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Alianza de civilizaciones

Las migraciones, la integración y la técnica han derribado las viejas barreras que separaban a las civilizaciones. Pero el acercamiento ha conducido a una nueva era de intolerancia, extremismo y violencia. El ex secretario general de la ONU, al presentar el informe “Alianza de Civilizaciones” en Estambul, se pronuncia por la fusión de las diferencias culturales como condición sine qua non para el progreso humano.

Las corrientes del Bósforo son famosas por su fuerza y porque van en sentidos opuestos en la superficie y en las profundidades. Sin embargo, hace siglos que el pueblo turco aprendió a negociar entre estas corrientes, en la frontera entre Europa y Asia y entre el mundo islámico y Occidente, lo que contribuyó a su prosperidad 1. El informe sobre la Alianza de Civilizaciones señala acertadamente que la fusión de las diferencias -ya sean de opinión, de cultura, de creencia o de modo de vida- ha sido desde siempre el motor del progreso humano. Fue así como, en la época en que Europa atravesaba la "edad oscura", la península ibérica construyó su esplendor sobre la base de la interacción entre las tradiciones musulmana, cristiana y judía. Más tarde, el Imperio otomano prosperó, no sólo gracias a su ejército, sino también porque, en este imperio de las ideas, el arte y las técnicas musulmanas se enriquecieron con los aportes judíos y cristianos.

Lamentablemente, muchos siglos después, nuestra era globalizada está marcada por el incremento de la intolerancia, el extremismo y la violencia. Lejos de propiciar la comprensión mutua y la amistad, el acortamiento de las distancias y el mejoramiento de las comunicaciones engendraron con frecuencia la tensión y la desconfianza. Son muchos quienes -sobre todo en los países en vías de desarrollo- temen la aldea planetaria, a la que ven como sinónimo de agresión cultural y de sangría económica. La globalización amenaza tanto a sus valores como a sus bolsillos.

Islam y Occidente

Los ataques terroristas del 11 de septiembre, la guerra y los conflictos en Medio Oriente, declaraciones y dibujos poco felices no hicieron más que reforzar este sentimiento y alimentar las tensiones entre los pueblos y las culturas. Lo cual puso a prueba las relaciones entre los fieles de las tres grandes religiones monoteístas.

En un momento en que las migraciones internacionales conducen a que convivan cantidades sin precedentes de personas de religiones y culturas diferentes, los preconceptos y los estereotipos que subyacen a la idea de "choque de civilizaciones" están cada vez más extendidos. Ciertos grupos parecen estar impacientes por fomentar una nueva guerra de religión, esta vez a escala mundial; y esta tarea se ve facilitada a su vez por la indiferencia -e incluso el desprecio soberano- que los demás manifiestan respecto de sus creencias o de sus símbolos.

En pocas palabras, la idea de una alianza de civilizaciones no podría haber llegado en mejor momento, sobre todo porque ya no vivimos en civilizaciones diferentes, como nuestros antepasados. Las migraciones, la integración y la técnica han acercado a las distintas razas, culturas y etnias, derribando viejas barreras y haciendo aparecer nuevas realidades. Vivimos, como nunca antes, codo a codo, bajo muchas influencias e ideas diferentes.

La demonización del otro resultó ser la solución más fácil. En este siglo XXI somos rehenes de nuestra percepción de la injusticia y de nuestros derechos. Estamos presos de nuestro propio discurso. Es así como para mucha gente en el mundo, en particular los musulmanes, Occidente es una amenaza para sus creencias y sus valores, sus intereses económicos y sus aspiraciones políticas. Toda evidencia en contra de esta percepción es despreciada y rechazada como increíble. De manera análoga, son muchos los occidentales que consideran al islam como una religión de extremismo y violencia, aun cuando ambos mundos mantienen desde siempre relaciones en las que el comercio, la cooperación y los intercambios culturales ocuparon un lugar por lo menos tan significativo como los conflictos.

Es absolutamente necesario que venzamos estos resentimientos. Para empezar, deberíamos reafirmar y demostrar que el problema no está en el Corán, la Torá ni la Biblia, que el problema no es la fe sino los fieles y la manera en que se comportan los unos con los otros. Debemos hacer hincapié en los valores compartidos por todas las religiones: la compasión, la solidaridad, el respeto por la persona, la regla de oro "No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti". Al mismo tiempo, neguémonos a hacernos una imagen de todo un pueblo, de toda una región o de toda una religión a partir de los crímenes que cometen unos pocos individuos o grupos reducidos.

Son cosa sabida las ventajas que pueden traer los inmigrantes a su nueva patria, no sólo como trabajadores sino también como consumidores, empresarios y actores de una cultura más rica y diversa. Pero estas ventajas no están distribuidas de manera pareja y no suelen ser valoradas en su justa medida por la población que los recibe, que en gran parte tiende a considerar a los inmigrantes como una amenaza para sus intereses materiales, su seguridad y su modo de vida tradicional.

