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Recuadros:

Laicismo y justicia social, palancas de la emancipación

Sobre el tema de las leyes políticas, el cura Lacordaire había dado en la tecla al afirmar que "cuando hay disputa entre débiles y poderosos, la libertad oprime y la ley libera". Así es como, en épocas de desempleo, la ley que reglamenta los despidos protege a los empleados de los dictados de la fuerza económica. En una comunidad de derecho como es la República, la ley política, vector del interés general, permite sustraer las relaciones de los hombres del multifacético imperio de la fuerza. El laicismo cumple con esa exigencia, y sólo favorece aquello que resulta de interés general, a la vez que promueve, junto a la autonomía moral e intelectual de las personas, la libertad de conciencia y la plena igualdad de sus derechos, sin discriminación de sexo, origen o convicción espiritual.

El laicismo nunca es enemigo de las religiones mientras ellas se expresen como actitudes espirituales, sin reivindicar ningún poder sobre el espacio público. Para ello resulta esencial la separación jurídica entre el poder público y cualquier tipo de Iglesia y de grupo de presión, sea religioso, ideológico o comercial. La escuela pública y el conjunto de los servicios públicos deben ser protegidos de cualquier intrusión de dichos grupos de presión.

Hoy en día se trata de saber si podrá sobrevivir un espacio público vector de emancipación. ¿Es posible ignorar que la excesiva valoración de las diferencias, tan de moda últimamente, lleva a la guerra? En épocas de tensiones sociales e internacionales, resulta grave hacer creer que esas "diferencias" puedan manifestarse en todos lados y sin condiciones. De esa manera, las personas que desean mantenerse libres y que rechazan todo tipo de fanatismo respecto de las diferencias religiosas o culturales, se ven expuestas a ser humilladas, estigmatizadas y hasta agredidas.

Las audiencias de la Comisión Stasi 1 pusieron en evidencia la gravedad de las amenazas que pesan sobre esas personas, algunas de las cuales pidieron testimoniar en privado por temor a represalias. ¿Podemos admitir que en ciertos suburbios las jóvenes sean insultadas y hasta violentadas porque se niegan a llevar el velo? ¿Podemos admitir que algunos profesores sean impugnados a causa de su sexo o del contenido de sus enseñanzas, por ejemplo, sobre la evolución de las especies en biología, o sobre el genocidio de los judíos en historia? ¿Podemos admitir que del derecho legítimo a alimentarse según las propias tradiciones se pretenda pasar a exigir mesas separadas para las distintas comunidades en los comedores colectivos?

No hay lugar para la ingenuidad. En la defensa del uso de signos religiosos, en particular en la escuela, algunas personas obran de buena fe, aunque manifiestamente desconocen las exigencias propias del terreno escolar. Pero otras no tienen nada de inocentes. Se trata de grupos organizados que conjugan una muy hábil utilización sofística de la retórica de la libertad y de la tolerancia en los lugares donde aún no tienen el poder, con amenazas y actos de violencia en los barrios donde lo poseen de facto. Resulta triste que ciertas organizaciones -consagradas sin embargo a la defensa del ideal laico y de las libertades- aún permanezcan ciegas y manifiesten su hostilidad a una medida legislativa destinada a reforzar el laicismo. ¿O acaso el espíritu laico se debilitó al mismo tiempo que la defensa de los logros sociales?

Resulta lamentable asistir a una confusión conceptual que hace tildar de racista a cualquier cuestionamiento polémico de una religión. Por otra parte, cabe tomar nota de la aberración que significa semejante confusión. El racismo apunta a un pueblo en tanto tal. ¿A qué pueblo apuntaría la crítica del islam? ¿A la población árabe? La misma es demográficamente minoritaria entre los musulmanes... El veneno de la amalgama entre cultura y religión, o entre religión e identidad, falsea permanentemente el debate.

Si un escritor que se burla del islam es llevado ante la justicia, entonces habrá que eliminar de las bibliotecas las obras de Voltaire que escribía "Aplastemos al infame" refiriéndose al clericalismo católico, o las obras de Spinoza, que no encontraba palabras suficientemente duras para condenar a los teólogos retrógrados. El colonialismo, el racismo o la discriminación en función del origen de las personas son abyecciones, por supuesto. ¿Pero no lo son también la opresión de las mujeres, el credo impuesto, la clasificación identitaria excluyente, la religión transformada en dominio político? ¿Deberíamos callarnos frente a las segundas con la excusa de luchar contra las primeras?

