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Instituciones ausentes

El grave enfrentamiento entre dirigentes peronistas en octubre pasado, durante el traslado de los restos del ex presidente Juan Perón, puede ser explicado de varias maneras. Una de ellas es que se trató de un complot contra el gobierno del presidente Néstor Kirchner. La conclusión más sensata, considerando la recurrente historia de disputas internas del peronismo -tanto por razones ideológicas como por puros asuntos de poder- es que con o sin complotados, el enfrentamiento podría haber ocurrido de todos modos.

Pero no es eso lo más importante. El traslado de los restos de una personalidad que fue tres veces Presidente de la República es una circunstancia solemne. En una República, un hecho así presenta sólo dos posibilidades: o una ceremonia privada, familiar, íntima; o los honores propios de un ex Jefe de Estado. En cualquiera de los dos casos el Estado debería haberse hecho cargo de la organización y la seguridad.

Las instituciones de la República no funcionaron. Peor, delegaron a sabiendas funciones esenciales en manos incompetentes y sospechosas. Esto no es nuevo en el país; no se trata de una excepción, ni es exclusivo de los actos oficiales. En un artículo anterior 1 se describió aquí el entierro en mayo de 1996 de un delincuente en la provincia de Buenos Aires, con acompañamiento de bandas armadas que disparaban sus ametralladoras al aire e insultaban a las autoridades, en pleno día, ante la pasividad policial. Allí no se enterraba a un ex Presidente, sino a un narcotraficante y secuestrador abatido por su víctima, a un mafioso de barrio. Y las instituciones no hacían sentir su presencia, su peso. Igual que si no existiesen.

La historia de las instituciones argentinas, con su secuela de violaciones, tergiversaciones, corrupción y violencia, ha acabado por cuajar en un sistema mafioso; una herramienta al servicio de un complejo tejido de intereses; una pura fachada. Los partidos políticos, los sindicatos, las corporaciones, el sector financiero, los servicios secretos y de seguridad, la justicia, el Congreso; todo ha devenido una trama perversa, cuya matriz económica colapsó en diciembre de 2001.

Lo ocurrido ahora, con su carga de emblemática gravedad, debe verse desde esta perspectiva. Y es por eso que este asunto ha explotado en las manos del gobierno, más allá de su filiación peronista. Lo ha puesto ante su principal desafío, su déficit mayor: la recomposición institucional.

La vieja política

Desde la crisis de 2001, autoridades electas, dirigentes y sociedad, a tropezones y en medio de brutales contradicciones de intereses, viven en la necesidad de recomponer las cosas, porque se había llegado a un punto en el que todo se hundía. Ahora la economía se recompone y algunas cosas van mejor. ¿Pero puede haber recomposición duradera sin recomposición institucional? ¿O acaso la recomposición no incluye a las instituciones?

No se trata en absoluto de una cuestión formal. El presidente Kirchner ha dicho que su principal objetivo es hacer de Argentina "un país serio". ¿Está hablando de una República, u otra cosa? Puesto que ni se le ha pedido ni ha prometido ninguna revolución, debe entenderse que piensa en una República. No obstante, además de postergar sine die las reformas de fondo -política, federal, asociaciones profesionales, fiscal, previsional- declina ejercer la autoridad y emplear los recursos políticos y legales para ir deshaciendo la trama de intereses o mafiosa, a menudo entrelazadas. Allí donde lo ha intentado -ante las Fuerzas Armadas, en la renegociación de la deuda externa, en materia de derechos humanos, ante algunas multinacionales o las presiones del FMI- ha funcionado.

Pero no hay signos de la misma voluntad en todo lo demás, al contrario. Los ya infinitos intentos de gobernadores provinciales -la mayoría afines- por perpetuarse modificando su ley suprema; la delegación de atribuciones por el Congreso; la falta de controles; la opacidad en el manejo de fondos públicos; el problema de las barras bravas del fútbol y su conexión con dirigentes deportivos y las de éstos con jueces y políticos... Todas estas cuestiones y muchísimas más de las que ocurren a diario en el país, sólo son concebibles en un marco de descomposición institucional y de renuncia al ejercicio del poder político del Estado.

En Argentina no se reproduce la situación de carencia casi absoluta de cuadros políticos y técnicos, de incapacidad gerencial, de soledad mediática, que sufren gobiernos como el de Hugo Chávez en Venezuela y, sobre todo, Evo Morales en Bolivia (Stefanoni, pág. 12). El presidente Kirchner lo sabe, pero parece haber elegido una política de cooptación con los métodos y trucos de la política de siempre, antes que la adhesión a un proyecto de transformaciones y recomposición política, económica y social sensato, claro y esperanzador para las mayorías. La "transversalidad" que el Presidente busca se basa en acuerdos con sindicatos y dirigentes con más o menos poder, pero que en el fondo son cáscaras vacías; sobre todo aliados inconstantes y peligrosos. Néstor Kirchner sabe que esta sociedad no está partida en dos, sino fragmentada y que en ninguna parte están todos los que son ni son todos los que están, pero parece haber elegido "pastelear" con miembros de esa constelación de dirigentes de todo pelaje, antes que empujar las transformaciones con el apoyo ciudadano.

