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Necesaria democracia sindical

Hay una vieja historia, probablemente un mito, sobre un militante sindical anarquista de principios del siglo pasado, a quien unas piadosas monjas tuvieron que alimentar porque se había desmayado de hambre. Puesto que le encontraron bastante dinero en los bolsillos, le preguntaron por qué había pasado días sin comer. El hombre explicó: "tuve que resolver un problema familiar urgente que me llevó fuera de la ciudad; en eso pasé el tiempo y gasté todo mi dinero. Pero éste no podía tocarlo, es del sindicato..."

Verdadera o no, en cualquier caso romántica, esa historia describe una época. Gabriel García Márquez afirmó que su maravilloso personaje de Cien años de soledad, Remedios La Bella, es real; que esa mujer que paseándose desnuda con toda naturalidad en las situaciones más diversas deslumbraba a todo Macondo y que un día luminoso se elevó hasta desaparecer en el cielo, realmente existió. Claro que la verdadera historia era que Remedios, una joven que todo Macondo deseaba, se había escapado un día con un viajante de comercio; que su avergonzada familia había inventado el cuento de la levitación entre sábanas blancas y que todos en el pueblo conocían la verdad, pero aquella pasó a ser con el tiempo la versión oficial; la historia que sus abuelos contaron a Gabo. El escritor prefirió el mito porque además de ser bello y original, pintaba a la perfección la mentalidad de una época, mientras que la pedestre verdad de los hechos no era más que una anécdota vulgar.

También la historia del sindicalista hambriento es el reflejo de un tiempo en el que ciertas cosas resultaban inadmisibles, porque de manera espontánea o impuesta, el conjunto de la sociedad apuntaba en una dirección ética y moral. Un tiempo en el que los empresarios y políticos pillados con las manos en la masa eran apartados del círculo social y algunos hasta llegaban a suicidarse por eso. En muchos casos, sobre todo en las clases altas, se trataba de pura hipocresía, pero precisamente la prueba de que ciertos valores se habían aceptado era la obligación de fingir que se los respetaba. La hipocresía rendía tributo a la virtud.

 Asociación de intereses

 Ahora, la sociedad argentina convive desde hace décadas,con la evidencia de que una casta de dirigentes sindicales ha dejado de representar a los trabajadores para devenir una suerte de corporación de rasgos mafiosos que negocia con el poder económico y político la suerte de sus representados. Que se enriquece, y hace ostentación de ello, en ese pasteleo en el que por supuesto no faltan amagues, vehementes indignaciones, forcejeos y hasta chantajes al poder económico y político, pero cuyo resultado histórico viene siendo el empobrecimiento de sus representados.

Estos dirigentes sindicales son sin embargo herederos de la época que forjó la historia del exhausto sindicalista, de la que un tiempo después pasaron a ser la expresión concreta, luego tanto la caricatura como la tragedia y ahora una mafia peligrosa no sólo para los trabajadores, sino también para la República.

Es curioso, por otra parte, que cuando se producen reclamos como la democratización de la vida sindical en nombre de las instituciones de la República, la derecha aplauda como si las hubiese defendido toda la vida, cierta izquierda se ponga socarrona como si escondiese una propuesta revolucionaria viable en la manga y el populismo en pleno se revuelva indignado, como si se le reclamase un parricidio.

Es que ese conglomerado, con excepción de la izquierda de puño levantado que le hace el juego, ha devenido una asociación de intereses de la que la burocracia sindical forma parte. Al respecto, la sociedad apenas comienza a advertir que, ante la evidencia de que los tiempos no están para transformarlo todo como se supuso en diciembre de 2001, al menos hay que luchar por las conquistas -o mejor, reconquistas- más urgentes, aquellas que convocan el interés de la mayoría.

Es cierto que en Argentina algunos sectores sociales se han recuperado desde el terremoto de 2001, incluyendo a una porción del trabajo. Pero la novedad es que, a diferencia de otros momentos de crisis, ahora bastante más de un tercio de la población está en situación de marginalidad estructural: 1,6 millones de trabajadores sin empleo; 4,7 millones de trabajadores "en negro" que apenas arañan la supervivencia en condiciones de extrema precariedad y explotación 1. Y que si los trabajadores más o menos estables y declarados han devenido una prenda de negociación en manos de sus dirigentes, el resto no puede aspirar a que esa casta los represente.

No se trata de un problema de estadísticas. Quien crea que una familia puede vivir con los 150 pesos mensuales que recibe del Estado (se los considera empleados) sin rebelarse o caer en la delincuencia más tarde o más temprano, puede confiar nomás en porcentajes y promedios y tolerar que cosas esenciales no cambien en absoluto, hasta que la realidad le estalle en la cara o, lo más probable, hasta que comprenda que su vida se ha tornado invivible.

