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Lo que oculta el “caso Clearstream”

Los medios franceses remiten el “caso Clearstream” a una maquinación fomentada desde el corazón del Estado para perjudicar a miembros del gobierno. Pero trataron con desenvoltura el rol de algunos bancos en el lavado de dinero sucio. Sin embargo, esto es decisivo, ya que a partir del 11 de septiembre de 2001 la administración estadounidense dejó de lado ese legajo, salvo cuando concierne al terrorismo islámico.

El término Clearstream significa "arroyo claro", pero también puede querer decir "corriente de agua que limpia". El escándalo folletinesco que sacude a la sociedad de compensación luxemburguesa de ese nombre y salpica a los ámbitos dirigentes franceses da cuenta del carácter doble de la globalización financiera: la promesa de limpidez y el riesgo de lavado de dinero. Gracias a la revolución informática y a un mercado omnisciente y autorregulador, la globalización financiera debía traer consigo sus propios mecanismos de autodefensa. Pero en este mundo donde "el lenguaje está codificado, los no iniciados son dejados de lado, las reglas rara vez escritas y comunicables " 1, aparecieron enseguida enormes "agujeros negros".

En 1998, en una obra titulada La nueva guerra, el senador estadounidense John Kerry observaba que "la apertura de las fronteras al comercio internacional y la autopista de la información beneficiaron a los terroristas tanto como a los hombres de negocios honestos y a los criminales" 2. En 2005, Moisés Naim, jefe de redacción de la revista Foreign Policy, señalaba que, lejos de limitarse a los márgenes de la economía global, las actividades ilícitas habían logrado instalarse en el corazón del sistema. El negocio más lucrativo que existe, el del crimen, había gangrenado la economía mundial. El terrorismo y la proliferación nuclear, el comercio de armas y de droga, la falsificación y la piratería, la trata, el tráfico de órganos, la evasión fiscal y el lavado de dinero, todos crecían considerablemente 3.

En un sistema fundado en la rapidez, la eficacia y el anonimato, los operadores más flexibles disponen de una ventaja sobre las autoridades políticas y judiciales, en la medida en que los reguladores nacionales se evaporaron en beneficio de un régimen de regulación global de contornos tan inestables como inciertos. Establecidas por ciertos organismos internacionales (como la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco de Pagos Internacionales, el Grupo de Acción Financiera Internacional o el Comité de Basilea), las reglas del juego son ampliamente controladas por los países más poderosos (Estados Unidos a la cabeza), con el apoyo de establecimientos privados poco conocidos públicamente; entre ellos se encuentra Clearstream, descripta en estos términos por su antiguo jefe, André Lussi: "Los bancos tienen clientes, y nosotros tenemos a los bancos como clientes... somos como los escribanos del mundo." 4

En 2004, la justicia luxemburguesa acusó a Lussi de lavado de dinero, falsificación y uso de documentos falsificados, balances falseados, infracciones a la ley en el sector financiero y estafa en materia de impuestos. El caso Clearstream da cuenta del potencial de disimulo y manipulación que se esconde en este nuevo tipo de escribanos.

Las medidas anti-lavado pretenden luchar contra estas desviaciones. El lavado consiste en integrar fondos de origen criminal en los circuitos financieros legales; en otras palabras, "lavar el dinero sucio". El propio término se ha convertido en una especie de comodín, que el público, y hasta los expertos, malentienden. La expresión (money laundering) nació en Estados Unidos. A pesar de la tenaz leyenda que hace remontar el fenómeno a los años '20 y a Al Capone (el famoso gangster habría adquirido una lavandería para ocultar sus actividades ilícitas), el concepto y su prohibición son de factura reciente. Las primeras menciones de la expresión en los medios se remontan al escándalo de Watergate (1972-1974) cuando, para financiar sus operaciones secretas, la administración Nixon se las ingeniaba para confundir las pistas financieras. Recién en 1982 la expresión se usó por primera vez en un proceso judicial.

Criminalización del "lavado"

En 1986, en el marco de la "guerra contra la droga", Estados Unidos se convirtió en el primer país en criminalizar el lavado de dinero. Si la motivación de los traficantes de droga es la ganancia, entonces para poner fin a este flagelo es preciso impedir que el crimen pague. Por otra parte, seguir los flujos financieros tendría que permitir llegar hasta las altas esferas del crimen. Cada componente del lavado de dinero -la inversión (inyección de recetas financieras en el sistema bancario); la acumulación (las transferencias múltiples y los movimientos de fondos destinados a ocultar su origen) y la integración (la introducción de sumas así lavadas en los circuitos financieros y las actividades económicas respetables)- es en sí misma legal, pero combinarlas para disimular sumas provenientes de actividades ilícitas constituye un delito.

