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Cobayos de la represión

A comienzos de marzo, en Copenhague, los defensores de una Casa de los Jóvenes –la Ungdomshuset– resistieron y libraron durante una semana una verdadera guerra de guerrillas contra las fuerzas del orden. Por su parte, las autoridades danesas no vacilaron en apelar a expertos policiales de otros países europeos, que acudieron de buena gana para observar un modelo de represión contra todo futuro tumulto urbano. El edificio, finalmente desalojado y demolido, fue desde su construcción en 1897 un símbolo de la lucha del movimiento obrero danés.

El 1º de marzo, por la mañana temprano, y con una imponente precisión militar, un enorme despliegue de fuerzas del orden bloqueó el sector de la Casa de los Jóvenes -Ungdomshuset- en un barrio popular de Copenhague. Como si en ese edificio de cuatro pisos -sede emblemática de la contracultura europea, cedido por la Municipalidad en 1982, pero que el nuevo alcalde vendió a una secta cristiana, sin el acuerdo de sus ocupantes- se encontrara un grupo de terroristas y no unos cuarenta jóvenes sin armas, cuya edad promedio no superaba los veinte años.

Empezó el desalojo. La policía utilizaba equipos nuevos. Poderosos cañones rociaron las puertas y las ventanas con una extraña espuma que se endurecía instantáneamente e impedía a los ocupantes abrirlas desde adentro. Simultáneamente, armados hasta los dientes, miembros de elite de la brigada antiterrorista llegaron al techo en helicóptero. Todo indicaba, y las autoridades lo confirmarían ulteriormente, que la operación había sido minuciosamente preparada desde hacía tiempo.

Inmediatamente después del asalto y el desalojo por la fuerza de la Ungdomshuset hubo marchas de protesta, pacíficas en un primer momento. La policía rodeó a los manifestantes, perdió su sangre fría y no tardó en estallar la violencia. Se sucedieron detenciones masivas, a ciegas, traumatizantes. En todos lados se veían en las aceras jóvenes, por no decir niños, esposados. Eran escenas que recordaban situaciones de tiempos de guerra, con el estruendo de los helicópteros sobrevolando constantemente la zona de operaciones.

Pronto los contestatarios comenzaron a responder. Al grito de "¡La calle es nuestra!" volcaron e incendiaron autos. Con ayuda de recipientes, tachos de basura y bicicletas, los jóvenes construyeron barricadas. Primero lanzaron adoquines y botellas. Luego, con la gasolina de los vehículos volcados, prepararon bombas Molotov que arrojaban hacia las compactas filas de las fuerzas del orden. La escena, con los gritos, llamas, choques, humo y heridos ensangrentados, cobró la apariencia de una guerrilla urbana, como las que se ven en Medio Oriente.

Cada vez que las brutales cargas de la policía lograban dispersar al grueso de los manifestantes, pequeños grupos se reunían en las calles adyacentes, incendiaban cubos de basura y vehículos. Las acciones espontáneas y descentralizadas, que sorprendieron sin cesar a los policías, eran coordinadas a través de mensajes enviados desde teléfonos celulares. Los jóvenes también dieron pruebas de imaginación en la acción psicológica: en medio de los choques más violentos, y hasta que toda resistencia se volvió imposible, hacían oír, a todo volumen, desde un camión equipado con enormes altoparlantes, canciones de Manu Chao y de otros artistas altermundialistas.

Sin motivos legales precisos

Mientras tanto, ocho patrullas de policías y de vehículos antimotines bloquearon el acceso a la Ungdomshuset. Sin motivos legales precisos, la policía buscaba a extranjeros implicados de alguna manera en los disturbios. Estas redadas duraron seis días y seis noches, todo el tiempo de las hostilidades. Tuvieron lugar, por ejemplo, en la Casa del Pueblo de Stengade, en un colectivo independiente de Baldersgade, en la Casa de la Solidaridad (Solidaritetshuset) y en los domicilios de numerosos particulares en diversos barrios de Copenhague. Así fueron detenidos más de 140 extranjeros, no porque se los acusara de algún delito o crimen, sino sobre la base de una "presunción de peligrosidad" y para evitar que participaran de acciones futuras 1.

