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La economía política del comercio negrero

A partir de este año Francia dedicará el 10 de mayo a la memoria de la esclavitud y la trata. En esa misma fecha, en 2001, el Parlamento francés reconoció que se trata de “crímenes contra la humanidad” y adoptó la ley Taubira, por el nombre de la diputada de Guyana que la propuso. El sentido de esta conmemoración es reflexionar sobre la actualidad del racismo sin demagogia. La sociedad estadounidense, principal beneficiaria de la esclavitud y la trata, es aquella en la que el debate y la investigación histórica son los más ricos y exhaustivos.

Hace mucho tiempo que la trata de negros es objeto de un encarnizado debate. El combate moral y político iniciado por quienes se oponían a ese comercio durante la segunda mitad del siglo XVIII prosigue todavía, se ha injertado en la lucha y los discursos anticoloniales, y luego en los análisis críticos de la modernidad y del poscolonialismo. De modo que el comercio negrero se convirtió en un tema explosivo, sobre el cual está mal informado incluso un público medianamente instruido.
Sin embargo, en Estados Unidos, historiadores y otros especialistas llegaron a un amplio consenso sobre múltiples cuestiones, reconstruyendo sobre sólidos fundamentos cómo surgió ese tráfico a lo largo de la costa occidental de África, cómo logró englobar Europa y América y cómo transformó la sociedad a uno y otro lado del Atlántico.
El estudio de la trata atlántica, al igual que el de la esclavitud, comienza con una condena profundamente arraigada en el campo de la investigación. Pero luego de haber puesto el acento en el sufrimiento de las víctimas, nos hemos concentrado en la organización de la trata y en la resistencia que se generó contra ella.
En 1969, Philip Curtin publicó The Atlantic Slave Trade: A Census (El comercio atlántico de esclavos: un censo), obra en la cual, en menos de 300 páginas, trató de estimar el volumen humano de ese comercio a lo largo de sus cuatro siglos de existencia. Basándose en fuentes fácilmente disponibles, aunque dispersas, reconoció abiertamente que los resultados de sus investigaciones no se caracterizaban por su precisión. Sin embargo, pudo mostrar cómo cambiaban las fuentes de aprovisionamiento y los destinos de compra y cómo la cantidad de esclavos sometidos a la trata aumentó regularmente durante los dos primeros siglos y medio hasta alcanzar un considerable pico de intensidad durante el siglo XVIII, antes de disminuir en el siglo siguiente. En la época en que Curtin escribió su libro se estimaba que el tráfico de esclavos había implicado entre 15 y 25 millones de individuos. Sus estimaciones oscilaban más bien entre 10 y 12 millones. Ediciones posteriores permitieron revisar al alza esas apreciaciones, situando la cifra entre 12 y 15 millones 1. Por lo demás, en lo referente a las exportaciones, las importaciones y los plazos, nada sustancial cambió respecto del panorama trazado por Curtin.
Pero en cambio se ha modificado nuestra interpretación de la relación entre la economía política de la trata atlántica y la de África Occidental durante la larga historia de ese tráfico. Los investigadores sometieron a revisión una serie de análisis simplistas. A comienzos del siglo XX, los historiadores -proyectando sus puntos de vista colonialistas- tenían tendencia a considerar el tráfico de esclavos y la esclavitud misma como una empresa más bien liberadora, que había cumplido un papel civilizador en la historia de África: según ese punto de vista, la trata había permitido alejar del "continente negro" a paganos primitivos e ignorantes, llevándolos a un medio capaz de enseñarles las costumbres más avanzadas de Occidente, que además era cristiano. En síntesis, el tráfico de esclavos se inscribía dentro de una experiencia educativa a gran escala, consistente en abrir África, sumida en la ignorancia, a la influencia civilizadora de Europa y a la vez exponer a los esclavos a la influencia paternalista de sus propietarios euro-americanos.

