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Los militares y la CIA contra la Casa Blanca

El estancamiento del ejército estadounidense en Irak (donde ha perdido 2.500 soldados) y la ausencia de perspectivas políticas o militares suscitan principios de rebelión en el Pentágono y en la CIA. Las dificultades de reclutamiento se refuerzan con el temor de un conflicto en Irán. El llamado de alarma de los antiguos generales resuena con fuerza. Y comienza a estorbar seriamente a la Casa Blanca.

Actualmente, el presidente George W. Bush parece ser más impopular que Lyndon B. Johnson después de la ofensiva del Têt (1968) en Vietnam. Evidentemente, las optimistas declaraciones de la administración relativas a la guerra de Irak, tantas veces reiteradas y a menudo contradichas, suscitan burlas y cólera entre muchos estadounidenses patriotas. Como antaño las declaraciones del mismo tipo durante la guerra de Vietnam 1.

Aunque la administración del presidente Bush sobrevivió al huracán Katrina sin que ningún alto funcionario tuviera que renunciar, la Casa Blanca quedó irremediablemente pegada a la incompetencia y el diletantismo frente a la catástrofe 2. El desprecio que el Presidente a todas luces siente por el Congreso, sumado a los poderes extra constitucionales que se arroga, generan vivas protestas de parte de parlamentarios, tanto demócratas como republicanos.

Es en el seno mismo de las instituciones del Estado donde la crisis es más manifiesta. Lewis "Scooter" Libby, jefe de gabinete del vicepresidente Richard Cheney, fue acusado de intentar desacreditar al embajador Joe Wilson, opositor a la guerra en Irak, revelando a periodistas amigos el nombre de su mujer, agente encubierta de la CIA. Semejante divulgación constituye un crimen federal que puede conllevar nuevas acusaciones, entre ellas contra Karl Rove, principal consejero político del Presidente. Sin embargo, estas inculpaciones no son más que la parte visible de una fractura que se extiende entre la Casa Blanca y la CIA, así como gran parte de la jerarquía militar.

Disenso y desmoralización 

Los desacuerdos entre profesionales de la CIA y la presidencia se conocen hace tiempo 3. Ya en 2004, comentando el caso Wilson, The Wall Street Journal condenaba en estos términos las informaciones que se filtraban desde la CIA y desautorizaban las declaraciones del Presidente: "(la administración Bush) debe enfrentar dos insurrecciones: una en Irak y otra en el interior de la CIA" 4. Desde hace algunos años, responsables de la agencia y de órganos de seguridad denuncian en público una manipulación presidencial para involucrar a Estados Unidos en la guerra. Paul Pillar, ex-delegado de la agencia en Medio Oriente y Asia del Sur y autor de un pesimista informe sobre Irak que se hizo público por una filtración en 2004, volvió a afirmar hace poco que la administración había lanzado "una campaña organizada de manipulación" para dar comienzo a las hostilidades 5.

Para poner fin a la disidencia e imponer un control político severo, en 2004 Bush nombró a Peter Goss a la cabeza de la CIA. Sin embargo, la desmoralización y las disensiones que sacuden a la agencia de inteligencia pudieron con él y forzaron su partida. Durante los dos años que duró su gestión, decenas de dirigentes y analistas renunciaron, sobre todo en el servicio encargado de las operaciones encubiertas.

El descontento en el seno del Ejército, por otra parte, estalló a la vista de todos. Muchos generales retirados prestigiosos 6, cuya opinión claramente comparte un gran número de militares en actividad, denunciaron públicamente al secretario de Defensa Donald Rumsfeld y su manejo de la guerra de Irak. Estos ataques sin precedentes fueron motivados, en parte, por la oposición de los militares a una eventual ofensiva contra Irán y por el temor a las consecuencias que ese conflicto podría tener para Estados Unidos y su ejército. La información transmitida desde el interior a periodistas como Seymour Hersch, de The New Yorker 7, da cuenta de la voluntad de numerosos oficiales de prevenir un nuevo conflicto.

