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“Serás Maradona, Zidane”... o nada

La décimo octava Copa del Mundo de fútbol, que comienza en Alemania el 9 de junio, será sin duda la ocasión para celebrar sus virtudes sociales. Pero ese elogio se vuelve engañoso cuando el fútbol, ya parasitado por las apuestas comerciales, se convierte en sueño de éxito fácil. En efecto, la gran mayoría de los jóvenes a menudo reclutados en África por centros de formación europeos quedan en la estacada.

En materia de fútbol, a fines de los años '80 Francia no había ganado tres Campeonatos Mundiales como Alemania y no tenía clubes gigantescos como el Real Madrid o el Barcelona; el nivel de su primera división (D1) seguía siendo mediocre frente al del Calcio italiano y la ciudad de París daba pena frente a la decena de clubes de alto nivel con que contaba Londres. En una palabra: el país acusaba un indiscutible retraso.

Sin embargo, París estuvo en la génesis de la Copa del Mundo (Jules Rimet); de la Copa de Clubes de Europa (Gabriel Hanot); del Campeonato Europeo de Naciones (Henry Delaunay) y del Balón de Oro, el más prestigioso premio individual, otorgado por el periódico France Football. Salvo Euro 84, que organizó, inventó todo pero no ganó nada. Ni siquiera la pasión de su pueblo, ya que no el reconocimiento de los otros países de peso en el deporte más popular del mundo.

Algunos industriales franceses se pusieron entonces a evaluar las ventajas que podrían extraer y decidieron inscribir sus nombres en la lista de los premiados del primer siglo del fútbol. Bernard Tapie y Jean-Luc Lagardère invirtieron considerables sumas en el Olimpic de Marsella (OM) y el Matra Racing (500 millones de francos, o sea, 72 millones de euros entre 1987 y 1989). Canal Plus, que invirtió 260 millones de euros en quince años en el Paris-Saint-Germain (PSG), empezó a valorizar la D1 difundiendo los partidos y luego a financiarla adquiriendo los derechos, a semejanza de lo que hizo con el cine. Francia se postuló como organizadora del Mundial '98 y prometió un gran estadio; se fundó un centro técnico nacional; la dirección técnica nacional inauguró en 1991 un centro de pre-formación, el INF Clairefontaine, primero en su tipo, abierto a los aprendices de futbolistas de doce años. Muchos clubes franceses reproducirían el modelo y, tras la victoria de los Bleus (el equipo de Francia) en el Mundial '98, también algunos extranjeros.

Todo se aceleró así repentinamente para las jóvenes promesas del balonpié, para los agentes futbolísticos que llegan de todas partes a recorrer los fines de semana los estadios más campestres y para los clubes profesionales, que revenderán a valor oro a los jugadores que habían comprado inicialmente a precios irrisorios.

La cruz de Frédéric

Frédéric tiene la relativa suerte de haber nacido a una hora de París, en una familia media y unida, en el corazón de un pueblo donde vivieron siempre sus abuelos y bisabuelos. Su padre vivió la epopeya de los Verdes de Saint-Étienne, en los años '70, y se empeñó en poner una pelota de fútbol en la cuna de su hijo. Cuando Michel Platini se retiraba, en la cúspide de su arte, Frédéric no tenía diez años. Pero sus padres creyeron ver en él a un posible sucesor del campeón...

Un miércoles, Frédéric, que ya había sido descubierto e incorporado a la selección departamental de Yvelines, levantó el tubo del teléfono y atendió a un secretario del Paris-Saint-Germain, que lo invitaba a presentarse a un entrenamiento para nuevos talentos. En la escuela, y después en el secundario, era una estrella envidiada, a quien no se le negaba nada. Cristalizaba los sueños de los chicos y chicas, era la imagen del éxito. En las canchas, solía dribblear uno a uno a todos los jugadores del equipo adversario, antes de marcar un tanto.

