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El poder bielorruso se cree inmortal

Es muy probable que la elección presidencial del 19 de marzo en Bielorrusia no resulte en una nueva “revolución de color”. Sin duda, el presidente Alexandre Grigorievich Lukashenko fundamentará su supervivencia política en el carácter represivo de su régimen, pero también en un balance económico y social menos negativo que el de muchos países vecinos, especialmente gracias a las tarifas energéticas.

"Este régimen es sencillamente perfecto", comprueba con resignación al volante de su automóvil un joven universitario cercano a la oposición, mientras los edificios estalinistas desfilan a ambos lados de la arteria principal de Minsk. Una sensación de orden y seguridad impera en las calles de la capital, que no conoce los letreros agresivos de las marcas occidentales, a excepción de McDonald's. A pocas semanas de las elecciones presidenciales anticipadas del 19 de marzo, tampoco se ve el menor afiche de los candidatos de la oposición.

Sucede que el presidente Alexandre Grigorievich Lukashenko, gran aficionado al hockey sobre hielo, no tiene intenciones de abandonar la suerte del país a los "parásitos de la oposición" o a los "piojos tiñosos" de los empresarios privados. Lukashenko fue elegido en 1994 en la primera elección presidencial post-soviética más o menos transparente. Ya por entonces un diplomático occidental preocupado por "su programa totalmente inconsistente", lo calificaba de "populista por excelencia, sin experiencia en el poder". Pero elegido legalmente con más del 80% de los votos, el Batka ("padrecito") instauraría un régimen cada vez más autoritario.

En 1995, mediante un referéndum organizado el mismo día de las primeras elecciones legislativas de su presidencia, Lukashenko reforzó su control sobre las instancias políticas del país, obteniendo el derecho a disolver el Parlamento (78% a favor del "sí"). Otras tres cuestiones (ampliamente plebiscitadas), recaían sobre el restablecimiento del ruso como idioma oficial junto al bielorruso, el reemplazo de la bandera blanca, roja y blanca por la antigua bandera de la República de la era soviética (despojada, es cierto, de la hoz y el martillo) y un programa de integración económica con la vecina Rusia. Dando muestras de su escaso interés por las actividades parlamentarias, el propio Presidente anunció, en directo por televisión, que no iba a trasladarse para votar al diputado de su circunscripción... En noviembre de 1996, un nuevo referéndum reforzó aun más los poderes presidenciales.

Para muchos de los actuales opositores, 1996 significó el primer año negro, tal como lo señala Petr Martsev, jefe de redacción del periódico independiente Belorusskaia Delovaia Gazeta. El diario perdió entonces su licencia de distribución por las redes oficiales y la guerra declarada continuó hasta 2003, cuando Lukashenko ordenó su clausura. Prohibida durante tres meses, la publicación sobrevive actualmente gracias a las suscripciones "en un discreto sobre" y a los magros ingresos publicitarios, a pesar de los problemas de impresión, distribución y las multas "administrativas" de varias decenas de miles de dólares.

La situación no resulta más sencilla para las organizaciones defensoras de los derechos de las personas. Una de ellas, Vesna ("la primavera") se instaló en un departamento privado. Antes de abrir la puerta, los visitantes son objeto de un minucioso filtro. En cuanto a la organización de la Carta 97, uno de sus dirigentes prefiere citar discretamente en un café. A pesar de todo, "el régimen comienza a sentir que algo pasa. Prueba de ello es que Lukashenko adelantó las elecciones presidenciales para marzo (en vez de julio), porque siente que la sociedad comienza a reaccionar, pero el miedo todavía está muy presente, en el trabajo, en las familias, sobre todo a partir de este año, con las enmiendas...", confía.

En efecto, a comienzos de enero el poder aprobó un nuevo arsenal legislativo que permite condenar penalmente a los imputados por acusaciones antes consideradas simples delitos administrativos. Se incorporaron también nuevos artículos al Código Penal, referidos especialmente a la "difamación de la República de Bielorrusia" (artículo 369-1), que castiga con una pena de prisión de 6 meses a 2 años "la divulgación (en una instancia extranjera) de información falsa (...) que difame a la República de Bielorrusia o a las autoridades (del Estado)". ¿Una simple medida tendiente a atemorizar a la población en vísperas de las elecciones o la intención real de llevar a cabo pronto una purga en el seno de los sectores democráticos?

