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Estallido en los suburbios franceses

Numerosos comentaristas, tanto franceses como extranjeros, perciben en esta crisis los preludios del desmoronamiento de la sociedad francesa bajo los embates de aquellos a quienes presentan alternativamente como "hordas de lobos", "enemigos de nuestro mundo" o vanguardia esclarecida de un subproletariado "poscolonial". Insisten sucesivamente en el fin del "modelo francés", el "desarrollo de una sociedad paralela al margen de las leyes de la República" o la "crisis de la civilidad urbana". Antes de expresar estas grandes generalidades según sus intereses políticos y sociales, estos observadores deberían atenerse más modestamente a los preceptos básicos de análisis del accionar colectivo. Para comprender estos desórdenes, conviene en efecto remitirse a sus condiciones sociales, las razones de su desencadenamiento y su carácter contingente, ya que las mismas causas no siempre producen los mismos efectos.

Como telón de fondo de estos actos de violencia se registra ante todo una crisis de proliferación de los sectores populares, profundamente afectados por las consecuencias de la crisis económica iniciada en la segunda mitad de los años 1970 y las transformaciones generadas por el tránsito a un modelo postfordista de producción. La automatización, la informatización y las deslocalizaciones generaron un desempleo masivo, que se conjugó con la generalización del recurso a trabajadores y empleos temporarios. Estos dos factores incrementaron la precarización de las condiciones de vida de los sectores populares que el advenimiento de una sociedad salarial, fundada en el crecimiento económico y un estado social fuerte, había contribuido a reducir 1.

Este fenómeno afecta particularmente a los jóvenes. En los barrios que fueron noticia estas últimas semanas, los datos del Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos (INSEE) señalan tasas de desempleo considerables en la franja de 15-24 años: 41,1% en el barrio Grande Borne, en Grigny (contra 27,1% en la comuna); 54,4% en Reynerie y Bellefontaine (contra 28,6% en Toulouse); 31,7% en Ousse-de-Bois (contra 17% en Pau); 37,1% en el complejo habitacional de Clichy-sous-Bois (contra 31,1% en Montfermeil); 42,1% en Bellevue, Nantes (contra 28,6% en Saint-Herblain)... los barrios sufren más que el centro. Este desequilibrio salarial no sólo tuvo efectos económicos: alteró además las referencias de los jóvenes de los sectores populares. En efecto, reintrodujo la incertidumbre respecto del futuro y, al impedir que los individuos hagan proyectos a largo plazo (inmobiliarios, matrimoniales, de diversión), los encierra en el presente y en una supervivencia cotidiana permeable a los pequeños desvíos.

Al mismo tiempo, la masificación de la enseñanza permitió la continuidad en el sistema escolar de adolescentes que habrían sido excluidos de éste, induciéndolos durante un tiempo a alimentar esperanzas de ascenso social que los alejan aun más del mundo obrero de sus padres 2. Esperanzas además disipadas rápidamente, ya que la escuela no transforma las jerarquías sociales. Esta desilusión tuvo como consecuencia la banalización de las protestas, las provocaciones y sobre todo el abandono del sistema escolar: el porcentaje de personas no calificadas es del 30% al 40% en los barrios mencionados, contra un promedio del 17,7% a nivel nacional.

Finalmente, habría que añadir los efectos de las políticas urbanas de estos últimos veinte años que -sin convertirlos en guetos- concentraron en algunos barrios periféricos a familias numerosas, a menudo desarraigadas y que son las que más sufren las formas de precariedad existencial 3.

Esta crisis de los sectores populares es pues profundamente social. Se tradujo a la vez en la decadencia de sus formas colectivas de organización (sindicatos, partidos políticos) y en una exacerbación de la competencia en su seno, entre "franceses" y "extranjeros", pero también entre obreros "con estatuto" y "trabajadores temporarios de por vida". Generó un profundo malestar y un repliegue en el espacio doméstico que, a partir de comienzos de los años 1990, será interpretado por los políticos como un "reclamo de seguridad" de este sector de sus electores.

