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El descenso de Túnez a los infiernos

Este 20 de marzo se cumplen 50 años del acceso de Túnez a la independencia que puso fin al protectorado francés vigente desde 1881. La euforia inicial, alentada por la emancipación de las mujeres y las medidas para combatir la pobreza y el analfabetismo, se desvaneció pronto. Considerado al inicio un Estado moderno ejemplar, Túnez se convirtió en una dictadura feroz que restringe todo espacio de discusión. 

"Aparte de las múltiples humillaciones infligidas a los ciudadanos, constato que en los tiempos del protectorado francés los opositores, con Bourguiba a la cabeza, tenían la posibilidad de expresarse. Tenían asociaciones, partidos, sindicatos y diarios. Lejos de mí la idea de hacer la apología del colonialismo, pero hoy sólo podemos comprobar que ya no tenemos nada de eso." Esto es lo que constata Mohamed Talbi, historiador y ex-rector de la Facultad de Letras de Túnez que, a los 84 años, mantiene una lucidez y una combatividad notables 1.

Son raros los intelectuales tunecinos que vivieron como él la época francesa, antes de ver a su país acceder eufórico a la independencia, el 20 de marzo de 1956, para aplicarse con entusiasmo a la construcción de un Estado moderno, durante mucho tiempo presentado como "ejemplar", y que finalmente terminó sumándose a las filas de las dictaduras árabes. El origen del naufragio político del país fue un ejercicio del poder cada vez más personal por parte del Combatiente Supremo, Habib Bourguiba, y luego, después de su expulsión en noviembre de 1987, por el general Zine El Abidine Ben Ali.

Ese margen de libertad que menciona Talbi, recortado después de la independencia, le permitió a Habib Bourguiba fustigar al régimen del protectorado francés vigente desde 1881 en diarios como La Voix du Tunisien (La Voz del Tunecino), antes de fundar en 1932 L'Action tunisienne (La Acción tunecina). Dos años más tarde, creó el Neo-Destour, o partido de la Nueva Constitución, una agrupación política moderna estructurada según el modelo de los partidos socialistas y comunistas europeos, determinada a conquistar el poder para transformar la sociedad.

Fue también durante la época colonial, en los años 1920, cuando surgieron sindicatos autónomos 2. La creación en 1946 de la Unión General de Trabajadores Tunecinos (UGTT) dotó al Neo-Destour de un aliado de envergadura en la lucha por la liberación y la construcción del nuevo Estado. Paradójicamente, los intentos dirigidos a poner en vereda por todos los medios a una de las centrales sindicales más prestigiosas de África y del mundo árabe, empezaron en los primeros meses de la independencia. Esto equivalía a obstaculizar al mismo tiempo el desarrollo de un contra-poder que hubiera contribuido a proteger al país de tantas derivas autoritarias y de sus nefastas consecuencias socioeconómicas 3.

Sin embargo, el pasado de Bourguiba de resistencia a la colonización, marcado por largos años de prisión, de deportación y de exilio; y luego las medidas tomadas inmediatamente después de la independencia para emancipar a las mujeres y combatir la pobreza y el analfabetismo, así como el histórico llamado lanzado en 1965 para la solución del conflicto árabe-israelí sobre la base del plan de división de Palestina en dos Estados, uno judío y otro árabe, adoptado por Naciones Unidas en 1947, contribuyeron a afirmar su autoridad entre los tunecinos y en la escena internacional.

Esperanzas frustradas 

En mayo de 1961 el presidente John F. Kennedy, al recibirlo, comparó al Presidente tunecino con el padre fundador de Estados Unidos, George Washington. Su sucesor, en cambio, no ha sido nunca invitado a una comida oficial en la Casa Blanca y, en ocasión de su breve visita oficial a Washington en 2004, el presidente George W. Bush le pidió, no sin arrogancia, aflojar las tenazas en torno a la prensa.

