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Una cara hecha a mano

El trasplante parcial de la cara en una mujer que presentaba una herida discapacitante, realizado en Francia en noviembre pasado, suscitó violentos ataques en nombre de la moral: el comportamiento de los cirujanos sería anti-ético y perseguirían un éxito mediático a fuerza de proezas. En realidad, la intervención terapéutica perturba a quienes se presentan como los garantes de la moral y el saber médico.

Los "éticos" creen que el trasplante es una técnica con un único fin: salvar la vida de un enfermo. Creen también que siempre es posible adaptarse a una discapacidad. Donde hubo quienes procedieron imprudentemente a un trasplante parcial de la cara, ellos consideran que habrían bastado unas prótesis tradicionales. Sería preferible una actitud responsable y respetuosa de la paciente, antes que un activismo médico en busca de proezas.

Las cosas no son tan simples. La ley francesa del 23 de diciembre de 1976, denominada "ley Caillavet", sobre extirpación de órganos, enunciaba: "Pueden realizarse extirpaciones de un cadáver con fines terapéuticos o científicos". Dejando abierta la cuestión de los fines terapéuticos, la ley no limitaba la lista de órganos que podían extirparse. En 1988, el Comité consultivo nacional de ética formulaba una precisión, de la que surgiría el malentendido: "No podemos ignorar que existe una diferencia entre un trasplante de órganos que sirve para salvar en lo inmediato una vida humana, y una experiencia cuyo resultado no es previsible"1. Muy rápidamente, se impuso una interpretación restrictiva de esta disposición: sólo se trasplantan órganos que garanticen la preservación de una vida humana. De allí surgen esas distinciones tajantes entre lo vital, lo oculto, lo profundo por un lado, y lo superfluo, lo secundario, lo accesorio por el otro. Entre la cirugía cardíaca, grave, noble, y la cirugía de lo visible, vista como superficial.

No es de extrañar entonces que el conservadurismo médico haya manifestado, respecto al trasplante de cara en cuestión, una confianza excesiva en los procedimientos más convencionales, como las prótesis. Sin embargo, la voluntad de atenerse a las soluciones clásicas impide apreciar la gravedad de una mutilación y presupone la asimilación de la discapacidad a una herida benigna. Para el cirujano confrontado a esta desfiguración, no intentar una operación sería colocarse en una posición de no asistencia a persona en peligro. Claro que no podría haber intervención sin un presumible resultado feliz. Aunque el cirujano no ignore que todo puede acabar en un drama. A fuerza de prudencia, llegamos al rechazo de las condiciones mismas del conocimiento, fuente de innovaciones terapéuticas. Nos guste o no, para conquistar una seguridad habrá que pasar siempre primero por un riesgo.

El enfrentamiento entre "éticos" y médicos es total, tanto respecto a la naturaleza de la discapacidad como a la operación en sí misma. Para los primeros, lo inaceptable se refiere a la lesión de un órgano vital que debe cambiarse a cualquier precio. Para los otros, lo aceptable designa una alteración que oscurece sólo la apariencia. No sería erróneo decir que un transplante de corazón salva una vida. Pero el valor está en lo viviente. En su totalidad. Sería absurdo separar las funciones de relación, que nos vinculan con el mundo, de la vida orgánica o vegetativa. Y reservar los trasplantes para los órganos deficientes de la segunda.

Es cierto que vivimos por nuestro corazón, pero también por nuestro cuerpo metafórico. Dado vuelta como el dedo de un guante, el interior se expone en la superficie. El clínico Guillaume Duchenne de Boulogne (1806-1876), reconoció en la mímica un mecanismo expresivo que permite dar cuerpo a la emoción que expresa. ¿Quién dice que es posible vivir sin cara? ¿Y qué piensa de esto quien ya no tiene rostro humano? Si asume tantos riesgos, tal vez sea porque vivir sin cara no es vida.

Curar es experimentar

¿Tenemos que ubicar este transplante dentro de la categoría de los ensayos clínicos? Por cierto que no. Un ensayo relacionado con la evaluación de un tratamiento, con el consentimiento de los pacientes, es más bien tranquilizador. Pero en este caso se trataba de solucionar un problema médico o, si se prefiere, tratar un caso patológico. Un caso grave. Que algunos desconozcan el valor de un gesto terapéutico no significa que éste deba salir del marco de las verdaderas operaciones con fines curativos.

