecho a los Estados, aunque responde al derecho californiano.
Autor/es Hubert Védrine
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 87 - Septiembre 2006
Páginas:16,17
Traducción Lucía Vera
Temas Ciencias Políticas, Terrorismo