Se ha calificado al lavado de dinero como "crimen de los '90". En Estados Unidos, una serie de leyes endureció en esa época las sanciones y amplió el perímetro de su aplicación. Las sumas provenientes de cerca de 200 actividades ilícitas (tráfico de estupefacientes, extorsión, robo, prostitución, tráfico de órganos, actos terroristas, etcétera) están sujetas actualmente a dichas leyes. La última década del siglo también vio surgir la internacionalización del régimen antilavado, sobre todo por medio del Grupo de Acción Financiera Internacional sobre el lavado de capitales (GAFI), creado en 1989 con el objeto de reforzar en todo el mundo la lucha contra el dinero sucio.

Esta proliferación de leyes y de organismos de control terminó suscitando la oposición de los organismos financieros. Rápidamente empezó a criticarse al arsenal antilavado por su ineficacia, ya que por una parte el tráfico de droga aumenta constantemente y, por otra, las sumas embargadas parecen desdeñables: en 2001, el primer secretario del Tesoro de la administración Bush, Paul O'Neill, se quejó de que después de haber gastado 700 millones de dólares anuales durante quince años, las autoridades habían llevado a cabo sólo un embargo considerable. Si bien se hace posible detener a pequeños delincuentes sin otra forma de juicio, los grandes traficantes permanecen fuera de alcance. La amplitud de sus ganancias les confiere muchos poderes, entre ellos el de eludir las normas y pagar los servicios de los mejores abogados. Como explicó hace unos años el juez español Baltasar Garzón, los magistrados se enfrentan con los grandes delincuentes como los mamuts con los leopardos: "Cuando el mamut llega al escondite del leopardo, éste ya está lejos, riéndose" 5.

En 1998, los atentados contra las embajadas estadounidenses en Nairobi y Dar-es-Salaam dieron un nuevo impulso a la lucha contra el dinero sucio. Se repetía entonces que Osama Ben Laden disponía de un "tesoro de guerra" de 300 millones de dólares, cuyos "secretos" una vasta literatura y numerosos "expertos" pretendían develar. En realidad, la fortuna de Ben Laden había sido confiscada en dos oportunidades: en 1994 por Arabia Saudita y en 1996 por Sudán 6. La financiación del terrorismo se efectuaba a partir de una colecta en el seno de las redes islamistas 7.

A fines de los años '90, la administración Clinton intentó sin éxito introducir reglas conocidas con el nombre de Know Your Customer (KYC), que imponían a los bancos -que ya estaban obligados a declarar a las autoridades competentes cualquier transacción sospechosa o inhabitual- una mayor vigilancia de sus clientes. Además el Presidente demócrata, conjuntamente con la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), emprendió una ofensiva destinada a castigar a los paraísos fiscales.

Apenas elegido, el presidente George W. Bush saboteó esta iniciativa e hizo saber que el régimen antilavado sería atenuado. Algunos meses después, los atentados del 11 de septiembre provocaron un viraje de 180 grados. Con el fervor de los conversos, los mismos que debían presidir el desmantelamiento de los controles financieros se convirtieron en sus más fervientes celadores. Y en este panorama empezó la "guerra contra el terror" el 24 de septiembre de 2001, cuando el presidente Bush anunció "un golpe a los cimientos financieros de la red planetaria del terror". Bush y sus colaboradores explicaron entonces que el dinero sirve de "oxígeno" al terrorismo, que no puede existir sin una importante "infraestructura financiera" 8. Todo un pasaje de la ley antiterrorista "USA Patriot" está dedicado al lavado de dinero. Y en una reunión extraordinaria que tuvo lugar en Washington, el GAFI, que hasta entonces había sido ignorado por la administración estadounidense, recibió el encargo oficial de expandir sus prerrogativas a la lucha contra la financiación del terrorismo.