El porvenir que le auguraban era tan dorado que el brillante alumno que era en la escuela primaria fue perdiendo interés en sus cursos para soñar con su carrera deportiva, perfeccionarse en ese juego del que ya era rey y que en pocos años más le permitiría andar en Porsche. "Volaba" tan alto como se lo permitían la pantalla chica, las ambiciones de su padre, la voracidad de los agentes, el delirio de grandeza de ese microcosmos: "Mi infancia pasó así, sin una nube, con la cabeza llena de certezas y un futuro asegurado. Mi pasión era mi oficio, nadie lo dudaba, y menos que nadie yo, que sin saberlo vivía fuera de la realidad".

La caída sería lenta. A los trece años, ingresaba al centro de estudios deportivos de Poissy, filial del FC Sochaux, un referente. Hasta ese momento, había compensado la cortedad de sus piernas con una técnica fuera de lo común. Pero según le decían, debería adquirir todas las bases que le permitirían convertirse en un profesional. Ese primer año en un internado, a una hora de su casa, sería también el último. Sintiéndose perdido, se esforzaba por alcanzar el nivel de sus compañeros de equipo, que eran al menos tan buenos como él, y su rendimiento escolar se vino abajo. Fundido en la colectividad, ya no existía. "Una pesadilla -explica-. Antes yo era el fútbol, la felicidad, el éxito, el futuro. En plena adolescencia, me di cuenta de que ya no era nada." Pero no para los demás. Los padres, los amigos de los padres, los profesores, los compañeros, no dejaban de preguntarle cómo iba su carrera. Durante años, antes de abandonar, seguiría fingiendo creer.

Frédéric tiene hoy veinticinco años. Es albañil, fuma armados sin parar todo el día, el fin de semana se queda encerrado, no mira un partido más. Nunca recuperó el poder que se le había atribuido desde su más tierna infancia. "La gente me ve antes que nada como el que falló en su carrera. Veo en sus ojos piedad, o bien la satisfacción de no haberme visto triunfar. Arrastro esa infancia dorada como una cruz." ¿Un caso aislado? Todo lo contrario. Prácticamente no hay pueblo, no hay club o institución escolar que no tenga su pequeña estrella del esférico y no esté en la mira de algún agente. Porque la caza de talentos hace furor.

Alta tasa de fracaso 

El sistema francés de formación es un mecanismo con unos brazos que llegan fácilmente a los cerca de 2.200.000 matriculados (inscriptos en clubes no profesionales). Los buenos negocios están en las categorías más jóvenes (10 a 14 años). Más allá, a partir de los 15 años, los jugadores que no han sido detectados caen rápidamente en el olvido.

Esta estructuración en red, primero a nivel departamental y luego regional, permite que los clubes profesionales dispongan de recursos prácticamente ilimitados: bajo sus propios colores, con un promedio de unos quinientos aficionados menores de 18 años contratados, sobre todo en los clubes-pasarela de la región o zona geográfica.

El caso del Paris-Saint-Germain, que nunca tuvo vocación de formación, da que pensar. Alrededor de ochenta jugadores de 12 a 18 años se ejercitan allí, en un centro de educación deportiva más deportivo que escolar. Si cinco de ellos llegan a integrar el equipo profesional, estará bien. Si uno solo juega en el equipo de Francia, será histórico... Por supuesto, el club-faro de la región parisina registraba, en 2003, el porcentaje de pasaje  al profesionalismo más bajo de Francia (2,43%). Pero en cualquier caso, el promedio nacional es inferior al 10%.

No obstante, entrar en un centro de formación es de por sí una hazaña. Allí también la selección es estricta, porque en los innumerables estadios creados hace unos veinte años para detectar talentos, menos de uno de cada cien aspirantes pasa la prueba.

