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Recuadros:

Imaginar la guerra, construir la República

El militar que más influyó en la política argentina del siglo XX, el teniente general Juan Domingo Perón, solía decir que los ejércitos no se preparan para la guerra, en abstracto, sino para una guerra en particular. Lo anunciaba ya en una de sus primeras obras, "Apuntes de Historia Militar", que fue redactada en 1932, cuando era profesor de la Escuela Superior de Guerra: "No puede haber planes en general, sino diseñados para una guerra concreta" 1.

Es que la guerra moderna no se reduce a la problemática técnica de una confrontación entre ejércitos. Implica además una serie de definiciones políticas, no sólo sobre su desarrollo y conducción, sino fundamentalmente sobre su legitimación social y su inserción en el sistema económico. Una vasta interrelación, en la que la guerra se vincula con la totalidad de las potencialidades humanas y materiales de un país. Y lo que es más complejo aun: el momento agonal de la guerra es excepcional y corto, el mayor período de definiciones acerca de la guerra es durante la paz.

La "coerción capitalizada"

Pensar la guerra es el acto fundacional de un ejército. En el origen de todo pensamiento militar se encuentra una definición sobre "su guerra". Este concepto, por contradictorio que parezca, nunca es absolutamente homogéneo y difiere bastante de un supuesto discurso único. De allí la importancia de analizar las doctrinas y las hipótesis de conflicto de un ejército, no como las justificaciones de su accionar, sino como la forma en que éste se ve a sí mismo en su relación con la sociedad.

La guerra, pues, no es una reflexión en soledad, sino que es indisoluble del Estado-nación desde el cual se la piensa. La construcción de los Estados modernos suele definirse como una consecuencia de la guerra y la relación entre coerción y capital, considerados éstos como un continuo que va desde los modos con utilización intensiva de la coerción hasta los de utilización intensiva del capital 2. Dentro de ese análisis, Argentina correspondería a uno de los extremos del modelo, la "coerción capitalizada", es decir, la coerción intensiva.

La debilidad de las clases dirigentes argentinas, producto de la inexistencia de una revolución burguesa, llevó desde el inicio a que sus fuerzas armadas cumplieran dos tipos de tareas: el disciplinamiento de clases sociales visualizadas como peligrosas y en paralelo -y a veces paradójicamente- el cumplimiento de tareas de modernización requeridas para el desarrollo del modelo económico.

Organizar un ejército nacional

Argentina pasó por un extenso período de guerras independentistas y civiles sin poder desarrollar un ejército profesional moderno, echando mano las más de las veces a milicias provinciales y a oficiales veteranos autoformados en la práctica.

Entre 1810 y 1851, lo que luego se convertiría en Argentina libra al menos cinco enfrentamientos internacionales sin contar con un ejército nacional. Ese período de conflictos sin institución armada permanente corresponde a lo que Beverina 3 denomina período marcial del ejército.

El Ejército de los Andes es provincializado en Buenos Aires en 1821 y el del Norte, tras el motín de Arequito (1820), es incorporado mayoritariamente a la provincia de Córdoba durante la gobernación del general Juan Bautista Bustos. El grueso de los oficiales históricos del período independentista (Saavedra, Azcuénaga, Dorrego, Pueyrredón, Lamadrid) es desmovilizado mediante las rivadavianas leyes de Retiros y Premios a la Clase Militar.

La guerra contra el Imperio de Brasil (1825-1828) es llevada adelante por un llamado Ejército Republicano, que en realidad es poco más que las levas de la provincia de Buenos Aires. La Marina se improvisa mediante el reclutamiento de extranjeros: dos tercios de la oficialidad y la mitad de la tripulación son hombres de origen anglosajón. Esta situación, que aunque en menor medida se repetía en el bando imperial, llevó al embajador inglés Robert Gordon a definir al conflicto como "una guerra entre ingleses" 4.

De allí en adelante no hay pretensión de ejército nacional. La poco recordada guerra contra la Confederación Peruano-Boliviana (1837/38) es librada prácticamente en solitario por las milicias provinciales del Noroeste. Igual tipo de fuerza es la que enfrenta a los británicos y franceses (1845/49) y la que acompaña a Juan Manuel de Rosas en Caseros contra la coalición de milicias entrerrianas, uruguayas y el ejército regular brasileño.

El primer modelo exitoso para organizar un ejército nacional permanente comienza con el decreto de Bartolomé Mitre del 3 de octubre de 1862, en el que el vencedor de Pavón unifica bajo un solo mando a las fuerzas del Estado de Buenos Aires y de la Confederación Argentina.