Nuevas interpretaciones

Se hicieron oír varias voces disidentes, sobre todo entre los historiadores negros. Pero hubo que esperar el fin de la Segunda Guerra Mundial y la aparición de los movimientos en favor de la descolonización y de los derechos cívicos para que una nueva visión revirtiera las ideas aceptadas hasta entonces. A partir de ese momento, la trata y los negreros pasaron a ser invasores y colonizadores que sacaban a millones de africanos de su tierra de origen para arrojarlos en el infierno. El comercio de esclavos y los colonos europeos fueron presentados como componentes de un saqueo de África destinado a financiar la industrialización y el progreso económico de Europa y América del Norte. Así, investigadores militantes como Eric Williams, originario de Trinidad, y Walter Rodney, nativo de Guyana, explican que el desarrollo de Europa y el subdesarrollo de África fueron evoluciones paralelas.
Ese punto de vista, profundamente novedoso, conservó su fuerza moral y política y aún cuenta con partidarios en ciertos círculos intelectuales y muchas instituciones de enseñanza, en parte porque pone de relieve los desequilibrios de fuerza internacionales que permitieron esclavizar a los africanos. Pero recientes investigaciones aportan una nueva comprensión, que hace más compleja la reescritura de esa historia.
Actualmente sabemos que los europeos que navegaron a lo largo de la costa occidental de África a partir de mediados del siglo XV descubrieron un mundo que económica y políticamente había alcanzado un nivel de desarrollo comparable al que ellos poseían. Los africanos practicaban la explotación minera, la industria, la agricultura y la ganadería; además mantenían desde hacía siglos relaciones comerciales con países lejanos, fundamentalmente del Norte. En ningún momento en la historia de la trata de esclavos África dependió económicamente de las mercancías que ofrecía Europa. Simplemente, los europeos no tenían nada para vender que los africanos no pudieran producir por sí mismos, salvo artículos de lujo tales como objetos de hierro o cobre, crustáceos preciosos utilizados entonces como moneda, joyas o bebidas alcohólicas.
La trata atlántica se desarrolló en el marco de la expansión de las relaciones comerciales entre europeos y africanos del oeste, y sobre todo a partir de sistemas de esclavitud y de tráfico existentes en África desde mucho tiempo antes. La idea, muy extendida, de que la esclavitud fue un invento fundamentalmente europeo, y bajo su forma racial un producto de la modernidad, es ajena a la verdad. Los sistemas de esclavitud a gran escala datan de la Antigüedad y surgieron en muchas partes del mundo.
La utilización de esclavos, en general prisioneros de guerra, se extendió en África mucho antes del siglo XV. Muy a menudo eran propiedad de mercaderes o de funcionarios del Estado, para los cuales representaban una inversión privada o un conjunto de leales servidores. A partir del siglo IX, un próspero comercio de esclavos se desarrolló entre el oeste y el norte de África, alimentado en los circuitos dominados por los musulmanes en las costas del Mediterráneo y en Medio Oriente. Dicho de otra manera, el comercio atlántico de esclavos fue no tanto una realidad impuesta por Europa a África como una variante diferenciada, y cada vez más horrible, de un sistema ya en funcionamiento.