En el caso del INF Clairefontaine, reino de la pre-formación, cerca de mil niños de unos doce años prueban suerte cada año. Integran entonces durante tres años el internado del centro técnico nacional, lugar de descanso del equipo de Francia. Algunos son devueltos definitivamente a sus casas, al final de cada una de las dos primeras temporadas. No por problemas de comportamiento, ni por fracaso escolar: lo único que no funciona es el fútbol. Una vez concluida la pre-formación y luego la formación en un club profesional, sólo cuatro o cinco de estos elementos, los superdotados, se convierten en profesionales. Y rara vez para jugar en los mejores clubes.

Sería injusto no admitir que el sistema francés de formación funciona maravillosamente bien, dado que la gran mayoría de los profesionales de Liga 1 1 pasaron por esa etapa obligada y el éxito mundial y europeo del equipo de Francia, en 1998 y 2000, le deben mucho.

Sin embargo, una alta tasa de fracaso penaliza a niños y adolescentes con escasa o nula preparación para su "reconversión". Suelen tomar conciencia de la importancia de los estudios cuando es demasiado tarde. Las condiciones de alojamiento, en internados ruidosos y esencialmente masculinos, donde nunca está bien visto aislarse del grupo -ni siquiera para hacer la tarea escolar-, la idea excluyente del fútbol, el alejamiento de los padres, así como los exigentes horarios de entrenamiento, hacen que el éxito escolar sea tan poco frecuente como el futbolístico.

En el INF, en el segundo año crucial, aproximadamente dos de cada tres alumnos repiten o son reorientados hacia un diploma de estudios ("brevet d'études professionnelles" - BEP) o un certificado de aptitud ("certificat d'aptitude professionnelle" - CAP). En lo referente al fútbol, el director del centro advirtió hace algunos años a los alumnos: "Todos vieron que hay una lista expuesta en la recepción, en la que figuran todos los profesionales que pasaron por aquí. Son exactamente veintiséis. Sobre unos cien ex-internos del INF, esto da un 25% de éxito, lo que significa que aproximadamente el 75% de ustedes tendrá que ganarse la vida de otro modo que no sea el fútbol" 2. Pero en casi todos los clubes profesionales, una tendencia a la autosatisfacción, aliada a la necesidad de seducir a los padres de jóvenes jugadores, enmascara la imposibilidad de dedicarse de lleno a estudios largos y a una carrera (aleatoria) de futbolista.

Detección temprana 

Todos los clubes de L1, L2 y Nacional tienen su centro de formación, en ciertos casos habilitado, como el del AJ Auxerre, o sin habilitación oficial, como los de Dijon, Pau o Toulon. En total, hay como mínimo 5.000 jugadores de 12 a 19 años que se calzan a diario los botines para "aprender el oficio", soñando con formar parte del equipo de primera y ganarse la vida en las canchas, mientras que el fútbol francés cuenta con poco más de mil profesionales, que tienen de 18 a 35 años de edad.

Los mejores entre los mejores no están a salvo del espejismo. Por ejemplo, el FC Sochaux, "escuela de excelencia", al igual que el FC Nantes o el AJ Auxerre, puso a cinco jugadores egresados de su centro de formación entre los veinticinco que con más frecuencia integraron sus filas de L1 esta temporada. En promedio, cinco jugadores que fueron titulares una de cada dos veces y que deberán luchar para hacer carrera. El mensaje de bienvenida publicado por el Sochaux en su sitio de internet, donde se jacta de organizar su formación en cinco sectores ("detección", "formación", "maduración", "utilización", "reconversión"), causa perplejidad cuando señala que existe ahora una "escuela de fútbol" abierta a los niños de seis a doce años. ¿La detección empezará desde la cuna?