De ese período, que se extiende hasta finales del siglo XIX, quedan importantes consecuencias, que definirán el monopolio estatal de la fuerza. Esto se evidencia en la capacidad disciplinadora sobre enemigos sociales y disidentes políticos del proyecto centralizador: desde la "Guerra de Policía" en Cuyo (1863/67), hasta la derrota del alzamiento mitrista en La Verde (1874) y el definitivo quiebre de las fuerzas armadas provinciales -ya sean ejércitos jordanistas, llaneros varelistas o guardias nacionales tejedoristas- y la ocupación definitiva de las fronteras interiores (Campañas al Desierto de Adolfo Alsina en 1876; de Julio A. Roca en 1878/79 y de Conrado Villegas en 1883).

Mención especial merece la Guerra del Paraguay (1865/70). En ella, el Ejército Aliado (Argentina, Brasil y Uruguay), al mando del generalísimo Bartolomé Mitre, es derrotado en la batalla de Curupaití. Las consecuencias, más de 4.000 bajas entre los atacantes (588 muertos; 1.399 heridos; 155 desaparecidos argentinos y 1.950 brasileños), contra solamente 23 muertos y 69 heridos de los defensores paraguayos, constituyen "una proporción de pérdidas única entre dos ejércitos occidentales durante la edad contemporánea" 5. Ya entonces, ocultar el desastre bajo una épica gloriosa establece un triste precedente, cuya última manifestación fue, a finales del siglo XX, el general Leopoldo Fortunato Galtieri durante la guerra de Malvinas (1982).

La Guerra del Paraguay se arrastrará cuatro años más, hasta 1870, llevando a la población paraguaya a los límites del exterminio. George G. Petre, ministro británico en Argentina, insistía en que la población fue "reducida de cerca de 1.000.000 de personas bajo el gobierno del viejo López a no más de 300.000, de las cuales más de las tres cuartas partes eran mujeres" 6.

En lo profesional, estas experiencias dejan dos réditos centrales: el núcleo duro de doce "batallones de línea" que constituirán la base del ejército nacional y la creación del Colegio Militar de la Nación por Domingo Faustino Sarmiento, el 11 de octubre de 1869.

El Colegio Militar constituye no sólo la primera institución duradera en la formación técnica de una estructura profesionalizada, sino que es también el primer eslabón reproductivo de ideología en el sistema militar moderno.

Sarmiento lo crea bajo la influencia conceptual francesa. No la de Napoleón Bonaparte, sino la de Thomas Robert Bugeaud de la Piconnerie y de Sutton Clonard, Marqués de la Piconnerie, Duque de Isly y Gran Mariscal de Francia, el jefe militar que había llevado adelante exitosamente la primera fase de ocupación colonial francesa en el norte de África.

El sanjuanino lo conoce en su viaje a Argel en 1847 y lo saluda como el "primer guerrero en actividad que tiene la Europa". Describe sus campañas coloniales como la victoria de la civilización sobre "las montoneras árabes" 7. Más riguroso, un militar argentino contemporáneo dice que "aunque Bugeaud creía en la ocupación constructiva, dependió no obstante más del miedo que de la persuasión, confiando en las redadas o en la política de ‘tierra arrasada' para la sumisión de los nativos por la hambruna. Las tácticas ofensivas de Bugeaud de despejar el terreno, obtenerlo y ampliarlo se convirtieron en el modelo para las subsiguientes campañas de pacificación alrededor del mundo, incluyendo el Oeste de Estados Unidos y su colonialismo en Cuba y Filipinas" 8.

Es pues sobre el modelo de guerra colonial, uno de los paradigmas del pensamiento militar europeo de la época, que se consolida el ejército argentino durante el período protoestatal de organización nacional. La única diferencia es que las potencias imperialistas que habían producido esa doctrina -que presuponía una importante base de desprecio cultural y racial hacia sus enemigos- la utilizaban en ultramar, mientras que en el caso argentino el campo de batalla elegido era el propio país, avanzando sobre la ocupación de espacios y fronteras interiores.

A principios del siglo XX, la situación se ha modificado. Los enemigos internos identificados por la Generación de 1837 (el indio, el gaucho y el negro) han dejado de ser un problema 9. El país ha consolidado sus fronteras y completado su ocupación territorial y el ejército está reducido a su mínima expresión: de más de 50.000 hombres en armas en la Guerra de la Triple Alianza, quedan ahora menos de 10.000. Las hipótesis de conflicto exterior comienzan a apuntar a Chile y los más pesimistas auguran una guerra en dos frentes, también contra Brasil.

