Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Habermas, Derrida, el terrorismo y la modernización

Dos de los más notables filósofos contemporáneos, Jürgen Habermas y Jacques Derrida, reflexionan en un libro (Giovanna Borradori, La filosofía en una época de terror, Taurus, Madrid, 2003), sobre el estado del mundo y la amenaza terrorista desde los atentados en Estados Unidos. El libro es fruto de largas entrevistas de la autora con los dos pensadores, entre octubre y diciembre de 2001.

Extractos de la introducción


En tanto que Jürgen Habermas piensa que la razón, que permite una comunicación transparente y sin manipulación, es susceptible de curar los males de la modernización -entre ellos el integrismo y el terrorismo-, Jacques Derrida estima que esas tensiones destructivas pueden ser detectadas y designadas, pero no enteramente controladas ni vencidas. Habermas cuestiona la velocidad con que se impuso la modernización y la reacción de defensa que ella provoca en el seno de los modos de vida tradicionales, mientras que para Derrida esa reacción es ella misma producto de la modernidad. Para él, el terrorismo constituye el síntoma de una enfermedad auto-inmune que amenaza a la vida de la democracia participativa, al sistema legislativo que la garantiza y a una verdadera separación de los terrenos religioso y laico. La auto-inmunización provoca la muerte espontánea de los mecanismos de defensa que deberían proteger al organismo de una agresión exterior. A partir de ese inquietante análisis, Derrida nos exhorta a buscar lenta y pacientemente el camino para lograr la cura.

[...]

Al igual que la Guerra Fría, el espectro del terrorismo mundial acecha nuestro futuro, pues mata la promesa de la cual depende una relación constructiva con nuestro presente. Por su horror, el 11 de septiembre hace que ahora esperemos lo peor. La violencia de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono fundó un terror abismal que ocupará nuestra existencia y nuestros pensamientos durante los años o quizás las décadas venideras. Haber elegido designar a esos atentados por medio de una fecha, el 11 de septiembre, confiere al acontecimiento una importancia histórica, lo que resulta interesante tanto para los medios occidentales como para los terroristas.

Para Habermas como para Derrida, la globalización juega un papel importante en el terrorismo. El primero ve en el aumento de las desigualdades la consecuencia de una modernización acelerada, mientras que el segundo interpreta la situación de forma diferente según el contexto. Para Derrida, la globalización, por ejemplo, hizo posible una democratización rápida y relativamente fácil de las naciones de Europa del Este que formaban parte del bloque soviético, por lo cual la considera, en ese caso, beneficiosa.

[...]

En cambio, se muestra extremadamente inquieto respecto de los efectos de la globalización en la dinámica de los conflictos y de la guerra. "Entre los supuestos jefes de guerra, entre las dos metonimias ‘Ben Laden' y ‘Bush', la guerra de imágenes y de discursos se acelera en todas las ondas, disimulando y extraviando de manera cada vez más rápida la verdad que pone de manifiesto" (p. 183).

Sin embargo, existen situaciones en las cuales la mundialización no es más que un artificio retórico para ocultar la injusticia. Es lo que ocurre, explica Derrida, en las culturas islámicas, donde la mundialización no cumple el papel que se le asigna. En ese punto se acerca a Habermas, vinculando la mundialización no sólo a las desigualdades, sino también al problema de la modernidad y de la Ilustración.

[...]

El mundo islámico es un caso único en dos aspectos: en primer lugar, no conoce la quintaesencia de la experiencia moderna que es la democracia, a la que -al igual que Habermas- Derrida considera necesaria para que una cultura pueda enfrentar la modernización de manera positiva; en segundo término, muchas culturas islámicas se desarrollan en territorios ricos en recursos naturales como el petróleo, a los que Derrida define como los últimos bienes "no virtualizables y no desterritorializables". Esta situación hace que el bloque islámico resulte más vulnerable a la modernización salvaje vehiculizada por un reducido número de Estados y sociedades multinacionales.

Habermas ve en el terrorismo la consecuencia del shock producido por la modernización que se propagó por el mundo a una velocidad fenomenal, mientras que Derrida hace del terrorismo el síntoma de un elemento traumático intrínseco a la experiencia moderna que se concentra permanentemente en el futuro, percibido patológicamente como una promesa, una esperanza y una afirmación de sí mismo. Dos sombrías reflexiones sobre la herencia de la Ilustración, sobre la intransigente búsqueda de una posición crítica que debe partir del autoanálisis.