Un boomerang en el horizonte

A menos que se trate de una política deliberada; que lo de el "país serio" no haya sido una proposición seria. No será aquí donde se suscribirá la crítica al uso sobre el "estilo autoritario" del Presidente y su equipo, aunque los buenos modales y el respeto tampoco son pura formalidad. Cualquier análisis honesto debe partir de imaginarse las dificultades que plantea sentarse a arreglar las cosas en un despacho oficial de la Argentina de hoy, por no hablar del presidencial. Ante una pandilla sólo hay dos métodos, si es que no se ha elegido la fuga: ejercer autoridad o desmantelarla. Lo primero es requisito de lo segundo, de modo que aún puede abrirse un cierto crédito a este gobierno, considerando la forma en que llegó al poder y la índole y magnitud de los problemas que enfrenta.

Pero es que tampoco hay síntomas, gestos, datos. Al contrario. La demora -ilegal- en designar a los dos jueces faltantes en la Corte Suprema; las alianzas con personajes impresentables (no por su origen social, sino por corruptos); el manejo indiscriminado de fondos y el abandono de las promesas de transparencia; la sospechosa condescendencia -que ya parece complicidad- con las multinacionales petroleras; con el sector del transporte, tanto empresario como sindical; con el juego de apuestas; con todas las graves desprolijidades institucionales, son síntomas graves.

Una vez más: ¿se trata de una táctica, de un modelo de acumulación política destinado a disolverse una vez saneada la economía y asegurada la reelección? ¿O es más de lo mismo; o es, como se piensa a derecha e izquierda, el peronismo reiterándose?

Durante la crisis terminal de 2001, la sociedad, que había llegado al meollo de lo que ocurría, generó la consigna "que se vayan todos". No quería acabar sólo con el gobierno radical, sino con toda la dirigencia nacional, que sólo consiguió salir del atolladero cuando Néstor Kirchner, con su consigna "un país serio", frustró el intento de reimplantar a Carlos Menem. La sociedad lo apoyó porque entendió que para cumplir esa consigna habría que cambiar las cosas, los dirigentes, el estilo, el modelo.

Kirchner intenta cumplir en varios frentes, y si allí donde lo hace puede darse el lujo de ejercer autoridad, e incluso modales fuertes, es porque dispone de un sólido apoyo social. Pero el modelo de acumulación que ha elegido para hacer los cambios -siempre en el supuesto de que realmente quiera hacerlos- es un boomerang que no tardará en volver, porque lo lleva en línea recta a quedar en manos del establishment y de las mafias que lo parasitan.

Es una vieja historia de los populismos y de ciertas izquierdas: se imponen en los momentos bajos o de crisis ante los candidatos del establishment con un mandato popular de cambios, pero luego no abandonan los métodos de la vieja política, negocian con el establishment asuntos que implican la no realización de los cambios y terminan pringados con el establishment y sin apoyo popular. A partir de allí, puede pasar cualquier cosa, desde una derrota electoral, pasando por una deriva autoritaria o una crisis mayor, hasta devenir monigotes de un establishment mafioso recuperado y consolidado.

Una advertencia sobre la primera posibilidad se produjo el mes pasado, cuando la ciudadanía de la provincia de Misiones rechazó rotundamente el proyecto de modificar la Constitución (y los métodos ilegales empleados), a pesar del apoyo explícito del gobierno nacional.

En las páginas que siguen publicamos la primera parte de un dossier sobre la necesidad de que el país disponga de una estrategia económica, política, social, institucional, de mediano y largo plazo, inexistente hoy. Se indica allí lo mucho que falta, pero también las alentadoras disponibilidades humanas, naturales, de infraestructura.

En el actual panorama mundial y su probable derrotero, parece evidente que muchos países y regiones deberán esperar para salir de sus miserias. No es el caso de América del Sur. Mucho menos de Argentina, si no el país más rico, probablemente el más provisto de todo lo necesario. En una perspectiva de más largo plazo que inaugurar una obrita o retener una gobernación, las instituciones son esenciales. El desarrollo es libertad e igualdad, garantizadas por una articulación, una base institucional. En este aspecto ya no hace falta, como en el siglo XIX, mirar hacia Europa o Estados Unidos: desde el punto de vista institucional, Chile y Uruguay, que comparten la misma historia y tienen menos posibilidades, son países mucho más desarrollados que Argentina. Y por lo tanto más estables y promisorios, por más relativas que esas categorías resulten actualmente.

Es posible, como afirma nuestro amigo Alfredo Eric Calcagno (pág. 4) que el populismo sea hoy por hoy la única expresión política capaz de producir cambios 2. ¿Pero es capaz el populismo de producir cambios duraderos y positivos? No lo es; no lo ha sido nunca, y la deriva del peronismo, desde la inclusión masiva de los años '50 del siglo pasado al esperpento mafioso de hoy, es la prueba cabal. Lo mismo puede decirse del radicalismo, ese populismo de clase media y por tanto más ambiguo, timorato y vergonzante. No es casual que el mayor avance de la transversalidad kirchnerista se produzca con dirigentes radicales.

Pero el tiempo de los populismos inclusivos parece haber terminado, al menos en Argentina. La alternativa, hasta nuevo aviso, sigue siendo República o país mafioso. 

  1. "Nada nuevo que decir", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, diciembre de 2005.
  2. Ya se ha hablado de eso en esta columna: "Populismos", junio de 2006.

 

Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 89 - Noviembre 2006
Páginas:3
Temas Política
Países Argentina