"Ennegrecimiento" de dinero

Así fue como el lavado de dinero y la financiación del terrorismo se hicieron intercambiables. Los organismos adoptaron enseguida una sigla común, AML/CFT (Anti-Money Laundering/Combating the Financing of Terrorism), sellando así esta unión. Sin embargo, la diferencia entre ambos fenómenos es fundamental. Uno es de naturaleza moral e implica sumas considerables que hay que insertar en el sistema financiero legal; el otro es de naturaleza política, compromete montos insignificantes y se efectúa, en general (en todo caso después del 11 de septiembre), fuera de los circuitos financieros. La financiación del terrorismo se emparenta más con el "ennegrecimiento" de dinero limpio, puesto que se trata generalmente de desviar pequeñas sumas, indetectables por las técnicas de anti-lavado, para fines violentos 9. Ningún atentado posterior al 11 de septiembre requirió más de 20.000 dólares. Los atentados de Londres del 7 de julio de 2005 costaron menos de 1.000 dólares 10. Su "financista" era uno de los kamikazes, que costeó el atentado con su sueldo de maestro. En Irak, más de la mitad de las víctimas estadounidenses fueron atribuidas a bombas artesanales, llamadas armas explosivas improvisadas (AEI).

El terreno financiero, tan vasto como abstruso, presenta sin embargo algunas ventajas políticas. Poco después de los atentados del 11 de septiembre, el presidente Bush concluyó que, contrariamente a lo que sucede con una ofensiva militar contra Afganistán, que necesita semanas de preparación, el congelamiento de las cuentas bancarias puede efectuarse sin demoras 11. Este último implica, por otro lado, la ventaja de los "resultados en números". El Presidente dio la orden de "embargar algunos activos, y rápido". David Aufhauser, alto funcionario del Departamento del Tesoro, contaría más tarde: "Era casi cómico. Hicimos una lista de la mayor cantidad posible de ‘sospechosos de siempre' y dijimos: ‘Vamos a embargar algunos bienes'" 12. Acciones como ésa se convirtieron en moneda corriente. Poco sorpresivas, tuvieron mínimo efecto sobre la amenaza terrorista 13. Se apunta a presas fáciles pero a menudo inocentes, como el grupo somalí Al-Barakaat. El primer balance, efectuado al terminar los "cien primeros días" de la "guerra contra el terrorismo" dio el tono, que no cambió mucho a partir de entonces: "Estados Unidos y sus aliados ganan la guerra financiera (...) El hecho de impedir que los terroristas tengan acceso a fondos constituye un verdadero triunfo en la guerra contra el terrorismo" 14.

La prioridad que se le dio a este último objetivo desembocó en una desviación de competencias. Quienes conocían los mecanismos de las finanzas internacionales y que perseguían a los barones de la droga en América Latina fueron afectados al seguimiento del terrorismo islamista, dejando el campo libre a la gran delincuencia financiera.

  1. Denis Robert y Ernest Backes, Revelaciones. Investigación en la trastienda de las finanzas internacionales, Akal, Madrid, 2006
  2. Senador John Kerry, The New War: The Web of Crime That Threatens America's Security, Simon and Schuster, Nueva York, 1997.
  3. Moisés Naím, Ilícito: Cómo el contrabando, los narcotraficantes y la piratería desafían la economía global, Debate, Madrid, 2006.
  4. Denis Robert, La caja negra, Foca, Madrid, 2003.
  5. Denis Robert y Ernest Backes, op. cit.
  6. Jonathan Randal, Osama: The Making of a Terrorist, Alfred A. Knopf, Nueva York, 2004.
  7. Thomas H. Kean, director, y Lee H. Hamilton, vicedirector (edición autorizada), The 9/11 Commission Report, Final Report of the National Commission on Terrorist Attacks Upon the United States, W.W. Norton, Nueva York, 2004, y John Roth, Douglas Greenburg y Serena Wille, "Monograph on Terrorist Financing", National Commission on Terrorist Attacks Upon the United States, Staff Report to the Commission, 2004.
  8. "President Freezes Terrorists' Assets", Remarks by the President, Secretary of the Treasury O'Neill and Secretary of State Powell on Executive Order, The White House, Office of the Press Secretary, 24-9-01.
  9. I. Warde, "Vers des dommages boursiers collatéraux", Le Monde diplomatique, París, noviembre de 2001.
  10. I. Warde, The Financial War on Terror, I.B. Tauris, Londres, 2006.
  11. Bob Woodward, Bush at War, Simon and Schuster, Nueva York, 2002.
  12. Ron Suskind, El precio de la lealtad, Península, 2004.
  13. Daniel Benjamin y Steven Simon, The Age of Sacred Terror: Radical Islam's War against America, Random House, Nueva York, 2003.
  14. http://www.whitehouse.gov/news/releases/2001/12/100dayreport.html
Autor/es Ibrahim Warde
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 84 - Junio 2006
Páginas:22,23
Traducción Mariana Saúl
Temas Terrorismo, Islamismo, Medios de comunicación
Países Estados Unidos, Francia