Extracto de la entrevista con Jürgen Habermas

G.B. -¿Qué entiende usted exactamente por terrorismo? ¿Es posible hacer una distinción entre terrorismo nacional y terrorismo global?

J.H. -En cierta medida, el terrorismo de los palestinos sigue siendo un terrorismo a la antigua. Se trata de matar, de asesinar; el objetivo es aniquilar de manera ciega a los enemigos, incluidos los niños y las mujeres. Es la vida contra la vida. En ese sentido es diferente del terrorismo practicado bajo la forma paramilitar de la guerrilla, que determinó el perfil de numerosos movimientos de liberación en la segunda parte del siglo XX y que aun hoy en día caracteriza por ejemplo la lucha de independencia de los chechenos. Frente a ello, el terrorismo global, que alcanzó su punto culminante en los atentados del 11 de septiembre, posee las características anarquistas de una revuelta impotente, en el sentido de que está dirigido contra un enemigo que, en los términos pragmáticos de una acción que obedece a una finalidad, no puede ser vencido de ninguna manera. El único efecto posible consiste en instaurar en la población y en los gobiernos un sentimiento de shock y de inquietud. Desde un punto de vista técnico, la gran sensibilidad de nuestras sociedades complejas a la destructividad ofrece ocasiones ideales para una ruptura puntual de las actividades habituales, capaz de generar daños considerables con poco esfuerzo. El terrorismo global lleva al extremo dos aspectos: la ausencia de objetivos realistas y la capacidad de aprovecharse de la vulnerabilidad de los sistemas complejos.

G.B. -¿Hay que establecer una diferencia entre el terrorismo, los crímenes habituales y otras formas de violencia?

J.H. -Sí y no. Desde el punto de vista moral, un acto terrorista, sean cuales fueren sus móviles y la situación en la que es cometido, no puede ser excusado de ninguna manera. Nada permite que se "tengan en cuenta" finalidades que alguien se fijó a sí mismo para justificar la muerte y el sufrimiento de otros. Cualquier muerte provocada es una muerte de más. Pero desde un punto de vista histórico el terrorismo se produce en contextos muy diferentes respecto de los crímenes de los que se ocupa la justicia penal. A diferencia del crimen privado, merece un interés público y requiere otro tipo de análisis que el crimen pasional. Por otra parte, si no fuera así no estaríamos manteniendo esta entrevista.

La diferencia entre el terrorismo político y el crimen común es particularmente evidente durante ciertos cambios de régimen que llevan al poder a los terroristas de ayer y los transforman en representantes respetados de su país. Sin embargo, semejante transformación política sólo puede darse por cierta en el caso de terroristas que, de una manera general, persiguen con realismo objetivos políticos comprensibles y que, respecto de sus actos criminales, pueden extraer una cierta legitimación de la necesidad que tenían de salir de una situación de injusticia manifiesta. Pero yo no puedo imaginar actualmente ningún contexto que permita algún dia hacer del monstruoso crimen del 11 de septiembre un acto político, por poco comprensible que sea, y que pueda ser reivindicado bajo algún título.

G.B. -¿Cree usted que fue acertado considerar ese acto como una declaración de guerra?

J.H. -Aun teniendo en cuenta que la palabra "guerra" se presta menos a equivocación y, desde un punto de vista moral, es menos discutible que el discurso que hablaba de una "cruzada", me parece que la decisión de Bush de llamar a la "guerra contra el terrorismo" fue un gran error, tanto desde el punto de vista normativo como desde el punto de vista pragmático. Desde el punto de vista normativo, en efecto, otorga a esos criminales la condición de guerreros enemigos, mientras que desde el punto de vista pragmático resulta imposible hacer la guerra -suponiendo que debamos acordar a esa palabra algún sentido definido- a una "red" que resulta casi imposible de identificar.

G.B. -Si admitimos que en su relación con las otras civilizaciones Occidente debe desarrollar una mayor sensibilidad y que debe mostrarse más autocrítico, ¿cómo debería hacerlo? Al respecto, usted habla de "traducción" y de la búsqueda de un "lenguaje común". ¿Que significa?