Consecuencias demográfica

La existencia de larga data de un tráfico interno de esclavos en el continente negro significaba no sólo que los europeos podían aprovechar prácticas habituales en el oeste de África, sino también que, desde un principio, ese comercio estaba en gran parte en manos de africanos. Salvo raras excepciones, éstos controlaban todas las etapas del tráfico, desde la captura y el sometimiento durante las guerras internas, hasta el transporte de los esclavos a la costa, donde eran finalmente vendidos a los europeos. Estos hubieran preferido ejercer un poder directo sobre la costa oeste de África y controlar las fuentes de aprovisionamiento. Pero la fuerza política y militar de los diferentes Estados africanos, así como las redes económicas que habían construido, se lo impidieron.
Los africanos se capturaban y se esclavizaban entre ellos, generalmente al término de conflictos militares entre Estados sobre los cuales los europeos tenían poca influencia. La mayoría de los esclavos provenían del centro-oeste de África, donde habían sido capturados durante guerras de conquista desarrolladas por Estados como el Congo. Los esclavos desempeñaban un papel importante, fundamentalmente en el proceso de centralización estatal. Los propios africanos, que tenían a los cautivos bajo su control y los vendían directamente a los negreros del viejo continente, realizaban el transporte de los esclavos desde el interior del continente hasta la costa, prácticamente sin ninguna participación de los europeos. Los europeos estaban confinados a una serie de puestos avanzados sobre la costa, desde donde desarrollaban su negocio en las condiciones definidas esencialmente por los africanos 2.
¿Qué impacto tuvo el desarrollo de la trata de esclavos sobre las sociedades africanas? A falta de respuestas claras, se perfila una nueva visión. Hasta hace poco los historiadores estimaban que la trata había tenido un efecto devastador sobre la población y sobre la organización social y política. Pensaban que ese tráfico había alentado las guerras en África, que el uso de armas europeas había agravado el costo humano y político de esos conflictos y que la trata había tenido consecuencias demográficas catastróficas, mucho peores de las que África hubiera padecido si los europeos no hubieran intervenido en ese comercio.
Actualmente ya no existe tanta seguridad sobre eso. Los investigadores parecen abandonar la idea de que la demanda europea de esclavos haya desempeñado un papel importante en las guerras entre Estados africanos, provocadas en gran parte por su fragmentación política. La existencia de esclavos era fundamentalmente el resultado de luchas políticas entre Estados, para los que era un medio de consolidar y centralizar su poder. A pesar de que las armas suministradas por los europeos pudieron incidir en ciertos conflictos, nada indica que hayan sido decisivas en ningún caso. En síntesis, la idea de que el contacto con los europeos provocó una escalada en los conflictos militares en África, obligando luego a los africanos a participar de la trata atlántica en el marco de una dinámica de supervivencia, no parece probada. Las armas europeas fueron utilizadas en ciertas guerras entre Estados africanos, pero globalmente tuvieron un impacto menor en el desarrollo y en las consecuencias de esos conflictos.
Las consecuencias demográficas a corto y largo plazo, por su parte, son difíciles de evaluar. Según Herbert Klein 3, cerca de la mitad de la población del África Subsahariana, es decir, unos 25 millones de personas, se hallaba hacia 1700 en la órbita del comercio de esclavos. De acuerdo con sus cifras, la población aumentó entonces mucho más lentamente o incluso registró una drástica caída. Según la estimación más optimista, la tasa de crecimiento habría caído a 0,2%. Otra, mucho más pesimista, habla de una pérdida neta de cerca de 17 millones de personas. Por lo tanto, resulta claro que el impacto demográfico de la trata fue muy fuerte en ciertas regiones de África Occidental y que tuvo consecuencias a veces dramáticas sobre el crecimiento económico africano.