En los años 1960, mientras todas las instituciones del país estaban sujetas al partido único, el Partido Socialista Neo-Destour (PSD), la Universidad de Túnez seguía siendo un verdadero foro donde se debatían las cuestiones del desarrollo y la democracia y se criticaban las decisiones políticas de Bourguiba, incluyendo su apoyo a la intervención estadounidense en Vietnam. Este clima de cuestionamiento, en ese entonces raro en las universidades árabes, suscitó hacia el final de la década una represión feroz contra los jóvenes, que no rechazaban el proyecto de sociedad moderna de Bourguiba, pero luchaban contra el poder omnímodo que tenía su partido sobre el país. De esa época data también el viraje del régimen hacia el liberalismo económico.

Entre los prisioneros políticos víctimas de esa represión se encontraban los futuros fundadores de la Liga Tunecina de los Derechos Humanos (LTDH) y de la sección tunecina de Amnistía Internacional, las primeras de ese género en el mundo árabe.

Después de condenar a una fuerte pena de prisión al ministro Ahmed Ben Salah, a quien se había responsabilizado por el fracaso de la política de las cooperativas en 1969, vinieron la depuración del ala liberal del PSD, animada por Ahmed Mestiri, y luego la proclamación de Bourguiba como presidente vitalicio en 1974. Sin embargo, estos acontecimientos no impidieron que la sociedad civil se desarrollara lentamente y que a mediados de los años 1970 apareciera como una de las menos sometidas del mundo árabe.

Fue en estas condiciones, marcadas por la liberalización de la economía y un ligero aflojamiento de la presión del PSD bajo el gobierno de Hedi Nouira, que la UGTT avanzó en el camino de la autonomía y de la libertad de expresión por medio de su semanario Echaab (El Pueblo), mientras que en 1977 nacían la LTDH y el diario independiente Errai (La Opinión).

Ni siquiera el golpe sangriento contra la UGTT en enero de 1978, que produjo decenas de muertos, ni el ataque contra la ciudad minera de Gafsa en el sur del país, en enero de 1980, por un comando de opositores tunecinos venidos de Libia vía Argelia, bastaron para amordazar a la sociedad civil emergente. A pesar del acoso a diarios independientes como Errai, o islamitas como Al-Maarifa (el Saber), nuevas publicaciones como Le Phare (El Faro), Démocratie (Democracia), L'Avenir (El Futuro), Al-Mojtama'a (la Sociedad, islamita), y 15-21 (islamita progresista) transformaron el paisaje mediático.

En 1981, la restauración parcial del pluralismo político, con el levantamiento de la prohibición que pesaba sobre el Partido Comunista Tunecino (PCT), generó esperanzas que se vieron muy rápidamente frustradas. En noviembre de ese mismo año el poder falseó los resultados de las elecciones legislativas, en las cuales habían tomado parte, además del PSD, el PCT y dos nuevas agrupaciones todavía no legalizadas: el Movimiento de los Demócratas Socialistas (MDS) y el futuro Partido de la Unidad Popular (PUP). El mismo año fueron encarcelados los dirigentes islamitas, que habían sabido sacar provecho de los pequeños espacios de libertad.

La represión sangrienta de las revueltas del pan (en diciembre de 1983); la nueva desestabilización de la UGTT (su viejo dirigente Habib Achour fue arrestado), y finalmente el frecuente recurso a la fuerza ante el cuestionamiento social e islamita, contribuyeron a quebrar el reinado del "Combatiente Supremo", debilitado por la edad e influenciado por los intrigantes de su entorno más cercano.

Una cuerda para el verdugo

Muchos observadores piensan que el nombramiento del general Zine El Abidine Ben Ali como primer ministro, en octubre de 1987, además de sus funciones a la cabeza del Ministerio del Interior, fue el mayor error político cometido por Bourguiba. "Era inteligente. Pero ese día cometió una estupidez total. Era como si un dictador pusiera en las manos de su verdugo la cuerda para colgarlo", comenta Talbi.

El golpe de Estado del 7 de noviembre de 1987 fue acogido favorablemente por una importante fracción del mundo político. Pero fue "un error vergonzoso y desolador", reconoce el sheik Rached Ghannouchi, dirigente del movimiento islamita Ennahdaha, que había declarado públicamente que la confianza de los islamitas "en Dios en primer lugar y en el señor Presidente después, es grande". Las decenas de miles de miembros de su movimiento que fueron posteriormente detenidos -unos cuarenta murieron torturados- y los múltiples procesos arbitrarios de los años 1990 obligaron al exilio al sheik Ghannouchi.

