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“Utopiar” el Mercosur

El destino del Mercosur se juega de aquí a comienzos de la década que viene. Asegurado el segundo mandato de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil; casi garantizado otro para Hugo Chávez en Venezuela 1, y bastante probable un segundo para Néstor Kirchner en Argentina, todas las posibilidades están abiertas.

Aquí conviene detenerse a imaginar, a "utopiar" un poco el Mercosur. Un mercado de casi trescientos millones de ciudadanos, de los cuales más de la mitad tiene necesidades básicas insatisfechas, un requisito para el desarrollo productivo al mismo tiempo que poderoso y movilizador objetivo de mayor igualdad; uno de esos casos en que necesidad y virtud van de la mano. "Utopiar" un Mercosur compuesto por cinco países que hayan sabido entretejer acuerdos no exentos de conflictos y tropiezos, pero basados en una estrategia consensuada y apoyada en planes concretos de desarrollo económico y social.

A la manera, sí, de la Unión Europea, pero con tantos más problemas como posibilidades. En otro contexto territorial e histórico; en otro punto de desarrollo político, económico y social. Pero igualmente dotado en material humano y mucho más en riquezas naturales. El Mercosur no es, por ejemplo, dependiente en materia de energía. Y dispone de técnicos, científicos, investigadores; instituciones y sistemas educativos perfeccionables pero vigentes; una naturaleza rica y los medios y conocimientos para aprovecharla.

El Mercosur se encuentra ante un panorama mundial en el que campean, de un lado, el proteccionismo de los países desarrollados y sus presiones globalizadoras sobre los demás. Del otro, el modelo de desarrollo chino, basado en una explotación despiadada, que se presenta a la vez como un mercado voraz, un socio posible y una competencia temible.

Los países del Mercosur acaban de pasar, o están saliendo, de un período que bien podría calificarse de una sumisión consentida, incluso solicitada, por sus élites y buena parte de sus sociedades: la experiencia neoliberal. Parados ahora sobre esas ruinas y en pleno rearme político y moral, sólo tienen que abrazarse a sí mismos y construir la masa crítica que les permita plantarse con posibilidades ante cualquiera, en todos los terrenos y circunstancias.

Un Mercosur así, podría "blindarse" de los avatares del mundo, sin romper ni por un momento sus relaciones, sino sólo para defender sus proyectos, intereses y valores. Un Mercosur así podría acoger progresivamente a países vecinos como Bolivia, ya en camino, o Ecuador, donde el candidato de izquierdas Rafael Correa se adjudicó una victoria clara en las elecciones presidenciales de noviembre pasado. Un Mercosur así podría ejercer una atracción poderosa sobre las sociedades peruana y colombiana. Un Mercosur así sería el basamento de la Unión Sudamericana y podría extender su influencia al resto de América Latina y el Caribe. Un Mercosur así podría, y no es demasiado "utopiar", romper por sí mismo el bloqueo a Cuba, con el apoyo silencioso pero activo de poderosas fuerzas en Estados Unidos, abriendo de este modo las puertas a otro tipo de relaciones con el norte de América.

El papel de Brasil y Argentina 

Pero no este Mercosur. Si se miran las cosas desde la perspectiva de los gobiernos que realmente lo dinamizaron, es decir los actuales, el balance no es malo. Ingresó Venezuela. Se anunciaron proyectos, se creó una comisión coordinadora. Sobre todo, se rechazó claramente el ALCA, la propuesta de Estados Unidos. Hubo incluso un esbozo de Unión Sudamericana y hasta una clara demarcación de aguas, cuando Venezuela, por propia iniciativa -ya que no había esa condición- se retiró de la Comunidad Andina e ingresó al Mercosur.

Pero aunque eso es mucho en términos políticos, resulta muy poco en términos concretos. La inédita posibilidad que tienen los gobiernos actuales de hacer avanzar el Mercosur los pone ante la responsabilidad de dejarlo en condiciones estructurales lo bastante sólidas como para que cualquier vuelta atrás resulte muy dificultosa, si no imposible.

Esas condiciones son una nueva base jurídica orientada a garantizar no sólo la seguridad empresaria, sino la aplicación de una nueva orientación estratégica hacia la soberanía, el desarrollo social y un funcionamiento institucional transparente y de calidad en cada uno de los países. En paralelo, la puesta en marcha concreta de esas instituciones en el propio Mercosur, acompañada de obras de infraestructura comunes y de un mecanismo realista de acción conjunta que elimine los roces "nacionalistas" entre los miembros.

Esto representa, en el fondo, un cambio cultural que posibilite que eventuales gobiernos de derechas se vean obligados a continuar la estrategia de integración, tanto en defensa de sus propios intereses como porque las instituciones y la opinión de los ciudadanos no les permitan otra cosa. Y que entre los ciudadanos existan corrientes de opinión pro y contra sin que el proceso tenga posibilidades materiales de detenerse y, en el camino, se aprovechen los frutos de un intercambio de intereses y opiniones que, bien mirado, no represente otra cosa que los avatares del interés común. Gran Bretaña todavía tiene un solo pie en la Unión Europea, porque la mayoría de su población se opone al ingreso absoluto.