Responsabilidad policial 

La evolución de las estrategias policiales parte de esta relectura de las relaciones sociales como cuestión de seguridad. A partir de este período, se dio prioridad a una policía de intervención en vez de a una policía de investigación o, como fingen creer los responsables socialistas, a una policía de proximidad. El desarrollo de las brigadas anti-criminalidad (BAC) es lo más significativo de este movimiento, que algunos policías no dudan en denunciar como una "militarización" de su profesión.

Fuertemente equipadas con material ofensivo y defensivo -balas de goma y pistolas taser (armas no letales de descarga eléctrica)- estas unidades prefieren la "embestida" a la investigación. Lo cual, en un contexto político que insiste en la "reconquista de los barrios", reduce la mayoría de sus intervenciones cotidianas a una represión sin delitos, a controles sin infracciones, que generan tensiones. En consecuencia, su interacción con los grupos de jóvenes suele limitarse a concentraciones sistemáticas durante los controles, cuando no "apedreos", seguidos de inútiles y reiteradas verificaciones de identidad, humillaciones, a veces golpes y frecuentes acusaciones por "ultrajes" y "rebelión".

La prioridad dada a la intervención por sobre la investigación se refleja fielmente en las estadísticas policiales. Mientras que los hechos constatados por los servicios de policía y gendarmería se duplicaron entre 1974 y 2004, el número de personas detenidas por infringir la legislación sobre estupefacientes (ILS) se multiplicó por 39, y por infringir la legislación sobre extranjeros (ILE), por 8,5... Al mismo tiempo, la tasa de esclarecimiento (casos resueltos/hechos comprobados) disminuyó enormemente, pasando de 43,3% a 31,8% . Lo que, en otras palabras, significa que la actividad policial se centra en pequeños delitos cuya verificación resulta de la presencia policial en las calles, así como de la intensificación del control de determinados grupos sociales 4. Esta intensificación es en gran medida responsable del deterioro de las relaciones entre la institución y dichos grupos, y alimenta la llamada violencia "urbana". Suele olvidarse, en efecto, que tanto el orden como el desorden son coproducciones en las cuales las instituciones de seguridad desempeñan un papel tan importante como el público al que se enfrentan.

Entre la degradación económica, social y moral de los sectores populares producto de treinta años de políticas liberales, y las estrategias policiales -pero también sociales- implementadas para controlar a sus hijos 5, no faltan razones para que los suburbios exploten. Cabría preguntarse incluso por qué no explotan más a menudo.

El factor desencadenante de la serie de actos de violencia que afectaron a Francia a fines de octubre de 2005 fue la trágica muerte de dos adolescentes (y las graves heridas sufridas por un tercero) que intentaban escapar a un control en el suburbio de Clichy-sous-Bois. La ira y la indignación en el barrio desembocaron en enfrentamientos con las fuerzas del orden, incendios de automóviles, mobiliario urbano y otras destrucciones. Como siempre, podría decirse. Los "especialistas en violencia urbana" tienden en efecto a ocultar rápidamente la responsabilidad policial en el origen de la violencia colectiva. La ex comisario de los servicios de inteligencia policiales Lucienne Bui-Trong lo recuerda a su pesar, cuando reconoce que la policía estuvo involucrada -directa o indirectamente- en el desencadenamiento de un tercio de los 341 motines registrados por su servicio entre 1991 y 2000 6. Cifra a la que deberían sumarse las decisiones judiciales y los crímenes cometidos por guardias de seguridad privada y particulares.