Sin duda, una medida legislativa que prohíbe el uso de signos religiosos ostensibles no soluciona todos los problemas, cosa que por otra parte no pretende. Pero protege el espacio público, común a todos, del peligro que lo amenaza si, en nombre de la tolerancia de un laicismo supuestamente "abierto" o "plural", se llegara a fragmentarlo, a hacer concesiones a los comunitarismos, a quebrar la unidad de la ley que, en el sistema republicano, nos protege de los grupos de presión. El laicismo no necesita que se le añadan adjetivos. Desde hace diez años, el llamado laicismo "abierto" probó su fracaso. Los representantes del principal sindicato de directores de establecimientos escolares, al igual que numerosos profesores, manifestaron su hartazgo de tener que aplicar un "derecho local", es decir de verse librados a la geometría variable de las relaciones de fuerza. Es a ese mensaje, y a los llamados de auxilio de mujeres que no reniegan de su cultura ni de su espiritualidad, pero que no aceptan seguir estando sometidas o amenazadas diariamente, que la Comisión decidió responder proponiendo una gran ley sobre el laicismo, con las mismas exigencias para todas las religiones, que sería falso e inadmisible presentar como una ley de excepción y de estigmatización.

Ley y diálogo

Al comienzo, la Comisión Stasi no estaba convencida de elaborar esa ley, y fue con total libertad de alma y conciencia que sus miembros fueron sumándose a la idea. La misma diversidad de esos miembros alcanza para rechazar cualquier acusación de prejuicio.

La escuela laica es uno de los últimos lugares en priorizar todo lo que une a los seres humanos sobre todo lo que los separa. Razón por la cual no debe estimular las diferencias de identidad o la estigmatización sexista, sea por motivos religiosos o no. Por ello no niega las "diferencias" como lo pretende la eterna prédica de algunos, entre ellos muchos verdaderos anti-republicanos. La escuela laica se preocupa simplemente de que el régimen de afirmación de esas diferencias siga siendo compatible con el universalismo de los derechos y con la libertad que tiene cada cual de definirse o de redefinirse sin tener que jurar fidelidad a ningún grupo.

Aprender matemáticas o historia no es como comprar estampillas en el correo o tomar el tren. La actividad de investigación y de apertura al conocimiento es incompatible con la afirmación perentoria de una identidad que tiene más de imaginada que de libremente elegida, sobre todo a una edad en que el individuo está en plena formación. El terreno escolar no es anodino, y no se le puede aplicar el mismo régimen de libertades que a la calle o a la plaza pública. Muchos alumnos son menores y es irrealista imaginar que son enteramente autónomos en su forma de ser o de hacer. Una adolescente de trece años cubierta por el velo y que recita de memoria una decisión del Consejo de Estado da una idea de lo que puede ocultarse tras la "libertad de los alumnos".

La concordia interna de la escuela se debe en gran medida a que los alumnos en principio no piensan en singularizarse o desmarcarse. Si lo hicieran, incitados por alguna presión malintencionada, no habría que alentarlos. La regla no prohíbe la expresión discreta de una creencia o de una convicción, sino que proscribe cualquier manifestación de pertenencia religiosa a través de una vestimenta o de un símbolo. Algunos responsables de establecimientos escolares informaron que en los patios de ciertos liceos ya se habían formado grupos de alumnos de la misma religión, con los consecuentes riesgos de tensiones y enfrentamiento que ello implica. El día de mañana miles de muchachas darán las gracias a la República por haber preservado su derecho a ir a la escuela con la cabeza descubierta y a sentarse junto a varones con el mismo status que ellos.

No cabe en este caso oponer la ley al diálogo de la persuasión educativa, como si se tratara de opciones excluyentes. No es posible dialogar y persuadir cuando al mismo tiempo se desarrolla una pulseada destinada a probar la resistencia del laicismo y del sistema republicano. Sólo la ley permitirá un verdadero diálogo, pues entonces la suerte de esa norma ya no estará en juego. Todo el mundo sabe que el trámite pedagógico es incompatible con una relación de fuerza. ¿Y cómo creerles a quienes reclaman el diálogo en el seno de la escuela, sin prohibir el uso del velo, cuando en ciertos barrios las muchachas que deciden no llevarlo son apedreadas o injuriadas?

