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Bush-Kerry, miembros de la misma secta académica

A pesar de la apertura democrática que produjeron los derechos civiles y la lucha feminista, la “tierra de las oportunidades” mantiene un exclusivo criterio de clase para seleccionar a los estudiantes de los mejores establecimientos de educación superior del país. Al interior de las universidades se forman selectos grupos de alumnos cuyas redes de influencia constituyen un trampolín hacia las más altas esferas del poder.

La noche de la elección presidencial en Estados Unidos habrá un festejo con champagne en un edificio de piedra llamado "La tumba", situado en el corazón del campus universitario de Yale, en New Haven, estado de Connecticut. La fiesta será celebrada independientemente de quién resulte vencedor: John Forbes Kerry o George Walker Bush.

Parecida a un mausoleo, "La tumba" es la sede de la Skull and Bones Society (Sociedad del cráneo y de los huesos), el más cerrado de los grupos iniciáticos de Yale. Quince estudiantes en etapa de licenciatura se suman cada año a esta sociedad secreta, que desde su fundación, hace ciento setenta y dos años, constituye un trampolín hacia el poder. Cuenta con 800 miembros vitalicios, unidos por una lealtad a toda prueba mediante ritos ocultos e iniciaciones misteriosas. George W. Bush no sólo es un Bonesman -como su padre, el ex presidente George H. W. Bush, su tío Jonathan Bush, los tíos de su padre, John Walker y George Herbert Walker III, y su abuelo, Prescott Bush- sino que el actual Presidente de Estados Unidos designó al menos cinco miembros de ese grupo como funcionarios de su administración. Si el candidato republicano perdiera las elecciones, el ganador será otro diplomado de Yale y miembro de la Skull and Bones: John Forbes Kerry.

La Skull and Bones Society funciona también como correa de transmisión hacia la Corte Suprema, la CIA (Central Intelligence Agency) y los gabinetes de abogados y consejos de administración más prestigiosos del país. La red que constituye esta sociedad ofrece un abundante material a quien quiera elaborar una historia tejida con conspiraciones y artimañas. Sin embargo, es más fructuoso comenzar analizando esos clubes y asociaciones para revelar los mecanismos habituales de privilegio de clase que funcionan dentro del sistema educativo estadounidense a través de círculos privados. Así como Yale posee su Skull and Bones, Harvard tiene su Porcellian Club, y Princeton University su Ivy Club. Junto a otras instituciones menos conocidas, las ocho universidades de elite estadounidenses que componen la Ivy League, forman un mecanismo de selección social bien ajustado, que permitió reproducir las elites del país, negando a la vez la existencia de un sistema de clases y su influencia sobre el poder.

Educación para (casi) todos

En la posguerra se inició una dinámica de democratización de la enseñanza secundaria estadounidense, gracias al desarrollo del sistema educativo superior y universitario. Así, una población importante y diversificada tuvo acceso a estudios superiores, lo que no dejó de inducir cambios a nivel de la elite y de las instituciones privadas. Hasta entonces, las universidades de la Ivy League operaban al servicio de la clase superior, recibiendo casi únicamente a los hijos de las familias patricias, en general en base a "un guiño de ojo y un apretón de manos" (es decir, en función de la red de relaciones sociales). Una vez admitidos, esos hijos de familia de "sangre azul" llevaban una tranquila vida universitaria en un clima de veneración institucional y establecían con sus pares sólidos lazos que durarían toda la vida, del Rotary Club a los consejos de administración, pasando por los campos de golf (lo que aún hoy se denomina la "old boy network", o "red de muchachos de edad madura").

En las décadas siguientes, bajo la presión de las nuevas políticas gubernamentales de ayuda a los estudiantes de escasos recursos, de consideración por el movimiento por los derechos cívicos de los negros y de las luchas feministas, las instituciones privadas más aristocráticas se vieron obligadas a hacer coexistir a los que estaban socialmente bien situados y a los que estaban escolarmente bien preparados. Fue así que las universidades de la Ivy League favorecieron criterios de admisión más vinculados a los méritos que a la aristocracia: resultados en los exámenes, boletines escolares, etc. Con la apertura de un gran número de establecimientos públicos de calidad que tenían costos de inscripción poco elevados, la aparición de becados en los campus de la mayoría de los colegios y universidades de elite reforzó la idea de una educación superior abierta (o casi) a todos. Bastaba con estudiar mucho.