En efecto, los militares estiman que un ataque estadounidense contra emplazamientos nucleares iraníes implicaría el riesgo de desatar una espiral de enfrentamientos y represalias en cadena que podrían desembocar en una conflagración de envergadura. No temen solamente los estragos que podrían ocasionar las fuerzas estadounidenses, sino también la perspectiva de que otra guerra importante obligue a Estados Unidos a restablecer el servicio militar obligatorio: la experiencia de Vietnam les  recuerda que un ejército de conscriptos cae con más frecuencia en las garras del resentimiento y la desmoralización. Protestas masivas en suelo estadounidense contra las aventuras internacionales de Washington podrían precipitar el fin del "imperio americano" en Medio Oriente.

El presidente de Estados Unidos subestimó la capacidad de instituciones como el Ejército y las agencias de inteligencia de contrariar la política de la Casa Blanca, no mediante una revuelta abierta, sino por un flujo regular de dimisiones y filtraciones (táctica que los torpes esfuerzos de Goss para restablecer la "disciplina" no hicieron sino reforzar). Estas armas, que las instituciones conservadoras utilizaron a menudo contra gobiernos demócratas, hoy se volvieron contra un equipo que no ha cesado de alegar su prioridad securitaria. Y la paradoja es que, gracias a que la administración actual alentó a la población a venerar al Ejército, ahora resulta muy difícil sofocar mediante ofensas y calumnias las voces que salen de esta institución, incluidas las de los generales retirados.

Pasividad del Partido Demócrata 

Para la democracia, la intervención política del ejército y de la inteligencia no es, a priori, tranquilizadora. Pero si estas fuerzas representan la oposición más clara al poder, se debe sin dudas a una doble incapacidad: la del Congreso para ejercer sus funciones constitucionales de vigilancia y control por un lado y la del Partido Demócrata para oponerse a la Casa Blanca en cuestiones de defensa y política exterior por el otro. Una eventual victoria de los demócratas en las elecciones legislativas de noviembre de 2006 los incitará probablemente a responsabilizar a la administración Bush del fiasco iraquí y a emprender una serie de investigaciones parlamentarias que terminarán en inculpaciones y destituciones en las altas esferas. No obstante, ello no necesariamente afectará al comportamiento de Estados Unidos en el mundo.

Seguramente ciertos líderes demócratas esperaban más pragmatismo y discreción que los que mostró el gobierno de Bush. Sin embargo, los dirigentes no serán capaces de revisar fundamentalmente los puntos de vista estadounidenses sobre el resto del mundo. La dirección del Partido Demócrata, al igual que la de los republicanos, forma parte del establishment de la seguridad, tal como ésta se concibe y practica desde que la desarrollaron, en particular, Harry Truman (1945-1953) y después John F. Kennedy y Lyndon Johnson (1961-1969).

La versión de la hegemonía global que defendía el presidente Clinton era menos ofensiva que la de los republicanos: prefería las alianzas controladas por un liderazgo estadounidense a los diktats unilaterales. Pero tenía la misma ambición. Porque los dos partidos principales comparten la visión de un nacionalismo "excepcionalista", para la cual las bondades del poder estadounidense y la legitimidad de su liderazgo mundial constituyen artículos de fe casi indiscutidos.

La proximidad entre ambos partidos es particularmente grande allí donde las cosas son más graves, a saber la cuestión de Medio Oriente. Como William Clinton demostró, tanto demócratas como republicanos quieren garantizar la hegemonía estadounidense en la región vía la supremacía de Israel, aun si ese objetivo redobla la probabilidad de guerras a repetición. Los dos se niegan también a cualquier compromiso con los Estados que calificaron como "canallas".

A menudo se reprocha -y con razón- a la administración Bush el haberse negado en dos oportunidades (en 2001 y en 2003) a aceptar la propuesta iraní de entablar conversaciones conjuntas 8. Pero ya en su momento la administración Clinton no había sabido aprovechar la elección del reformista Mohammed Khatami como presidente de la República  Iraní, en 1997, para reanudar negociaciones directas. Tampoco fue capaz de imponer un acuerdo de paz entre Israel y Siria. Y hoy en día, el discurso sobre Irán de senadores demócratas como Hillary Clinton o Evan Bayh no se diferencia mucho, en cuestiones de fondo, del de la Casa Blanca 9.