En el caso de los pujos "nacionalistas", que a veces esconden intereses del momento y otras expresan puros reflejos sentimentales, la clave es un sobrio realismo. Se habla mucho, y con razón, de que Brasil y Argentina deben jugar en el Mercosur el mismo papel de motor que Alemania y Francia en la Unión Europea. Pero lo que no se dice es que Alemania y Francia fueron "países donantes" desde el principio; que aún lo son. Eso significa que, para decirlo en términos muy simples, "ponen" dinero, al tiempo que otros países lo reciben, bien a largo plazo y bajo interés, bien a fondo perdido. También aportan otros recursos, incluyendo experiencia institucional. Todos esos recursos son administrados por una Comisión Europea, vigilados por un Parlamento europeo de poderes restringidos, pero cuya influencia es cada vez mayor, y aplicados por una burocracia europea estable, con sede en Bruselas.

Los objetivos son muchos por supuesto, pero lo que miran a largo plazo los que "ponen" es la formación de mercados sólidos allí donde no hay más que sociedades de bajo poder adquisitivo para los estándares de mercado y la escala de producción que necesita la gran industria capitalista. La "cláusula democrática" que la Unión Europea exige respetar a los nuevos miembros viene a significar no sólo una exigencia de las sociedades de los países fundadores y de una cultura política consolidada, sino también la amalgama jurídica que acabará por garantizar los beneficios de los que "ponen". España, con todo su desarrollo actual (este año puede que logre el mayor crecimiento de la Unión) sigue siendo de los que reciben, aunque está a punto de dejar de serlo en beneficio de los nuevos miembros de Europa del Este.

¿Están dispuestos Brasil y Argentina a asumir ese papel? Suponiendo que sea así, primero tendrán que definir entre sí sus respectivos papeles. Brasil lo tiene bastante claro. Pero no es el caso de Argentina; ni de su gobierno, ni de sus empresarios, ni de su sociedad. Guste o no, Brasil no sólo tiene una indiscutible supremacía territorial, poblacional, productiva, etc., sino que a diferencia de Argentina tiene una burocracia eficiente, acostumbrada a concebir y desarrollar políticas de largo plazo, a adaptarse a situaciones nuevas y complejas.

En otras palabras, Argentina tiene que aceptar el liderazgo de Brasil, lo que por supuesto no implica sumisión. Esa es otra de las diferencias con la Unión Europea, donde las dos locomotoras tiran por igual. Aquí hay una que tira más que la otra, y una tercera, Venezuela, que puede aportar mucho. Sólo se trata de definir el papel de cada cual para convertir la competencia y los malentendidos en una colaboración que beneficie a todo el mundo.

Nuevo estilo e instituciones 

Algunas diferencias son notables. Si se compara la política exterior de Brasil con la del actual gobierno argentino (no hay una política exterior "argentina", sino la de cada gobierno), éste parece moverse en ese terreno con la fineza del elefante en la cacharrería. Vale la pena detenerse un momento en este punto. En los últimos meses, Argentina no ha cesado de cometer errores diplomáticos y de crearse problemas que no necesita. En el ámbito del Mercosur, aunque los temores ambientales de los vecinos de Gualeguaychú están más que justificados, la trascendencia y el carácter que ha adquirido el conflicto con Uruguay y su manejo político resultan bastante hipócritas en un país que tiene funcionando desde hace décadas varias pasteras que apestan, por no hablar del Riachuelo o el descontrol de la explotación minera. La tozudez y los modales del gobierno argentino no han hecho más que polarizar las posiciones y lo han conducido a derrotas en La Haya y en el Banco Mundial, donde la intentona de revertir la situación fue de una ingenuidad que pasma.

Pero más grave aun es que Argentina se niegue a que el conflicto con Uruguay se ventile en el Mercosur. ¿Es más lógico acaso que se apele a la mediación de un enviado del Rey de España? Resistirse a que un conflicto en definitiva menor entre dos países miembros se resuelva en el Mercosur equivale a renegar de su valor estratégico, a sustraerse de la responsabilidad de responder ante los demás socios, a comportarse de modo altanero e irresponsable.

A la diplomacia argentina parece ocurrirle lo que a la del venezolano Chávez, quien perdió un puesto para su país en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas casi con seguridad -aunque entre otras razones- desde que en ese ámbito calificara de "Diablo" al Presidente de los Estados Unidos e invocara "su olor a azufre". Si ese es el estilo de la diplomacia venezolana para conquistar espacios de poder internacionales y ganar adeptos para sus causas en Estados Unidos, es muy probable que no lo apoyen siquiera los estadounidenses que por millones acaban de derrotar a Bush en las elecciones legislativas. Según los ámbitos y ocasiones, hay muchas maneras de decir las mismas cosas, y de esas maneras dependen a veces los resultados. Estos fracasos no hacen más que reflejar en la política internacional un concepto y un estilo provincianos de hacer política, una de las limitaciones del populismo. Esa es la deuda que todos los países, incluido Brasil, tienen consigo mismos: otra cultura política, un funcionamiento institucional distinto para empezar a poner orden en sociedades amenazadas por el caos (de Barros, pág. 5). Empezar a cancelar esa deuda resulta imprescindible para construir el Mercosur.

En fin, un complejo tema que ha acabado aquí en un aspecto parcial -las políticas exteriores de los tres países más importantes- sólo por subrayar que el Mercosur será una oportunidad, pero no dejarla pasar requiere mucha visión y generosidad, una buena dosis de coraje político y grandes esfuerzos.

  1. Las elecciones presidenciales en Venezuela están previstas para este 3 de diciembre.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 90 - Diciembre 2006
Páginas:3
Temas Mercosur y ALCA
Países Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Venezuela