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Viaje al interior de las madrasas pakistaníes

En Pakistán las manifestaciones contra la publicación en Europa de caricaturas de Mahoma, en las que participaron decenas de miles de personas, cobraron mayor masividad y violencia. Lo cual refleja la inestabilidad de la nación, la fuerza de la oposición al presidente Pervez Musharraf y la influencia de las corrientes islámicas más radicales, cuyo ascendiente se hace sentir en las escuelas religiosas, las madrasas.

No lejos del río Indo, más arriba de Akora Khattack, en la provincia fronteriza del noroeste paquistaní, muy cerca de la ruta a Islamabad sacudida por el ruido de los camiones, se levanta la Haqqania, una de las más radicales entre las escuelas religiosas llamadas madrasas. Muchos dirigentes talibanes, entre ellos el mismo mollah Omar, fueron formados en esta institución. Se la acusa de haber inspirado la versión brutal y ultraconservadora de la ley islámica practicada por el régimen de los talibanes afganos, y sin embargo nada aquí hace pensar que la Haqqania se avergüence de sus ex alumnos. Al contrario, el director de la madrasa, Maulana Sami ul-Haq, proclama con orgullo que el día en que los talibanes soliciten nuevos combatientes, él cerrará la madrasa y enviará a todos sus estudiantes a tomar las armas. Así, de muy diversas maneras, el nombre de Akora Khattack encarna todo lo que los dirigentes estadounidenses más temen y detestan en esta región, bastión de la resistencia religiosa, intelectual, y a veces militar, contra la pax americana.

Durante la travesía por el Indo se levantan fuertes remolinos de polvo. A la sombra de las macizas murallas de la fortaleza de Attock, antes una defensa que protegía a India contra las incursiones afganas, la ruta está bordeada de álamos. A lo lejos, como el espinazo dentado de algún dragón, se levantan las colinas azules de Margall; al costado un cementerio, donde las banderas que adornan cada tumba flamean con el viento. A algunos kilómetros del río se levanta un conjunto de edificios de cemento deteriorados, una versión moderna de la arquitectura mogol. La ropa se seca sobre los techos y en los balcones de esas torres-dormitorio, mientras en el patio principal se ve ocupados a los estudiantes. Todos son de sexo masculino; todos llevan turbante y una barba espesa.

Para tratarse de alguien a quien se suele considerar como un verdadero ícono del odio a Occidente, Maulana Sami resulta ser un hombre sorprendentemente elegante y alegre. Lleva un frac azul de corte vagamente victoriano, y su barba cuidadosamente recortada parece tener una pizca de henna. El rostro es de rasgos gruesos, con una nariz protuberante y los ojos rodeados de pliegues risueños. En su oficina, presenta a su nieta de dos años, que juega tranquilamente con una pelota de cuero. Haqqania no muestra indicios de haber padecido las medidas represivas que el presidente Pervez Musharraf había declarado que iba a tomar contra los centros del radicalismo islamita. El rostro de mi interlocutor se ilumina: "Eso está reservado para el consumo estadounidense", ríe de buena gana. "Sólo son declaraciones a la prensa. No ha pasado nada".

¿No encuentra en este momento una atmósfera irrespirable? "Al contrario, estamos en una posición de fuerza. Bush ha despertado a todo el islam. Le estamos agradecidos". Su sonrisa se agranda. "Nuestro trabajo es la propagación de la ideología islámica. Brindamos gratuitamente instrucción, vestimenta y libros. Incluso podemos albergar gratuitamente a la gente. Somos los únicos que educamos a los pobres".

Maulana Sami hace una pausa y su sonrisa se desvanece. "La gente está desesperada, ya está cansada de las viejas costumbres de Pakistán, de los partidos laicos y del ejército. ¡Hay tanta corrupción! Musharraf no hace más que combatir a los musulmanes y decir amén a todo lo que quieren los occidentales. No se interesa en el pueblo. Entonces todo el mundo busca respuestas islámicas, y nosotros podemos ayudar a que las encuentren. Sólo nuestro sistema islámico puede aportar justicia".

