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Populismos

Los debates sobre el populismo vuelven a estar a la orden del día. Y otra vez el populismo, los gobiernos populistas, son atacados desde la derecha porque algunas de sus acciones de gobierno afectan intereses económicos locales o internacionales, desde la izquierda socialdemócrata por sus maneras y su desapego institucional y desde la izquierda revolucionaria por no ir "hasta el fondo" y acabar haciendo el juego a la derecha. Esta última se enerva además por el desparpajo con que sectores sociales que considera inferiores o subalternos invaden espacios que estima exclusivos, mientras la izquierda reprocha al populismo agitar a las clases explotadas con abalorios de colores y no educarlas ni organizarlas para que realmente asuman el control de los asuntos económicos y de Estado.

Todos los populismos han dado y siguen dando pábulo a esas críticas, en la medida en que no basan su modo de acumulación política, ni su ética, ni su estética, ni en definitiva sus criterios morales, en posiciones de clase como la derecha, que quiere mantener las diferencias, ni como la izquierda, que quiere acabar con las clases o al menos estrechar al máximo las diferencias entre ellas. Por el contrario, el populismo aspira a armonizarlas, respondiendo según las circunstancias históricas a las necesidades o exigencias de unas u otras, porque en definitiva no es un proyecto de transformación social ni de consolidación de un sistema, sino una pura dinámica de poder. Esto explica la ausencia de una verdadera teoría populista y el passe-partout de los programas de gobierno populistas; que existan populismos de derecha, de centro y de izquierda y que un mismo populismo pueda ser alternativamente las tres cosas, o las tres cosas a la vez con mayor o menor éxito según las circunstancias.

Es que de circunstancias se trata. En un sistema organizado en clases sociales y que funciona en base a la preeminencia de algunas de ellas sobre las demás, una fuerza política que aspira -más allá de sus intenciones- a representarlas a todas sólo puede hacerse presente, aparecer, cuando una crisis, un fuerte conflicto entre clases paraliza el sistema porque ninguna consigue imponerse durablemente 1.

En el plano internacional, fuertes corrientes populistas aparecen en varios países a la vez, con diferencias entre ellas según las circunstancias locales, cuando el conjunto del sistema atraviesa una crisis. Así fue en Europa a mediados del siglo XIX, en América Latina a partir de la crisis de 1929 y nuevamente ahora. ¿Acaso el crecimiento exponencial de una extrema derecha "democrática" en Europa y Estados Unidos y hasta los regímenes islamistas "revolucionarios" actuales no son, con todas sus enormes diferencias, fuerzas populistas aupadas al primer plano por una crisis prolongada del sistema capitalista global?

Desde este punto de vista, los populismos de derecha, los tiránico revolucionarios y los democrático progresistas (los latinoamericanos actuales, por ejemplo), expresan al populismo global en todas sus variantes. En la medida en que son ideológicamente distintos, pero se apoyan en los mismos sectores sociales, estos populismos no pueden menos que formular una propuesta contradictoria e inaplicable por definición, pero al mismo tiempo expresan cabalmente la dinámica política del momento; son la expresión política de la crisis, su fuerza más activa. Son la crisis, en definitiva, dirimiendo en el poder político la lucha que tiene lugar en las entrañas del sistema.

Participar y criticar

Es por eso que lo que realmente debe tomarse en consideración es que en este momento no hay sólo gobiernos y oposiciones populistas, sino que la política es populista, con raras y de momento marginales excepciones. Se trata pues de saber qué posibilidades reales existen para que la salida de esta situación se oriente hacia la justicia, el progreso y la democracia, o hacia la tiranía y el caos. Todos los populismos han dejado huellas positivas y negativas. Para tomar como ejemplo al peronismo, el más perdurable y conocido, se podría decir de manera esquemática que en su primera presidencia fue democrático-revolucionario; en su segunda, tiránico-caótico; en su tercera fue, en el espacio de tres años, socialdemocrático y fascio-caótico-esperpéntico; en su cuarta democrático neoliberal y ahora, en su quinta, democrático... se verá. Esto último no es en absoluto un juicio de valor, sino la verificación de que el populismo deviene la expresión política de la mayoría de la sociedad cuando el sistema en su conjunto está afectado por un conflicto estructural que no encuentra resolución. En cada una de las etapas de su historia en que el peronismo gobernó, se impuso la corriente interna más poderosa, en la medida en que era, por determinadas circunstancias del momento, la que con más fuerza avanzaba hacia una salida a la crisis, la que obtenía más adhesiones internas y externas. Y este gobierno no escapará a las generales de la ley.