El clima de temor instalado por estas popravki (enmiendas) parece tener una temible eficacia, haciendo callar a organizaciones sin embargo libres de toda sospecha anti-Lukashenko. Es el caso de la muy oficial Unión de la Juventud Republicana Bielorrusa (BRSM), bautizada Lukamol por sus detractores debido a su proximidad simbólica con los antiguos komsomoles soviéticos. En la sede de la BRSM de Minsk, la dirección no concede entrevistas a periodistas extranjeros, mientras que en las oficinas regionales de Grodno los militantes se niegan a mencionar las actividades de su movimiento, sin embargo inofensivas: bailes nocturnos, concurso del joven koljoziano más meritorio, actividades deportivas... "Una aplastante mayoría de jóvenes se inscribe en la Lukamol para obtener beneficios materiales -señala el responsable de una ONG-. En el interior especialmente, a veces se entregan a los jóvenes militantes entradas gratuitas para las discotecas".

La ideología del Estado 

A diferencia del clan de Aliyev padre e hijo en Azerbaiyán o de Nursultan Nazarbaiev en Kazajstán, Lukashenko no practica el culto a la personalidad. A pesar de su obsesiva presencia en las pantallas de televisión, no se observa en las calles ningún retrato del jefe de Estado. En el Parlamento, ningún partido representa oficialmente su programa. La mayoría de los diputados carecen de etiquetas políticas, aun cuando en esta asamblea totalmente adicta al presidente pueda encontrarse una fracción disidente del Partido Comunista Bielorruso, o incluso del Partido Liberal Democrático, un grupo de extrema derecha cercano al partido epónimo de Vladimir Jirinovski en Rusia y al Frente Nacional francés de Le Pen.

¿Cómo calificar pues este régimen político? "Lukashenko no reproduce el sistema soviético: sólo guarda las apariencias para instaurar un régimen estatista original -explica un ex profesor universitario, responsable de un centro de estudios semiclandestino-. Todo el sistema se basa en la ‘ideología del Estado', una doctrina que se enseña actualmente en las universidades; las fábricas deben tener ahora un director con esta ideología. Pero es un concepto vacío y la ideología del Estado, contrariamente a lo que sucedía en la URSS, no tiene incidencia en la realidad. Contrariamente al comunismo, la ideología del Estado no se interesa por el futuro". Esta "ideología del Estado", mezcla de referencias diversas ensalzada por el régimen a partir de 2003, evoca valores supuestamente tradicionales del pueblo bielorruso como el pacifismo o la tolerancia, pero enseña esencialmente la fidelidad y la obediencia al Estado.

"Estabilidad y prosperidad" es el lema del Presidente. En comparación con sus vecinos de Ucrania y Rusia, el país parece efectivamente gozar de una relativa prosperidad económica. El salario promedio alcanzó los 250 dólares en diciembre de 2005 y los sueldos se pagan puntualmente, así como las jubilaciones, que superan los 100 dólares. El país tiene casi pleno empleo, con una tasa de desempleo oficial de 1,5%. "En realidad, existe un muy alto desempleo latente, ya que muchas personas están subempleadas", señala Alyaksandr Yaroshuk, dirigente del Congreso de Sindicatos Democráticos.

Sin embargo, el salario promedio aún no permite alimentarse bien, y según las cifras oficiales, el 20% de la población viviría bajo la línea de pobreza 1. En Grodno, una ciudad de más de 300.000 habitantes ubicada a 40 kilómetros de Polonia, abundan los pequeños tráficos fronterizos: los productos básicos son mucho más baratos en Bialystok, ¡del lado de la Unión Europea! En la estación de autobuses, hay vehículos que por unos miles de rublos ofrecen el trayecto ida y vuelta hasta el supermercado polaco Auchan más cercano.

El "milagro económico" bielorruso merece pues algunas explicaciones. Para Stanislav Bogdankevich, ex director del Banco Nacional, Bielorrusia se beneficia de la renta energética rusa. La economía se basa sólo en unos pocos pilares: el tránsito y la refinación de gas y petróleo rusos, la metalurgia y la producción de abono. Las infraestructuras industriales heredadas de la URSS no fueron destruidas, y el sistema puede funcionar gracias a las tarifas energéticas muy ventajosas que concede Moscú. "En 2004, el Fondo Monetario Internacional calculó que Bielorrusia había ganado 4.000 millones de dólares gracias a estos regalos directos de Moscú. El Producto Bruto Interno del país es de 22.000 millones: estas dos cifras señalan la magnitud de nuestra dependencia", explica Bogdankevich.