Los clubes comprendieron en todo caso el interés que tenían en adiestrar a la mayor cantidad posible de sementales en sus cuadras. Los entrenadores están en buena posición para saber que quien maneja muy bien la pelota a los quince años no necesariamente tiene un buen rendimiento cinco años más tarde. La cabeza y los músculos no siempre siguen juntos. Muchos talentos precoces pierden su frescura cuando comprenden que su pasión ya no es un juego. Rudy Haddad, Mourad Mehni, Jérémie Aliadière, Philippe Christanval y tantas otras "futuras estrellas" no dieron ni la centésima parte de lo que se esperaba de ellos, indudablemente porque tomaron conciencia de que su nombre, su juego, su carrera, eran utilizadas y explotadas, que ya no les pertenecían cuando ni siquiera se habían convertido en profesionales 3.

Hasta los "internacionales" de los equipos juveniles de Francia, de 15, 16, 17 años, se desloman por hacerse un lugar bajo el sol cuando llegan a la mayoría de edad. Sólo un tercio de ellos se convierte en profesional pocos años después de haber cantado el himno nacional. Una y otra vez volvemos a la historia de una infancia, una adolescencia, una vida consagradas a un juego que rápidamente se convierte en oficio (en la mayoría de los casos no remunerado), un talento individual que se ahoga en la masa, una admiración de niño que se transforma en presión parental, un futuro asegurado que se transforma en cita fallida.

Semilleros extranjeros 

La decepción puede transformarse en tragedia. Miles de jóvenes africanos, hipnotizados por la televisión, van cada año a probar suerte a Europa, con una muy marcada preferencia por Francia y Bélgica, como cabeza de puente del tráfico deportivo. La desgracia se abate sobre los que fracasan en las puertas del profesionalismo. En África, no es necesaria una formación para que cientos de miles de niños y adolescentes puedan desarrollar un talento único... y soñar con una gran carrera 4.

Las hazañas de George Weah y Roger Milla ayer; las de El-Hadji Diouf, Mamadou Niang o Didier Drogba hoy; los cortos publicitarios; las promesas de los agentes que surcan el continente para encontrar la perla rara, alcanzan para obnubilar a familias enteras que aceptan sin vacilaciones financiar el costoso pasaje de avión -que asciende a unos 3.000 a 4.000 euros- de su pequeño prodigio.

Llegados de todas partes y de ninguna, muchos jóvenes africanos ven romperse sus esperanzas contra los arrecifes de la formación francesa. El presidente de la asociación Culture Foot Solidaire, Jean-Claude Mbvoumin, sigue de cerca el periplo de cientos de inmigrantes, que llegan especialmente del continente negro para ganarse la vida jugando al fútbol y que la mayoría de las veces terminan en la calle, sin papeles, quebrados. "Los africanos tienen muchísimas ideas adquiridas sobre el fútbol profesional de Europa -explica-. Ven triunfar a algunos compatriotas e imaginan que es muy fácil hacer lo mismo. Piensan que pasaron lo más duro cuando consiguieron el dinero del viaje y la visa, y se sienten portadores de una misión respecto de sus familias. Por miedo y por vergüenza, no quieren volver a su país después de haber fracasado."

Culture Foot Solidaire contabiliza a más de seiscientos jugadores africanos que actualmente están en desacato de una orden de destierro. En realidad son más. Mbvoumin precisa: "Sólo la Federación de Camerún envió 850 cartas de salida el año pasado. A esto debemos agregar los numerosos jugadores no inscriptos en clubes, detectados de manera directa y a cargo de agentes". Sin olvidar a los malíes, senegaleses, marfileños, nigerianos, guineanos...

Francia, que aparenta ser un trampolín hacia los grandes campeonatos español, italiano e inglés, "capta como mínimo a la mitad" de estos recién llegados. Y no le hace asco a nada. "Los  clubes no tienen ningún motivo para poner en cuestión lo que tanto les aporta", prosigue Mbvoumin.

En la última Copa Africana de Naciones, no menos de 71 jugadores africanos en el exterior abandonaron las filas de los Campeonatos franceses de Liga 1 y Liga 2 para defender los colores de su país, en ciertos casos durante un mes. El AS Saint-Etienne, que tiene a diez africanos en su plantel, tuvo que dejar que se fueran seis. Los jóvenes jugadores provenientes del continente negro constituyen a tal punto el éxito de los equipos franceses que su devoción patriótica fue vista con malos ojos por los entrenadores involucrados. Joseph Blatter, presidente de la?Federación Internacional del Fútbol Asociado (FIFA), tuvo que salir en su defensa, reclamando más "respeto hacia los futbolistas africanos".