Sin embargo, el sistema estadounidense de alta enseñanza sigue obedeciendo a poderosos mecanismos de selección social, aunque los mismos permanezcan ocultos gracias a las importantes sumas que los colegios y las universidades invierten en sus relaciones públicas, presentando hacia el exterior una imagen de excelencia educativa y de neutralidad social. Las puertas de las instituciones de elite se abrieron, pero el hermético mundo de los clubes, asociaciones de estudiantes y sociedades iniciáticas sigue jugando un papel fundamental en el seno de los establecimientos de la Ivy League. Esos círculos se encargan de hacer la selección que las universidades efectuaban abiertamente antes de la "democratización" 1 y reproducen el mundo social de la elite como una especie de reserva cultural, natural, de la exclusión de clase, en un sistema educativo basado en la negación de la estratificación social.

A pesar de que los establecimientos de la Ivy League reciben estudiantes provenientes de un espectro de población más amplio que en el pasado, la mayoría de sus efectivos son originarios de las elites sociales estadounidenses e internacionales. Además, estimulan la existencia de clubes reservados a la clase superior, pues los mismos brindan casi automáticamente un pool de donantes potenciales en ocasión de sus campañas para reunir fondos.

La enseñanza superior en Estados Unidos está a cargo de unas dos mil instituciones, cuya jerarquía relaciona a menudo el nivel de selectividad y de prestigio con la antigüedad (la hiedra, ivy, necesita tiempo para cubrir una fachada), el volumen de sus fondos y el origen social de sus estudiantes. En lo más alto están Harvard (fundada en 1636), Yale (1701) y Princeton (1746), las tres universidades más selectivas y más prestigiosas. Cada una cuenta con fondos de funcionamiento equivalentes al capital de empresas multinacionales (con 22.000 millones de dólares, Harvard es la universidad más rica del mundo, mientras que Yale y Princeton cuentan cada una de ellas con cerca de la mitad de esa suma). Otras cinco universidades privadas de la Ivy League poseen fondos de varios miles de millones de dólares, al igual que una docena de otros colegios privados, entre los más cotizados.

Ese tesoro es fruto de las estrechas y antiguas relaciones entre esos establecimientos y las familias estadounidenses más acomodadas y distinguidas, cuyas magníficas donaciones son cuidadosamente cultivadas por "oficinas de desarrollo" instaladas en el corazón mismo de las universidades. Para la mayoría de la gente los clubes privados pueden pasar por bastiones del privilegio y de la exclusión; pero para los administradores de los colegios son sobre todo frutos maduros listos a ser recogidos. Los ex-alumnos de la Ivy League mantienen sus donaciones desde hace generaciones, lo que brinda a los estudiantes actuales las ventajas (material, profesores) de una cuantiosa herencia: los fondos de funcionamiento por estudiante de Princeton, Harvard y Yale son de 1.300.000, 1.065.000 y  947.000 dólares respectivamente. La costumbre de hacer donaciones a su alma mater comienza a extenderse a los establecimientos públicos.

Exentas de impuestos, las universidades hacen a menudo una contribución voluntaria a las municipalidades, lo que les permite mantener buenas relaciones con los representantes de la región. No conformes con invertir sus fondos en el mercado financiero, varias de ellas poseen además un enorme parque inmobiliario. Grandes sectores de Cambridge y de Boston, por ejemplo, pertenecen a Harvard. Yale posee un dominio inmobiliario muy apreciable en la región de New Haven. En cuanto a Columbia University, sus fondos de funcionamiento de 5.000 millones de dólares la convirtieron en una de las mayores propietarias de bienes raíces de Nueva York, ciudad donde el precio de los inmuebles es uno de los más altos del mundo.

Detrás de los establecimientos de la Ivy League vienen decenas de colegios privados clasificados en función de su selectividad, de su prestigio, de su antigüedad, de sus fondos de funcionamiento y del origen social de sus alumnos. Orientados hacia la adquisición de una "cultura general" (liberal arts) y a la formación de los estudiantes a una reflexión "gratuita", esas instituciones atrajeron a los hijos de las elites sociales para adquirir conocimientos prácticos e ingresar al mercado laboral apenas concluidos sus cuatro años de estudios y obtenida su licenciatura.