Sobre todo en Europa, los gobiernos tardaron en comprender que necesitaban elaborar estrategias para integrar a los recién llegados y sus hijos en la sociedad que los recibía. Estos gobiernos pretendían que las nuevas comunidades se adecuaran a una visión estática de la identidad nacional del país, en lugar de acceder a repensar en qué medida la cultura y los valores deben ser compartidos por las distintas comunidades que viven juntas en un Estado democrático. Así, Turquía encontró su camino hacia el ingreso a la Unión Europea plagado de obstáculos, tras los cuales se adivina con frecuencia una noción de identidad europea que de manera implícita o explícita excluye a los musulmanes.

Hititas y egipcios

Muchos inmigrantes de segunda o tercera generación crecieron en guetos, muchas veces con altas tasas de desempleo, relativa pobreza y altos índices de criminalidad, mientras sus vecinos llamados "autóctonos" los ven con una mezcla de miedo y desprecio.

Desaprender la intolerancia es, en parte, una cuestión de protección jurídica. Hace tiempo que el derecho internacional consagró el derecho a la libertad de culto y el derecho a no ser objeto de discriminación por motivos de religión, y hace tiempo que estos derechos han sido incorporados a la legislación interna de muchos países. Toda estrategia que apunte a tender puentes debe depender en gran medida de la educación -no sólo sobre el islam o el cristianismo, sino sobre todas las religiones, tradiciones y culturas-, de manera que las distorsiones y los mitos puedan ser percibidos como tales.

Asimismo, debemos crear posibilidades para los jóvenes, ofrecerles una alternativa creíble para el canto de las sirenas que llaman al odio y el extremismo. Debemos darles la posibilidad concreta de contribuir a la mejora del orden mundial, de manera que ya no sientan la necesidad de destruirlo. Debemos preservar la libertad de expresión y trabajar al mismo tiempo para que dicha libertad no sirva para propagar el odio o infligir humillación. Debemos convencerlos de que los derechos vienen con una responsabilidad y deben ejercerse con cuidado, en particular cuando se trata de tradiciones y símbolos que son sagrados para otras personas.

Las autoridades públicas deben desempeñar un papel de liderazgo en la condena de la intolerancia y el extremismo. Les incumbe lograr que la legislación contemple los compromisos de no discriminación y que la ley se aplique. Pero su responsabilidad no nos exonera de la nuestra. Cada uno de nosotros, a título individual, contribuye a formar el clima político y cultural de la sociedad que integra. Debemos estar siempre dispuestos a rectificar los estereotipos y las imágenes distorsionadas, y a tomar la palabra cuando haya que defender a las víctimas de la discriminación.

Nada de esto tendrá mucho efecto si los acontecimientos políticos siguen alimentando el actual clima de miedo y de sospecha, en particular aquellos en los que los pueblos musulmanes -los iraquíes, los afganos, los chechenos, y quizá más que nadie los palestinos- son víctimas de acciones militares llevadas a cabo por potencias no musulmanas. Ningún otro conflicto tiene una carga simbólica y emocional tan poderosa para personas alejadas del campo de batalla como el conflicto árabe-israelí. Mientras los palestinos sigan viviendo bajo la ocupación, expuestos a frustraciones y humillaciones cotidianas, y mientras los israelíes sigan volando por los aires en autobuses o salones de baile, las pasiones seguirán encendidas en todas partes.

Puede parecer injusto que los progresos registrados en la mejora de las relaciones entre los ciudadanos de un mismo país europeo dependan de la solución de uno de los problemas políticos más irresolubles. Sin embargo, el vínculo existe y es indispensable trabajar en dos frentes a la vez: tratar de mejorar la comprensión social y cultural entre los pueblos y resolver los conflictos políticos, tanto en Medio Oriente como en otras regiones.

Que nos sirva de inspiración una inscripción que puede verse en el Museo Arqueológico de Estambul y que contiene el tratado de paz entre los imperios hitita y egipcio, tras la sangrienta batalla de Kadesh, en 1279 a.C. Poniendo fin a décadas de desconfianza y de guerra, este tratado marcó un hito en su época: ambas partes se comprometían a prestarse asistencia mutua y a cooperar recíprocamente. Se trataba, de hecho, de la representación literal de una alianza entre dos grandes civilizaciones.

  1. Este texto es la adaptación de una intervención de Kofi Annan en Estambul, en ocasión de presentarse el informe de la Alianza de Civilizaciones, disponible en inglés: www.unaoc.org.
Autor/es Kofi Annan
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 92 - Febrero 2007
Páginas:29
Traducción Mariana Saúl
Temas Sociología, Mundialización (Cultura)