Más allá del uso excesivo de la fuerza, las acciones de la policía sorprendieron por su ilegalidad, ya que se interrogó a una multitud de menores, ahora fichados, pero no se informó su número exacto. El control de las fronteras, la gran cantidad de fuerzas del orden y de vehículos antimotines movilizados, los gases lacrimógenos, la brutalidad de los ataques contra los manifestantes con equipos especiales, así como las detenciones masivas y arbitrarias, dieron la imagen de una policía militarizada que -como su homóloga italiana en julio de 2001 durante la Cumbre del G8- mostró una alarmante tendencia a actuar fuera de los marcos democráticos.

Para esta batalla de Copenhague se pidieron refuerzos a otros países europeos. Así, por ejemplo, una veintena de vehículos policiales suecos llegaron de Malmö, del otro lado del estrecho de Öresund. Cinco altos responsables de las fuerzas del orden suecas también acudieron al lugar de los hechos para observar los métodos represivos de sus colegas daneses. Algunos testigos revelaron que agentes de civil, equipados con auriculares muy característicos, iban y venían en medio de los disturbios, y se comunicaban en otros idiomas (alemán, francés, inglés).

Respondiendo a la pregunta de un periódico, el vocero de la policía de Copenhague negó categóricamente la presencia de unidades activas procedentes de otros países. Reconoció, en cambio, que "si las había", era "en calidad de observadores". Otros analistas pudieron constatar que las fuerzas del orden danesas habían utilizado una táctica policial francesa, puesta en práctica en 2006 en ocasión de las grandes manifestaciones parisinas contra el proyecto de Contrato de Primer Empleo: unidades especiales de agentes vestidos como los activistas se mezclaron con los que protestaban, arrojándose súbitamente sobre los que parecían ser cabecillas, para inmovilizarlos y llevárselos a la fuerza.

Los jóvenes militantes coordinaron sus acciones mediante una sofisticada red de sitios de internet, en los cuales se podía seguir la evolución de los enfrentamientos hora tras hora, con informaciones detalladas sobre los movimientos de la policía. Una de las nuevas prioridades de las fuerzas del orden sería piratear esas comunicaciones.

El 5 de marzo, en medio de un fuerte bloqueo policial, finalmente la Casa de los Jóvenes fue demolida por obreros provistos de máscaras; el nombre de la empresa propietaria de las topadoras y palas que utilizaban había sido disimulado. Con la destrucción de la Ungdomshuset desapareció una parte esencial de la historia del movimiento obrero danés. Los medios no explicaron suficientemente las razones del odio que ese lugar inspiraba en ciertos círculos. Porque la voluntad de poner fin a un conflicto que oponía a los jóvenes con las instituciones desde hacía veinticuatro años no fue el único motivo de la intervención...

Desde su construcción en 1897, este edificio  fue la sede de la Casa del Pueblo (Folketsus), punto memorable de agitación política del mundo obrero pobre de Nørrebro. Allí estuvieron personalidades como Lenin y Rosa Luxemburgo. El 26 de agosto de 1910 se realizó en ese lugar una conferencia internacional de mujeres socialistas. En esa ocasión Clara Zetkin lanzó la idea de crear una Jornada Internacional de la Mujer. Con esos antecedentes históricos, se comprende la prisa casi desesperada de las autoridades danesas por destruir el centenario edificio.

En 1982, después de casi dos años de conflictos, la Municipalidad de Copenhague terminó autorizando a los jóvenes a utilizarla. Pero en 1999, la nueva Municipalidad decidió su cierre. La clase política estimaba que las actividades "no eran satisfactorias" y que el edificio estaba en mal estado debido a un incendio en 1996. Por su lado, los jóvenes "antisistema" defendían  su derecho a expresarse, en esa casa, con su tradición de lucha, y porque allí disponían de cuatro pisos y de un subsuelo donde había una librería, una sala de conciertos y salas de ensayo, un estudio de grabación, una imprenta, numerosas salas de reunión y una cocina colectiva.

Estado de sitio policial

Con más de 500 visitantes por semana, Ungdomshuset constituía una forma radical de pensamiento alternativo. Este centro de actividades culturales, sociales y políticas estaba basado en la tolerancia, la responsabilidad y la solidaridad, sin discriminación racial ni sexual, y ostentaba un desprecio total por la sociedad de consumo. Un detalle importante es que esos jóvenes, independientes, no deseaban especialmente cambiar la sociedad; por lo tanto no representan un peligro para la seguridad del Estado. Sólo exigían que los dejaran desarrollar su cultura a su manera.