Los opositores laicos que, como él, habían tomado como dinero contante las promesas democráticas del Pacto Nacional (1988), también lo pagaron caro. Pero les llevó más tiempo tomar conciencia de su papel de garantes de un Presidente hostil a los derechos de las personas y a toda vida intelectual. Los que habían cerrado los ojos ante la represión ciega contra los islamitas y otros contestatarios y ante la persecución de sus familias, debieron abrirlos algunos años más tarde en los locales de la policía, en la prisión o en el exilio 4.

Los consejeros del nuevo Presidente supieron aprovechar esta ceguera para asestar un golpe al crédito de la mayoría de las capillas de la "oposición", asociándolos a mascaradas electorales que alimentaban la ilusión de un pluralismo político. La influencia creciente de los consejeros del Presidente y de los altos funcionarios del Ministerio del Interior en la vida política y, sobre todo, la política de mano dura contra toda oposición auténtica, trajeron consigo un rápido alejamiento de los tunecinos de la política.

Hasta las personalidades políticas y sindicales, abogados, periodistas y universitarios que habían brillado por su espíritu crítico y su coraje, se retiraron en puntas de pie. El ejemplo más sorprendente es el de Mestiri, fundador del MDS, que abandonó la vida política al día siguiente de las elecciones amañadas de 1989.

Apoyado por hombres de confianza que había conocido en las filas del ejército y en los pasillos del Ministerio del Interior, Ben Ali pudo apoderarse de las instituciones. Las medidas anunciadas a voz en cuello inmediatamente después del golpe de Estado -abolición de la presidencia vitalicia y promesas de democratización- pronto se revelaron un engaño, sobre todo después de las sucesivas mascaradas electorales y de la reforma de la Constitución en 2002, que incrementó sus ya excesivos poderes y le permitieron pretender nuevos mandatos a partir de 2004, así como gozar de inmunidad judicial de por vida.

En septiembre de 2005 la Cámara de Diputados, reunida en sesión extraordinaria, aprobó una ley que acordaba ventajas a los "presidentes de la República desde el cese de sus funciones" y a sus familias en caso de muerte. El apuro con que se votó esa ley, firmada por Ben Ali y publicada en el Boletín Oficial con total opacidad 5 no dejó de intrigar en un momento en que aumentaban los rumores sobre el estado de salud del Presidente. Entre otras aberraciones, esta ley pone a los hijos de la pareja presidencial por encima de la Constitución, que garantiza en su artículo 6 la igualdad de los ciudadanos, porque seguirán a cargo de los contribuyentes hasta la edad de 25 años y no hasta los 20, como el resto de los hijos de jubilados de la función pública.

El principio de igualdad de derechos, de deberes y de oportunidades no había sido nunca tan maltratado desde la independencia. Los principales beneficiarios de la privatización de las empresas públicas, de créditos bancarios dudosos y del floreciente mercado negro se reclutan cada vez más entre los miembros de la "familia reinante", como se llama a los padres, hermanos, hermanas y aliados de Ben Ali y de su esposa Leila Trabelsi.

Varios de ellos tienen un pie en el sector público y otro en el privado. Utilizan su influencia para hacerse todavía más ricos, jugando a ser comisionistas en diferentes ámbitos, incluso el del empleo, mientras el mercado de trabajo es incapaz de absorber el flujo creciente de jóvenes. Según Hassine Dimassi, profesor de Economía y ex-decano de la Facultad de Derecho de Sousse, la cantidad real de desempleados diplomados es dos veces más importante que la evaluación de las estadísticas oficiales (40.000). "La sociedad gasta una cantidad loca de dinero para formar a casi analfabetos reducidos al desempleo. Esto crea una tensión terrible en los hogares y en el conjunto de la sociedad", explica Dimassi. Quedarse con los brazos cruzados ante la degradación pasmosa de la calidad de la enseñanza es transformar a cientos de miles de jóvenes desempleados en "bombas de tiempo".