Paralelamente, la reingeniería social basada en la inmigración, en lugar de ser una solución parecía convertirse en un problema. Entre 1865 y 1895 la población del país se había duplicado y volvería a hacerlo para 1914. Una cuarta parte de la población total había nacido en el exterior en 1895 y una tercera en 1914. Una considerable porción de los extranjeros no hablaba castellano. Esta proporción era aun mayor en los centros urbanos. En 1914, sólo un 2,3% de los extranjeros residentes en la ciudad de Buenos Aires se había nacionalizado. Surgían la "cuestión social" y el "problema nacional".

Entre progreso y represión

Comienza entonces una política de homogeneización cultural e integración nacional compulsiva, en la cual el ejército cumplirá otro tipo de tareas. El nuevo diseño militar tendrá tres puntos clave: la creación en 1900 de la Escuela Superior de Guerra; la Ley 4.031 de Organización del Ejército, de 1901, que establece la conscripción obligatoria, y la reglamentación en 1904 de las funciones del Estado Mayor del Ejército; "..la dirección de los trabajos de preparación para la guerra" 10.

La Escuela Superior de Guerra se organiza replicando a la del ejército imperial alemán; tanto, que al inicio "su cuerpo docente estaba formado exclusivamente por profesores y oficiales del Estado Mayor alemán" 11.

Su pensamiento, que inspira al ejército argentino moderno, es una doctrina en evolución que, comenzando con el concepto de guerra absoluta de Carl von Clausewitz, pasa por el de nación en armas de Colmar von der Goltz, para concluir con el de guerra total de Erich Ludendorff. Esta línea teórica, más allá de sus diferencias, trata de interpretar en clave militar los cambios sociales y tecnológicos (desde la Revolución Francesa hasta la Primera Guerra Mundial), que producen las revoluciones burguesas e industriales en su fase de consolidación.

Simplificando sus elementos comunes, se puede decir que para ellos la guerra ya no la hacen los ejércitos sino las naciones. Implica una difusión de los riesgos e involucra a la totalidad del territorio y de la población en el esfuerzo de guerra. Como consecuencia, se requiere de una serie de medidas que comienzan en tiempo de paz. Básicamente, éstas son la adaptación del sistema económico, a fin de garantizar el mayor grado posible de autonomía y autoabastecimiento en la obtención de recursos, y la aplicación de políticas orientadas hacia la cohesión moral de los ciudadanos y a la obtención de altos estándares de excelencia física, que aseguren la participación de grandes masas de hombres aptos. A este análisis se le agrega, a partir de la primera posguerra mundial, una creciente preocupación por los efectos de la Revolución Rusa.

El general Freiherr Colmar von der Goltz (1843-1916) fue el más importante referente en la organización de la Escuela Superior de Guerra. Si bien no la creó directamente, visitó Argentina en 1910 representando al Kaiser para la fiesta del Centenario, y su libro central, La Nación en Armas, fue publicado por la Biblioteca del Oficial en 1927, con anotaciones de su hijo Federico (que sí fue profesor en el ejército argentino). Un ejemplar de esta obra con numerosos subrayados en rojo se encontraba en la biblioteca personal de Juan Domingo Perón 12.

Este marco teórico estructural, propio de países centrales de alto grado de desarrollo, es aplicado acríticamente en un país que prácticamente no cuenta con una burguesía industrial y en el cual la orientación económica de su dirigencia civil está encaminada hacia la exportación de productos agropecuarios al mercado inglés. En otras palabras: se adquiere una ideología de Estado Mayor, pero no se dispone de la familia Krupp.

Esta contradicción irresoluble tendrá que ver con el papel ambivalente que desempeña el ejército, donde alternativa y a veces contradictoriamente realiza tareas de modernización estructural y de disciplinamiento social.

En 1916, en las primeras elecciones universales masculinas con voto secreto y obligatorio, que permitirán el acceso al poder de Hipólito Yrigoyen, la participación del ejército en la confección de los padrones es una de las exigencias del radicalismo para presentarse a elecciones, hasta tal punto se lo consideraba confiable.

La Ley Sáenz Peña, en realidad un conjunto de leyes, incluía la Nº 8.129 de Enrolamiento General de Ciudadanos a cargo de las autoridades militares; la Nº 8.130 de Confección del Padrón Electoral por los Jueces Federales sobre la base del padrón militar, y la Nº 8.871, que organizó el procedimiento electoral.