Para bien o para mal, la evolución de las actitudes políticas que Sami ul-Haq observa desde su madrasa de Akora Khattack está en vías de reproducirse en todo Pakistán. Un estudio del Ministerio del Interior realizado después del 11 de septiembre reveló que hay veintisiete veces más madrasas que en 1947. En la época de la independencia eran 245, mientras en 2001 llegaban a 6.870 1. Y una proporción significativa de ellas está dirigida por, o vinculada a, una unión de los partidos islamitas, bautizada Coalición para la Acción Muttahida Majlis-e-Amal (MMA), que bajo la vicepresidencia de Sami, acaba de imponer un régimen de tipo talibán en la provincia fronteriza del noroeste, prohibiendo la música en público y toda representación de figuras humanas. Curiosamente, la única excepción a esta regla es la imagen del "Coronel Sanders" en la insignia del Kentucky Fried Chicken en Peshawar. Nos explican que la barba del coronel fue juzgada convenientemente islámica, lo que le permitió escapar a la iconoclasia obligatoria en todos los demás lugares.

Radicalización del islam 

Los partidos islámicos conocen los beneficios que pueden obtener del control de estos lugares de instrucción y no lo ocultan. La sede del Jamaat-e-Islami en Lahore, por ejemplo, hace también las veces de madrasa, en la que doscientos estudiantes reciben una educación coránica de orientación claramente política. Un vocero del partido fue muy explícito: "La transformación política efectuada por nuestras madrasas está en vías de cambiar masivamente el futuro de Pakistán. Es muy estrecho el vínculo entre los recientes éxitos electorales de los partidos islámicos y el trabajo que hacemos en nuestras madrasas".

En consecuencia, en todo Pakistán se ha radicalizado el tenor de las creencias religiosas; la variedad barelvi del islam, tolerante, influenciada por el sufismo, está totalmente fuera de moda, ampliamente desbordada por el súbito auge de reformismos más duros, más politizados, como las corrientes deobandi, wahhabita y salafista.

La rápida multiplicación de estas madrasas comenzó en los años 1980, bajo la égida del general Zia ul-Haq 2 en el marco de la yihad afgana, y estuvo financiada principalmente por los sauditas. Aunque muchas de las madrasas creadas en esa época sólo consisten en una pieza única agregada a la mezquita de un pueblo, otras se han vuelto instituciones muy consecuentes: la Dar ul-Uloom en Baluchistán, por ejemplo, recibe actualmente a 1.500 muchachos como internos y a otros 1.000 como externos. En total, habría hasta 800.000 estudiantes en las madrasas de Pakistán, todo un sistema educativo islámico, libre y gratuito, que compite con el moribundo sector público.

El presupuesto de la enseñanza pública sólo llega al 1,8% del Producto Nacional Bruto. Por eso el 15% de las escuelas no dispone de locales adecuados, el 40% no tiene agua corriente y el 71% carece de electricidad. Es frecuente el ausentismo del cuerpo docente, y de hecho muchas de estas escuelas sólo existen en el papel. En 2004, cuando Imran Khan, ex capitán del equipo nacional de cricket, entró a la política, investigó las escuelas públicas de su circunscripción y descubrió que un quinto de las inscriptas en los registros no existían, y que el 70% estaban casi siempre cerradas.

El retraso de Pakistán en materia de educación respecto de India es muy grande: en India el 65% de la población está alfabetizada, y el porcentaje aumenta cada año. En Pakistán, la tasa de alfabetización sólo llega al 42%, y es una cifra en disminución. En lugar de invertir en educación, el gobierno militar equipó su fuerza aérea con una nueva generación de aviones F-16. La casi quiebra de la educación pública significa que para una parte importante de la población la única esperanza de mejorar su suerte es enviar a sus hijos a las madrasas, donde tiene la seguridad de que recibirán una educación que, aunque severamente tradicional, es totalmente gratuita.