La FIFA reglamentó en 2001 las transferencias internacionales y prohibió el reclutamiento de menores, pero la ley es burlada. En primer término mediante el tráfico de edades: los agentes especializados, sin habilitación de la FIFA en muchos casos, envejecen administrativamente dos o tres años a los adolescentes para realizar la transferencia de acuerdo con la ley. Más adelante, no vacilan en hacer lo inverso: un jugador de 22-23 años que aparenta ser una esperanza de 18 años costará más caro dado que su carrera previsible (su fase de amortización) será más larga 5. A veces también los agentes cambian la identidad del jugador (con su consentimiento) para no deber dinero al club donde se formó en el momento de una transferencia. Todo esto es muy fácil con jugadores provenientes de países muy desorganizados institucionalmente...

En Francia, los poderes públicos estudiaron este tema en enero de 2000, cuando Marie-George Buffet era ministra de Deportes. No hubo ninguna investigación a fondo que permitiera evaluar la magnitud de esta forma de "inmigración elegida" que en muchos casos se transforma en residencia ilegal.

A decir verdad las soluciones son limitadas, dado que el fútbol se ha convertido en una actividad cien por ciento económico y las transferencias de jugadores constituyen una de las principales fuentes de enriquecimiento. Los jugadores africanos, mal informados, de identidad fácilmente falsificable y cuya formación no cuesta nada puesto que aprendieron a jugar... jugando (a diferencia de los adolescentes franceses, formateados, que en definitiva juegan muy pocos partidos "clásicos"), representan un valor asegurado. Robustos, con una técnica excelente (lo mismo que los jugadores sudamericanos, que también desarrollan su juego de pelota en la calle o la playa), completamente dedicados al juego, ofrecen una garantía de plusvalía tanto a los agentes que los detectan como a los clubes que los transfieren.

Dilución de identidades 

Encrucijada europea para todos los futbolistas que desean formar parte de los clubes más grandes, Francia saca partido de su política de formación por ser el único país no endeudado deportivamente de Europa Occidental. Su balanza comercial (basada en las transferencias de jugadores) mostraba en 2005 un saldo favorable de 12 millones de euros 6. La eficacia de su sistema de formación no la exime sin embargo de tener que hacer venir a referentes o "hermanos mayores" del exterior para entrenar a los más jóvenes.

La identidad de juego o la identidad a secas de las distintas formaciones profesionales tiende entonces a desaparecer, especialmente a partir del caso Bosman en 1995 7 y sus consecuencias, que permitieron que los equipos llevaran a la cancha a todos los jugadores extranjeros que quisieran. En Bélgica, sucedió entonces que el club de Beveren hizo jugar a once extranjeros, entre ellos diez marfileños. Por un lado, los hinchas ya no se identifican tanto como antes con los jugadores que defienden sus colores. Por el otro, la creciente comercialización de los futbolistas, tratados cada vez más como objetos sin alma, los metamorfosean en soportes de marketing 8.

Si la imagen que dan de sí mismos en entrevistas particularmente huecas no plantea ningún problema cuando todavía son bastante jóvenes como para comercializar sus piernas (los veinte jugadores más solicitados por los anunciantes perciben un promedio de 3 millones de euros por año por representar determinadas marcas), la pos carrera es más difícil. El descubrimiento del anonimato, la conjugación del tiempo presente en el pasado compuesto (autoglorificación ciega, eterna añoranza o en cualquier caso, nostalgia), el aprendizaje de un nuevo oficio y un nuevo modo de vida y la constatación de que fueron admirados y construidos en función de su físico, constituyen elementos que incitan a la morosidad en el momento en que los futbolistas retirados evalúan el condicionamiento del que fueron víctimas con su consentimiento.