En 1919 ese mismo ejército participa en la represión a la huelga de los Talleres Vasena, conocida como Semana Trágica, que comenzó como un conflicto laboral y terminó degenerando en una masacre y un progrom antisemita. Los sucesos ocurrieron en el mismo mes de enero en que en Berlín era aplastada la Revolución Espartaquista y moría Rosa Luxemburgo.

Es muy difícil precisar el número de muertos civiles de aquella semana. El comisario José Ramón Romariz los hace oscilar entre sesenta y sesenta y cinco; las fuentes diplomáticas francesas los ubican en ochocientos. Son más claras las bajas de los cuerpos militares y de seguridad: cuatro muertos y nueve heridos 13.

Estas ambivalencias de la función militar, entre la construcción y la destrucción, entre el progreso y la represión, a veces se concentraron en un solo hombre. Fue el caso del teniente coronel Héctor Benigno Varela, oficial dado de baja del ejército en 1905 por participar en una revolución radical y luego reincorporado, quien llega a la provincia de Santa Cruz en 1921, al mando de los regimientos C10 (Húsares de Pueyrredón) y C2.

En la provincia existe desde 1919 un conflicto con los trabajadores rurales, a partir de la caída del precio mundial de la lana. Varela negocia el primer convenio rural de la Patagonia, garantizando a los trabajadores condiciones laborales y salariales dignas ("es posible que tengan sobrados motivos para declararse en huelga", dirá en su informe al gobernador provincial) 14.

Pero en 1922, reiniciados los enfrentamientos sociales, ese mismo oficial y esas mismas unidades exterminan a los huelguistas. Nuevamente resulta muy difícil determinar aquí el número de bajas civiles. El coronel Orlando Mario Punzi habla de sesenta fusilados. La prensa anarquista estima unos mil quinientos. El ex-gobernador Jorge Cepernic, al inaugurar un monolito a las víctimas en 1984, se refirió a "tumbas colectivas de centenares de obreros patagónicos" 15.

Pero al mismo tiempo, paradójicamente, ese mismo ejército se dedicaba al desarrollo de actividades tan diversas como la petrolera, la siderúrgica, la investigación cartográfica y meteorológica y la exploración antártica, produciendo oficiales tan destacados como Enrique Mosconi (1877-1940) y Nicolás Savio (1893-1948).

En 1920 Mosconi es nombrado Director de Aeronáutica y en 1922 se hace cargo de la Dirección General de Yacimientos Petrolíferos Fiscales, que adquirirá un importante desarrollo a partir de entonces. Entre 1926 y 1928 la Fábrica Militar de Aviones de Córdoba, en un verdadero alarde tecnológico, construye cuarenta aviones caza Devoitine D-21C-1 con licencia francesa.

A partir de 1930 el ejército se reestructura cada vez más hacia la producción industrial. En 1935 se crea la Dirección General de Material del Ejército (DGME). En 1936 toca el turno al Cuartel Maestre General (CMG), entre cuyas misiones se encuentran el fomento de las ramas industriales que interesen a la defensa del país.

En 1941, por Ley Nº 12.709, se funda la Dirección General de Fabricaciones Militares (DGFFMM) y a partir de la misma se establecen y entran en producción once fábricas militares. Savio es designado su primer director.

Sus funciones son organizar el país para la defensa nacional en el aspecto industrial y producir materias primas de importancia fundamental para los requerimientos militares.

Sin embargo este esfuerzo industrialista del ejército es básicamente autocentrado. La demanda militar para la defensa no termina de traccionar el desarrollo de una burguesía industrial nacional. A diferencia de Alemania, Inglaterra o Estados Unidos, Argentina no consolida un complejo militar-industrial. Por el contrario, termina creando un complejo militar-burocrático que a la larga potenciará la tendencia militar a considerarse como un actor autónomo.

En 1946, el coronel Juan Domingo Perón es elegido Presidente de la República. Hay quienes consideran que más allá de los componentes de alianza de clases, industrialismo, nacionalismo, movilización masiva y proyección americana, que compartía con gran parte de la oficialidad de la época, su concepto de defensa nacional incorporaba el componente "justicia social" 16, y ello marcó la diferencia.

La caída de Perón, en 1955, marca el comienzo de un ciclo en el que el ejército se va orientando cada vez más hacia un papel autónomo permanente, al tiempo que profundiza sus acciones de disciplinamiento social, superando a las del período protoestatal.