J.H. -Desde el 11 de septiembre no dejo de preguntarme si, ante acontecimientos de tal violencia, toda mi concepción de la actividad orientada hacia la comprensión -la que desarrollo desde la Teoría de la acción comunicativa- no está cayendo en ridículo. Sin duda, incluso en el seno de las sociedades más bien ricas y tranquilas de la OCDE, también nos vemos enfrentados a una cierta violencia estructural, a la que nos hemos acostumbrado, y que está hecha de humillantes injusticias sociales, de discriminaciones degradantes, de pauperización y de marginalización. Ahora bien, precisamente en la medida en que nuestras relaciones sociales están atravesadas por la violencia, por la actividad estratégica y por la manipulación, no deberíamos dejar pasar otros dos hechos.

Por una parte, tenemos que las prácticas que constituyen nuestra vida cotidiana con los otros descansan sobre la base sólida de un fondo de convicciones comunes, de elementos que percibimos como evidencias culturales y de expectativas recíprocas. En ese contexto coordinamos nuestras acciones recurriendo a la vez a los juegos del lenguaje ordinario y generando entre nosotros exigencias cuya validez reconocemos al menos de manera implícita -lo que constituye el espacio público de razones buenas o menos buenas-. Por otra parte, esto explica un segundo hecho: cuando la comunicación resulta perturbada, cuando la comprensión no se efectúa, o se efectúa mal, o cuando existe duplicidad o engaño, surgen conflictos que, si sus consecuencias son suficientemente dolorosas, alcanzan tal magnitud que terminan en lo del terapeuta o ante un tribunal.

La espiral de la violencia comienza por una espiral de la comunicación perturbada que, vía la espiral de la desconfianza recíproca e incontrolada, conduce a la ruptura de la comunicación. Por lo tanto, si la violencia comienza a raíz de perturbaciones en la comunicación, una vez que estalla se puede saber lo que no funcionó y lo que hay que reparar.

Es un punto de vista trivial, pero me parece que se lo puede adaptar a los conflictos de los que usted habla. Ciertamente, el asunto es más complicado pues las naciones, las formas de vida y las civilizaciones están en principio más alejadas entre sí y tienden a mantenerse extranjeras. No se encuentran como los miembros de un círculo, de un grupo, de un partido o de una familia, que sólo podrían volverse extranjeros unos a otros si la comunicación se viera sistemáticamente deformada.

En las relaciones internacionales, por otra parte, el médium del derecho, cuya función es contener la violencia, comparativamente sólo cumple un papel secundario. Y en las relaciones interculturales sirve apenas para crear marcos institucionales destinados a acompañar formalmente la búsqueda de acuerdos, como por ejemplo la Conferencia de Viena sobre los derechos humanos organizada por Naciones Unidas. Esos encuentros formales -por más importante que sea la discusión intercultural que se desarrolla en distintos niveles sobre la controvertida interpretación de los derechos humanos- no pueden por sí solos detener la máquina de fabricar estereotipos.

Lograr que una mentalidad se abra es una cuestión que depende más bien de la liberalización de las relaciones y de la supresión objetiva de la angustia y de la presión. En la actividad de comunicación cotidiana es necesario que se constituya un capital-confianza. Es una condición previa para que las explicaciones razonadas y a gran escala sean a su vez retomadas por los medios, las escuelas y las familias. Es necesario también que se apoyen sobre las premisas de la cultura política concernida.

En lo que nos toca, la representación normativa que tenemos de nosotros mismos respecto de otras culturas es también, en ese contexto, un elemento importante. Si Occidente se decidiera a revisar la imagen que tiene de sí mismo podría, por ejemplo, entender lo que debe modificar en su política para que la misma sea percibida como un poder capaz de dar forma a una actitud civilizadora. Si no se logra domar políticamente al capitalismo, que hoy en día ya no reconoce límites ni fronteras, será imposible controlar la devastadora estratificación de la economía mundial.

Al menos habría que compensar las consecuencias más destructivas -pienso en el envilecimiento y en la pauperización en que están sumidas ciertas regiones y hasta continentes enteros- de la disparidad generada por la dinámica del desarrollo económico. Detrás de todo eso no hay solamente discriminación, humillación y degradación respecto de las otras culturas. Detrás del tema del "choque de civilizaciones" se ocultan los intereses materiales manifiestos de Occidente (como por ejemplo el de continuar disponiendo de los recursos petrolíferos y garantizar su aprovisionamiento energético).