En 1996, se firmó con Rusia un tratado de unión política y económica. Desde entonces, se estableció entre ambos Estados una unión aduanera, pero el proyecto de una moneda común quedó en el olvido, y la unión política permanece en el limbo, probablemente en parte a raíz de la desconfianza recíproca que prevalece entre Lukashenko y Vladimir Putin. Bielorrusia desempeña la función de talud de Rusia en las fronteras de la Unión Europea. La relativa prosperidad del país se basa también en la venta de armas heredadas del antiguo arsenal soviético (Bielorrusia es el decimotercer exportador mundial de armas convencionales) 2, una de las razones por las cuales la administración estadounidense incluyó al país en "el eje del mal".

Muchas grandes empresas siguen siendo públicas, las demás fueron oficialmente privatizadas, pero en los hechos, el Estado posee generalmente más del 99% de su capital. El "pleno empleo" del que se jacta el gobierno también tiene sus límites: desde hace un año, los contratos por tiempo determinado se extendieron a todos los sectores de la economía. Actualmente, los empleados del país disponen en su mayoría de contratos de trabajo por uno o dos años, raras veces por más. Así, este gobierno que se jacta de tener inquietudes "sociales" hizo realidad lo que los dirigentes más liberales no se atreverían siquiera a soñar. Consecuencias de este sistema: varias decenas de militantes de los sindicatos independientes fueron despedidos. La fábrica de nitrógeno de Grodno, que tiene 6.000 empleados, era un bastión del Congreso de Sindicatos Democráticos: desde diciembre, unos 350 de los 850 afiliados al sindicato devolvieron sus credenciales, por temor a perder su empleo, explica el dirigente sindical Syarhei Antusevich.

A diferencia de Rusia u otras repúblicas post-soviéticas, aquí no se exhibe la extrema riqueza. "¿Los ricos? Son los directivos de las empresas, los altos funcionarios, y algunos pocos hombres de negocios ligados al régimen -explica Bogdankevich-. El país no está abierto al capital extranjero y Lukashenko desconfía de los oligarcas rusos, que podrían amenazar su poder y no tienen acceso al mercado bielorruso. De hecho, en nuestro país sólo hay un oligarca: nuestro presidente".

El régimen se ensañó con los pequeños empresarios privados. Se estima que unos 7.000 estarían aún en prisión por "delitos económicos", generalmente casos de corrupción por unas decenas de euros... Aleksandr Vasiliev exhibe orgullosamente su tarjeta de "ex preso político, detenido desde el 7 de septiembre de 2004 hasta el 7 de julio de 2005". De origen ruso, ex oficial superior del Ejército Rojo, Vasiliev se instaló en Grodno tras haber sido evacuado de la ex República Democrática Alemana. Montó una empresa de carpintería, que no tardó en quebrar. Fundador de un movimiento de protesta de los pequeños empresarios, fue detenido luego de haber organizado una contra-manifestación durante los festejos del 1º de Mayo. "Con su acoso legislativo, el poder transformó a los empresarios en opositores. Hemos vuelto a una suerte de comunismo modernizado, sin partido y sin ideología".

Una coalición opositora

En el capítulo detenciones, la oposición política no se queda atrás. Jefe del Frente de la Juventud, un movimiento nacionalista de derecha afiliado al Frente Popular Bielorruso, Paval Sieviaryniec cumple una condena de dos años de arresto domiciliario en un pequeño pueblo de leñadores situado a pocos kilómetros de la frontera rusa. Detenido durante las manifestaciones que siguieron a las elecciones de 2004, fue condenado en 2005 a la deportación por haber bloqueado el tránsito en el centro de Minsk ¡durante 21 minutos! "No hay muchos especialistas en manifestaciones callejeras en Bielorrusia. El poder tuvo miedo -cuenta con tranquilidad Sieviaryniec, en el dormitorio común de la aldea forestal de Malaia Sitna-. Sin embargo, el presidente bloquea las calles todos los días con su cortejo", ironiza este militante de veintinueve años.

Frente a semejante represión, en un Congreso celebrado el 5 de octubre de 2005 una decena de partidos de la oposición logró ponerse de acuerdo sobre la elección de un candidato. Contra todo pronóstico, fue un independiente cercano al Frente Popular, Alyaksandr Milinkevich, el que ganó la elección. Ningún partido cuestionó el voto de los militantes y Milinkevich goza de un apoyo sin fallas. Este hombre carismático tiene la gran ventaja de no haberse involucrado en el pasado en las disputas intestinas de la oposición.