Perspectivas

La mayoría de los jóvenes no comparte con sus padres el compromiso de servicio al país posterior a la independencia, ni la sed de conocimientos y de principios que ellos tenían en aquel momento. Frecuentan establecimientos escolares administrados por individuos cercanos al poder para darle el gusto a sus padres y, colmo de la ironía, terminan burlándose de los escasos alumnos sedientos de conocimientos. "¿Para qué les sirvieron a ustedes sus diplomas y sus principios?", preguntan algunos jóvenes, deslumbrados por la exhibición insolente de riquezas acumuladas rápidamente por los nuevos ricos, a sus padres llenos de diplomas, pero que tienen dificultades para conseguir lo justo para vivir y para defender sus valores.

El sistema educativo, que contribuyó mucho a mejorar el nivel de vida de los tunecinos y constituyó la fuerza del sistema político durante las primeras décadas de independencia, parece encaminarse hacia la bancarrota, según la opinión de docentes, padres de alumnos y estudiantes bien informados. La prueba es la decisión de bajar cada vez más el nivel de los exámenes y de "regalar" el bachillerato para incrementar la popularidad de Ben Ali.

Protegido por el anonimato, un joven investigador de la Facultad de Letras de la Manouba explica: "Hubo un tiempo en que el docente era un modelo a seguir y los establecimientos escolares ofrecían a los jóvenes no sólo una enseñanza de calidad, sino también una formación cultural, sindical y política. Ahora no tenemos ninguna formación digna de ese nombre y hay una verdadera escasez de debate de ideas y de creación, además de un auge inquietante del tráfico de influencias y del espíritu de renuncia entre los docentes".

La ausencia de perspectivas de futuro para los jóvenes ha impulsado a miles de ellos a huir del "milagro tunecino", tan apreciado por el presidente francés Jacques Chirac. En los últimos años varias decenas de jóvenes se han ahogado tratando de alcanzar las costas italianas en embarcaciones precarias.

Es menos sabido que otros cientos purgan pesadas penas de cárcel, después de procesos inicuos, condenados por haber constituido "bandas de malhechores" acusadas de pretender cometer "actos terroristas" en Túnez o, también, de dar una mano a la resistencia iraquí. En realidad, el verdadero crimen de muchos de ellos, como los "jóvenes de Zarzis", parece ser la navegación en internet, ya que el poder no deja de clausurar sitios y direcciones de correo electrónico. Pero la ley "antiterrorista", utilizada para llevar a la cárcel a jóvenes cuyo único delito es reivindicar la libertad de expresión, fue votada en 2003 para agradar a la administración estadounidense y a sus aliados europeos.

Aunque el teatro, con creadores como Fadhel Jaibi y Jalila Baccar, se esfuerce por mencionar "la violencia política, los integrismos de izquierda y de derecha y las dificultades para ser un hombre libre", la ausencia de otros espacios para la libre discusión es insoportable. La última producción de estos dos artistas, Corps otages (Cuerpos rehenes), programada en el teatro Odeón de París en junio próximo, relata la historia de una chica proveniente de un ambiente acomodado que, ubicada cerca de la izquierda, es seducida por los eslóganes del islamismo radical. "Hago este espectáculo para que mi hija no se vea obligada a llevar el velo", declara Jaibi, que tenía 10 años en 1956 y que, contrariamente a su compañera Jalila, alimenta una desconfianza sin límites respecto de los islamitas.

La represión ha alcanzado un grado tal en Túnez, antes presentado como "el más laico de los países árabes", que figuras políticas ubicadas en los dos extremos del tablero político -y hasta hace poco enfrentadas por una hostilidad legendaria- terminaron negociando su participación en una huelga de hambre que iba a reunir a ocho personalidades independientes, de inclinación socialista e islamita, para presionar al poder. En plena Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información (CMSI), reunida en Túnez en noviembre de 2005, esta acción atrajo la atención de los medios internacionales, sobre todo después de las agresiones perpetradas por policías de civil contra periodistas franceses y belgas, y también por la llegada de militantes de los derechos humanos de nivel internacional, como Shirine Egadi, iraní laureada con el Premio Nobel de la Paz, al estudio del abogado Ayachi Hammami, donde los huelguistas habían fijado su domicilio.

Este acercamiento entre islamitas y personalidades consideradas laicas y hostiles a los movimientos islamitas, como Nejib Chebbi, secretario general del Partido Democrático Progresista (PDP) y Hamma Hammami, secretario general del Partido Comunista Obrero de Túnez (PCOT), suscitó una campaña de difamación por parte del poder y vivas reacciones de parte de personalidades independientes y de animadores de agrupaciones de extrema izquierda, reunidos en torno al movimiento Ettajdid.