Por cierto, el laicismo no lo puede todo. Hace valer simultáneamente derechos y obligaciones. Pero existen situaciones sociales que hacen poco creíbles los derechos, y de entrada colocan en mala disposición a quienes son sus víctimas para asumir sus obligaciones respecto de la República laica. Sería injusto sacar la conclusión de que las exigencias del laicismo son ilegítimas y renunciar a defenderlas. Más aun teniendo en cuenta que en numerosos casos lo que está en juego no son las injusticias sociales, sino un proyecto político de oposición al laicismo. Pero es indudable que la preocupación por afirmar el laicismo no puede ignorar las condiciones sociales que lo harán creíble.

La lucha política contra la violencia integrista debe ser entendida como la preocupación por promover una conciencia lúcida respecto del verdadero origen de los problemas, en lugar de un diagnóstico falaz que incrimina a la modernidad, la República y la emancipación laica. Estamos frente a una situación bastante parecida a la que describía Marx cuando criticaba, no toda conciencia religiosa, sino a la religión utilizada como "alma suplementaria para un mundo sin alma". En Gran Bretaña, la retirada del Estado y de los servicios públicos de los "barrios periféricos difíciles" tuvo objetivamente como efecto la "delegación" de la cuestión social en los integristas religiosos, que se permiten el lujo de desplegar un discurso anti-capitalista. Hay que tener presente ese ejemplo y sacar conclusiones para Francia.

Fanatismo de la diferencia

El integrismo religioso en realidad es cómplice de la desregulación liberal a ultranza que hoy en día causa estragos. Objetivamente, en la medida en que evita cuidadosamente formular el verdadero diagnóstico, que sólo debería acusar al capitalismo. Subjetivamente, pues el mantenimiento de una conciencia mistificada que fataliza la globalización capitalista liberal afirmando de manera deshonesta que es la única manifestación posible de la modernidad, genera desesperanza, invalida cualquier real alternativa social y propone como única "solución" la caridad.

Es tiempo entonces de reactivar simultáneamente las auténticas palancas de la emancipación humana: la lucha social y política contra todas las desregulaciones capitalistas y por la promoción de los servicios públicos, que producen solidaridad y no caridad 2; la lucha por una emancipación intelectual y moral de todos, para que una conciencia lúcida sobre las verdaderas causas permita resistir a la fatalidad ideológica; la lucha por la emancipación laica del derecho, garantía de libertad para todos los seres humanos, que así serán promovidos a la verdadera autonomía ética: elegir su modo de vida, su sexualidad, su tipo de relación con los demás dentro del respeto de la leyes comunes, tener libre acceso a los métodos anticonceptivos o al aborto.

Se dirá que las desigualdades sociales y culturales existentes entre las diferentes familias hipotecan la igualdad de posibilidades a la que aspira la escuela pública y laica. Es muy cierto, pero ese diagnóstico no pone en tela de juicio a la escuela, sino que remite a las injusticias sociales e incita a una acción apropiada.

La existencia de discriminaciones, reflejo de un racismo corriente que persiste, debe ser evocada como telón de fondo de la reflexión, como todo aquello que fragiliza el laicismo. Entre otras cosas, la discriminación de ciertos candidatos a un empleo, a menudo padecida sin medios para defenderse, puede llevar a quienes son víctimas de ella a perder las esperanzas en el modelo republicano y en los valores que le son propios. Así, mientras la escuela laica trabaja en favor de la emancipación brindando las condiciones intelectuales para alcanzarla, la sociedad civil reintroduce una desigualdad.

No es de extrañar entonces que una especie de conciencia victimista lleve a valorar a contrario el propio origen así estigmatizado, y hasta a mistificarlo a través del fanatismo de la diferencia. A partir de allí, el peligro de un deslizamiento hacia el comunitarismo no está lejos. La magnitud de los principios no debe verse desmentida por la bajeza de las acciones. Porque el laicismo no es una particularidad accidental de la historia de Francia, sino una conquista de alcance universal que debemos preservar y promover.

  1. Esa comisión toma su nombre de Bernard Stasi, mediador de la República desde 1998, quien la presidió. Estuvo compuesta por 20 miembros, y tuvo a su cargo reflexionar sobre la aplicación del principio del laicismo. Fue creada el 3 de julio de 2003 por el presidente francés, Jacques Chirac, y dio a conocer sus conclusiones el 11 de diciembre del mismo año.
  2. Carlos Gabetta, "Piqueteros, velo islámico y deuda social", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, enero de 2004.

