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Nada nuevo que decir

¿Es posible que la violencia que estalló en los suburbios franceses y se extendió brevemente, como un aviso, a Bélgica y Alemania, (re)aparezca en Argentina u otros países de América Latina? Puesto que estos fenómenos se presentan como espontáneos pero no lo son en absoluto y que todas estas cosas ya han ocurrido, algunos apuntes extraídos de un diario personal, unos pocos datos de un artículo anterior y otros sobre la situación actual ayudarán a responder a la pregunta.

1. Caro diario

Buenos Aires, 30-7-1995. "Mediodía. Leía mis periódicos en un bar elegante de la Recoleta, cuando entró un pibe de cinco o seis años. Andrajoso, morochón, fuerte, no medía más de 80 centímetros. Pidió algo de comer y los camareros le dieron un sandwich envuelto en papel de diario. Lo seguí hasta la calle, donde lo esperaba una anciana. Él le dio el paquete; ella lo abrió, tiró descuidadamente el papel, partió el sandwich y le dio el trozo más grande. Se fueron hacia Callao, comiendo en silencio, desabrigados, mientras el viento helado que venía del bajo hacía volar los papeles de la calle. Los miré alejarse un largo rato. Había más determinación en el cuerpecito de ese chico que en el mío. Pensé que sería boxeador, que quizá triunfara, pero que lo más probable es que terminara en la villa con cirrosis de mal vino, o algo peor. Por ahora era sólo un niño caminando quién sabe a cuántas cuadras de su casa en la tarde helada y pidiendo comida con su abuela, mientras otros niños hacían cola para ver Casper, Pocahontas y Batman, las películas de este invierno. Esos están de vacaciones escolares; éste sigue con su laburo de sobrevivencia y a esta hora, las diez de la noche, mientras yo me di una vuelta por el cine para ver Mario, María, Mario, la última de Scola, y me apresto a cenar, el petiso aquél quizás esté llegando ya a la villa con su abuela de la mano, y sienta hambre otra vez."

Buenos Aires, 5-5-96. "La vida es una cuestión personal". Esta aparente perogrullada se me ocurrió paseando por Temperley con una amiga, un tanto achispado (todo hay que decirlo), porque de repente pensé que en ese domingo de sol, después de comer una buena parrillada y mientras paseábamos bajo una arboleda rodeada de casas bonitas, hubiera sido perfectamente lógico y hasta justo que ese marginado que cruzamos, ese ser tiznado, sucio, andrajoso y sin dormir tirando como una bestia de un carro cargado de desechos, nos apuntara con una pistola y nos desvalijara.

¿Por qué no? ¿Con qué moral juzgarlo? ¿Cuál es la razón por la que debería respetarnos? La sociedad en la que mi amiga y yo vivimos y de la que disfrutamos aunque no nos guste, aunque luchemos contra sus aspectos más injustos y aunque nosotros en particular no estemos en la franja más privilegiada, ha expulsado a ese asaltante virtual, lo ha colocado en la vereda de enfrente. Es el miembro de una tribu que tiene todo el derecho del mundo a considerarnos enemigos. Si un individuo nace allí, percibe desde el principio de su vida que ésta es un verdadero infierno y crece viendo del otro lado de alguna línea un mundo rosado y tentador que se le ofrece, pero no le da la menor posibilidad. Nosotros podemos permitirnos respetar las reglas, porque nacimos y crecimos en una sociedad que tenía pobres, pero no marginados, excluidos. "Empieza a sentir y siente / la vida como una guerra", decía Miguel Hernández del niño yuntero. Eso es lo que vuelve a pasarles ahora a una porción cada día más importante de niños y jóvenes obligados a decidir si se detendrán en una esquina con la mano estirada a esperar compasión o si estirarán la mano para tomar lo que nadie les ofrece. Su moral no puede ser la nuestra, porque por no darles, no les damos nada.Volvemos, poco a poco, al medioevo, o más atrás, a la tribu."

Buenos Aires, 12-5-1996. "Los diarios de hoy ponen en portada el entierro del jefe de una banda en Caseros, provincia de Buenos Aires. Tenía 22 años y varias muertes en su haber, entre ellas las de dos policías. Lo mató a mazazos un boliviano, el dueño de un almacén del barrio, cuando el bandolero apuntaba a su hija con un revólver y amenazaba matarla si no se le entregaba una cocaína que al parecer no existía. Pero eso sería sólo otro fait divers. Lo que primero la televisión y luego los diarios mostraron como si fuera una película de Scorsese fue el entierro del joven malhechor. Una caravana de coches llenos de gente armada con fusiles y ametralladoras, una salva de más de cincuenta disparos en el momento de la sepultura, unos porros de marihuana ostensiblemente fumados ante las cámaras, con la policía "vigilante" a la respetuosa distancia de cien metros.