Extracto de la entrevista con Jacques Derrida

G.B. -Independientemente de que el 11 de septiembre sea o no un acontecimiento extraordinario, ¿qué papel le asigna usted a la filosofía? ¿La filosofía puede ayudarnos a comprender lo que ocurrió?

J.D. -Sin duda, semejante "acontecimiento" requiere una respuesta filosófica. Más aun, una respuesta que ponga en tela de juicio, en su mayor radicalidad, las presunciones conceptuales más enraizadas en el discurso filosófico. Los conceptos con los que en general se describió, designó y clasificó ese "acontecimiento" evidencian un "adormecimiento dogmático" del que sólo nos puede despertar una nueva reflexión filosófica, una reflexión sobre la filosofía, principalmente sobre la filosofía política y sobre su herencia. El discurso habitual, el de los medios y de la retórica oficial, confía demasiado fácilmente en conceptos tales como el de "guerra" o el de "terrorismo" (nacional o internacional).

Una lectura crítica de Karl Schmitt 1, por ejemplo, resultaría muy útil. De un lado para tomar en cuenta, lo más profundamente posible, la diferencia entre la guerra clásica (confrontación directa y declarada entre dos Estados enemigos, en la gran tradición del derecho europeo), la "guerra civil", y la "guerra de guerrillas" (en sus formas modernas, aunque ésta ya existía -como lo reconoce Schmitt- desde comienzos del siglo XIX).

Pero, por otra parte, también debemos reconocer, contra Schmitt, que la violencia que se desencadena actualmente no tiene que ver con la guerra (la expresión "guerra contra el terrorismo" es sumamente confusa y hay que analizar la confusión y los intereses que ese abuso retórico pretende servir). Bush habla de "guerra", pero es totalmente incapaz de determinar el enemigo al que dice haber declarado la guerra. Afganistán, su población civil y sus fuerzas armadas no son los enemigos de los estadounidenses...

Suponiendo que "Ben Laden" sea quien decide de manera soberana, todo el mundo sabe que ese hombre no es afgano, que es rechazado por su país (por todos los "países" y por todos los Estados casi sin excepción, por otra parte), que su preparación es en gran medida obra de Estados Unidos, y sobre todo que no está solo. Los Estados que lo ayudan indirectamente no lo hacen en tanto Estados. Ningún Estado, en tal carácter, lo apoya públicamente. En cuanto a los Estados que cobijan (harbour) las redes "terroristas", es difícil identificarlos como tales.

Estados Unidos y Europa, Londres y Berlín, son también santuarios, lugares de preparación y de información para todos los "terroristas" del mundo. Por lo tanto, hace mucho que ninguna geografía, ninguna asignación "territorial", resulta pertinente para situar el asiento de esas nuevas tecnologías de transmisión o de agresión. (Dicho sea al pasar y rápidamente, para continuar y precisar lo que decía anteriormente sobre una amenaza absoluta de origen anónimo y no estatal, las agresiones de tipo "terrorista" ya no tienen necesidad de aviones, de bombas, ni de kamikazes: basta con introducirse en un sistema informático de importancia estratégica, con instalar allí un virus u otra perturbación grave, para paralizar los recursos económicos, militares y políticos de un país o de un continente. Eso puede ser intentado desde cualquier lugar de la Tierra, con bajo costo y medios escasos.)

La relación entre la Tierra, el territorio y el terror cambió, y hay que saber que eso se debe al conocimiento, es decir, a la tecno-ciencia. Es la tecno-ciencia la que enturbia la distinción entre guerra y terrorismo. Al respecto, comparado con las posibilidades de destrucción y de desorden caótico que están en reserva para el futuro, en las redes informáticas mundiales el "11 de septiembre" aún pertenece al arcaico teatro de la violencia destinada a impactar la imaginación. En el futuro se podrán hacer cosas mucho peores, de manera invisible, en silencio, mucho más rápido, de manera menos sangrienta, atacando las redes informáticas de las que depende toda la vida (social, económica, militar, etc.) de un "gran país", de la mayor potencia mundial.