Desde este punto de vista, los acontecimientos de Clichy-sous-Bois no se distinguen de sus trágicos precedentes, pero tuvieron una difusión sobre la que es preciso reflexionar. Primero, esta prolongación está acompañada de un cambio de naturaleza. Tal como lo comprobaba Jean-Claude Delage, secretario general adjunto del sindicato policial Alliance: "Al principio, los enfrentamientos eran con la policía; hoy se trata más bien de pequeños grupos que se dedican a una suerte de guerrilla urbana sin enfrentarse directamente con las fuerzas del orden" 7. La disminución de estos enfrentamientos se debe al hecho de que más allá del contexto emocional vinculado a la muerte de alguien cercano (familiar, amigo, conocido), no se reunieron las condiciones para que decenas e incluso cientos de individuos enfrenten a las fuerzas del orden.

La furia observada en Clichy, al igual que en otros barrios en ocasión de dramas similares, supera ampliamente a los "jóvenes". Es compartida por un gran número de adultos y familias que, si bien no participan en los enfrentamientos, dicen comprenderlos, lo que es profundamente diferente en una situación en la que un drama se vive a distancia. En este caso, las movilizaciones sólo pueden ser producto de pequeños grupos que se conocen entre sí y adquieren otras formas. Una de ellas es el incendio de automóviles.

Esta práctica no data del otoño de 2005: 21.500 automóviles fueron incendiados en 2003 (un promedio de 60 por noche), en la mayor parte de los casos sin relación con la violencia colectiva. Si bien los motivos son diversos (destrucción de vehículos robados, conflictos familiares, estafas a las compañías de seguros), no es menos cierto que en algunos barrios esta práctica es habitual. Fáciles de provocar y espectaculares, los incendios (de autos, pero sobre todo de contenedores de basura) tienden a convertirse, para los más jóvenes, en un modo frecuente de protesta, uno de los pocos de que disponen estas poblaciones para hacerse oír, en un contexto de desorganización y marginación política.

En efecto, el acceso a formas pacíficas de movilización, que caracteriza la pertenencia a los círculos legítimos de representación, continúa siendo desigualmente accesible según los grupos sociales. El uso de este repertorio de acciones descalificado públicamente no debe confundirse con la delincuencia. Algunos individuos involucrados en los recientes desórdenes tienen, tuvieron o tendrán conductas delictivas. Pero éstas son independientes de las dinámicas observadas estas últimas semanas y de sus manifestaciones. Lo que explica que la mayoría de las personas llevadas ante los tribunales carezca de antecedentes.

Manipulación mediática 

El recurso a una violencia incendiaria, alimentada por años de degradación social, económica y de endurecimiento del control, encontró resortes para desplegarse en el discurso radical del ministro del Interior Nicolas Sarkozy y en la caja de resonancia que constituyeron los medios de comunicación, especialmente la televisión. La mezcla de desprecio social y virilidad guerrera exhibida por Sarkozy en el curso de sus declaraciones públicas fomentó los disturbios. Cristalizó las humillaciones y los rencores localmente acumulados, proporcionándoles un blanco común. Ferviente partidario de la relación de fuerzas, el ministro pretendía sin duda obtener así beneficios políticos de su firmeza, y al mismo tiempo acabar con lo que percibía como resistencias a su política de orden. Este cálculo puede ser acertado a corto plazo, pero incrementó la intensidad de la violencia y dejará huellas indelebles en la memoria colectiva de los complejos habitacionales, con efectos imprevisibles. En cuanto a la influencia de los medios de comunicación, también fue preponderante.

A semejanza de las asambleas generales de huelguistas, que comienzan siempre con la enumeración de las adhesiones de las universidades, o de los establecimientos incorporados al movimiento, toda movilización local saca buena parte de su eficacia de la dinámica colectiva en la cual se inscribe. Que en este caso fue admirablemente recogida por la prensa, con la ayuda de mapas incendiados y el "palmarés" de destrucciones. Más que una lógica de imitación alimentada por la voluntad de hacerlo "mejor" que el barrio vecino, el tratamiento de la información relacionada con la crisis sincronizó, homogeneizó y difundió repertorios de acciones violentas, acreditando así la ficción de un movimiento nacional.