La excepción francesa

Vidal, Dominique

"¿Cómo es posible? ¿Cómo Francia, considerada la patria de los derechos humanos y de la democracia moderna, puede practicar semejante discriminación?"1. Tal es, según el diario de Varsovia Gazeta Wyborcza, la reacción de los polacos ante la cuestión del velo. Ciertamente se la podría descalificar invocando el peso de la iglesia católica en Polonia. Pero la casi totalidad de los vecinos europeos se sorprende de la vivacidad del debate francés sobre esta cuestión. A muchos de ellos, recurrir a la ley para prohibir el uso del pañuelo incluso les parece incongruente.

Pero, a decir verdad, no hay motivo para sorprenderse. Porque el "laicismo a la francesa" no tiene émulos. En Europa hay muchos Estados que no escapan enteramente a la influencia de la religión, para no mencionar la del monarca reinante. Además, la cuestión de la inmigración islámica no se plantea en los mismos términos, bien porque el peso de la comunidad musulmana sigue siendo marginal, o porque la naturalización por la vía del ius soli está excluida y el comunitarismo suele prevalecer sobre la integración.

Sólo algunos länder (provincias) de Alemania Federal, que tiene 3,2 millones de musulmanes (3,8% de la población), en su mayoría turcos (o kurdos) 2, recurren a la ley en la cuestión del pañuelo. Sorprendida por una docente de origen afgano, la Corte Constitucional de Karlsruhe decidió, el 24-12-03, que las autoridades de Baden-Wurtemberg se habían equivocado al prohibirle llevar el velo en clase: el land, explicaban los jueces, debió haber legislado esforzándose por encontrar "una reglamentación aceptable para todos". Transcurridos cuatro meses, diez länder todavía no lo han hecho. Tres (Sarre, Hesse y Berlín) quieren prohibir legalmente el uso del velo en todas las actividades de la función pública, y otros tres (Baden-Wurtemberg, Baviera y Baja Sajonia) sólo en la escuela pública, pero sin incluir en eso a los símbolos cristianos y judíos.

Bélgica, entre Alemania y Gran Bretaña 

Este procedimiento ha suscitado, naturalmente, una viva polémica. En una carta escrita a los dirigentes de la Unión Demócrata Cristiana (UDC) Ángela Merkel rechazaba la prohibición de los signos religiosos en el espacio público, pensando que las tradiciones de inspiración cristiana forman parte de "nuestra cultura". "Este proceso podría culminar en una separación exagerada del Estado y la Iglesia", agregó el ministro de Justicia de Sajonia, Thomas de Maizière. Mientras recordaba que "en principio, el Estado tiene un deber de neutralidad en su relación con las religiones", el presidente (socialdemócrata) del Bundestag, Wolfgang Thierse, precisaba que "la cruz no es un símbolo de represión mientras que el velo sí lo es para las musulmanas". Pero el presidente de la República, Johannes Rau, opinó de otra manera, diciendo que la prohibición debería extenderse a los símbolos cristianos.

No hizo falta más para que las iglesias intervinieran en la polémica. No se puede poner a la cruz en el mismo plano que el velo, replicó el cardenal Karl Lehman, que dirige la conferencia episcopal. Y el cardenal Ratzinger, jefe de la Congregación para la doctrina de la fe del Vaticano y consejero cercano de Juan Pablo II, tomó oficialmente posición durante la misa de año nuevo: "Yo no prohibiría a una musulmana llevar el velo, pero mucho menos dejaría que nadie prohibiera la cruz como símbolo público de reconciliación" 3.

Estas contradicciones remiten en realidad al ambiguo estatuto de la religión en Alemania. La Ley fundamental de 1949 retomó un artículo de la Constitución de la República de Weimar (1919) que no separaba claramente al Estado y la Iglesia. Se limita a afirmar que "no hay una Iglesia del Estado" y garantiza un "tratamiento igual a cada religión". Más aun: el preámbulo de la actual Constitución indica que ha sido redactada "con conciencia de la responsabilidad del pueblo alemán ante Dios y el hombre". De hecho, en las escuelas públicas las religiosas tienen derecho a enseñar con hábito, los crucifijos están autorizados en las aulas y en los programas deben figurar cursos facultativos de religión. Y lo que es más, el Estado le cobra a 55 millones de cristianos un impuesto que luego entrega a las iglesias.

