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El pueblo contra los intelectuales

En Estados Unidos, la derecha supo aprovechar la animosidad que decenas de millones de ciudadanos de ese país experimentan contra los "intelectuales". En las elecciones presidenciales de noviembre de 2004, George W. Bush obtuvo tantos votos como su rival en el electorado blanco, de clase media y con diploma universitario. Pero entre los electores del mismo grupo racial que no habían cursado estudios superiores, aplastó al senador John Kerry 1.

Desde fines del siglo XVIII, en Estados Unidos se considera que la "elite" es "condescendiente, despilfarradora, artificial, afeminada, manipuladora, más intelectual que práctica, y dependiente del trabajo de los demás" 2. Un cierto "populismo" conservador y religioso supo sacar partido de ese fondo cultural para proteger a los poseedores del poder económico y dirigir su ira contra la elite "instruida y amoral", presuntamente hostil a la gente impregnada de sentido común y de principios virtuosos.

A pesar de que el "antiintelectualismo" es un género bastante antiguo, quienes se sienten más inclinados a censurarlo muestran rápidamente una forma de "racismo de la inteligencia", siempre vivo en el seno de las minorías ilustradas 3. Hace unos años, hubo incluso quienes adjudicaron la victoria electoral del presidente Bush al bajo cociente intelectual de sus electores. Los republicanos apenas se atreven a soñar con que alguien presente un cuestionamiento tan estúpido, que les serviría para reforzar su imagen de defensores de la gente simple que gana el pan con el sudor de su frente.

Si bien la crítica de una cierta elite instruida y despectiva se convirtió en el fondo de comercio exclusivo de una derecha, y hasta de una extrema derecha de pequeños comerciantes, no siempre fue así. Cuando a comienzos del siglo XX los sindicalistas estadounidenses criticaban a los dueños del capital, no dejaban de incluir en la lista de sus enemigos a los altos funcionarios y a los intelectuales. Destinaban incluso una parte en sus volantes a los universitarios y a los periodistas, capaces de encontrar todo tipo de justificaciones "racionales" a las decisiones del patronato, a condición de que éste sirva a sus intereses y alabe su talento.

A partir de la década de 1930, la derecha estadounidense muestra aun más claramente su antipatía respecto de los intelectuales, a los que califica de desdeñosos de la moral religiosa y partidarios de concentrar el poder en manos de quienes poseen mayores conocimientos. Los republicanos, castigados por considerárselos parte del mundo de los negocios en quiebra (crisis de 1929), esperaban -ya entonces- proletarizar su imagen, interpretando el registro de la guerra de culturas. En 1940 su candidato, Wendel Willkie, dijo refiriéndose a los consejeros cosmopolitas y diplomados del presidente demócrata Franklin D. Roosevelt, su adversario: "Miren la gente que lo rodea. Son cínicos que se burlan de nuestras sencillas virtudes. Piensan que el pueblo y la mayoría de nosotros somos demasiado tontos para entender las cosas. Consideran que son la intelligentsia, y que pueden gobernarnos. ¡Que nos devuelvan nuestro país! Nos pertenece." 4

Como el New Deal desembocó en la creación de una plétora de agencias federales que enviaban a sus administradores y gerentes a salvar un capitalismo moribundo, difícilmente podía desactivar esa máquina infernal que generaba "una asociación de ideas entre progresismo y condescendencia intelectual" y que "perseguirá al partido demócrata durante las siguientes décadas" 5.

 Una cuestión de gustos

 Uno tras otro, Joseph McCarthy, Barry Goldwater, George Wallace, Richard Nixon, Ronald Reagan y George W. Bush aprovecharon ese espacio, a la vez que lo ampliaron. Cada uno a su manera se presentó como el portavoz de la mayoría silenciosa, ofendida por las decisiones de los funcionarios, de los jueces, de los expertos y por la altanería de los intelectuales. "La verdad -explicó Ronald Reagan en 1976- es que los estadounidenses tienen que elegir entre dos puntos de vista opuestos. Uno confía en los constructores de castillos en España y en los que hacen mamarrachos en Washington; el otro cree en la sabiduría colectiva del pueblo y en su amor por el sueño americano. Uno exige más impuestos y más gastos, mientras que el otro tiene fe en el sentido común popular. Los de enfrente [los demócratas] creen que las soluciones a los problemas de nuestra nación se hallan en las anotaciones de un psiquiatra, en las carpetas de un educador o en el presupuesto de un burócrata. Nosotros creemos en el esfuerzo del trabajador, en la iniciativa del empresario y en los consejos del sacerdote" 6.