Un nivel más abajo en la escala social se encuentran los establecimientos públicos. Financiados por los estados, su influencia no alcanza a la de sus similares privados, a pesar de que los más prestigiosos (Berkeley, el MIT, Caltech, Michigan State University, etc.) compensan su menor nivel social con su reputación científica 2. Durante las décadas de la posguerra sus bases financieras se vieron reforzadas por la popularidad de sus equipos de football, que les garantizaba un apoyo popular y la buena voluntad de los representantes encargados de controlar sus presupuestos. Pero recientemente, las presiones conjuntas de la privatización y de medidas fiscales regresivas obligaron a algunas de las más grandes universidades públicas a acumular sus propios fondos de funcionamiento para atenuar las exigencias financieras.

Selección de clase 

Más allá de los 150 establecimientos -públicos o privados- que cuentan a la vez con una enseñanza de calidad, un buen nivel científico y una reputación social, existen unas dos mil instituciones de enseñanza superior. La mitad de ellas son centros universitarios públicos de primer ciclo que brindan, en dos años, un apoyo escolar y una formación profesional destinada a la vez a paliar las lagunas de la enseñanza secundaria y a preparar obreros especializados. Estos establecimientos, los communauty colleges, conservaron sin embargo una apariencia de función universitaria y permiten a estudiantes de extracción popular acceder a universidades para seguir allí un ciclo de cuatro años. A pesar de ser menos importante que en el pasado, es esa función de antecámara, de lugar de "transferencia", la que contribuyó a dar a la enseñanza superior su barniz democrático, envolviendo un sistema nada equitativo con el velo simbólico de las promesas de futuro, de la "oportunidad" al alcance de los más desfavorecidos 3.

El proceso de exclusión social funciona en todos los niveles de un sistema preparado para disfrazar de rendimiento universitario lo que es en realidad una selección de clase. El ejemplo más flagrante de ese método es el trato de favor que la mayoría de las instituciones de elite brinda a los legs (legacies). Ese término designa el trato preferencial en materia de admisión de que gozan los hijos y los nietos de los alumni (ex alumnos). Para los hijos de quienes contribuyen generosamente a los fondos de funcionamiento de la universidad, la admisión es casi segura, a menos que se trate de un alumno verdaderamente incapaz de demostrar la más mínima capacidad escolar 4.

Los hijos e hijas de los privilegiados podían considerar su admisión en las universidades de elite como si se tratara de un derecho heredado al nacer. Su paso por la universidad les servía antes que nada para establecer relaciones y aumentar los contactos con personas provenientes del mismo ambiente social. En los últimos años, el número de quienes aspiran a codearse con los grandes y poderosos ha aumentado. Algunos poseen los medios financieros necesarios, pero les faltan los contactos. Así, los hijos de familias acomodadas pero desprovistas del pedigree social de la elite se encuentran frente a un problema: cómo evitar verse excluidos a la vez por los mecanismos instituidos por las generaciones precedentes (gracias a los cuales la clase superior mantiene su cohesión social) y por las severas exigencias universitarias, que no todos son capaces de satisfacer.

Para responder a esos problemas, en los últimos diez años ha surgido una industria del asesoramiento, que ofrece un amplio abanico de servicios a los hijos de familias ricas que aspiran ingresar a un establecimiento de la Ivy League. Los consultores se aprovechan del embotellamiento que se produce en esas alturas. Proponen cursos particulares y sesiones de preparación a los exámenes de ingreso de los colegios y universidades. Según la directora de una de esas agencias de asesoramiento, las tarifas de una preparación al mejor nivel se multiplicaron por diez en la última década. Su compañía ofrece diferentes prestaciones, cuyos precios van de 100 dólares (por una simple evaluación del alumno) a 10.000 dólares para acceder al "programa de admisión garantizada a la Ivy League". Este incluye una "promesa de reembolso" en caso de que el alumno no sea admitido. De todas formas, los estudiantes son cuidadosamente filtrados antes de poder contratar ese servicio...