Es por eso que todo progreso hacia la normalización institucional debería hoy interesar tanto a la derecha liberal -si es que eso existe en el país- como a las clases medias y a los trabajadores. Cada cual entretejerá luego relaciones y disputas del modo y hasta dónde dirá la historia. Pero debe insistirse en que hoy por hoy la alternativa es República o país mafioso, y ya se sabe a quiénes explota u oprime la mafia y con quienes acaba siempre negociando. La llamada burocracia sindical argentina no sólo forma parte del poder económico, como quedó palmariamente demostrado durante el período menemista, sino que admira a sus representantes y quiere parecerse a ellos. Por eso hace ostentación de su riqueza. Otra cosa es preguntarse por qué la sociedad lo tolera, si es realmente así y hasta dónde.

 Una reforma imprescindible

 En las páginas que siguen el Dipló presenta este mes un somero panorama sobre el sindicalismo argentino, en la intención de subrayar una de las cruciales deudas institucionales pendientes: su democratización.

Del mismo modo que las teorías "posibilistas" en tiempos de Raúl Alfonsín, un cierto pragmatismo pretende hoy que no están dadas las condiciones para ciertas reformas: fiscal, política, medios de comunicación, federal, estatal, etc. Es cierto que es imposible realizarlas todas a un tiempo; que este gobierno llegó al poder como llegó y se encontró con el paquete que todos conocen, pero debe entenderse que "el paquete" es lo que es preciso desanudar de urgencia. El posibilismo condujo al gobierno de Alfonsín a la ruina, y aunque nadie puede asegurar que una actitud más audaz y decidida hubiese dado resultado, al menos la sociedad sabría hoy con mayor certeza qué propuestas debería haber apoyado con más fervor, y probablemente el radicalismo no se encontraría al borde de la desaparición.

La actitud de la burocracia sindical desde el final de la dictadura es justamente la prueba de que resulta imprescindible empezar a desmontar el entramado de intereses que llevó al país a la situación actual. Junto al juzgamiento de las Juntas militares, la intentona más audaz del gobierno de Alfonsín fue el proyecto de reforma de la Ley de Asociaciones Profesionales, la "ley Mucci" (ver páginas siguientes). Viéndose en peligro, la burocracia sindical no vaciló en realizar más de una docena de paros nacionales, una beligerancia que abandonó por completo cuando el gobierno peronista de Carlos Menem flexibilizó el mundo del trabajo y dio carta de naturaleza a la indefensión actual de los trabajadores; por no hablar de su indiferencia ante la desnacionalización de sectores clave o la destrucción de la industria local. O sea: la burocracia defendió con uñas y dientes sus intereses de casta y se mostró impávida ante el deterioro de la situación de sus representados.

¿Es posible creer que estos mismos dirigentes vayan a comportarse de modo distinto alguna vez; que ante una nueva situación difícil o un gobierno de derechas -una eventualidad que se descarta con demasiada ligereza- intenten equilibrar la balanza en interés del trabajo?

El problema es que además de dirigentes sindicales honestos y fieles a sus representantes en el sentido clásico, la República, cualquier República, necesita hoy líderes capaces de desenvolverse en un contexto de crecimiento económico y disminución de la demanda de trabajo 2. Ya no se trata de luchar por mejoras salariales sin más, porque esa demanda deviene ilusoria ante la existencia estructural de una enorme oferta de trabajo proveniente de los desempleados y trabajadores en negro.

Y si los trabajadores -todos, ocupados o no- necesitan de representantes fieles y capaces, la República otro tanto, porque su estructura, sus instituciones, no soportarán por mucho tiempo la existencia de un enorme sector social desprotegido, en aumento y en progresivo e inevitable proceso de lumpenización. A menos que se imagine, como imaginan algunos, que un par de generaciones de desocupados vaya a dar en una nueva clase social revolucionaria...

Se trata, es cierto, de un fenómeno mundial, pero es justamente este factor el que prueba la necesidad de orientarse hacia un sistema republicano de avanzada (Amin, pág. 37), una propuesta que parece ir cuajando en América del Sur con fuerza y posibilidades. En un contexto planetario de competencia empresaria y laboral cada vez más despiadado, la región tiene ante sí la doble necesidad de integrarse abierta al mundo y de protegerse de sus embates. Nada está determinado; todo está en ciernes. Es por eso que los gobiernos populares que hoy dominan el panorama tienen la obligación de al menos echar ciertas bases al proyecto, de las cuales la fuerza e independencia del sector del trabajo es un pilar fundamental.

Quizá en ningún país esto resulte tan imprescindible como en Argentina, pero no obstante sigue pendiente, fuera de agenda. De persistir esta situación, este gobierno acabará defraudando y la República y la sociedad pagarán un alto precio.

  1. Daniel Muchnik, "La UIA pide más flexibilización laboral", Clarín, Buenos Aires, 26-12-06.
  2. Carlos Gabetta, "Piqueteros, velo islámico y deuda social" y "La ilusión del trabajo", Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, Buenos Aires, enero y febrero de 2004, entre otros.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 91 - Enero 2007
Páginas:3
Temas Socialdemocracia