"Burócrata", "psiquiatra", "educador": la elite criticada no es necesariamente rica, pero es instruida. En efecto, para la derecha estadounidense, es fundamental que la pertenencia al "pueblo" -trabajadores, empresarios y sacerdotes mezclados- no sea una cuestión de ingresos sino de gustos. En síntesis, erudición y cosmopolitismo contra simplicidad y tradición. Ronald Reagan y George W. Bush pueden estar rodeados de empresarios millonarios, pero los reciben en jeans mientras arrancan las malezas en su rancho. En la vereda de enfrente, John Kerry habla perfectamente francés... Thomas Frank resume: "Para los conservadores, la clase social no remite verdaderamente al dinero, al origen familiar o a la actividad profesional. Se trata antes que nada del tipo de auto que se tiene, del lugar donde se hacen las compras, de la manera en que se reza, y sólo luego, del oficio que se ejerce o de los ingresos que se tienen. Lo que une a alguien al proletariado no es el hecho de trabajar en sí mismo, sino la falta de pretensión, la humildad" 7.

¿Se trata acaso de un viejo recurso? En todo caso sería menos eficaz si una parte de la izquierda intelectual no hubiera contribuido a desactivar la cuestión social, dedicándose con más entusiasmo a investigaciones a menudo herméticas sobre las identidades, los géneros y las culturas 8. Simultáneamente, los jefes demócratas estaban demasiado asociados a los intereses de los privilegiados para permitirse hablar de las cuestiones de clase bajo el aspecto que fuera. Y como si todo eso no fuera suficiente, algunos "progresistas" se preocuparon en confirmar las acusaciones de desprecio cultural de que se los sospechaba. En 1968, por ejemplo, el sureño George Wallace, gobernador segregacionista de Alabama, que no era por cierto un verdadero gourmet, se jactó de "ponerle ketchup a todo". La New York Review of Books, revista de los intelectuales llenos de diplomas, consideró entonces ingenioso burlarse de él en estos términos: "Su domicilio natural sería un hotel de mala categoría, y su distracción preferida, una comida barata". Claro, todo el mundo no tiene la suerte de cenar con un profesor de Harvard en un restaurante francés de Manhattan 9.

 El macartismo popular

 Fue posiblemente durante la Guerra Fría cuando la distancia social entre la izquierda y una parte del pueblo aumentó considerablemente. El 9 de febrero de 1950 Joseph McCarthy pronunció su célebre discurso de Salt Lake City, durante el cual agitó una lista con los nombres de 57 altos funcionarios del Departamento de Estado -por entonces dirigido por el demócrata Dean Acheson, "un diplomático pomposo en pantalones rayados"- afirmando que esas personas pasaban información a la Unión Soviética. ¿Quiénes eran los acusados? La amenaza contra el orden social, lejos de provenir como en otros tiempos de un proletariado revolucionario, había encontrado sus mejores aliados en aquellos que "gozan de todas las ventajas que la nación más rica del mundo puede ofrecer: las mejores viviendas, la mejor educación universitaria, los mejores empleos públicos". No eran miembros de la plebe a quienes se sospechaba de ser "rojos" y de haber entregado los secretos de la bomba atómica, sino a una elite de científicos designados en cargos importantes.

¿Y contra esos traidores, contra "esos jóvenes brillantes que nacieron en cuna de oro", quién defendió el God and country (Dios y el país)? Los estadounidenses de las capas inferiores -obreros, agricultores, empleados, pequeños propietarios- que no tenían la cabeza llena de esas utopías venidas de Europa y que defendían un sistema social que identificaban con la voluntad divina. Imper-meables a las teorías colectivistas de una elite demasiado instruida, se aferraban a la nación de los orígenes, a los valores de los Padres Fundadores, a la mano invisible del mercado autorregulador. En 1952, mientras los escritores y los directores de cine "subversivos" (entre ellos Charlie Chaplin) eran despedidos de sus empleos, encarcelados u obligados a exiliarse, los secuaces de McCarthy purgaban las bibliotecas de 30.000 libros escritos por "comunistas, filocomunistas, ex-comunistas o anti-anticomunistas".