El fenómeno marcó ambos lados del Atlántico y todo el continente americano. El comercio de negros dio nacimiento a un mundo totalmente "nuevo" para africanos, europeos y amerindios que entraron en contacto en el hemisferio occidental, donde aparecieron nuevas formas de organización social, de interacción cultural y de ejercicio del poder político. La esclavitud en las plantaciones, orientada principalmente hacia la producción de azúcar para los mercados europeos en pleno desarrollo, ocupaba prácticamente el centro de ese mundo.
Las plantaciones de caña de azúcar aparecieron inicialmente en las costas del Mediterráneo, pasando luego a Madeira, las islas Canarias y Santo Tomé, para cruzar posteriormente el Atlántico. A mediados del siglo XVI eran muy numerosas en el Brasil portugués y un siglo más tarde, con la ayuda de los holandeses, prosperaron en las Antillas francesas y británicas. Luego de un breve período de experimentación con personal contratado, autóctonos y blancos, la mano de obra de las plantaciones pasó a estar compuesta en todos lados por esclavos africanos provenientes de la trata.
La vida de esos esclavos deportados a las colonias productoras de azúcar era "dura, brutal y breve". En 1650 llegaban más de 7.000 esclavos cada año, la mayoría a Brasil. En 1700, la cifra anual rondaba los 25.000, entre las posesiones portuguesas, británicas, francesas y españolas. El apogeo se sitúa a mediados del siglo XVIII, cuando entre 60.000 y 80.000 esclavos fueron deportados anualmente hacia América. Por entonces, la economía del azúcar generaba considerables ganancias y los propietarios de las plantaciones estimaban que era más barato hacer trabajar a sus esclavos hasta el agotamiento y volver a comprar para reemplazar a los que sucumbían, antes que fomentar su reproducción natural. Una vez del otro lado del Atlántico, los años de vida de los esclavos que habían soportado la travesía se contaban con los dedos de una mano.
En ese proceso histórico, América del Norte presenta una singularidad. Por una parte, durante la emancipación, en la época de la Guerra de Secesión, Estados Unidos era de lejos el país que poseía la población de esclavos más numerosa nunca reunida en el continente: cerca de 4 millones de individuos, es decir, más del doble de la de Brasil en toda su historia, y alrededor de diez veces la de Santo Domingo, colonia donde la economía del azúcar era la más rentable del mundo en vísperas de la gran rebelión de esclavos de los años 1790. Por otra parte, Estados Unidos fue el que menos esclavos importó: entre 400.000 y 600.000, frente a más de 1,6 millones introducidos por las Antillas británicas, cerca de 1,7 millones por las Antillas francesas y más de 4 millones por Brasil.
Esa esperanza de vida muy superior de los esclavos en América del Norte no se explica por un "mejor" trato, sino por actividades agrícolas menos penosas y menos rentables en el mercado internacional. Si bien existieron plantaciones de caña de azúcar en el valle del bajo Mississippi, en torno a Nueva Orleans, la mayoría de ellas se desarrolló luego de que cesara la trata atlántica de esclavos. En las otras zonas, los esclavos trabajaban en cultivos de tabaco o de trigo y también en los arrozales, donde la mortalidad era en general inferior a la de las colonias azucareras. A mediados del siglo XVIII, la población de esclavos de Estados Unidos se reproducía naturalmente. Tal vez fuera por eso que sus propietarios aceptaron la prohibición de la trata en 1808, luego de una década de frenética importación. El desarrollo de la producción de algodón, que transformó a los Estados del Sur en la primera potencia poseedora de esclavos en el mundo, fue posterior: su mano de obra dependió de la reproducción de estos últimos. Y de otro tráfico...