Sin duda, una primicia quirúrgica es un experimento. Esto no le quita en absoluto su carácter terapéutico. Y cuando Emmanuel Hirsch, el profesor de ética, subraya que se trata en este caso de "experimentación pura", nos recuerda de hecho esta evidencia: curar es experimentar. La única pregunta que podríamos plantear es si esta operación es inocente, dañina o benéfica. Por el momento, hay una única verdad que Claude Bernard nos invita a compartir: "Todos los hombres que desde su aposento se limitan a hablar de experimentación no hacen nada por la ciencia; más bien la perjudican" 2.

Para los defensores de una lógica de la seguridad, esta herida de la cara no justifica una operación. Considerando el riesgo que comporta para la paciente, asimilan el tratamiento inmunosupresor a un estado patológico. No es bueno deshacerse de un mal menor a cambio de un estado de enfermedad crónica. Así sería anti-ético ofrecer como remedio una solución de este tipo. Dentro del marco de la atención global que debe brindarse a la paciente, se impone ese tratamiento. Hay que dar vuelta entonces el argumento: sería anti-ético renunciar a la operación inicial, so pretexto de que a largo plazo el tratamiento deberá realizarse forzosamente.

La reserva de los "éticos" encuentra su correlato en una adhesión total a los transplantes de órganos que salvan la vida en lo inmediato. O que alejan los límites de la muerte. Semejante visión tiende a hacer entrar la medicina de los trasplantes dentro de un marco que explota ya en mil pedazos. De salvar la vida a venerarla, no hay más que un paso. Un paso que arrastra una idea de la vida más abstracta que auténtica. Obsérvese, por ejemplo, el encarnizamiento terapéutico. Gesto de desnaturalización por excelencia. También salva una vida en lo inmediato. También aleja los límites de la muerte. ¿Pero qué vida? ¿Y qué muerte? Con seguridad, los "éticos" subordinan las técnicas a una metafísica de la vida. En contrapartida, los médicos ponen las técnicas al servicio de una física de la vida. La operación del trasplante de cara apunta a un proceso de re-naturalización. El arte munido de conocimientos del cirujano, o de quien practica el trasplante, utiliza, orienta y favorece a la naturaleza. A fin de establecer el retorno de las formas y las funciones.

Último problema relevado por algunos "éticos": ¿cómo pudo realizarse una operación tan seria en una paciente tan frágil? Aun más frágil cuando sabemos que varios diarios mencionaron el suicidio de la donante y el intento de suicidio de la receptora. Aunque esa información fuera cierta, no constituiría una objeción. Al contrario. El suicidio exitoso de una y el suicidio fallido de la otra desencadenaron acontecimientos imprevistos. Por un lado, para su familia, gracias a la donación de órganos, el suicidio de la donante se convierte en la más útil de las muertes. Por el otro, la receptora vive su mutilación como un obstáculo a superar. Al dejar de ser indiferente a su imagen, recupera la preocupación por sí misma. Querer parecer, es tener una razón para vivir.

Argumento peligroso, según el cual habría que ser equilibrado para soportar la operación. El dominio de sí podría perfectamente traducirse en el hecho de ser uno indiferente a su apariencia. Si gracias a su fuerza espiritual la persona discapacitada puede normalizar por sí misma su vida, no necesita ningún trasplante. Pero eso no es todo. Pretender deslizar, dentro del núcleo de las prácticas médicas, la firmeza de carácter como uno de los criterios del derecho a ser operado, sería fundar el acceso a la asistencia sobre una forma de meritocracia. Por el momento, y esto es tranquilizador, los Comités de ética no han demostrado que los débiles de espíritu, los toxicómanos y los que escaparon al suicidio no merezcan ser atendidos igual que los demás enfermos.

A fuerza de apegarse a la legislación y a las problemáticas actuales en materia de bioética y biotecnologías, los "éticos" acaban por difundir extraños rumores. Los médicos manipularían a sus pobres pacientes, ignorarían por dónde pasa la línea divisoria entre una experiencia útil, segura, y todas las demás. Mientras no se pruebe lo contrario, en un centro hospitalario universitario convergen ciertas especialidades que pueden unirse con miras al éxito de un proyecto terapéutico. Es raro que ese lugar albergue el laboratorio secreto de algún sabio que haya tomado "partido por Satán".

Este transplante de cara vuelve a poner la cuestión médica en el centro del debate público. Desacraliza o desmitifica las prácticas quirúrgicas. Y porque acaba con los fantasmas, estimula la donación de órganos. Hoy en día, las familias lo dicen con espontaneidad: "Disponga también de la cara".

  1. Opinión sobre la experimentación médica y científica sobre pacientes en estado de muerte cerebral, Nº 12,          7-11-88.
  2. Claude Bernard, Cahier de notes, Gallimard, París, 1965.
Autor/es François Delaporte
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 81 - Marzo 2006
Páginas:34
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Salud
Países Francia