Aunque sólo duró algunos años, el macartismo representa un momento decisivo en la vida política estadounidense. De un lado, demostró la influencia de la derecha en los medios populares cuando lucha contra una "nueva clase" intelectual opuesta a las tradiciones religiosas y patrióticas de la nación. De otro lado, llevó a la intelligentsia progresista a justificar su aislamiento social con el argumento de que la clase baja se había vuelto infrecuentable. "La popularidad de McCarthy -analiza el historiador Michael Rogin- reforzó en ciertos intelectuales la idea de que no podían apoyarse en la masa para defender las libertades cívicas y los derechos democráticos" 10.

Durante la década de 1950, la mayor parte del país se mostró indiferente a las libertades individuales. En las elecciones posteriores, que ganaron los republicanos (Nixon, Reagan, Bush, todos reelegidos), se dirá que esa mayoría es racista, represiva, sexista, homofóbica, nacionalista, fundamentalista... Sin embargo, en un país donde hasta la designación de los sheriffs y el establecimiento del precio del peaje depende del sufragio universal, más vale -como hace la derecha- hacerse pasar, ante la mayoría, por un aliado en la guerra cultural, que esperar -como ciertos progresistas- poner en caja a esa mayoría a fuerza de fallos de la Corte Suprema.

Los estrategas conservadores vencieron. Lograron "asustar a tal punto a la izquierda, que ésta terminó desconfiando de los sectores blancos de Estados Unidos -trabajadores católicos, ex combatientes, clase media muy descontenta- que otrora se habían movilizado en favor del sindicalismo, de una jubilación garantizada por el Estado y por la gratuidad de los estudios superiores para los soldados que regresaban del frente" 11. Las minorías, antiguas o nuevas, no alcanzarán para inclinar el platillo de la balanza electoral.

Sin embargo, el macartismo no corresponde exactamente a la leyenda de una intelligentsia frágil que no puede oponerse a la fortaleza del populacho. De un lado, la mayoría de los especialistas, artistas, profesores, aceptó igual que los demás cumplir con el juramento de fidelidad que se les exigía. Ellos también habían cerrado los ojos, y hasta contribuido a la caza de brujas, para conservar sus prerrogativas y, llegado el caso, cobrar las sumas que distribuía la Rand Corporation o la CIA. Por otra parte, intelectuales de primera línea se habían comportado más bien como pirómanos que como bomberos o como víctimas mientras duró la hoguera del macartismo. Para apoyarlos, los hijos de papá, educados en las mejores universidades privadas, imitaban a los rebeldes movilizados... contra la dictadura de las ideas socialistas en Estados Unidos. Desde entonces transcurrieron sesenta años, y nada cambió en ese aspecto: cuanto más domina la derecha, más dice ser dominada.

La gente inteligente no rechaza tanto como dice las políticas represivas. Desde comienzos de la Guerra Fría, las jaurías de bárbaros macartistas recibieron el apoyo de Torquemadas tan cultos como James Burnham (egresado de Princeton), Whittaker Chambers (Columbia) o William F. Buckley (Yale). Aún hoy en día, no obstante el poco interés que el presidente Bush muestra por las ciencias sociales, los neoconservadores de su administración ostentan los más prestigiosos diplomas y afirman inspirarse de los filósofos Leo Strauss o Alan Bloom. Antes de convertirse en secretaria de Estado, Condoleezza Rice era rectora de la Universidad de Stanford; habla cuatro idiomas y ejecuta música clásica en el piano.