A la cabeza de una amplia coalición, Milinkevich debió definir un programa lo más abarcador posible. Entre las organizaciones que lo apoyan, figura el Partido Comunista de Bielorrusia y el Frente Popular, liberal en economía, conservador a nivel social. Desde el comienzo, la coalición se niega a pronunciarse sobre ideas que irritan: no hay alusiones a la integración europea o euro-atlántica (que el Frente Popular reivindica), ni referencias al "gobierno central fuerte" que desean los comunistas.

"Sería inaceptable enfrentarse por este tipo de discrepancias", reconoce Syarhei Kaliakin, primer secretario del Comité Central del Partido Comunista. Ex responsable local en la época soviética, cuadro del Partido Comunista de la URSS durante décadas, Kaliakin es actualmente director de campaña de Milinkevich. Esta decisión ilustra el injerto logrado entre las diferentes facciones de una oposición heterogénea: mientras que Milinkevich tiene todos los rasgos del universitario centroeuropeo orientado hacia Occidente, su director de campaña conserva el perfil del apparatchik soviético.

La Unión de Fuerzas Cívicas, otro partido de la coalición de orientación liberal, apoya también al hombre fuerte de la oposición. "Pero Europa tiene que involucrarse más", explica Anatol Lebedzka, jefe del partido. Los países de la UE que limitan con Bielorrusia -Polonia y Lituania- son conscientes de la apuesta, y albergan en su territorio a diferentes estructuras de la oposición. Violentamente denunciada por el régimen, la ayuda exterior a las fuerzas democráticas bielorrusas sólo podrá desempeñar un papel complementario. "Se necesitan acciones, no palabras -agrega el dirigente de la Unión de Fuerzas Cívicas-. Si no, temo una caída violenta del régimen, como la Rumania de Ceausescu. Sin embargo, nuestra oportunidad está en las calles. Es allí donde puede lograrse la victoria".

El frente de la tienda estatal GUM, sobre la avenida de la Independencia, parece la salida de un colegio: un centenar de jóvenes se dio cita, a través de internet o de SMS, con el fin de llevar a cabo una acción espontánea (flash mob). El naranja ucraniano fue reemplazado por el color de los jeans: la pequeña multitud saca de sus bolsillos una cinta de tela que atan a los árboles o en sus cuerpos. El ambiente es bien intencionado, a pesar de la ostentosa presencia de policías de civil.

En el origen de esta manifestación se encuentra el movimiento Zubr ("bisonte"), que reivindica su filiación con los movimientos serbio Otpor, georgiano Kmara y ucraniano Pora 3. "Contamos con una red de 2.000 militantes, de los cuales unos cincuenta ya fueron expulsados de la universidad", explica Alyaksandr, uno de los responsables de la organización surgida en 2001.

¿Puede la oposición hacer tambalear al régimen? Al fraude directo, probable en las elecciones del 19 de marzo, deben sumarse las presiones a los electores antes de la votación. En el último escrutinio, trascendió que directores de koljozes fueron destituidos si los votos en favor del poder no llegaban al 60% en sus circunscripciones. La oposición organizará probablemente manifestaciones, pero tendrá dificultades para generar una amplia movilización. Algunos diplomáticos occidentales en Minsk no descartan sin embargo la hipótesis de un "escenario catástrofe" de importantes manifestaciones reprimidas sangrientamente por el régimen.

El Presidente, que tanto apuesta a la carta de la "estabilidad", ¿tiene acaso la eternidad por delante? Seguramente no, pero es probable que la clave del cambio se encuentre más en Moscú que en Minsk. Tras la "revolución naranja" ucraniana, Lukashenko representa una pieza importante para el Kremlin. El régimen de Minsk no está sin embargo a salvo de una redefinición de los equilibrios geopolíticos en el espacio post-soviético.

  1. Contra el 6,3% en Francia, según el INSEE.
  2. Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI).
  3. Régis Genté y Laurent Rouy, "Revoluciones no violentas", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2005.
Autor/es Jean-Arnault Derens, Alexandre Billette
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 81 - Marzo 2006
Páginas:14,15,16
Traducción Gustavo Recalde
Temas Estado (Política)
Países Bielorrusia (Ex URSS)