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Vacilaciones de Argentina y Brasil

La inexplicable negativa de Argentina a someter su contencioso con Uruguay por el tema de las papeleras al arbitraje de los demás socios del Mercosur resulta una metáfora de la verdadera dificultad -más allá de la retórica de los Presidentes y de los vaivenes de la información periodística- que enfrenta la integración sudamericana: la ausencia, hasta el momento, de una firme convicción político-estratégica de parte de los gobiernos de Argentina y Brasil.

Así como la Unión Europea no hubiese podido avanzar desde su primigenio estado de simple asociación de cinco países para explotar y administrar dos productos (el carbón y el acero), hasta su actual composición de 25 países con una moneda común si los dos "grandes", Alemania y Francia, hubieran dejado de fogonear por un sólo instante el proyecto -superando todo tipo de dificultades e incluso crisis- ni el Mercosur ni mucho menos la Unión Suramericana son concebibles sin que Argentina y Brasil tiren del carro.

El más timorato hasta ahora es Argentina, quizá porque por primera vez en su historia se encuentra en situación de debilidad no ya ante Brasil, que ha acabado por superarlo en todos los terrenos, sino incluso ante Bolivia, de quien depende para la provisión de gas a bajo precio, y ante Venezuela, cuyo gobierno le está resolviendo más de un problema mediante la compra masiva de bonos del Estado y otros interesantes negocios. Argentina está a las puertas de una crisis energética 1 y ha alienado sus recursos naturales; tiene una industria muy poco competitiva 2, un gravísimo déficit institucional y una inestabilidad política potencial que ninguna encuesta de opinión puede disimular, por no hablar del caldero social. Es justamente esta situación la que debería impulsarla a ponerse a la cabeza de un proyecto integrador en el que tiene todo para ganar, pero su gobierno sigue prefiriendo la gestualidad a los hechos, el decorado a los cimientos.

En cuanto a Brasil, no puede decirse que se muestre más decidido, pero sus razones son otras. Es el país más grande, más rico y desarrollado de la región. Tiene una industria altamente competitiva a nivel mundial que le garantiza un alto excedente comercial con muy buen componente de valor agregado, similar al de los países desarrollados; ha alcanzado la autonomía energética y conserva lo esencial de sus riquezas naturales; es un gigante geo y demográfico y dispone de un empresariado y de una burocracia envidiables, sobre todo vistos desde su andrajoso, en estos terrenos, gran vecino del sur. Brasil puede darse pues el lujo de oscilar -aunque hasta cierto punto- entre la integración sudamericana y sus posibilidades de gran potencia mundial, que todo el mundo reconoce. Así lo prueban sus acuerdos con India, China, Sudáfrica y otros países que su notable diplomacia desarrolla en paralelo con la integración sudamericana. En otras palabras, si por ineficacia, falta de voluntad o algún vaivén político sus vecinos no avanzaran, Brasil podría prescindir del proyecto, haciendo lo mismo que trata actualmente de hacer Estados Unidos en vista del fracaso del ALCA: tratados bilaterales con todos y cada uno de los países, en paralelo con su despliegue internacional.

 Necesidades internas

 Brasil tiene incluso la ventaja de que esta relativa ambivalencia continuaría seguramente si su actual gobierno fuese derrotado en las elecciones de este año. Desde siempre, la burguesía brasileña y sus dirigentes políticos se las han apañado -incluso en régimen dictatorial- para dotar de cierta continuidad a su desarrollo económico y a su diplomacia. No es el caso de los demás países -con excepción de Chile- y sobre todo de Argentina, cuyos gobiernos, tanto civiles como militares, han rivalizado hasta ahora en despilfarrar soberanía y recursos naturales y destruir la industria nacional, acompañando ese suicidio material con una alharaca política interna y una diplomacia esperpénticas. Basta recordar la invasión a las islas Malvinas -que alienó por mucho tiempo las legítimas aspiraciones argentinas- y las "relaciones carnales" entre Argentina y Estados Unidos en la década pasada para corroborarlo.

Pero los gobiernos actuales de los países del Mercosur, incluyendo a Venezuela, basan su indudable legitimidad en un mandato ciudadano mayoritario muy claro: recuperación y afirmación de soberanía e integración regional (dos términos que han dejado de ser contradictorios); mayor igualdad social; democracia y transparencia institucional. Al cabo de dos décadas de políticas neoliberales y sus consecuencias económicas y sociales, ese reclamo se ha generalizado y devenido una exigencia política consciente y masiva basada en la necesidad, cuando no en la desesperación 3. Hoy por hoy, en América Latina no es concebible un gobierno estable que se desentienda de esos reclamos. La crónica crisis colombiana, la inestabilidad en Ecuador y Perú, las dificultades de Lula en Brasil y las posibilidades del progresismo en las próximas elecciones de Nicaragua y México, constituyen distintos signos de una misma necesidad y voluntad de cambio.