En la cima de la pirámide social no es la calidad de la enseñanza lo que cuenta, sino las relaciones sociales que se establecen y se consolidan en los colegios privados; aun más apreciados por ser exclusivos. En la clase superior, esas relaciones son anteriores a la universidad: de las escuelas primarias privadas, de veraneos en ciertas localidades costeras del estado de Maine (en el caso de Bush) o de Massachusetts (en el de Kerry), y -sobre todo- de un grupo de escuelas secundarias privadas, muy exclusivas, llamadas prep schools. Dieciséis de ellas son famosas por los servicios prestados a las familias estadounidenses más encumbradas 5. Situados en un medio campestre, generalmente en la región de Nueva Inglaterra, esos pensionados fueron concebidos para aislar a sus huéspedes de la decadencia moral y de las malas costumbres que se les imputaba a las ciudades del Noreste de Estados Unidos, adonde afluían los inmigrantes durante el siglo XIX. Como sus similares británicos, esos establecimientos procuraban "reforzar la cepa" de la clase superior, imponiendo un régimen que incluía toque de diana al alba, duchas heladas, rígidos reglamentos y un duro trabajo escolar.

Esos conservatorios socioculturales continúan prosperando y enseñando a sus alumnos cómo moverse entre la elite, inculcándoles una cierta forma de ver las cosas, de actuar y de hablar, y preocupándose para que tengan las mayores posibilidades de ser aceptados en un colegio o en una universidad del más alto nivel. Gracias a fondos más importantes que los de muchos colegios privados, y a matrículas anuales de entre 25.000 y 30.000 dólares, esas escuelas preparatorias cuentan con los medios para contratar todo un ejército de asesores. Estos se ocuparán de preparar cuidadosamente las candidaturas de los alumnos y de negociar directamente en su nombre con los comités de admisión de las universidades.

"Social-ismo" 

Los criterios de admisión, que permiten realizar una clasificación por notas (promedios obtenidos en los años de secundaria, o resultados de los exámenes) confieren una apariencia científica a lo que no deja de ser un proceso social. Porque los exámenes también favorecen a quienes poseen un capital cultural, en parte heredado. Los establecimientos secundarios que calificaron a los estudiantes (en vistas de su admisión a la universidad) fueron a su vez objeto de una clasificación jerárquica establecida en función de la riqueza del distrito geográfico en que se hallan y según se trate de tal o cual institución privada del sector secundario (algunas son conocidas por servir de incubadoras a las universidades de la Ivy League) 6.

El personal encargado del ingreso a la universidad tiende a favorecer la admisión de estudiantes provenientes de la elite. Las universidades están predispuestas a considerar favorablemente la candidatura de quienes salen de una prep school. Los asesores que trabajan para éstas, a menudo diplomados en establecimientos de la Ivy League, saben persuadir a sus interlocutores, con el lenguaje sutil de la clase superior, de los buenos motivos que existen para admitir a sus candidatos. Las escuelas públicas no pueden equipararse: a raíz de las limitaciones presupuestarias que padecen, cuentan en promedio con un consejero por cada 401 estudiantes 7. Sin embargo, quienes defienden la "meritocracia" son en general sinceros: por haber triunfado gracias a ese sistema, están interesados en difundir los mitos fundadores.

Al igual que su padre, el presidente George W. Bush asistió a la Phillips Academy, en Andover (Massachusetts), mientras que John Kerry fue alumno de la Saint Paul's School, en Concord (New Hamphire). Cada una de estas dos escuelas posee un fondo de funcionamiento de 300 millones de dólares y forma parte de los más prestigiosos establecimientos secundarios privados. En este punto, lo que importa no es solamente que los hombres (y las mujeres) de poder sean socialmente producidos en el interior de un estrato muy selecto de la sociedad; o que el sistema educativo funcione según un principio que responde a la palabra impronunciable de "clase". La forma en que se desarrolla la vida de la elite social pone en evidencia la contradicción fundamental que anida en el núcleo de la sociedad estadounidense: semejante existencia aristocrática viola abiertamente la ideología de mercado que domina el pensamiento de los dos grandes partidos y de las elites sociales.