En el año 2000, los representantes socialdemócratas de la Municipalidad vendieron el inmueble a la secta Faderhuset (Casa del Padre). Este grupo religioso fundamentalista, cuyo responsable, Knut Eversen, sólo escucha las indicaciones que le llegan "directamente de Dios", apoya la "cruzada" contra los musulmanes de Dinamarca. Esa venta constituyó un acto de guerra simbólica, convirtiendo el conflicto en insoluble. Los jóvenes rechazaron todas las propuestas de traslado, negando la intervención de educadores y asistentes que estructurarían su tiempo libre y su manera de pensar. Entonces el conflicto se desplazó hacia el terreno del derecho a la propiedad privada, con lo cual el desalojo solicitado por la secta obtuvo una cobertura legal.

A las protestas violentas siguieron reiteradas manifestaciones pacíficas. El 8 de marzo, una marcha de mujeres reunió a más de 3.000 personas. La policía efectuó controles generalizados de identidad. Dinamarca no había conocido nunca esta suerte de estado de sitio policial. Más de 750 personas fueron detenidas, entre ellas cerca de 140 extranjeros.

La zona metropolitana de Copenhague tiene un poco más de un millón de habitantes. Como la policía no tiene los medios para encerrar e interrogar a tantos detenidos, muchos de ellos fueron trasladados a Fyn y a Jylland. Para poder alojar a los jóvenes detenidos hubo que vaciar parcialmente de sus presos comunes un establecimiento penitenciario de Copenhague. Del 10 al 19 de marzo, Nørrebro y Christianshavn fueron decretadas zonas en las cuales todo ciudadano estaba expuesto a ser registrado y fichado, aun cuando no hubiera sospechas sobre él. Esta medida, excepcional en tiempos de paz, bastaría para probar la incapacidad de las autoridades para controlar la situación. Sin embargo, según la policía, la operación "fue un éxito", porque gracias a la gran cantidad de detenciones y a pesar de la violencia de los choques, hubo pocos heridos. Si esta manera de justificar la aplicación de medidas propias de un Estado policial prosperaran en Europa, se parecería a una situación seudo fascista.

¿Cómo se explica esta represión desmesurada? Para el profesor Lars Dencik, de la Universidad de Roskilde, Dinamarca se preparó para enfrentar peligros terroristas en su territorio. Como no ocurre nada, vio en el desalojo de la Casa de los Jóvenes una ocasión de oro para probar sus fuerzas de elite. Mikael Rothstein, de la Universidad de Copenhague, piensa que algo grave ha ocurrido. Después de haber sido uno de los países más tolerantes y libres de Europa, Dinamarca se ha vuelto "retrógrada" y "de espíritu estrecho". El actual gobierno, una coalición liberal conservadora que dirige desde 2001 el primer ministro Anders Fogh Rasmussen, apoyado por la extrema derecha xenófoba y ultranacionalista, libró en esta ocasión una batalla no sólo política, sino sobre todo cultural, contra todo tipo de oposición.

De a poco se ha impuesto una nivelación de las opciones ideológicas. Incluso en materia de literatura, las autoridades tratan de imponer una regla dogmática. Hoy en Dinamarca, mucho más que en el resto de Europa, el rechazo de todo lo que pueda ser diferente o se salga de una cierta docilidad social, se ha incorporado en la afirmación de un discurso "danés étnico", opuesto a los inmigrantes. En un clima de intolerancia que se hace cada vez más pesado, el Estado consideró que podía combatir mediante la represión los valores de la contracultura solidaria y anticonsumista de la Ungdomshuset.

El desalojo y la rápida demolición de Ungdomshuset pueden comprenderse como un arreglo de cuentas con un grupo difícil de controlar. Pero la actitud de las autoridades danesas debe interpretarse como una "experiencia de laboratorio" en materia de represión policial, propia de un sistema que presiente que tendrá cada vez más necesidad de ella. En Copenhague se pusieron en práctica técnicas de tipo cuasi-militar. Las fuerzas del orden de otros países europeos disponen ahora de un precedente, estudiado in situ, que los ayudará a responder a la pregunta: ¿qué dosis de represión soporta una democracia?

  1. La Asociación de Padres contra la Brutalidad Policial, que desempeña una función importante como testigo de lo que los activistas denominan la "salvaguarda del Estado", denunció estas prácticas que atentan contra los derechos civiles.
Autor/es René Vázquez Díaz
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 94 - Abril 2007
Páginas:22,23
Traducción Lucía Vera
Temas Movimientos de Liberación, Sociedad
Países Dinamarca