Gerhard Schröder, el primer canciller que no invocó a Dios al prestar juramento, señaló poco antes de Navidad que Alemania no era "laica, sino secularizada" y que estaba impregnada de la "religión judeo-cristiana". También declaró: "Los pañuelos no tienen cabida entre las personas empleadas por el Estado, incluidas las docentes. Pero no se le puede prohibir a una chica que vaya a la escuela con un pañuelo".

Más radicales, las setenta mujeres del colectivo lanzado por Marieluise Beck, a quien se le encomendó el tema de la integración en el gobierno federal, aseguran: "Si prohibimos el acceso a la enseñanza de las mujeres con velo en general, sin conocer sus motivaciones individuales, perjudicamos en primer lugar a las mujeres que quieren tomar el camino de la emancipación a través del trabajo".

"La cultura y la historia de Francia hacen que los franceses tengan un punto de vista diferente del nuestro sobre el laicismo y el uso de símbolos religiosos. (...) En Gran Bretaña nos sentimos cómodos con la expresión de la religión, tanto si se manifiesta llevando velo, un crucifijo o la kipá. (...) La integración no exige la asimilación. (...) La identidad británica contiene diferentes nacionalidades y tradiciones religiosas. (...) La diversidad forma parte de nuestra fuerza. (...) Estamos orgullosos de nuestro país multicultural" 4. Esta declaración del secretario de Estado del Foreign Office, Mike O'Brien, no podría expresar mejor el abismo que separa la visión británica de la problemática francesa.

En el Reino Unido (que tiene 2 millones de musulmanes, esencialmente de origen indo-pakistaní, el 3,4% de la población), los directores de establecimientos escolares públicos tienen libertad para dictar el reglamento interno. La mayoría de ellos autorizan el pañuelo, la kipá y el turbante sikh. En los hospitales se tolera la vestimenta islámica cuando es objeto de una demanda explícita. Incluso la policía acepta en su seno el pañuelo y el turbante... John Henley, en The Guardian, considera al laicismo como un "concepto abstracto, incluso absurdo, para quienes están habituados a la noción del multiculturalismo británico o estadounidense". Y John Lichfield, en The Independent, califica el debate francés sobre el velo como "esotérico".

Bélgica (con 300.000 musulmanes, 2,9% de la población) está ubicada, en la cuestión del velo, entre Alemania y Gran Bretaña 5. No tiene una legislación federal para las escuelas, pero éstas son libres de dictar sus propios reglamentos internos y, dado el caso, prohibir el velo. Hasta ahora los escasos conflictos -sobre todo dentro de la comunidad francesa- se han solucionado amigablemente. Sin embargo, aumentaron después de la prohibición del velo en una escuela de Bruselas y de las protestas que suscitó dentro de la comunidad musulmana.

Desde entonces, dos parlamentarios francófonos (la socialista Anne-Marie Lizin y el liberal Alain Destexhe) presentaron una propuesta de ley referida a la prohibición de la vestimenta religiosa en las escuelas y para los agentes de la función pública. Pero el gobierno no parece dispuesto a apoyarlos en pleno período electoral... Para el presidente del Partido Socialista, Elio di Rupo, "hay que dejar madurar la reflexión, sin prejuicios".

Tolerancia en Holanda, Dinamarca y España 

Holanda (300.000 musulmanes, el 1,9% de la población) pretende ser todavía más tolerante: la ley prohíbe allí toda discriminación religiosa y el velo se lleva en las escuelas públicas. Lo mismo ocurre en los países escandinavos que, en nombre de la libertad de culto, toleran el velo en la enseñanza, tanto pública como privada. En Suecia (350.000 musulmanes, 4% de la población), sólo se rechazó la exigencia de llevar la burka por parte de dos alumnas de origen somalí del Liceo Göteborg, porque impide a los docentes reconocer a sus alumnos. En Dinamarca (170.000 musulmanes entre 5,3 millones de habitantes) el Partido del Pueblo Danés (de extrema derecha) propuso, en el verano de 2003, una ley de prohibición del velo. La coalición conservadora-liberal endureció su discurso contra el velo, pero sin recurrir a la ley. "Digan lo que quieran sobre el velo, pero no estoy a favor de una prohibición nacional. Es algo que se opone al principio de libertad de expresión", declaró el ministro de Integración, Bertel Haarder.