El doble poder. Lo que la guerrilla intentó hace veinte años lo van logrando los narcos ahora. Me enojé con una colega porque intentaba hacerme ver esto a la manera de un periodista de los que abundan; como algo "divertido" y "con mucha imagen". ¿Cómo verlo de ese modo? Desde mi punto de vista, lo que pasaba allí es que las dos tribus armadas, la policía y la mafia del barrio, nos hicieron a todos los demás, al resto de la sociedad, una exhibición de su connivencia obscena y provocadora, un pito catalán. Nos advirtieron que cada vez más el poder son ellos y que esta sociedad se fragmenta, explota, se divide y que, como el Universo cuando se calmó el big bang, cada uno quedará girando en su órbita. Con una diferencia: no nos separarán millones de kilómetros, sino que compartiremos las mismas ciudades, los mismos mercados, el mismo PBI. Será la guerra de todos contra todos y no importará demasiado quién tenga razón, porque todos la tendremos un poco."

2. Datos de un viejo artículo

Revista 3Puntos, Buenos Aires, 14-11-1997. "¿Qué pesticidas, qué sonidos y barreras de fuego se utilizarán contra la pobreza masiva? Hace ya años que los habitantes del centro de Río de Janeiro observan por la noche, con una punta de angustia, el parpadear de esas infinitas luces y pequeños fuegos que arriba, en las favelas del morro, les recuerdan que allí viven millones de desesperados. Esa gente podría bajar un día, galopando en sangre y barro, hasta enterrarlos en el mar.

¿Ficción, paranoia social? Quien resulte tentado por esas interpretaciones fáciles, recuerde que en 1989, al cabo de un par de meses de hiperinflación, cientos, quizá miles de desesperados mucho más recientes que los habitantes de las favelas cariocas asaltaron supermercados en Rosario y otras ciudades de la (entonces todavía) bien nutrida República Argentina. Por la  misma época pasó lo mismo en Caracas. Aunque políticos, economistas, sociólogos, periodistas y psicoanalistas a la violeta sigan negándola o atribuyéndole causas y motivaciones disparatadas, ¿qué otro origen que la marginación puede tener la enloquecida violencia que hasta hace poco llamábamos "urbana" y ahora agrieta la calma chicha de Cipolletti y torna asesinos a alumnos de escuela primaria? El círculo es perfecto: se empieza por no tener trabajo o, lo que viene a ser lo mismo, por trabajar doce o catorce horas por día para ganar al mes apenas lo que se necesita para vivir mal una semana; se sigue por perder toda esperanza y acumular desaliento. Los hijos de este trabajador no habrán ido a la escuela o la habrán abandonado; habrán visto la inutilidad del sacrificio y luego la depresión, la degradante y miserable vejez y muerte de sus padres. Entretanto, ellos deberán crecer y vivir. Si trabajar no es posible; si estudiar no tiene sentido; si aun trabajando la vida es miserable y los maestros y profesores son tan pobres y están tan deprimidos como nuestros padres: ¿dónde está; qué es el futuro? En menos de un par de generaciones, la pobreza absoluta convierte a los descendientes de un pacífico clasemediero en desdentados violadores. Si tienen talento y ambición, en implacables mafiosos.

Hasta hace muy poco, éste era un fenómeno exclusivo de los países subdesarrollados. (...) Pero el último estudio europeo sobre ingresos revela que entre 1988 y 1993 el número de hogares pobres pasó del 14 al 16% en Francia; del 10,8 al 13% en Alemania y del 17 al 23% en Gran Bretaña. En el país más rico de Europa y uno de los hasta ahora más igualitarios del mundo, Alemania, 4,5 millones de personas están sin trabajo; un millón participa en programas de empleo y casi tres millones viven de la ayuda social del Estado: son desempleados crónicos. En cuanto a los afortunados que trabajan, sus salarios están congelados desde 1989, lo que ha estancado el consumo.