Debe considerarse además que no sólo al peronismo, sino al radicalismo y a todas las fuerzas políticas del escenario nacional, izquierda y derecha confundidas, les cabe el sayo de populistas. La derecha liberal hace rato que ha abandonado sus maneras, al menos desde el primer golpe de Estado; el radicalismo siempre fue un populismo de clase media, timorato en el poder; la socialdemocracia, en la estela de los partidos europeos, se asimila cada vez más al populismo, y la izquierda revolucionaria navega a ciegas desde el fracaso del socialismo realmente existente, y por lo tanto o hace populismo de izquierdas o delira.

De modo que no es casual que por un lado numerosos radicales se pongan en línea con el peronismo en el poder y otros se orienten a la derecha, y que por otro todo un sector del peronismo considere aliarse con la derecha radical y con la derecha a secas. De hecho, esto viene ocurriendo al menos desde el menemismo (¿qué otra cosa fue el Pacto de Olivos?) y se incubó desde los '70, cuando el radical Ricardo Balbín se fundió en un abrazo con Juan Perón.

De ahí el "se verá" respecto al actual gobierno peronista y por supuesto al populismo indígena boliviano, al democrático revolucionario venezolano. Todos tienen el mismo origen, la crisis local y global, y por lo tanto todos van en la misma dirección, aunque no en el mismo sentido ni a la  misma velocidad. Todos dirimen arduas disputas interno-internas; es decir respecto al resto de la sociedad desde el gobierno y respecto a los intereses y estilos contrapuestos que representan en el gobierno. Morales y Chávez avanzan decididos como lo hizo el primer peronismo, aunque con objetivos más radicales de acuerdo al momento histórico (el "socialismo o barbarie" que Chávez rememora de Rosa Luxemburgo empieza a interesar); mientras Lula, Kirchner, quizá pronto López Obrador en México (pág. 14) y otros que asoman deben aún resolver esas dos disputas.

El 25 de mayo pasado, al cumplirse el tercer aniversario del gobierno de Néstor Kirchner, apareció una solicitada con numerosas firmas 2 en la que se invitaba a reconocer los evidentes logros del gobierno y, con toda justicia, se los subrayaba en el contexto de extremas dificultades de todo tipo que éste debe enfrentar. Quien esto escribe no firmó, aunque había sido cordialmente invitado, y sigue sin saber si su decisión fue acertada. Lo que lo decidió por la negativa fue el recuerdo de una anécdota de hace unos años, cuando paseando por las ramblas de Barcelona en compañía de una compatriota peronista de comprometida militancia montonera en los '70, toparon con una peña de tango. Varias parejas, de todas las edades, bailaban con entusiasmo y extrema concentración La Yumba, de Osvaldo Pugliese. Respondiendo a la pregunta de por qué hacía gestos de desagrado, la amiga en cuestión respondió: "soy populista, no popular". Una boutade, sin duda, pero de esas para tomar al pie de la letra, porque resultó una definición precisa del populismo y de su retórica demasiado a menudo carente de contenido, en la medida en que sólo apunta a suscitar adhesión. Una salida que probablemente refleja también la profunda amargura de quien supo ofrecer su vida por las virtudes del populismo y acabó asistiendo al triunfo de sus peores defectos.

Esta anécdota final agrega a sus fines exutorios un valor de ejemplo sobre las dudas que suscita el populismo en quienes tienen muy en cuenta su frecuente evolución y final; en quienes entienden incluso hasta la parálisis que meter las manos en el barro de la historia tiene límites precisos: los que separan a mafiosos y asesinos de ciudadanos comunes; el estilo democrático del patoterismo y el crimen; las palabras de los hechos; los hechos secundarios de los centrales; el andamiaje institucional del mafioso; el proselitismo de la educación; la fragilidad de los cimientos.

El populismo está otra vez en la cresta de la historia, pero tal como siempre ha ocurrido tendrá que elegir su sentido, volver a definirse de una vez. Y al ritmo que va la crisis global, los plazos parecen cortos. No es cuestión de firmar o no firmar, sino de participar y criticar, de orientarse en la bruma de una crisis de la cual el populismo no es más que su expresión política masiva y potente, caótica y desesperada.

  1. El mejor análisis sobre este fenómeno sigue siendo el de Karl Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte y Lucha de clases en Francia, ambos en Prometeo, Madrid, 2003.
  2. "Por un 25 de mayo feliz", en varios periódicos, entre ellos Clarín,  Buenos Aires, 25-5-06.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 84 - Junio 2006
Páginas:3