La misma situación se da en España (300.000 musulmanes, el 0,7% de la población), donde el velo se lleva tanto en las escuelas públicas como privadas 6. Sólo en Madrid hubo un conflicto serio, hace dos años: la dirección del liceo privado Juan de Herrera se opuso a que una marroquí de 13 años llevara el velo en clase; la niña fue simplemente transferida a una escuela pública. Pilar Castillo, ministra de Educación, opinó a fines de diciembre de 2003 en el diario El País que, si bien la demostración de signos religiosos en las escuelas no es "apropiada", tampoco debe ser "prohibida". Si el gobierno de Aznar mantiene reserva al respecto, explica el diario madrileño, es porque las cruces ya han sido retiradas de la mayoría de los centros públicos de enseñanza y, sobre todo, porque los consejos escolares tienen suficiente autonomía como para tomar decisiones sobre este tema...

Velos y cruces en Italia, laicismo turco

En Italia (800.000 musulmanes, el 1,4% de la población), la cuestión del velo tampoco es un tema de actualidad. La inmigración, reciente, no ha llegado todavía al estadío del reagrupamiento de las familias, y comprende entonces una proporción reducida de mujeres y niñas. Paradójicamente, fue la presencia de un crucifijo en un aula de la escuela primaria de Ofena, una pequeña población de los Abruzzos, lo que generó un escándalo. El juez Mario Montanaro, interpelado por el padre de un alumno musulmán, Adel Smith, fundador del Partido Islámico Italiano que alimenta las crónicas desde hace dos años, a fin de octubre de 2003 ordenó descolgarlo: "El crucifijo -aseguró- expresa una adhesión implícita a valores que no forman parte de la herencia común de todos los ciudadanos".

Este juicio provocó un clamor de protesta general, que llegó al presidente de la República, Carlo Azeglio Ciampi, quien insistió en el "símbolo de los valores que están en la base de nuestra identidad". Y el Papa, pensando que "el reconocimiento del patrimonio religioso específico de una sociedad exige el reconocimiento de los símbolos que la califican", afirmó: suprimirlos "en nombre de una interpretación incorrecta del principio de igualdad" puede convertirse en "un factor de inestabilidad y, en consecuencia, de conflicto". No sólo el crucifijo del aula de Ofena volvió a su lugar sino que la escuela está ahora ornada con otro, gigante, regalo de un convento vecino. Preciso es decir que la polémica no tiene nada de nuevo, y con razón, porque, si bien desde la Segunda Guerra Mundial el catolicismo ya no es religión del Estado, una ley que data de 1923 prevé la presencia de crucifijos en las escuelas...

Si los parlamentarios franceses votan la ley que se les ha propuesto, la política de Francia en materia de signos religiosos se parecerá sobre todo a la de Turquía, país musulmán pero de un estricto laicismo. La ley prohíbe allí llevar pañuelo en las escuelas y universidades, y en los edificios públicos. Las autoridades se muestran tradicionalmente muy vigilantes con relación a esta cuestión porque la reivindicación de llevar libremente el velo suele significar una forma de apoyo activo al islam político.

Surgido de esa corriente, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) del primer ministro Recep Tayyip Erdogan, que llegó al poder en noviembre de 2002, retomó sin embargo la herencia laica de Kemal Ataturk, pero no al punto de justificar la prohibición de llevar el pañuelo ante la Corte Europea de Justicia. En 1998 una estudiante apegada a su pañuelo, Leyla Sahin, que por esa causa no pudo terminar sus estudios, se presentó ante la Corte, que acusó efectivamente a Ankara de atentar contra las libertades 7. ¿Será condenada Turquía por aplicar una ley que en Francia pronto estará vigente?

  1. La Croix, París, 9-1-04.
  2. Las estadísticas relativas a los musulmanes varían mucho según la definición del término "musulmán". Sobre Alemania, cf. AFP, 9 y 21-12-03; y 1 y 5-1-04.
  3. Reuters, 5-1-04.
  4. Associated Press, 18-12-03.
  5. Sobre Bélgica, cf. AFP, 5-1-04.
  6. Sobre España, cf. AFP, 22-12-03.
  7. Sobre Turquía, cf. AFP, 23-12-03.


Autor/es Henri Peña-Ruiz
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 56 - Febrero 2004
Páginas:32,33
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Derechos Humanos, Estado (Política), Islamismo, Educación
Países Francia