Control ideológico

El análisis de la terrible represión militar desatada a partir de la toma del poder por las Fuerzas Armadas en marzo de 1976 suele centrarse justamente en el número de víctimas asesinadas, desaparecidas, torturadas, secuestradas, encarceladas. Sin embargo, es imposible comprender el Proceso (1976/1983) sin considerar atentamente los veinte años previos.

"En 1955 nosotros creíamos que el problema era Perón, por eso lo sacamos, pero ya en 1976 sabíamos que el problema era la clase obrera." La impecable síntesis pertenece al capitán y ministro de economía Álvaro Alsogaray 17.

A partir de 1955 el ejército comienza a incorporar progresivamente la lógica de la Tercera Guerra Mundial propuesta por Estados Unidos: la bipolaridad de bloques mundiales, la combinación de guerras convencionales y no convencionales, la defensa continental contra la agresión ideológica y la confrontación contra un enemigo interior. Es la llamada Doctrina de Seguridad Nacional.

Entre 1960 y 1975 fueron adiestrados en el territorio de Estados Unidos y en la United States Army School of the Americas (USARSA) 3.676 militares argentinos y 40.000 de otros países latinoamericanos.

La influencia de esta nueva visión se asienta sin embargo sobre terreno previamente abonado. Desde 1957 una misión francesa se encontraba instalada en la Escuela Superior de Guerra trasmitiendo su más reciente experiencia. Habían descubierto en Indochina y en Argelia que el clásico conflicto entre Estados era sustituido por un conflicto entre individuos, donde el control territorial se reconvertía en control ideológico. En consecuencia, entre 1961 y 1962 realizan el Primer Curso Interamericano de Guerra Contrarrevolucionaria, en el que dos oficiales, uno argentino (teniente coronel Hamilton Díaz) y otro francés (teniente coronel Jean F. Nougués) imparten clases que, a la luz de los hechos posteriores, se revelarán premonitorias.

La primera clase, "Lucha contra el terrorismo", describe las acciones contra la llamada Resistencia Peronista y en sus conclusiones se plantea la necesidad del "aniquilamiento integral de las células subversivo-terroristas" 18. La segunda, "Radioscopía subversiva de Argentina", más aséptica, diagnostica que en este país, aunque el comunismo no parecía gozar de una gran adhesión, el "fidelismo" podía constituirse en su "insidiosa correa de transmisión", agitando banderas nacionalistas que aprovecharan la "disponibilidad de una masa peronista aún imperfectamente integrada a la vida política de la nación" 19.

Es conveniente hacer notar que algunas interpretaciones de la Doctrina de Seguridad Nacional contemplaban elementos desarrollistas y geopolíticos (seguridad = desarrollo) que fueron de gran influencia en distintos regímenes militares de la región (Mercado Jarrín en Perú, Golbery do Couto e Silva en Brasil y Augusto Pinochet en Chile).

No fue así en Argentina. La profundización represiva va haciendo que el ejército vaya dejando de lado su pretensión de impulsar reformas modernizantes desde sus propias estructuras industriales-burocráticas. Su último intento de llevar adelante estas políticas es planteado confusamente por Juan Carlos Onganía, en el primer período de la llamada Revolución Argentina (1966-1973). En agosto de 1964, en la academia militar estadounidense de West Point, ese mismo militar asumiría en forma absoluta el concepto de fronteras ideológicas.

Esta definición se vuelve una política permanente. El general Alejandro Agustín Lanusse, que lo sucederá en la presidencia en 1971, dirá en el discurso del Día del Ejército de 1969: "La guerra ha cambiado de forma (...), ya que la existencia palpable de fronteras ideológicas internas coloca al enemigo también dentro de las naciones mismas" 20

Lo que sigue es demasiado conocido para que merezca ser descripto. Atrapadas en el laberinto de su propia lógica, las fuerzas armadas argentinas creyeron que el uso de la violencia era el sustituto de la política, lo que en última instancia es una excelente definición de terrorismo. Se involucraron en actos que excedieron incluso la metodología definida por su propia hipótesis de conflicto (secuestros de niños y de empresarios adeptos; robos) y terminaron su ciclo en el poder, en 1982, declarándole la guerra... a la OTAN.