Influidos en igual medida por el lobby israelí, los dos partidos han demostrado la misma falta de voluntad para llevar a cabo una acción resuelta que ponga fin al conflicto israelí-palestino. Lejos de alentar a la administración actual a hacer esfuerzos a favor de la paz, dirigentes demócratas como Hillary Clinton y Nancy Pelosi intentan incluso superar a Bush mostrándose aun más incondicionalmente pro-israelíes que él 10.

Clinton pasó siete años dilapidando las conquistas logradas con los acuerdos de Oslo y recién se comprometió seriamente en la búsqueda de un arreglo al final de su segundo mandato, cuando era demasiado tarde para que tuviera éxito. Por su parte, Bush no parece muy lejos de aceptar un "arreglo" israelí unilateral, inaceptable para los palestinos, el mundo musulmán y la mayoría de los europeos.

Si bien son cada vez más numerosos los demócratas que exigen la retirada anticipada de Irak, el alcance de sus llamamientos se ve significativamente menoscabado por su incapacidad de proponer una estrategia diferente de la de Bush en Medio Oriente. Respecto a otros lugares del mundo, la política que preconizan no es menos ambiciosa que la de la Casa Blanca, sobre todo cuando se trata de oponerse a Rusia en la esfera de influencia de la ex Unión Soviética.

En suma, si el presidente Bush decide atacar Irán, puede descontar que muchos estadounidenses y algunos dirigentes demócratas suscribirán su decisión, mientras otros demócratas se mostrarán ambiguos, silenciosos o simplemente oportunistas. Semejante ofensiva podría aparecer entonces, a los ojos de los republicanos, como un buen negocio en el plano de la política interior.

Sin embargo, muchos militares pretenden impedir este nuevo conflicto. Su resistencia todavía no encontró una salida política. El campo de los "realistas" incluye un gran número de personalidades públicas, pero se trata sobre todo de universitarios o dirigentes políticos retirados, como Brent Scowcroft (consejero de Seguridad de los presidentes Gerald Ford y George Herbert Walter Bush), Gary Hart (quien fue candidato demócrata en las elecciones presidenciales de 1984 y 1988) y Zbigniew Brzezinski (consejero de Seguridad del presidente Carter entre 1977 y 1981). La ausencia en ambos partidos de una oposición fuerte a las orientaciones militares y diplomáticas de la Casa Blanca reaviva, en consecuencia, las especulaciones sobre la necesidad de una fuerza nueva en el tablero político estadounidense.

  1. Para una comparación entre la guerra de Vietnam y la de Irak, ver Gabriel Koldo, "Inútiles advertencias de la CIA", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, abril de 2006.
  2. Mike Davis, "Tras la fatalidad, la purga social", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, octubre de 2005.
  3. Philippe Golub, "Irak pasa factura a George W. Bush", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, junio de 2004.
  4. The Wall Street Journal, Nueva York, 29-9-04.
  5. Entrevista publicada en El País, Madrid, 4-5-06.
  6. Entre ellos, los generales Anthony Zinni, Wesley Clark y Paul D. Eaton.
  7. Seymour Hersh, "The Iran Plans", The New Yorker, 17-4-06.
  8. Flynt Leverett, ex-director de Asuntos Medioorientales del Nacional Security Council, "The Gulf Between Us", The New York Times, 24-1-06.
  9. Hillary Clinton, "Challenges for US Foreign Policy in the Middle East", discurso pronunciado en la Universidad de Princeton el 19-1-06, y Evan Bayh, "A New Approach to the National Security Debate", 2-2-06.
  10. Serge Halimi, "Aux États-Unis, M. Sharon n'a que des amis", Le Monde diplomatique, Francia, julio de 2003 y Joël Beinin, "Creciente influencia israelí en las decisiones de la Casa Blanca", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, julio de 2003.
Autor/es Anatol Lieven
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 84 - Junio 2006
Páginas:20,21
Traducción Mariana Saúl
Temas Militares, Estado (Política)
Países Estados Unidos, Irak, Irán