Algún día diremos: el 11 de septiembre pertenecía a los viejos (y añorados) tiempos de la última guerra. Era aún algo de magnitud gigantesca: ¡visible y enorme! ¡Qué tamaño, qué altura! Luego vinieron cosas peores. Las nanotecnologías de todo tipo son mucho más poderosas e invisibles, inasibles, se insinúan por todos lados. Rivalizan en lo micrológico con los microbios y las bacterias. Pero nuestro inconsciente ya las percibe, ya lo sabe y es lo que da miedo.

Esta violencia no constituye una "guerra" interestatal, pero tampoco pertenece a la órbita de la "guerra civil" o de la "guerra de guerrillas" en el sentido definido por Schmitt, en la medida en que no consiste, como la mayoría de las "guerras de guerrillas", en una insurrección nacional o en un movimiento de liberación destinado a tomar el poder en el territorio de un Estado-nación (aunque uno de los objetivos, lateral o central, de las redes "Ben Laden" consista en desestabilizar a Arabia Saudita, ambiguo aliado de Estados Unidos, para instalar allí un nuevo poder de Estado). Si a pesar de ello se insistiera en hablar de terrorismo, hay que tener presente que esa apelación cubre un nuevo concepto y nuevas distinciones.

G.B. -¿Cree usted que se pueden marcar esas distinciones?

J.D. -Es más difícil que nunca. Si uno no quiere fiarse ciegamente en el lenguaje corriente, que en general se muestra dócil a la retórica de los medios o a las gesticulaciones verbales del poder político dominante, hay que ser muy prudente cuando se utiliza la palabra "terrorismo" y sobre todo "terrorismo internacional". ¿Antes que nada, en qué consiste el terror? ¿Cuál es la diferencia con el miedo, la angustia, el pánico? Cuando hace poco yo sugería que el acontecimiento del 11 de septiembre sólo era extraordinario en la medida en que el traumatismo que causó en las conciencias y en los inconscientes no obedecía a lo que ocurrió sino a la amenaza indeterminada de un futuro aun más peligroso que la Guerra Fría, ¿estaba hablando de terror, de miedo, de pánico o de angustia?

El terror organizado, provocado, instrumentado, ¿en qué se diferencia de ese miedo que toda una tradición, desde Hobbes hasta Schmitt, e incluso Benjamin, considera la condición de la autoridad de la ley y del ejercicio soberano del poder, la condición misma de lo político y del Estado? En Leviatán, Hobbes no habla solamente de "fear" sino de "terror". Benjamin dice del Estado que tiende a apropiarse, precisamente por medio de la amenaza, del monopolio de la violencia. Ciertamente, se puede afirmar que toda experiencia de terror, aun si es específica, no es necesariamente efecto del terrorismo. Sin duda, pero la historia política de la palabra "terrorismo" deriva en gran medida de la referencia al período del Terror durante la Revolución Francesa, que fue ejercido en nombre del Estado y que justamente suponía el monopolio legal de la violencia.

Si nos referimos a las definiciones corrientes o explícitamente legales del terrorismo, ¿qué hallamos? La referencia a un crimen contra la vida humana en violación de las leyes (nacionales o internacionales) implica en ese caso, a la vez, la distinción entre civil y militar (las víctimas del terrorismo son supuestamente civiles) y una finalidad política (influenciar o cambiar la política de un país aterrorizando a su población civil). Por lo tanto, esas definiciones no excluyen el "terrorismo de Estado". Todos los terroristas del mundo pretenden actuar en respuesta, para defenderse, ante un terrorismo de Estado preexistente que, sin mostrarse como tal, se cubre de todo tipo de justificaciones más o menos creíbles.

Usted conoce las acusaciones lanzadas, por ejemplo y sobre todo, contra Estados Unidos, sospechado de practicar y de estimular el terrorismo de Estado. Por otra parte, incluso durante las guerras declaradas entre Estados, bajo la forma del antiguo derecho europeo, los desbordes terroristas eran frecuentes. Mucho antes de los bombardeos más o menos masivos de las dos últimas guerras, la intimidación de la población civil era un recurso clásico. Lo ha sido por siglos.

Es necesario también decir unas palabras sobre la expresión "terrorismo internacional" que alimenta los discursos políticos oficiales en todo el mundo. La vemos también utilizada en numerosas condenas oficiales por parte de Naciones Unidas. Luego del 11 de septiembre, una mayoría aplastante de Estados representados en la ONU (quizás la totalidad, ya no me acuerdo, habría que verificarlo) condenó, como lo había hecho más de una vez en las últimas décadas, lo que llama el "terrorismo internacional".