La otra travesía

En efecto, la expansión de las plantaciones de algodón hasta el Sur profundo requería que los esclavos fueran transferidos masivamente del Sur superior al valle del bajo Mississippi. Algunos de ellos migraron con sus propietarios; un millón de esclavos fueron arrancados a las redes de familia y de amistad existentes desde mucho antes para ser vendidos y transportados -a través de los mercados de esclavos de Nueva Orleans- a los campos del Sur profundo. Por su volumen, ese tráfico "interestatal" superó a todos los realizados entre sitios distantes en el siglo XIX, excepto el tráfico de esclavos africanos hacia Brasil.
Hasta ahora los historiadores de la esclavitud, aun los más serios, habían ignorado o acordado poca importancia a la transferencia de esclavos del Sur superior al Sur profundo de Estados Unidos. Actualmente, varios libros importantes evocan no sólo la cantidad de esclavos que fueron objeto de ese comercio inter-Estados, sino también la compleja experiencia de su traslado y de su venta. Esa "travesía" representa una nueva frontera en la investigación histórica estadounidense.
Si la otra "travesía", la de la trata atlántica, sigue siendo una especie de frontera en la investigación, es fundamentalmente a causa de las pasiones que ese traslado engendró en la iconografía de la esclavitud. Las imágenes de los buques que transportaban prisioneros en condiciones inhumanas se volvieron tan emblemáticas como las del látigo y los cuerpos hechos girones. En realidad, los abolicionistas combatieron en primer lugar la trata de esclavos, esperando que su prohibición generara mejores condiciones materiales para los explotados en las plantaciones.
La abolición de la trata de esclavos no significó el fin de la servidumbre, la que requirió mucho más tiempo y exigió una intervención política activa de parte de los cautivos. Pero, en gran medida gracias a esa asociación de imágenes, los abolicionistas lograron que en 1807 Gran Bretaña y en 1808 Estados Unidos cesaran oficialmente de participar en la trata de africanos 4. Posteriormente los británicos utilizaron su fuerza naval contra los traficantes que continuaban llevando esclavos hacia Cuba y Brasil, pero recién lograron imponerse a mediados de ese siglo.
El poder de la iconografía sobre la "travesía" atlántica tiene una explicación: en una época en que se imponía la Ilustración y el humanismo, esas imágenes tocaban nuevas sensibilidades relacionadas con la familia, el género, la sexualidad y el cuerpo. La travesía transatlántica arrancaba a los africanos de sus redes familiares y comunitarias; los apilaba unos sobre otros durante semanas, sin consideración o casi por la diferencia de sexo o los vínculos de pertenencia sexual y generaba un miedo y un sufrimiento tan intensos que muchos se quitaron la vida.
El sufrimiento en esas travesías era indecible. En las últimas décadas se descubrieron nuevos y siniestros datos sobre la mortalidad en los viajes a través del Atlántico. Philip Curtin estimó que, en promedio, de cada diez esclavos que se embarcaban en la costa africana en una nave negrera, dos morían antes de llegar a América. Investigaciones más recientes confirman que un porcentaje de mortalidad del 20% era corriente durante los siglos XVI y XVII. Cuantos más días duraba la navegación, mayor era la mortalidad. Cuando los lugares de embarque pasaron del oeste al centro-oeste de África, la duración del viaje y la mortalidad disminuyeron. El tráfico con destino a Brasil logró alcanzar el porcentaje más bajo (cerca del 6%) y a fines del siglo XVII el porcentaje promedio había bajado a menos del 10%.
Lo más increíble es que aún no conocemos casi nada de la experiencia directa vivida durante la travesía por los esclavos y por la tripulación. Los diarios de a bordo de los buques informan sobre la rutina cotidiana del viaje, los planes del capitán y de las compañías que financiaban ese comercio, pero existen muy pocos elementos sobre el punto de vista de los esclavos, o de los miembros de la tripulación, o del personal contratado para mantener bajo control a los cautivos. ¿Cómo eran las relaciones entre los esclavos y la tripulación? ¿Cómo las de los esclavos entre sí? Es fácil imaginar hasta qué punto la rabia debía sumarse a la desorientación, al fatalismo, a la depresión, a las intrigas, a las conspiraciones y a las ocasionales sublevaciones. La historia social y cultural de la trata de esclavos a través del Atlántico está todavía en sus comienzos.

  1. David Eltis, Economic Growth and the Ending of the Transatlantic Slave Trade, Oxford University Press, Nueva York, 1987; Joseph Miller, Way of Death: Merchants Capitalism and the Angolan Slave Trade, 1730-1830, University of Wisconsin Press, Madison, Wisconsin, 1988.
  2. John Thornton, Africa and Africans in the Making of the Atlantic World, 1400-1800, Cambridge University Press, Nueva York, 1998.
  3. Herbert S. Klein, The Atlantic Slave Trade, Cambridge University Press, Nueva York, 1999.
  4. En Francia, la Convención había adoptado sin debate el 4-2-1794 un decreto que abolía la esclavitud, medida que no tuvo efecto real en las colonias.
Autor/es Steven Hahn
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 83 - Mayo 2006
Páginas:20,21
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Historia, Discriminación, Derechos Humanos
Países Francia