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Italia, indiferente a la rebelión francesa

La mayor parte de los países europeos no vieron en la rebelión de la juventud francesa contra el Contrato de Primer Empleo (CPE) otra cosa que la violencia de algunas manifestaciones. En Italia, esta revuelta coincidió con la campaña electoral. Pero la coalición liderada por Romano Prodi, finalmente vencedora, se cuidó muy bien de hacer de la revuelta francesa una de sus banderas de campaña.

En Italia, el movimiento francés contra el Contrato de Primer Empleo (CPE) fue motivo de sorpresa. Salvo diarios explícitamente de izquierda como Il manifesto y Liberazione, la prensa, si no lo ocultó, en todo caso lo subestimó. Ubicados en el centroizquierda, La Repubblica y el Corriere della sera, al igual que la cadena de televisión Rai 1, prefirieron hablar de una rebelión generacional y privilegiar los aspectos más violentos -al menos hasta que el movimiento desestabilice al gobierno francés-.

No sólo las imágenes con llamas son más fotogénicas, sino que permiten no interrogarse sobre lo fundamental. Iniciada por estudiantes secundarios y universitarios en lucha contra la precariedad del trabajo que bloquea sus futuros, esta rebelión involucró también por una parte a los profesores e incluso a rectores universitarios, por la otra a los sindicatos, por una vez todos unidos. Lo que significa que abarcó a distintas generaciones.

En Italia, todo el mundo estaba estupefacto, pero muy pocos se entusiasmaron. En las últimas semanas de una difícil campaña electoral, la coalición de centroizquierda hubiera podido utilizarlo como caballito de batalla, pero no lo hizo. Es que se trataba de una cuestión candente, como todas las que dividen ese agrupamiento tan heteróclito 1. Decidida a derrotar a la Casa de las Libertades de Silvio Berlusconi, Gianfranco Fini y Umberto Bossi (dividida entre un centro demócrata-cristiano y la extrema derecha de la Liga y de los neofascistas), la Unión sólo podía agruparse en torno a un programa moderado. Razón por la cual no tuvo el valor de decir que en Italia la precariedad está ya tan extendida como lo habría estado en Francia si hubiera prevalecido el CPE. Visto desde Roma, el error del gobierno de Dominique de Villepin es haber llamado a las cosas por su nombre, haber dicho a los jóvenes que hasta los 26 años, sus contratos de trabajo serían inestables e incluso que podrían ser rotos sin motivo.

Los autores de la tristemente célebre "Ley 30" italiana se cuidaron muy bien de tanta franqueza. Esta ley introdujo solapadamente unas cuarenta "formas" de trabajo "atípico" sin provocar protestas. No tenía necesidad de exhibir las pretensiones del artículo 8 del CPE: la gran mayoría de sus "atípicos" empleos no prevén despidos porque ni siquiera implican un contrato formal. Aquí el joven es incorporado de manera vaga y limitada, en las condiciones que fija la empresa o la agencia de trabajo temporario, y que se ve obligado a aceptar. De hecho, las acepta con la esperanza de que al competir con los otros, y si mejora la coyuntura, su empleo se convierta un día en estable.

Todo esto rige tanto para los jóvenes como para los cuadragenarios despedidos tras veinte o más años de trabajo, debido a una crisis de la empresa, una restructuración o una deslocalización. Ellos también se encuentran en la misma situación que un joven en búsqueda de un primer empleo, pero con el cabello canoso y menos oportunidades de solución.

Ley aureolada de martirio

El primer gobierno de centroizquierda (1996-2001) definió esta "reforma del mercado laboral" con el nombre de "Paquete Treu", por el nombre de un economista y sindicalista de la esfera de influencia católica democrática, Tiziano Treu, que fue ministro de Trabajo de Romano Prodi y Massimo D'Alema. Marco Biagi había pulido luego sus detalles en tanto asesor de los ministros de Trabajo Antonio Bassolino y Cesare Salvi (centroizquierda) y más tarde, después de 2001, con el ministro de Asuntos Sociales proveniente de la Liga, Roberto Maroni. Biagi fue asesinado en Bolonia por sobrevivientes de las Brigadas Rojas. Por esa razón la "reforma" pasó a ser la ley Biagi, aureolada así de martirio, antes de adoptar el nombre con el cual es más conocida ahora: Ley 30.

En el transcurso de una década y bajo dos gobiernos de orientación opuesta, esta ley multiplicó las formas de trabajo de duración determinada, desde la "colaboración coordinada continua" 2 a toda una serie de prestaciones provisionales y otros teletrabajos. Como siempre, esta abundante tipología remite a la casuística. Actualmente el trabajo precario en Italia concierne a unos 2,5 millones de personas. Poco extendido en las medianas y grandes empresas productoras de bienes materiales, es muy frecuente en la mayoría de las pequeñas y medianas empresas, y más aun en los servicios, desde los más clásicos (comercio y hotelería) hasta los más modernos (comunicación). Constituye por último la casi totalidad de ese tipo de trabajo en cadena, digno del film de Chaplin Tiempos Modernos, que son los centros de llamadas (call centers).