Ahora bien, durante una sesión transmitida por televisión, Kofi Annan tuvo que recordar de paso numerosos debates anteriores. En el mismo momento en que se disponían a condenar el terrorismo internacional, ciertos Estados habían manifestado sus reservas sobre la claridad de ese concepto y de los criterios que permiten identificarlo. Como ocurre con muchas nociones jurídicas de extrema gravedad, el aspecto oscuro, dogmático o pre-crítico existente en esos conceptos no impide que los gobiernos en ejercicio y considerados legítimos los utilicen cuando les parece oportuno.

Al contrario, cuanto más confuso es un concepto más dócil se muestra a la apropiación oportunista. Por otra parte, fue a raíz de esas decisiones precipitadas, sin debate filosófico, sobre el tema del "terrorismo internacional" y de su condena que la ONU autorizó a Estados Unidos a utilizar todos los medios considerados oportunos y apropiados por la administración estadounidense para protegerse ante el mencionado "terrorismo internacional".

Sin remontarnos demasiado en el pasado, y sin siquiera recordar -como ocurre a menudo, y con justicia- que se puede alabar a los terroristas como combatientes de la libertad en un cierto contexto (por ejemplo en la lucha contra la ocupación soviética de Afganistán) y denunciarlos como terroristas en un contexto diferente (muchas veces a los mismos combatientes, con las mismas armas, hoy en día), no olvidemos la dificultad que existiría para decidir entre "nacional" e "internacional" en el caso de los terrorismos que marcaron la historia de Argelia, de Irlanda del Norte, de Córcega, de Israel o de Palestina.

Nadie puede negar que existió terrorismo de Estado en la represión francesa en Argelia entre 1954 y 1962. Luego, el terrorismo practicado por la rebelión argelina fue considerado durante mucho tiempo como un fenómeno doméstico mientras se suponía que Argelia formaba parte integrante del territorio nacional francés. De la misma forma que el terrorismo francés de entonces (ejercido por el Estado) era presentado como una operación policial y de seguridad interna. Fue sólo décadas después, en los años 1990, que el Parlamento francés confirió retrospectivamente el estatuto de "guerra" (es decir, de enfrentamiento internacional) a ese conflicto, para poder garantizar el pago de pensiones a los "ex-combatientes" que las reclamaban.

¿Que demostró esa ley? Que era necesario y posible cambiar todos los nombres utilizados hasta entonces para calificar lo que anteriormente se había designado púdicamente como "los acontecimientos" de Argelia (a causa, una vez más, de la imposibilidad de la opinión pública para nombrar la "cosa" correctamente). La represión armada, como operación policial interna y terrorismo de Estado, se había transformado repentinamente en "guerra".

Del otro lado, los terroristas eran y siguen siendo considerados en una gran parte del mundo como combatientes de la libertad y héroes de la independencia nacional. ¿El terrorismo de los grupos armados que impusieron la fundación y el reconocimiento del Estado de Israel, era nacional o internacional? ¿Y el de los diversos grupos de terroristas palestinos actuales? ¿Y los irlandeses? ¿Y los afganos que lucharon contra la Unión Soviética? ¿Y los chechenos?

¿A partir de qué momento un terrorismo deja de ser denunciado como tal para ser saludado como el único medio de un combate legítimo? ¿O inversamente? ¿Por dónde debe pasar el límite entre lo nacional y lo internacional; la policía y el ejército; la intervención para el "mantenimiento de la paz" y la guerra; el terrorismo y la guerra; lo civil y lo militar en un determinado territorio y en las estructuras que garantizan el potencial defensivo u ofensivo de una "sociedad"? Digo vagamente "sociedad" pues existen casos en que tal entidad política, más o menos orgánica y organizada, no es ni un Estado ni totalmente anti-estatal, sino virtualmente estatal: vea sino lo que se llama hoy en día Palestina o la Autoridad Palestina.

Jurista alemán de los años 1930, alumno de Max Weber, que fue nazi.

Autor/es Giovanna Borradori
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 56 - Febrero 2004
Páginas:15,16,17
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Filosofía, Terrorismo
Países Estados Unidos