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El truco de Vittorio Gassman

El gran actor italiano Vittorio Gassman solía culminar sus cursos magistrales de actuación con una suerte de broma que era a la vez una formidable lección final. Pedía a los alumnos -todos actores profesionales- que se comportaran como el público al concluir una buena representación; es decir que aplaudiesen. Entonces él hacía de "primer actor". Reaparecía para agradecer, saludaba, se inclinaba y movía las manos con modestia (basta por favor, es demasiado, no lo merezco) mientras su enorme figura parecía retroceder hacia bambalinas; retirarse. Parecía, porque todo era un maravilloso truco de actor para avanzar hacia la platea y estimular el aplauso. Mientras su gestualidad sugería pudor y retroceso (de verdad parecía que se iba), sus movimientos reales lo aproximaban al público, enardeciéndolo. Era tan bueno que los propios actores no se daban cuenta de la engañifa hasta que lo tenían literalmente encima y se escuchaban a sí mismos aclamando a gritos al Maestro.

A un año y medio de su gestión, es preciso preguntarse seriamente si el gobierno de Néstor Kirchner hace como Gassman o al revés. Si parece que retrocede y en realidad avanza; o si simula avanzar mientras retrocede. Está claro que su gestión es diferente en muchos aspectos -y para bien- de todo lo que la sociedad ha presenciado y sufrido desde que se recuperó la democracia, en 1983. La impecable renovación de la Corte Suprema de Justicia; la política de derechos humanos; la firme actitud ante los pujos reivindicativos de algunos sectores de las fuerzas armadas; los esfuerzos por adecentar a las fuerzas de seguridad; la intervención a la provincia de Santiago del Estero y en general el talante y la retórica del gobierno representan un cambio importante y positivo. Por otro lado, sería necio subestimar la gravedad de la situación: Argentina no sólo tiene un Estado quebrado, despojado de sus bienes esenciales y sometido a la influencia o el chantaje de mafias de todo tipo -políticas, sindicales, judiciales, policiales, legislativas, económicas- sino que, como no podía ser de otra manera en tales circunstancias, a su propia sociedad, o al menos a buena parte de ella -en general la más influyente- le cabe el sayo de la inmoralidad, de la transgresión sistemática, de la ignorancia o el irrespeto de la ley. Así las cosas, ningún gobierno democrático estaría en condiciones de generar cambios drásticos y simultáneos en todos los frentes.

Pero no es éste el único ni el más importante aspecto a considerar. Debe recordarse en primer lugar que desde 1983 las teorías "posibilistas" no sólo han fracasado en su aplicación, sino que resultaron la excusa perfecta para resbalar por la pendiente de las concesiones que acabaron en el desfalco nacional masivo de la década de los '90. Que el "posibilismo" es el que hizo que el primer gobierno democrático cediese ante las presiones de los militares de entonces y permitiese que la herida de las violaciones masivas a los derechos humanos siga abierta hasta hoy; que no sólo retrocediese ante el escandaloso control sindical ejercido en la mayoría de los casos por verdaderos mafiosos, sino que acabase en sociedad con éstos; que no se avanzase en la democratización y transparencia de la actividad política ni en la liquidación de las satrapías barriales y provinciales, sino todo lo contrario. El "posibilismo" alfonsinista ante los principales grupos de poder económico hizo que éstos se deshicieran de ese gobierno como de un trapo viejo mediante el "golpe de mercado" de 1989. Si se acepta a lobos en el gallinero, o se les lima los dientes o se acaba de esa manera. De ahí en más, todo fue barranca abajo. Definitivamente desplazados o cooptados los elementos democráticos y progresistas del radicalismo, el "Pacto de Olivos" en los primeros '90 fue el broche que acabó de cerrar sobre sí misma a una corporación financiero-político-sindical que se colocó por encima de las instituciones y gobernó a su antojo el país hasta la debacle de diciembre de 2001.

En segundo término, debe entenderse que la pretensión de adecentar la vida política e institucional sin alterar radicalmente las condiciones de funcionamiento de los sectores económicos y financieros que en todos estos años pudieron obtener beneficios extraordinarios en el país al amparo, justamente, de esas condiciones de deterioro republicano, es pura ilusión en el mejor de los casos; un truco a lo Gassman en el peor.

El enemigo peronista

Si se acepta la retórica kirchnerista y sus declaraciones de principios y objetivos (hasta ahora no hay razones para no hacerlo), el principal obstáculo de este gobierno es el Partido Justicialista, nervio, motor y brazo ejecutor de la corporación financiero-político-sindical que saqueó al país. Esta afirmación no es ingenua; no descarta en absoluto el poder de los organismos internacionales de crédito, de las empresas de servicios públicos privatizadas y otras transnacionales, del lobby bancario, de ciertas grandes empresas nacionales, de la derecha argentina. Pero todos estos sectores, aunque conservan su enorme poder, quedaron gravemente tocados en diciembre de 2001, ya no controlan al gobierno nacional y sería posible someterlos a que paguen parte importante de los costos de la fiesta menemista y a que acepten las reglas de juego normales en cualquier país serio, tal como propone el slogan kirchnerista. Se trata de un momento de la historia del país, de un instante único destinado a evaporarse, tal como se disipó en muy pocos años de vacilaciones y agachadas el aliento social que en diciembre de 1983 barrió con la dictadura militar y su seguro continuador, el peronismo de Herminio Iglesias.