Cuando Silvio Berlusconi se jactó de haber aumentado la cantidad de empleos, contabilizando como tales a todo ese conjunto inestable, no generó ninguna reacción, ni social ni política. Fundamentos no faltaban. Mientras que Refundación Comunista y la Confederación General Italiana del Trabajo (CGIL) exigen la abolición de la Ley 30, el programa del futuro gobierno Prodi sólo prevé su modificación, en el sentido de que la "flexibilidad" laboral preconizada por Tiziano Treu, en conformidad con los imperativos del Tratado de Lisboa, se transformaría de facto en "precariedad". Lo que significaría, por ejemplo, hacer que el trabajo flexible sea "más caro" o compensarlo, en período de desocupación, mediante "amortizaciones sociales".

Independientemente de la cuestión crucial de saber quién las pagará, dado el desastre de las cuentas públicas, estas "compensaciones" monetarias no cambiarán en nada la situación de más de 2,5 millones de trabajadores de tiempo parcial, intermitente o interrumpido: una total ausencia de perspectiva de salida laboral estable, y en consecuencia una terrible incertidumbre profesional y personal. ¿Cómo pensar en una casa e hijos en esas condiciones?

También en Italia el malestar es perceptible. ¿Pero por qué no dio lugar a una rebelión comparable a la de Francia? ¿Y por qué ese movimiento no hizo escuela entre nosotros, a pesar de la victoria que logró al obligar al gobierno a dar marcha atrás? Varias razones pueden explicarlo.

Distintas tradiciones

Una es estructural: el trabajador precario, por definición, está aislado. Disperso en el espacio y el tiempo, tiene pocas ocasiones de encontrarse con sus semejantes. Se siente amenazado por los inmigrantes, tanto los clandestinos y prontos a aceptar cualquier cosa, como los regularizados, pero dispuestos a conformarse con un salario bajo u horarios más pesados. Dado que su permiso de residencia depende del hecho de tener un contrato de trabajo, los inmigrantes se ven sometidos a una extorsión permanente.

Quien dice aislamiento dice también dificultad para los sindicatos de contactar a los precarios, darles una organización y una identidad -excepto en algunos sectores industriales que suelen emplear mano de obra masculina, en particular en el norte, y gracias a algunos trabajadores valientes que se afiliaron a la CGIL y cuentan con la confianza de sus camaradas-. Sin duda esta tendencia se afirmará en las ciudades con fuerte actividad industrial, material e inmaterial: por ejemplo Brescia, con un total de un millón de habitantes, tiene ya 140.000 inmigrantes, lo que implica -incluso en un Norte dominado por la Liga- una mutación antropológica y social que, con el apoyo de la Cámara del Trabajo local, permite a los trabajadores reconocerse y agruparse. Es uno de los raros casos en que la etnia se convierte en un "factor virtuoso".

Hay muy poco de eso en nuestra sociedad posfordista, que por lo contrario promueve la desagregación. Inmigrantes o no, los precarios se mantienen aislados y desorganizados, sobre todo en los "servicios personales", incluso en el seno del comercio y una gran parte del sector privado de la salud. Se dirá: se trata de personas "profesionalmente frágiles". No es verdad. Salvo que haya egresado de una gran escuela que garantiza un empleo a sus mejores estudiantes, quienquiera que haya terminado sus estudios superiores debe conseguir como pueda, por sus propios medios o con la ayuda de conocidos bien ubicados, puestos inestables en los cuales se estancará -a menudo hasta mucho más allá de esos veintiséis años del CPE tan caros a Villepin- para adquirir finalmente, paso a paso, un modesto valor en el mercado laboral. Incluso la escuela y la universidad, que en teoría deberían incorporar personal por concurso mediante contratos de duración indeterminada, mantienen un cuerpo de docentes precarios, cuyos intereses convergen menos con los de los profesores que con los de los estudiantes, tal como se vio también en Francia...

Intervienen aquí otros factores. En el corto plazo, el hecho de que la "flexibilidad" haga las veces de consigna de la izquierda moderada confundió su significado: ¿no era que la idea provenía de la burguesía más moderna y de hombres de derecha independientes, apoyados por ministros ex-comunistas? Incluso la izquierda trata de conservadores a quienes no asumen el riesgo de aceptar el paso de un trabajo a otro, a quienes permanecen en un empleo "desde la cuna a la tumba". ¿Acaso las generaciones pos-1968 no consideraban al trabajo estable como la cara más alienante de la condición del asalariado?