En Pakistán, la hegemonía de las madrasas en el sistema educativo es sin duda única, pero en todo el mundo musulmán la tendencia general es la misma. En Egipto, la cantidad de institutos educativos que dependen de la universidad de Al-Azhar en El Cairo pasó de 1.855 en 1986 a 4.314 diez años más tarde. Los sauditas han aumentado su financiamiento, destinando actualmente un millón de dólares anuales para la construcción de nuevas madrasas, sólo en Tanzania, por ejemplo. En Mali, las madrasas reciben en este momento al 25% de los niños escolarizados.

Visto en este contexto más amplio, Maulana Sami ul-Haq y sus madrasas plantean muchas preguntas importantes. ¿En qué medida son el origen de los problemas que culminaron en los ataques del 11 de septiembre? ¿Son algo más que fábricas de terroristas? ¿No debería Occidente presionar sobre estos Estados clientes de Estados Unidos, como lo son Pakistán y Egipto, para que lisa y llanamente las cierren?

En el clima de pánico que siguió a los ataques islamitas contra Estados Unidos, la respuesta a estas preguntas parecía evidente. El secretario de Estado Colin Powell y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld no tenían la misma visión de la política exterior, pero estaban de acuerdo sobre la amenaza que constituían las madrasas. En 2003 Rumsfeld planteó así la cuestión: "¿Estamos verdaderamente en vías de capturar, matar, neutralizar o disuadir cada día a más islamitas de los que las madrasas y los eclesiásticos radicales reclutan, entrenan y lanzan contra nosotros?" Un año más tarde, Colin Powell afirmaba que las madrasas eran viveros "de fundamentalistas y de terroristas".

Aldeanos piadosos

Sin embargo, el vínculo entre madrasas y terrorismo internacional es cualquier cosa menos evidente, y nuevos estudios ponen en duda la teoría, muchas veces repetida aunque intelectualmente discutible, según la cual las madrasas no serían otra cosa que centros de entrenamiento de Al Qaeda. Es cierto que muchas madrasas son fundamentalistas y sustentan una interpretación literal de los textos sagrados; que muchas de ellas adhieren a las corrientes más duras del pensamiento islámico. Muy pocas son las que preparan a sus alumnos para actuar en una sociedad moderna y pluralista. También es cierto que algunas madrasas pueden vincularse directamente con el radicalismo islámico y con explosiones ocasionales de violencia. Así como hay yeshivas (escuelas rabínicas) y colonias en Cisjordania conocidas por su violencia contra los palestinos y monasterios en Serbia que albergaron criminales de guerra, se estima que hasta un 15% de las madrasas de Pakistán promueven una yihad violenta y que algunas de ellas brindan un entrenamiento militar clandestino. Estudiantes de madrasas participaron en la yihad de Afganistán y Cachemira, y en varias ocasiones estuvieron implicados en actos de violencia, especialmente contra los chiitas, minoritarios en Karachi.

Sin embargo, la fabricación de carne de cañón para los talibanes y la instrucción de granujas de sectas locales no tienen nada que ver con la formación de terroristas avezados en la tecnología moderna, como los de Al-Qaeda que ejecutaron esos ataques tan sofisticados como horrorosos contra el destructor USS Cole, las embajadas estadounidenses en el este de África, el World Trade Center o el subte de Londres. En efecto, varios estudios recientes señalan la necesidad de distinguir entre los diplomados en las madrasas -en la mayoría de los casos aldeanos piadosos provenientes de los ambientes más pobres, y poco al tanto de las cuestiones técnicas- y los salafistas yihadistas, cosmopolitas, provenientes de las capas medias de la población, que planifican las operaciones de Al-Qaeda a través del mundo. Se ha descubierto que la mayoría de esos hombres tienen antecedentes laicos y tecnológicos. Ni Osama Ben Laden ni ninguna de las personas que perpetraron los ataques contra Estados Unidos y Gran Bretaña fueron formados en una madrasa, y ninguno estaba calificado para ingresar al clero.