Desde hace medio siglo, William F. Buckley figura entre los "vendedores de ideas de segunda mano" que con más entusiasmo luchó por la derecha estadounidense. Hoy en día octogenario, fundó y dirige un periódico influyente, National Review (su amigo Ronald Reagan lo leía religiosamente), anima un programa de televisión y fue candidato a la alcaldía de Nueva York. Es difícil considerar inculto a ese puro producto de la elite estadounidense, hijo de buena familia, educado en París y en Londres, y luego en uno de los mejores colegios de Nueva Inglaterra. Sin embargo, en 1951, en momentos en que el macartismo ya causaba estragos, fue el joven Buckley quien dirigió la carga contra los universitarios que a su entender se mostraban demasiado tolerantes con el comunismo, pidiendo que fueran expulsados.

Algunos se le opusieron en nombre de la libertad de expresión. Su respuesta fue fulminante: "Pregunta: ¿Qué fundamento ético, filosófico, epistemológico nos obliga a seguir tolerando ideas que la enseñanza tiene por misión desprestigiar?" 12. Católico practicante, Buckley había estudiado en Yale -"centro neurálgico de la civilización"- entre 1946 y 1950, de donde salió espantado: "Bajo la etiqueta protectora de la ‘libertad universitaria' se impone un comportamiento irresponsable, del que deriva una de las mayores incongruencias de nuestro tiempo: la institución sostenida moral y financieramente por individualistas cristianos, trabaja para transformar a sus hijos en socialistas ateos".

Desde fines de la década de 1980 la derecha estadounidense se ocupa de denunciar el ambiente políticamente correcto que reina en los campus. Sin embargo, en 1951 es una de sus grandes figuras quien interpreta con voluptuosidad el papel de policía de las ideas, pasando por el tamiz el contenido de los cursos, de las bibliografías, de los comentarios de las hojas de examen, de las observaciones hechas en clase, y aprobando o criticando cada caso desde el punto de vista religioso o político. No es algo sin importancia en una época en que la acusación de disidencia puede hacer perder el trabajo o llevar a la prisión.

Todos los temas sobre los cuales la derecha va a insistir más tarde en dirección del electorado popular ya están reunidos en el libro de Buckley, publicado en 1951: el relativismo moral que carcome los valores familiares; el Estado tentacular que afecta la autonomía del individuo; la subversión de los intelectuales que favorece ambas cosas. Y se añade, ya por entonces, uno de los ingredientes fundamentales del discurso republicano de las décadas siguientes: la justificación pseudodemocrática de la desigualdad de ingresos, por medio de la teorización de un "populismo de mercado", que mezcla gastos individuales y sufragio universal. De tal forma, el poder financiero de las grandes empresas respondería a la voluntad del hombre común, puesto que, en última instancia, provendría de la decisión de decenas de millones de consumidores (que, por ejemplo, "votan" por General Motors cada vez que compran un vehículo de esa marca). En cambio, si la intelligentsia pretende imponer al país su utopía igualitaria adosándose a la burocracia del Estado, eso significa que la dictadura está cerca...

Queda claro: la búsqueda de la prosperidad o de la justicia no puede realizarse a partir de una "lejana oficina"; la "magia del mercado" puede brindarlas mucho más eficazmente que cualquier construcción abstracta. Luchemos entonces contra los intelectuales que sueñan con repartir las fortunas: "Ninguno de ellos -afirma Buckley- menciona ni siquiera al pasar la doctrina totalmente respetable según la cual es antidemocrático sacarle a alguien lo que el pueblo le dio. Si varios cientos de miles de personas deciden, sin ninguna forma de presión, darle 100.000 dólares a Joe DiMaggio (famoso jugador de béisbol) a cambio del placer de verlo utilizar su bate (...) y si luego el Estado absorbe la parte principal de esa suma, ¿quién contradice más directamente la voluntad del pueblo?".

El truco logra su efecto. Los ricos y las multinacionales son los elegidos del pueblo, los intelectuales filo-socialistas, su enemigo. Para los conservadores, ironiza Thomas Frank, "cuando los mercados tensan sus músculos, es algo productivo, orgánico y democrático. Cuando el Estado y los sabelotodos que lo administran toman el volante, el poder se vuelve inmediatamente destructor, jerárquico, arbitrario y tiránico" 13.