Por supuesto que aun lanzados por esa senda, los gobiernos progresistas deben enfrentar enormes problemas, de doble origen. Por un lado, las urgencias de su base social y electoral. Por otro, la oposición interna y sus apoyos internacionales, una combinación que suele terminar acudiendo a cualquier recurso para defender sus intereses. Tanto Evo Morales en Bolivia como Tabaré Vázquez en Uruguay, por citar los dos más recientes ejemplos, pueden dar fe de esta doble presión. El venezolano Hugo Chávez tiene desde siempre a toda su burguesía, los medios de comunicación nacionales e internacionales y al conjunto de los países desarrollados en la oposición, tal como quedó demostrado en el fallido golpe de Estado de abril de 2001.

Pero aquel intento también demostró que cuando un gobierno, con todos sus errores y carencias, demuestra ir en el sentido de los intereses de su base social y electorado, puede contar con ellos en los momentos difíciles. Ocurre lo mismo en sentido contrario: las movilizaciones populares desestabilizan o derrocan a los gobiernos reaccionarios, como les ocurrió a Sánchez de Lozada en Bolivia, a Gutiérrez en Ecuador y a De la Rúa en Argentina.

 Un objetivo y un mandato

 En la actual situación internacional 4, resulta indudable que la integración regional es, si no la única gran vía para el desarrollo económico de cada país, al menos la mejor apuesta. También es un proyecto en el sentido fuerte del término; una meta, un objetivo movilizador, una esperanza que se puede acariciar con las manos y, no menos importante, un mandato común desde los tiempos de la Independencia. No es sólo Bolívar, sino una línea histórica que desde San Martín, O'Higgins, Artigas, Sucre y Toussaint L'Ouverture, se prolonga en Juárez, Martí, Sandino, Prestes, Allende, Quiroga Santa Cruz, Guevara y tantos otros.

Más allá de su estilo, el que más cabalmente ha comprendido la fuerza de semejante mandato cuando éste coincide con una coyuntura histórica como la actual, es Hugo Chávez. El venezolano, que sabe que conquistará democráticamente otro período, sabe también que el tiempo apremia, que todo puede cambiar, que todo va inexorablemente a cambiar internacional y localmente y que si la región no se pertrecha de manera adecuada todos los países saldrán perdiendo, como siempre ha ocurrido. Es por eso que propone un banco y un gasoducto regionales entre otros proyectos estratégicos; que rechaza asociarse con los países que ceden ante Estados Unidos; que presiona reuniéndose unilateralmente con Paraguay y Uruguay y luego acude a San Pablo para tranquilizar a Lula y Kirchner e impulsarlos a "reformatear" el Mercosur (Bilbao, pág. 4). En otras palabras, que ha elegido a amigos y adversarios; que tiene una estrategia e intenta aplicarla. Chávez no necesita la integración tanto para desarrollarse (tiene recursos de sobra y podría encontrar socios en otra parte), cuanto para protegerse: Venezuela, como Cuba, está a tiro de piedra de Estados Unidos. Pero Chávez también sabe como nadie, porque viene de un país que luego de medio siglo de "democracia" y de fabulosos ingresos petroleros sigue siendo subdesarrollado e injusto (y porque apenas intentó cambiarlo un ápice intentaron derrocarlo), que el único camino es la determinación y la audacia, el ataque como mejor defensa.

Ni Lula da Silva ni Néstor Kirchner, a pesar de que la necesidad apremia y la oportunidad es transparente como una mañana de otoño, se han mostrado hasta ahora a la altura del desafío histórico. Si así fuese, estarían impulsando con vigor en el Mercosur proyectos de infraestructura, mecanismos de compensación para los países y regiones más débiles, instituciones, burocracia, proyectos económicos de escala... En suma, una integración en serio y con visión de futuro; algo que preserve al proyecto de los vaivenes de la política regional y mundial y lo saque de la atonía y mediocridad actuales.

  1. Ver dossier "El sector hidrocarburífero argentino", varios autores, en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, abril de 2003.
  2. El actual boom exportador argentino se debe esencialmente a los bienes primarios y a los altos precios de que gozan por el momento. Su componente de valor agregado es muy bajo. Su déficit comercial con Brasil (3.600 millones de dólares en 2005) tiene esa base y es ya crónico, a pesar de la apreciación del real frente al peso. Daniel Muchnik, "El modelo exportador de Argentina" y "Los problemas del Mercosur se deben a las carencias argentinas", Clarín, Buenos Aires, 6 y 27-2-06.
  3. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) estima que en 2006 América Latina crecerá 4% en promedio, pero que "al mismo tiempo, no está prevista una reducción significativa de los 68 millones de personas que subsisten sin agua potable", según el presidente del BID, Luis Moreno. Jorge Marirrodriga, "Entre las cifras y la realidad", El País, Madrid, 23-4-06.
  4. La competencia es tan grande, que hasta Estados Unidos y la Unión Europea se encaminan hacia una guerra comercial. James Kanter, "Mandelson accuses U.S. of making empty promises on trade", International Herald Tribune, París, 21-4-06. También Carlos Gabetta, "Reacomodamientos capitalistas", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, diciembre de 2004.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 83 - Mayo 2006
Páginas:3
Temas Política internacional
Países Argentina, Brasil, Uruguay