Los hombres que planificaron y ejecutaron los ataques del 11 de septiembre fueron tratados con frecuencia por la prensa anglosajona como "fanáticos medievales". Sería más justo denominarlos profesionales con alto nivel de educación pero políticamente confusos. Mohammed Atta era arquitecto; Ayman al-Zawahiri, el jefe de estado mayor de Ben Laden, era cirujano pediatra; Ziad Jaeeah, uno de los fundadores de la célula de Hamburgo, era estudiante de cirugía dentaria antes de especializarse en la construcción aeronáutica; Omar Cheikh, autor del secuestro de Daniel Pearl, tenía un título de la London School of Economics.

Es lo que surge, por ejemplo, del más sutil análisis del yihadismo transnacional publicado hasta ahora, Understanding Terrorist Networks, de un ex agente de la CIA, Marc Sageman 3. Éste estudió la biografía de 172 terroristas vinculados a Al Qaeda y sus conclusiones dejan mal parados a la mayor parte de los lugares comunes mediáticos sobre la personalidad de los reclutados: su muestra está compuesta por dos tercios de pequeños burgueses que recibieron una educación universitaria; en general son profesionales, familiarizados con la tecnología, y varios han obtenido un doctorado. Tampoco son jóvenes atolondrados ya que su edad promedio es de 26 años, la mayoría están casados y muchos tienen hijos. Solamente dos parecen padecer perturbaciones mentales. El terrorismo islámico, como los terrorismos judío y cristiano que le precedieron, es esencialmente una actividad de burgueses.

Es cierto que existen algunos casos de diplomados de madrasas radicales que se unieron a Al Qaeda: Maulana Masood Ashar, por ejemplo, jefe de la organización yihadista denominada Jaish-e-Muhammuad y colaborador directo de Ben Laden, hizo sus primeros estudios en Karachi en la madrasa ultramilitante Binor Town; un alumno que abandonó sus estudios en otra madrasa participó en el atentado contra el cortejo del presidente Musharraf en 2003.

Pero en conjunto, los alumnos de las madrasas simplemente no poseen la calificación técnica requerida para llevar a cabo atentados tan sofisticados como los reivindicados por Al Qaeda en estos últimos años. Las preocupaciones de los diplomados de las madrasas siguen siendo más tradicionales: cumplir correctamente con los ritos, lavarse como corresponde antes de la plegaria, cuidar la longitud apropiada de su barba. Todas estas cuestiones forman parte del programa de estudios coránicos en las madrasas. Sus egresados también se preocupan por combatir lo que perciben como prácticas anti-islámicas en sus correligionarios, como el hecho de decir plegarias sobre la tumba de un santo o asistir a las lamentaciones chiitas durante las ceremonias conmemorativas de la muerte de Ali, yerno del profeta, en la batalla de Kerbala 4.

Al Qaeda, desafío a los ulemas

Para decirlo de otra manera, su preocupación no es tanto combatir a los no musulmanes de Occidente -preocupación principal de los adeptos a la yihad transnacional- como promover entre ellos lo que perciben como comportamientos ortodoxos islámicos, regulados por esta ley personal que es el principal objeto de enseñanza en las madrasas. En cambio, la mayoría de los agentes de Al Qaeda no parece tener más que conocimientos rudimentarios de la ley y del saber islámico. Por otra parte, indicadores convergentes sugieren que, en realidad, el propio Ben Laden no experimenta más que desprecio por el enfoque puntilloso y jurídico de los ulemas provenientes de las madrasas, y considera su propio islamismo violento como mucho más adecuado para resolver los problemas del mundo musulmán.