En nuestros días, desaparecida en los '90 con la implosión de la URSS la confrontación bipolar mundial que habían aceptado como marco teórico; sin espacio en el modelo económico neoliberal, cuyo acceso habían permitido pero que terminó dejándolos de lado; ante la oferta de hipótesis de conflicto por parte de unos Estados Unidos convertidos en potencia militar hegemónica, que busca reorientarlos hacia tareas policiales y con una fuerte pérdida de legitimidad, los militares se deben a sí mismos y a la sociedad una reflexión y un diálogo serios sobre su pasado, su presente y su futuro, que evitando la tentación de la nostalgia y la autojustificación permita la reforma que los integre plenamente a las instituciones de la República.

  1. José Fernández Vega, Las guerras de la política, Edhasa, Buenos Aires, 2005.
  2. Fernando López Alves, La formación del Estado y la democracia en América Latina, Grupo Editorial Norma, Colombia, 2003.
  3. Juan Beverina, El Virreinato de la Provincia del Río de la Plata, su organización militar, Círculo Militar, Bs. As., 1992.
  4. Brian Vale, Una guerra entre ingleses, Instituto de Publicaciones Navales, Buenos Aires, 2006.
  5. Mario Díaz Gavier, En tres meses en Asunción, Ediciones del Boulevard, Córdoba, 2005.
  6. Harris Gaylord Warren, Paraguay and the Triple Alliance, University of Texas Press, Austin, 1978.
  7. Domingo F. Sarmiento, Viajes por Europa, África y América, 1845-1847, FCE, Madrid, 1996.
  8. C. D. Esteban, Influencia de la escuela francesa en la evolución del Ejército Argentino, Mimeo, Bs. As., 2005.
  9. Nicolás Shumway, La invención de la Argentina, Emecé, Buenos Aires, 1995.
  10. Comando en Jefe del Ejército, Reseña Histórica y Orgánica del Ejército Argentino, Círculo Militar, Bs. As., 1971
  11. Idem.
  12. José Fernández Vega, op. cit.
  13. Beatriz Seibel, Crónicas de la Semana Trágica, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1999.
  14. Orlando Mario Punzi, La tragedia patagónica, Círculo Militar, Buenos Aires, 1991.
  15. Idem.
  16. Adriana Puiggrós y Jorge Bernetti, De la guerra a la pedagogía, Galerna, Buenos Aires, 1993.
  17. Daniel Feirstein y Guillermo Levy, Hasta que la muerte nos separe, Ediciones Al margen, Bs. As., 2004.
  18. Roberto Baschetti, documento en poder del autor.
  19. Samuel Amaral, Guerra revolucionaria: de Argelia a Argentina, Academia Nac. de la Historia, Bs. As., 1998.
  20. Julio Viaggio, La "doctrina" de la seguridad nacional, Editoral Derechos del Hombre, Bs. As., 1985.

Hacia la modernización del sistema de defensa argentino

Martin, Omar O.

Marcelo Acuña y Ricardo Runza
Editorial Altamira, 2005, 470 páginas, 40 pesos.

Este libro constituye el primer intento de aproximarse a la problemática de la defensa nacional desde la perspectiva de la gestión estratégica. Abandonando los lugares comunes en los autores criollos que abordan la cuestión desde el punto de vista de la geopolítica –más propio de las relaciones internacionales– o de las relaciones cívico-militares –más propio de la política o de la sociología–, los autores realizan un completo análisis del sector, utilizando modernos métodos y tecnologías y comparando el caso nacional con modelos de otros países.
Este libro generará no pocas polémicas, porque dejando de lado las pretensiones académicas o investigativas, propone las bases para el diseño acabado del sector de la defensa en Argentina y de un instrumento militar superador del existente, de un marcado anacronismo en todos los aspectos.
El modelo de diseño propuesto, no compartido por la generalidad de los entendidos en la materia, será discutido y resistido, pero no pocas de sus propuestas deberán ser incorporadas al mapa de la realidad militar argentina.
Tanto la temática como la terminología del libro no resultan apropiadas para el público general, pero su lectura es imprescindible para aquellos que –aun no compartiendo el paradigma desde el que se lo escribió–, desde lo académico, desde la investigación o desde la gestión, tienen la obligación de actualizar sus conocimientos.
Sin duda, la polémica que generará este trabajo enriquecerá la bibliografía nacional, bastante anémica sobre la política de Estado de la defensa nacional, y podrá ser el disparador de la largamente demorada y nunca concretada reestructuración y modernización de las fuerzas armadas


Autor/es Martín Grass
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 86 - Agosto 2006
Páginas:4,5,6
Temas Historia, Militares
Países Argentina