"Cada año, nuestras políticas actuales dan por resultado dos millones de personas que se suman al número de desempleados permanentes. Uno de cada cinco jóvenes queda fuera de la educación y sistema social, sin ninguna calificación. Sólo uno de cada diez desempleados europeos consigue ingresar en un programa de capacitación", afirmó el Comisionado Europeo para el Empleo y los Asuntos Sociales, Padraig Flynn, en un congreso realizado en Barcelona. El círculo es de hierro: las nuevas tecnologías permiten prescindir cada vez más de la intervención humana en la producción; menos trabajadores significa menos aportes al sistema de protección social, pero más costos para éste. La inevitable consecuencia es la crisis del sistema, la consiguiente desprotección de los desempleados y, en poco tiempo, la fractura social. En la sociedad más rica del mundo, Estados Unidos, 40% de los ciudadanos carecen de toda cobertura social; más de cinco millones no tienen ni techo: son los homeless. Aunque en Estados Unidos el problema del desempleo aún es mínimo (4,9%), la sociedad de "dos velocidades" ya se ha instalado y la fosa que separa a una de otra no hace más que crecer, debido a la despiadada competencia que hace bajar los salarios hacia niveles del siglo pasado. Un botón de muestra: el DRH (Director de Recursos Humanos) de Duke Power, confió a Le Monde: "Tenemos varias políticas de recursos humanos (pero el objetivo) es comprar talentos, remunerar en relación estricta con los resultados; cambiar la política de remuneración y protección social; utilizar el sistema de recompensas para eliminar a los más débiles; poner en ejecución programas precisos para eliminar trabajo" (el subrayado es nuestro). En consecuencia, un trabajador estadounidense puede llegar a ganar cuatro dólares la hora (menos que una mucama hoy en Buenos Aires) sin protección social alguna, mientras el gerente de su empresa, "remunerado según los resultados", obtendrá 250.000 dólares al año, o mucho más.

"Los pobres más pobres, los ricos más ricos", tituló el semanario alemán Der Spiegel, citado por Clarín. "El número de personas que reciben ayuda social del Estado creció en Alemania Occidental de 922.000 en 1980 a 2,3 millones en 1995. El número de millonarios se incrementó en el mismo lapso de 67.000 a 131.000." El mismo día que en Francia el Socorro Católico denunciaba un fuerte aumento de la pobreza (dos millones de personas: "el fenómeno es la instalación de esta gente en una miseria durable", dice el SC), The Buenos Aires Herald informaba que el negocio de los autos blindados va viento en popa en Brasil, debido a la delincuencia. "Hay alrededor de 250.000 personas que ganan entre 200.000 y un millón de dólares: ése es nuestro mercado", declara el fabricante."

3. Datos de hoy (Argentina)

Buenos Aires, 25-11-05. Según datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) para la primera mitad de este año, la mitad de los trabajadores ocupados (casi 7 millones) gana menos de 550 pesos mensuales. Es decir que sobre 15.680.000 personas ocupadas, el 50% no alcanza a cubrir la canasta de alimentos, que llega a $809 para una familia tipo. Sólo el 20% de los asalariados gana más de 1.000 pesos. Entre los 7 millones se encuentran: a) los que reciben planes sociales de $150 y realizan alguna actividad laboral; b) una gran parte de los trabajadores (4 millones) que trabajan en negro, con promedio de $500 mensuales; c) un segmento de los 3,5 millones de cuentapropistas no profesionales con ingresos medios de $482 mensuales y un segmento de trabajadores estables y sindicalizados 1.

Por último, lector, tenga a bien leer el dossier que sigue sobre los sucesos en Francia y el dossier sobre la OMC (pág. 12); recuerde hechos recientes como la indignación popular que acabó en la quema de la estación de ferrocarril de Haedo en noviembre pasado y piense en que muchos desocupados argentinos se han organizado como piqueteros y aún reclaman al Estado y la sociedad un trabajo digno; que muchos marginados juntan cartón y comida por las noches hurgando en la basura porque unos y otros han quedado fuera del sistema más o menos recientemente y guardan hábitos organizativos, institucionales, aunque casi todos resulten explotados por los aparatos clientelares de los partidos o mafias empresarias. ¿Pero cuánto puede durar su esperanza, su ya relativo pacifismo?

Y sobre todo: ¿cómo serán y qué harán sus hijos?

  1. Julio Godio, Rebanadas de Realidad, Buenos Aires, 14-11-05.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 78 - Diciembre 2005
Páginas:3