Esto fue confirmado poco después de los atentados del 11 de septiembre, cuando Ben Laden le dijo a un grupo de visitantes sauditas que "los jóvenes que llevaron a cabo estos operativos no aceptaban ningún fiqh (escuela de derecho islámica) en sentido popular, sino que aceptaban el fiqh aportado por el profeta Mahoma". Es una cita cargada de sentido: Ben Laden es ajeno a la formación jurídica y a las estructuras tradicionales de la autoridad islámica. Daba a entender que los autores de esos desvíos se dedicaban a acciones directas, en lugar de perder el tiempo discutiendo textos legales. Se presentaba así como quien desafía a las madrasas y a los ulemas, y elude los modos tradicionales del estudio religioso, buscando su inspiración directamente en el Corán.

Un examen profundo de la usurpación por parte de Ben Laden del papel de ulema de las madrasas se encuentra en el ensayo Landscapes of the Jihad (Paisajes de la yihad) de Fayçal Devji 5, docente en la New School for Social Research de Nueva York. Devji señala hasta qué punto Ben Laden se aparta de la ortodoxia, con su culto de los mártires y las alusiones a sus sueños y visiones, todas cosas que derivan de tradiciones populares, místicas, y del islam chiita, contra las cuales los ulemas sunnitas ortodoxos luchan desde siempre. Aun más, Ben Laden y sus fieles "critican regularmente a los eclesiásticos más venerables, acusándolos de ser esclavos de regímenes apóstatas... Emiten sus propias fatwas sin poseer ni los conocimientos ni la autoridad eclesiástica requeridos".

Todo esto pone en evidencia hasta qué punto el debate sobre Al Qaeda en el mundo occidental está mal informado. Se repite hasta la saciedad que el terrorismo está ligado a la miseria y a la formación coránica básica suministrada por las madrasas. Se afirma que los jóvenes que se dedican a estas actividades son locos malhechores que detestan "nuestras" riquezas y "nuestras" libertades, con quienes ninguna discusión es posible ya que "tienen el objetivo de liquidarnos" (como dijo un ministro británico a la BBC después de los atentados en Londres del 7 de julio de 2005).

A pesar de todos los indicios en sentido contrario, se niega sistemáticamente que la hostilidad de los islamitas pueda estar ligada a la política exterior de Estados Unidos en Medio Oriente y en particular a las empresas anglo-estadounidenses en Irak y en Afganistán. En realidad, la mayor parte de los agentes de Al Qaeda son muy educados y sus objetivos son explícitamente políticos. Nunca hubo la menor ambigüedad en los numerosos comunicados de Ben Laden al respecto. Como lo señaló lacónicamente durante un programa emitido en ocasión de las últimas elecciones estadounidenses, si Al Qaeda estuviera en guerra contra la libertad, habría atacado a Suecia. Los hombres que organizaron los atentados del 11 de septiembre no son un producto del sistema de educación islámica tradicional, sino diplomados en instituciones de tipo occidental.

Arcaicas y evolucionadas 

El debate sobre el supuesto vínculo entre madrasas y terrorismo ha tendido a ocultar al mismo tiempo la larga historia de las madrasas y las diferencias entre ellas. Durante un largo período de la historia del islam, las madrasas fueron la principal fuente del saber religioso y científico, de la misma manera que las escuelas y universidades religiosas de Europa. Entre los siglos VII y XII, las madrasas produjeron cumbres del pensamiento libre como Al-Biruni, Avicena y Al-Khuwarizmi 6.

Cuando los invasores mogoles destruyeron los centros de erudición en el corazón del islam, muchos intelectuales se refugiaron en Delhi, haciendo del norte de India, por primera vez, una importante sede de pensamiento musulmán. Desde el advenimiento de Akbar, emperador de los mogoles en el siglo XVI, el programa de estudios en las madrasas de India asoció el saber del Medio Oriente musulmán con el de la India hindú, de manera que los estudiantes hindúes y musulmanes estudiaban juntos el Corán (en árabe), la poesía sufí de Sa'adi (en persa) y la filosofía de Vedanta (en sánscrito), así como ética, astronomía, medicina, lógica, historia y ciencias naturales. Muchos de los pensadores indios más brillantes, como el gran reformador Ram Mohan Roy (1772-1833), salieron de las madrasas.