Sin embargo, la diferencia entre Francia e Italia no reside allí. Basta con haber participado en las manifestaciones de París para sentir que esa conciencia de ser ciudadanos y ya no seres sometidos y explotados a discreción ya no es patrimonio de una minoría de iluminados. Participa de un sentido común que hace que la gente se rebele cuando la provocación es excesiva. ¿Por qué en Francia, y no en Italia? Quizás sea por la tardía formación de nuestro Estado-Nación (en 1860); por la influencia de una clase dirigente conservadora laica o conservadora a secas; por la ausencia de una revolución del tipo de la de 1789; por nuestra transformación en territorio de paso para las grandes potencias (España, Francia, Austria), fragmentado en pequeños reinos y ducados. Además, la tradición de autonomía comunal se arraigó entre la Edad Media y el Renacimiento. La amplitud del poder temporal de la Iglesia nos marcó de manera indeleble; interrumpido por el antifascismo y la Resistencia, después se impuso cada vez más, en especial a partir de 1989.

En suma, todo ello hizo que el pueblo italiano fuera más experto en el arte de obedecer y arreglárselas que en el de conquistar libertades y derechos. La derecha sabe que puede contar con esa dimensión oscura de la sociedad. Francia duerme o construye barricadas. Italia no duerme, refunfuña mucho pero muy raramente recurre a las barricadas. Y aun menos tras la caída de nuestro curioso comunismo, que sin embargo enseñaba a combatir por los propios derechos. Esta tradición perdió hasta su nombre, y el país parece haber perdido hasta la conciencia de esa frontera que en Francia lleva a decir "no" a Jean-Marie Le Pen.

Complejo de culpabilidad

Hay algo peor: la izquierda interiorizó un complejo de culpabilidad respecto del balance del comunismo y una suerte de creencia en la fatalidad de las "leyes superiores de la economía", que la arrastró -y no solamente en nuestro país- hasta las orillas del neoliberalismo. ¿Quién sigue resistiéndolas? El sindicato lo asegura, pero debe tenerlas en cuenta. Los partidos no lo hacen de manera explícita, excepto los de extrema izquierda; pero para ellos, como para los altermundialistas, es un gran enemigo simbólico que les parece imposible enfrentar en su propio país. Razón por la cual sólo las minorías muy politizadas hicieron suya la batalla contra el trabajo precario, inventando San Precario, que es la fiesta del "May Day", alternativa al 1º de Mayo de los sindicatos, y protestando con motivo de happenings que, sin embargo, sólo atraen a unos pocos precarios y prácticamente no molestan a los gobiernos en el poder.

Más allá de estas movilizaciones, persiste una incertidumbre -aun dentro del movimiento francés- sobre el mecanismo que produce la precariedad. Una cosa es denunciarla como un efecto del posfordismo y la mundialización, otra es jugar con las propias contradicciones de los gobiernos que se fijan como objetivo la reducción de los derechos y del costo laboral, y otra aun es producir una alternativa no ficticia y actuar en este sentido.

Lo mismo sucede con el "no" a la Constitución Europea: la bloqueó, pero no estuvo en condiciones de desembocar en una alternativa. La mayoría de los medios de comunicación franceses -y también italianos- vieron en esto el resultado de un encuentro nefasto entre soberanismo y populismo. Ahora bien, se trataba de una rebelión contra la reducción de Francia a mero mercado, en nombre de la competitividad, y contra la reducción del trabajo a mera mercancía. Idéntica reacción bloqueó la directiva Bolkestein.

Pero la flexibilidad del trabajo, que destruye eso que se llama sus "rigideces", se arraiga profundamente en la mundialización y en la exigencia de supervivencia de las empresas. No sólo ante la ofensiva de los grandes productores asiáticos, sino también en el interior del propio Occidente. ¿Cómo responder? Es difícil creer en el sueño del crecimiento cero, que sólo tendría sentido en un planeta relativamente homogéneo o unificado por un soplo de solidaridad que actualmente no existe. Es igualmente difícil imaginar que el nacionalismo progresista de América Latina baste, aun cuando genere una primera gran brecha en el "Consenso de Washington" modificando así la situación política mundial. Pero ¿y la situación social? ¿Cuáles son los ejes indicadores del modo de vivir y producir, de los que surge la reducción del trabajo a una mercancía y del hombre a un instrumento, como hubiera dicho Kant? He aquí un terreno a desbrozar, también en nuestros países.

  1. Andrea Colombo, "Una Unión llena de divergencias", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, abril de 2006.
  2. Llamada "co.co.co", instauraba una verdadera modalidad de empleo por intervalos. Se le añadió a su título "con proyecto", lo que no cambió su naturaleza.
Autor/es Rossana Rossanda
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 83 - Mayo 2006
Páginas:22,23
Traducción Teresa Garufi
Temas Movimientos Sociales, Trabajo (Política)
Países Francia