A todos los futbolistas les gustaría impactar a la gente con la "pinta" de David Ginola, el carisma de Michel Platini, los "tres pies" de Zinédine Zidane o el gusto por la pelea de Eric Cantona. Pero para la mayoría de los jugadores, la carrera profesional dura un promedio de cinco o seis años. Y cambian demasiado a menudo de club como para conservar en alguno de ellos vínculos sólidos, que puedan aprovechar después de su retiro profesional. La competencia y el talento no son los únicos criterios de selección determinantes. Si no, ¿cómo explicar que la cotización de Nicolas Anelka se mantenga tan alta desde hace años, cuando ya no hace más goles que un atacante medio de Liga 1?

En menos de veinte años, el fútbol se metamorfoseó de deporte popular a sector económico. A principios de 2006, la sociedad Orange renovó un contrato de 29 millones de euros anuales durante tres años, según cuyos términos esta filial de France Télécom dispondrá de los derechos de retransmisión de los partidos de L1 en telefonía móvil y su nombre se asociará al de la Liga (la fórmula consagrada es "Liga 1 Orange").

Relativamente bien pagados durante los pocos años en los que hacen valer su talento (45.000 euros brutos por mes y por jugador en L1, alrededor de 15.000 en L2, una y otra compuestas por veinte equipos de unos veinte profesionales), los futbolistas surfean sobre una ola que podría aplanarse casi con la misma velocidad con que se formó. El equilibrio financiero de este deporte se apoya efectivamente en gran medida en los derechos de televisación cada vez más altos, hoy en día exorbitantes (600 millones de euros anuales para los de la Liga 1 en Francia).

Ahora bien, la fusión entre TPS y Canal+ debería bajar considerablemente el monto del próximo llamado a ofertas, que tendrá lugar dentro de dos años. Y lo que en el futuro podrá reducir a cero los derechos es sobre todo la difusión gratuita de los partidos por internet. Esto ya está sucediendo con el Campeonato Mundial y el Campeonato de la Unión de Asociaciones de Fútbol Europeas (UEFA), difundidos por la web a través de canales chinos. Por cierto, los jóvenes futbolistas actualmente en formación seguirán teniendo los medios para vivir bien, en el poco tiempo que dure su carrera. Pero la inflación permanente de las remuneraciones va llegando sin duda a su fin. Lo cual no impedirá que decenas de miles de adolescentes prueben "suerte" cuando llegue su turno.

  1. L1, la ex-primera división (el nombre cambió en 2001).
  2. Johann Harscoet,  "Les vertes années de Clairefontaine", France Football, París, 19-6-01. Véase también "La tête et les jambes ", France Football, París, 2-5-00
  3. Jean-Louis Pierrat y Joël Riveslange, L'argent secret du foot, Plon, París, 2002.
  4. Raffaelle Poli, De Cape Town à Amsterdam, les réseaux de recrutement des joueurs africains, Universidad de Neuchâtel, 2004.
  5. Habibou Bangré, "Le trafic d'âge dans le foot", 26-5-04.
  6. Véase el informe anual de la Dirección Nacional de Control y Gestión (DNCG), 2004-2005.
  7. El futbolista belga Jean Marc Bosman demandó en 1990 a su equipo Real Futbol Club de Lieja y a la Federación Belga de Fútbol porque sus normas le impedían el traspaso al equipo francés Unión Deportiva de Dunkerque. El Tribunal de Justicia de la Unión Europea falló en 1995 a su favor (n. de la r.).
  8. Jean-Marie Brohm, "El negocio del deporte: ¿la ley de la jungla?", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur,  Buenos Aires, junio de 2000.
Autor/es Johann Harscoët
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 84 - Junio 2006
Páginas:36,37
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Deportes
Países Alemania (ex RDA y RFA)