Después de la destitución en 1858 del último emperador de los mogoles, Bahadur Shah Zafar, sabios desencantados crearon en Deoband, a 160 kilómetros al norte de la capital mogol de Delhi, una madrasa "wahhabita", muy influyente pero de una gran estrechez de espíritu. Sus fundadores, sintiéndose entre la espada y la pared, quisieron reaccionar contra la decadencia de las viejas elites. Al volver a los fundamentos del Corán, expurgaban todo lo que podía subsistir de hindú o de europeo en su programa de estudios 7.

Desafortunadamente, fueron estas puritanas madrasas deobandi las que se expandieron por el norte de India y Pakistán en el siglo XX, y las que gozaron especialmente de la protección del general Zia ul-Haq y sus aliados sauditas en los años 1980. Ironía del destino, Estados Unidos también desempeñó un rol importante en el reclutamiento de las madrasas para la guerra santa, en el marco de la yihad afgana. En efecto, la CIA financió, a través de la US Agency for International Development, la confección, al estilo de las madrasas, de algunos manuales particularmente sanguinarios llenos de imágenes violentas y de prescripciones militares. En una de sus páginas se podía ver la imagen de un yihadista sosteniendo un fusil pero cuya cabeza había sido arrancada, acompañada de un versículo del Corán y de un homenaje a los mujaidines (combatientes de la yihad) que eran "obedientes de Alá... Esos hombres que sacrificaron sus riquezas y su vida para imponer la ley islámica". Cuando los talibanes tomaron el poder, estos manuales se distribuyeron para ser usados en las escuelas 8.

El programa de muchas madrasas de Pakistán es arcaico. En algunas la geometría se enseña a partir de Euclides y la medicina a partir de Galeno. Se aprende el Corán de memoria en lugar de hacer su estudio crítico, y se sigue asignando mucho prestigio al hecho de volverse un hafiz, es decir, una persona que conoce el Corán de memoria. En las madrasas deobandi se enseña que el sol gira en torno a la tierra e incluso hay algunas que tienen asientos reservados para los espíritus islámicos invisibles, los djinns. Pero esto no ocurre en todas las madrasas; algunas de ellas son sorprendentemente evolucionadas.

En Karachi, la madrasa más importante es la Dar ul-Uloom. Con sus grandes extensiones de césped, tiene al mismo tiempo algo de hotel cinco estrellas y de campus universitario de alto nivel. Es limpia y próspera: con elegantes salas de clase y de informática que dan a jardines con gran cantidad de palmeras. Alrededor, todavía rodeados de andamios, se levantan nuevas bibliotecas y nuevos dormitorios.

Adentro el ambiente es serio, estudioso. Los estudiantes trajeados se sientan sobre alfombras, y leen el Corán abierto ante ellos en pequeños pupitres de madera. En otras salas escuchan atentamente a un maulana (maestro) adulto exponer sus comentarios sobre el sentido de los versículos del Corán, de los hadiths (palabras o actos de Mahoma considerados como ejemplos a seguir por los musulmanes) y de las tradiciones del profeta. Una sala de informática está llena de barbudos que luchan con los misterios de la computación utilizando versiones en urdu o en árabe de Microsoft Word y de Windows XP; estudiantes del último año que deben redactar sus ensayos en la computadora y distribuirlos en forma de edición. Por supuesto, no todas las madrasas están tan bien equipadas.

Los estudiantes son por lo general entusiastas, amables e inteligentes, pero extremistas. Cuando le pregunto a un estudiante barbudo qué música escucha en su nuevo lector de casetes, me dirige una mirada horrorizada: el aparato sólo sirve para escuchar sermones. Toda música está prohibida.

Pero por puritana que sea, es evidente que la Dar ul-Uloom, como muchas otras madrasas pakistaníes, brinda un inmenso servicio en un país afectado por un fuerte analfabetismo. Aunque su filosofía de la educación sea a veces atrasada, las madrasas les aportan a los pobres una esperanza real de avance social. En algunas materias tradicionales, como retórica, lógica y jurisprudencia, la calidad de la enseñanza es, a veces, excelente. Y aunque generalmente son ultraconservadoras, sólo algunas son militantes.