Ocuparse exclusivamente de obtener ventajas personales puede entenderse en una sociedad que no garantiza nada a nadie. "Dar a mi hijo todas las ventajas posibles": esa costumbre está encastrada en la que ya hizo que la balanza social se inclinara a favor de quienes gozan de la mayoría de las ventajas. Porque el 10% de los estadounidenses situado en lo alto de la pirámide, y que posee alrededor del 72% de las riquezas del país, vio aumentar sus ingresos anuales en un promedio del 90% entre 1970 y 2000, mientras que los de los demás permanecían estancados.

A pesar de seguir machacando su discurso en favor de la libre competencia, del mérito y de economía liberal, las elites sociales no ahorran esfuerzo ni dinero para poner a sus hijos a cubierto en lugares privados, lejos de la violencia que existe en otros sitios y del riesgo de contacto con alumnos de medios sociales diferentes, susceptibles de influenciarlos o de rivalizar con ellos. Ese mundo de relaciones en circuito cerrado, donde se vive cada etapa de la vida rodeado por altas murallas institucionales, protegido por listas de miembros y criterios de admisión según la cara del cliente y por sucesivos estratos de ritos y prácticas de exclusión, genera un intenso fenómeno de clase en una sociedad que cree no tenerlas. Al observar que esas instituciones exclusivas que atraen a los miembros de una elite los conservan para toda la vida (alumnos de primaria cuidadosamente seleccionados, prep schools, universidades de la Ivy League, enclaves privados dentro de esas universidades como la Skull and Bones, clubes reservados a los hombres o a las mujeres), es imposible no sorprenderse por la paradoja: la existencia de un sistema, vitalicio y bien elaborado, de asociaciones colectivas y de "protecciones sociales" que representa -en el seno de una elite y para su propio beneficio- una forma de social-ismo, que va "de la cuna a la tumba".

  1. La apertura de los colegios más prestigiosos a categorías de estudiantes que hasta entonces estaban excluidas de ellos, como las mujeres o los negros, no significa que esas instituciones hayan recibido personas pobres o provenientes de la clase obrera. Un reciente estudio sobre 146 colegios y universidades entre los más competitivos indica que sólo el 3% de los estudiantes allí admitidos proviene de familias económicamente y socialmente modestas. (Peter Sacks, "Class Rules: the Fiction of Egalitarian Education", The Chronicle of Higher Education, 25-7-03). Henry Louis Gates Jr., presidente del departamento de estudios africanos y afro-estadounideneses de Harvard, estima que "los jóvenes negros que entran en Harvard o en Yale vienen de las clases medias. Ningún otro es admitido".
  2. La riqueza y el renombre de las universidades de la Ivy League pueden ser convertidos en capital (o en recursos) científicos, pues esos establecimientos logran fácilmente atraer a los mejores profesores y a los investigadores ofreciéndoles becas más importantes.
  3. Steven Brint y Jerome Karabel, The Diverted Dream: Community Colleges and the Promise of Educational Opportunity in America, 1900-1985, Oxford University Press, Nueva York, 1989.
  4. Jacques Steinberg, "Of Sheepskins and Greenbacks: College-Entrance Preferences for the Well Connected Draw Fire", The New York Times, 13-2-03.
  5. Caroline H. Persell y Peter P. Cookson, "Pensionnats d'élite: ethnographie d'une transmission de pouvoir", Actes de la recherche en sciences sociales, N° 138, junio de 2001; y Preparing for Power: America's elite boarding schools, Basic Books, Nueva York, 1985.
  6. En Estados Unidos, las escuelas son fundamentalmente financiadas por los impuestos a los bienes raíces, a tal punto que el financiamiento de esos establecimientos depende del nivel de educación y de riqueza de los contribuyentes locales (del Estado). El Estado federal (Washington) sólo aporta cerca del 10% de los fondos destinados a la educación primaria y secundaria.
  7. Cifras provenientes de The State of College Admission, 2003-2004, publicado por la National Association for College Admission Counseling, Alexandria, Virginia, febrero de 2004.
Autor/es Rick Fantasia
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 65 - Noviembre 2004
Páginas:18,19
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Minorías, Educación
Países Estados Unidos