Uno de los partidarios de la cooperación con el movimiento Ennahdha, considerado "centrista", es Marzouki, que también anima el Congreso para la República (CPR), no reconocido por el poder. Llama a la construcción de un "frente democrático" que sólo excluiría de sus filas a los "islamitas que estén a favor de la violencia, de la aplicación de la sharia (ley islámica) y contra la igualdad del hombre y la mujer". La principal tarea de este frente, en su opinión, sería preparar el terreno para "una revolución pacífica al estilo ucraniano o georgiano".

La decadencia del Estado y la degradación de su imagen en el país y en el extranjero también han incitado a ex-colaboradores cercanos a Bourguiba a quebrar el silencio. "Si no hay reglas democráticas, de debate público, la independencia en sí misma no tiene sentido", piensa Mohamed Sayah, historiógrafo, ministro y director del partido del "Combatiente Supremo", que muchos presentaban como un adversario decidido de la democratización.

Una gran pregunta atormenta a muchos: ¿qué hacer concretamente para evitar que el país se hunda todavía más en el autoritarismo, la corrupción y el nepotismo 6 y para volver a dar una esperanza a los jóvenes que, en proporciones crecientes se entregan a la violencia o al islamismo?

En estos últimos años, la ampliación del círculo de tunecinos decididos a ejercer a pesar de todo su derecho a las libertades de expresión y de asociación es un signo que no engaña. Por eso el historiador Raouf Hamza recomienda la construcción de "pequeños espacios de reflexión" para analizar los problemas de la sociedad y los mecanismos de resistencia al cambio.

El movimiento que generó la huelga de hambre, calificado por el sheik Ghannouchi de "nuevo nacimiento" de la oposición, podría contribuir a limitar la erosión de los logros sociales implementados en los primeros años de la independencia: educación, salud, emancipación de la mujer e igualdad de oportunidades en materia de empleo. Pero falta que sus animadores demuestren rápidamente su capacidad para alzarse por encima de las consideraciones partidarias y de las querellas personales, dando así pruebas de su apego a los principios democráticos, de transparencia y de trabajo en común. También ganarían si pusieran a punto un programa común para la construcción de un Estado de derecho, que movilice a la sociedad y que obligue a los socios occidentales de Ben Ali a tomar en serio la existencia de una verdadera estrategia de liberación de la dictadura.

  1. Sobre la degradación continua del estado de las libertades, véanse los dos informes de misión de IFEX (Intercambio Internacional por la Libertad de Expresión) en 2005.
  2. Intelectuales como Tahar Haddad (1899-1935), reformador y partidario de la emancipación de la mujer, y el poeta Aboul Kacen Chebbi (1909-1934), han marcado a generaciones, antes y después de la independencia.
  3. Véanse los testimonios del ex-ministro Ahmed Ben Salah y del ex-secretario general de la UGTT Taieb Baccouche, publicados por la Fundación Temimi para la investigación científica y la información, cuyo trabajo fue obstaculizado por la censura: www.temimi.refer.org/fondationtemimi.
  4. Véase La Tunisie de Ben Ali, bajo la dirección de Olfa Lamloum y Bernard Ravenel, l'Harmattan, París, 2002. Véase también Michel Camau y Vincent Geisser, Le Syndrome autoritaire, Presses de Sciences Po, París, 2003; y Sihem Ben Sedrine y Omar Mestiri, L'Europe et ses despotes, La Découverte, París, 2004.
  5. Ley 2005-88 del 27 de septiembre de 2005, "relativa a las ventajas asignadas a los presidentes de la República desde el cese de sus funciones", publicada con una rapidez sorprendente en el Boletín Oficial a fines de septiembre de 2005.
  6. Túnez ha pasado súbitamente del lugar 39 en 2004, al lugar 43 en 2005, en el cuadro de percepción de la corrupción en el mundo de Transparency International.
Autor/es Kamel Labidi
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 81 - Marzo 2006
Páginas:32,33
Traducción Lucía Vera
Temas Sexismo, Estado (Política), Educación