Cerrarlas sin haber lanzado antes un programa de reconstrucción del sistema público educativo sería condenar a la ignorancia a una parte importante de la población. Y esto equivaldría a decir a los creyentes que deben dejar de instruirse en su religión, lo que seguramente no es una manera de conquistar los espíritus musulmanes.

No hay necesidad de alejarse mucho de Pakistán para encontrar un sistema de madrasas que se dedican al mismo tiempo a los problemas de la militancia y del atraso educativo. Porque aunque India ha sido el país de origen de las madrasas deobandi, esos colegios no produjeron nunca en India, hasta donde sabemos, islamitas violentos, y son estrictamente apolíticas y quietistas. Algunos de los más grandes sabios indios -como el historiador Muzzafar Alam de la Universidad de Chicago- hicieron sus estudios en una madrasa.

Un importante estudio sobre las madrasas de India -Bastions of the Believers, del investigador hindú Yoginder Sikand- muestra el dinamismo y el carácter moderno de algunas de ellas. El estado de Kerala, por ejemplo, en el sudeste de India, está dotado de una cadena de instituciones educativas administradas por el Mujahid, un movimiento de profesionales y de hombres de negocios cuyo objetivo es cubrir la brecha entre las formas modernas del conocimiento y la visión del mundo islámico. El Mujahid está ubicado en la vanguardia en lo que se refiere a la educación de las mujeres musulmanas de Kerala, y muchas de sus madrasas tienen muchas más niñas que varones. Los intelectuales del Mujahid han escrito mucho sobre los derechos de las mujeres en una perspectiva islámica, y Sikand cita las palabras de Zohra Bi, rector de uno de los colegios del movimiento: "A través de los esfuerzos de nuestra escuela, esperamos mostrar que en realidad el islam alienta la autonomía de las mujeres".

Lo cual parecería confirmar que no son las madrasas en sí mismas las que plantean un problema, sino el ambiente de militancia y de adoctrinamiento que reina en el seno de una pequeña cantidad de centros ultra radicales bien conocidos, como la madrasa de Binori Town en Karachi, donde los estudiantes aprenden que la yihad es legítima y noble. Falta saber si el gobierno del general Musharraf tiene la voluntad política necesaria para reproducir el éxito de las madrasas de India.

  1. Hay un debate en torno a la cantidad real de madrasas en Pakistán, y sobre la proporción de estudiantes del país que allí se educan.
  2. Dictador paquistaní, que gobernó entre 1977 y 1988 (murió en un misterioso accidente de avión).
  3. Traducción francesa, Le vraie visage des terroristes, Denoël, París, 2005.
  4. Cf. el excelente artículo de Barbara Metcalfe "Piety, Persuasion and Politics: Deoband's Model of Social activism" en Aftab Ahmad Malik (ed.) The Empire and the Crescent: Global implications for a New American Century, Amal Press, Bristol (Reino Unido), 2003.
  5. University of Pennsylvania Press, 2005.
  6. El primero es un astrónomo, filósofo e historiador (973-1050), el segundo un filósofo del siglo XI, y el tercero un matemático del siglo IX.
  7. Los Deobandis son objeto de un excelente estudio en la obra magistral de Barbara Daly Metcalf, Islamic Revival in British India: Deoband, 1860-1900, Princeton University Press, 1982. Véase también Colonisation of Islam: Dissolution of Traditional Institutions in Pakistan, Manohar, Nueva Delhi, 1988.
  8. Un informe extenso sobre estos manuales, "From US, the ABC's of Jihad", de Joe Stephens y David B. Otway, se encuentra en el sitio de internet de The Washington Post.
Autor/es William Dalrymple
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 81 - Marzo 2006
Páginas:27,28,29
Traducción Lucía Vera
Temas Estado (Política), Movimientos Sociales, Islamismo
Países Pakistán