Pero para someter a esos sectores a la normalidad económica y social republicana haría falta una masa crítica política y social, un consenso nacional transformador. La argamasa capaz de unir a la mayoría de los sectores sociales del país es justamente la crisis, tal como quedó demostrado en diciembre de 2001. Pero luego de la huida de aquel pastiche frentista en el gobierno, los representantes políticos se hicieron cargo de la recomposición institucional. Esto era lógico y deseable, pero la paradoja de la situación fue que debido al cumplimiento de las normas republicanas (no exento de pinceladas esperpénticas, todo hay que decirlo), se quedaron en sus puestos todos aquellos que precisamente la ciudadanía volcada en las calles reclamaba que se fueran.

No es necesario recordar aquí paso por paso lo que ocurrió luego. Sólo subrayar que la legitimidad del gobierno de Néstor Kirchner proviene justamente del hecho de que su rival en la segunda vuelta electoral, el principal referente político de la corporación financiero-político-sindical que saqueó al país, Carlos Menem, se retiró del comicio porque lo perdería de manera abrumadora. Subrayar también que en esa segunda vuelta se enfrentaron dos candidatos peronistas. Con lo cual quedan demostradas dos cosas: la primera, que la sociedad está mayoritariamente dispuesta a votar y a apoyar en la lucha cotidiana un cambio radical de política económica y en la política a secas, sea cual sea el partido o bando a derrotar, tal como lo hizo en 1983; la segunda, que el principal referente político de la corporación saqueadora era y sigue siendo el Partido Justicialista. Y una más: que hasta que los plazos y normas republicanas lo indiquen, este país debe seguir siendo gobernado con la misma proporción de rufianes instalados en el Congreso, en las provincias y en la judicatura.

Vistas así las cosas, parece evidente que la única manera de avanzar, forzando al rufianismo político y económico nacional e internacional a aceptar otras reglas de juego antes de que la tardanza de soluciones de fondo desgaste al gobierno, es apoyándose en la sociedad. El Presidente lo hizo una sola vez: cuando se plantó ante la cadena nacional de radio y televisión para anunciar que el Congreso "debía" encarar el juicio político a la "mayoría automática" menemista en la Corte Suprema. Entonces, los mismos legisladores que antes habían cajoneado los juicios, los ejecutaron con presteza. Es así que el país tiene ahora un Tribunal Supremo que lo honra.

Luego de un primer tiempo de buenas maneras, el gobierno soporta ahora la embestida del Partido Justicialista para militarizar la seguridad interna 1 y chantajes varios de congresistas y caudillos provinciales y barriales 2. El gobierno parece avanzar, pero en realidad retrocede ante los acreedores privados, el FMI y las empresas de servicios privatizadas 3. Por no acudir, ni menciona a la Constitución peronista de 1949, cuyos postulados le resultarían muy útiles ahora (ver dossier, págs. 4 a 11); diluye la recuperación por el Estado de los fondos del escandaloso negocio de las AFJP; permite o estimula que el Congreso cajonee la imprescindible nueva Ley de Radiodifusión y la Reforma Política avanza a paso de tortuga, si es que lo hace. De una reforma tributaria progresiva que haga pagar lo esencial de los platos rotos a los que más tienen, ni se habla.

Por mencionar las implicaciones de sólo uno de estos asuntos, el resultado de la renegociación de la deuda -suponiendo que no haya nuevas concesiones- es que el país estará obligado por años a mantener un superávit que ningún país desarrollado exhibe y a crecer a un ritmo que nadie puede garantizar en las actuales condiciones del mundo, cuando resulta evidente que están dadas todas las condiciones para torcer el brazo de los acreedores internacionales.

Es de buena ley reconocer que este gobierno es positivamente distinto de todos los anteriores desde 1974 y que la tarea que tiene entre manos es ciclópea. Pero la sociedad difícilmente pueda dar más de sí y la historia reciente es aleccionadora. La Historia, por su parte, enseña que cuando una Nación está quebrada y al garete, si el rumbo no lo decide el progresismo acaba decidiéndolo la derecha dura.

  1. Horacio Verbitsky, "Narcourbano verde", Página/12, Buenos Aires, 24-10-04.
  2. Para 2005 está previsto que los planes de asistencia se paguen por el sistema informático, lo que sería un duro golpe al clientelismo. La Nación, Buenos Aires, 29-10-04.                     
  3. Alejandra Gallo, "El Congreso congelaría la polémica ley sobre las empresas privatizadas", Clarín, Buenos Aires, 23-10-04.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 65 - Noviembre 2004
Páginas:3
Temas Estado (Política)
Países Argentina