Estos principios básicos de la sociología de la acción colectiva permiten comprender la dinámica de la crisis, e invalidan definitivamente las teorías sobre su manipulación por parte de islamitas radicales o grupos criminales organizados. Estas teorías no son en el mejor de los casos sino la manifestación de la incomprensión de la situación de quienes a ellas recurren, y en el peor, de su cínica utilización para justificar la pérdida de control y/o medidas radicales para enfrentarla.

Porque es sin duda allí donde reside uno de los mayores riesgos de los recientes acontecimientos. Así como el rechazo del Tratado Constitucional Europeo fue reinterpretado inmediatamente por nuestros gobernantes como la voluntad de una mayor desregulación, los disturbios del otoño de 2005 servirán de pretexto para nuevos retrocesos sociales. El certificado de estudios a los 14 años, el probable fin del colegio único y la aceleración de la flexibilización del empleo no calificado son las respuestas dadas por los gobernantes a la incertidumbre de los jóvenes de los sectores populares. Se reforzaría el endurecimiento policial y judicial, cuyos efectos funestos para la cohesión social y el orden público acabamos de describir. La reducción de las prestaciones sociales, con la que algunos funcionarios soñaban desde hacía mucho tiempo, recobró vigor y los informes más reaccionarios (como el informe Benisti o el del Instituto Nacional de Salud e Investigación Médica sobre los "trastornos de los adolescentes") están nuevamente a la orden del día, para patologizar los comportamientos descriptos como "antisociales" de los hijos de las familias modestas y/o de origen inmigrante.

El gobierno, especulando con las rivalidades internas en las clases populares (los que "triunfan" contra "los que no quieren salir adelante"; las "víctimas" contra los "autores"; los "franceses" contra las "familias polígamas") explotará los desórdenes actuales para acabar tanto con las protecciones sociales y salariales como con las formas desordenadas de resistencia al orden desigual que defiende. Esto debería obligar a una izquierda políticamente consecuente a aprovechar la ocasión para presentar un proyecto de transformación, capaz de llenar las fisuras causadas en los sectores populares por treinta años de revolución conservadora.

Los titubeos del Partido Socialista (PSF) con respecto a la prolongación del estado de emergencia, la incapacidad del Partido Comunista (PCF) o de las agrupaciones de extrema izquierda para presentar una alternativa dirigida a aquellos que tienden a convertirse en las "nuevas clases peligrosas" o para integrar sus especificidades, demuestran que no encontraron el camino. Así las cosas, las "soluciones" aportadas a la crisis no harán más que fortalecer las razones que constituyen su origen. La reconstrucción de solidaridades efectivas es más que nunca necesaria. Lo que históricamente ha permitido mejorar su destino colectivo y lograr conquistas sociales a individuos de estatus profesional, confesional y origen diferente es la organización en torno a objetivos políticos comunes. Y eso es lo que los liberales y sus servidores se empecinan día a día en destruir, tanto en los suburbios como en otros lugares.

  1. Robert Castel, Les métamorphoses de la question sociale, Gallimard, París, 1999.
  2. Stéphane Beaud y Michel Pialoux, "La ‘vergüenza' de ser trabajador", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, junio de 2002.
  3. Véase, especialmente, Observatoire des zones sensibles, Informes 2004 y 2005, Editions de la DIV, París.
  4. Y correlativamente, el abandono de la represión de todas las formas de delincuencia compleja, tal como lo reconoce el Rapport au Garde des Sceaux sur la politique pénale menée en 1999, Direction des affaires criminelles et des grâces, abril de 2000, pág. 27.
  5. Laurent Bonelli, "Une vision policière de la société", Le Monde diplomatique, París, febrero de 2003.
  6. Lucienne Bui Trong, Les racines de la violence. De l'émeute au communautarisme, Audibert, París, 2003, págs. 63 y ss.
  7. Radio France Culture, 9-11-05.
Autor/es Laurent Bonelli
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 78 - Diciembre 2005
Páginas:4,5,6
Traducción Gustavo Recalde
Temas Estado (Justicia), Estado (Política), Movimientos Sociales
Países Estados Unidos, Francia