 "Soy como todo el mundo"

 En enero de 2009, cuando termine el mandato del actual presidente, los republicanos habrán ocupado la Casa Blanca veintiocho años sobre cuarenta. Controlan ambas cámaras del Congreso desde 1995. La mayoría de los jueces de la Corte Suprema y de los magistrados de la Corte de Apelaciones les deben su nominación. Sin embargo, la derecha continúa hablando pestes de "los burócratas de Washington".

De su lado, la prensa y los medios vehiculan los modelos más acabados de la ideología mercantil y del individualismo, mientras que la universidad entró en el molde de la business school. Algunos de los mejores profesores, de los mejores autores, como si fueran gerentes de empresa o futbolistas muy listos, se ocupan antes que nada de hacer subir su cotización (mejor salario, menos horas de cátedra, anticipos más abultados), amenazando con abandonar el establecimiento o el editor para ir a buscar mejores condiciones en otro lado. Pero la derecha estadounidense sigue quejándose de la subversión de los "intelectuales". Pues la antipatía que las elites instruidas inspira a las capas sociales menos favorecidas -las que las políticas económicas neoliberales maltratan en primer lugar- es demasiado lucrativa en el plano electoral para que el partido republicano renuncie a usar y abusar de ese anzuelo.

Fuera de Estados Unidos, otros defensores de los privilegiados, impacientes de dirigir el país, descubren a su vez su pasión por la cultura popular. Un día que no se entrevistó con Martin Bouygues ni con Arnaud Lagardère (poderosos empresarios franceses), ni con Bernard-Henri Lévy, el señor Nicolas Sarkozy (actual ministro del Interior y figura de la derecha en Francia) confió al semanario Paris Match: "Yo soy como todo el mundo: me gusta lo que les gusta a todos. Me gusta el Tour de France, el fútbol, voy a ver la película Les bronzés 3, me gusta escuchar canciones populares" 14.

  1. Los electores blancos con ingresos entre 30.000 y 50.000 dólares anuales, pero que no tuvieron estudios universitarios, votaron por Bush en un 62%, y en un 38% por Kerry. Ese mismo grupo, pero con estudios superiores, votó en un 49% por Bush y en igual porcentaje por Kerry. Se pudo observar prácticamente la misma diferencia, vinculada al nivel de educación, en el sector que poseía ingresos entre 50.000 y 70.000 dólares anuales. Véase John Judis y Ruy Teixeira, The American Prospect, Washington DC, 4-1-05.
  2. Michael Kazin, The Populist Persuasion, Basic Books, Nueva York, 1995. Ver también "Le populisme, voilà l'ennemi!", Le Monde diplomatique, París, abril de 1996.
  3. La expresión "racismo de la inteligencia" fue empleada por Pierre Bourdieu en un texto titulado "Classe contre classe", publicado en 1983. Pierre Bourdieu, Interventions 1961-2001, Agone, Marsella, 2002.
  4. Le Grand bond en arrière. Comment lórdre libéral s'est imposé au monde (edición revisada y actualizada), Fayard, París, 2006.
  5. Michael Kazin, op. cit.
  6. Le Grand bond en arrière, op. cit.
  7. Thomas Frank, What's the Matter with Kansas: How Conservatives Won the Heart of America, Metropolitan Books, Nueva York, 2004.
  8. Russel, Jacoby, Dogmatic Wisdom: How the Culture Wars Divert Education and Distract America, Doubleday, Nueva York, 1994.
  9. Tom Wolfe, Le gauchisme de Park Avenue, París, Gallimard, 1972, una excelente sátira de la "izquierda en limusina" de Estados Unidos.
  10. Michael Rogin, The Intellectuals and McCarthy : The Radical Specter, The M.I.T Press, Boston, 1967.
  11. Michael Kazin, op. cit.
  12. William F. Buckley Jr, God & Man at Yale, Gateway, Washington, 1986. El libro fue publicado inicialmente en 1951. Todas las citas de Buckey que siguen provienen de esa obra.
  13. Thomas Frank, op. cit.
  14. Paris Match, 22-3-06. (N del T: La película francesa Les bronzés 3 es un film cómico para público popular).
Autor/es Serge Halimi
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 83 - Mayo 2006
Páginas:34,35,36
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Mundialización (Cultura), Ultraderecha
Países Estados Unidos