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Los primeros refugiados climáticos

El 9 de marzo de 2007 los dirigentes europeos acordaron una estrategia global de lucha contra el recalentamiento climático, poniéndose como objetivo la utilización del 20% de las energías renovables en 2020. Era hora. Las consecuencias de la alteración del medio ambiente podrían llevar a decenas de millones de personas a abandonar su tierra y emigrar. Un país como Bangladesh ya está afectado.

Desde Dacca se necesitan doce horas para llegar a Munshiganj, una minúscula aldea situada en el extremo sudoeste de Bangladesh. Siete horas de ómnibus climatizado hasta Khulna, una de las cuales se hace en un transbordador que atraviesa las aguas de color café con leche del Ganges, y luego cuatro horas de sacudidas, calor y polvo en un vehículo abarrotado, tan fatigado como su conductor. Hasta que por fin la ruta se topa con un río sin puente ni ferry. Munshiganj es el final de la línea. Del otro lado del agua, al sur, hay un bosque de aspecto impenetrable: son los Sundarbans 1, un vasto manglar 2 compartido con India e incluido por Unesco en el patrimonio mundial. Más allá, el océano.         

El nombre completo del lugar es Munshiganj Bazar. Sirve de mercado para todos los caseríos de los alrededores y se presenta bajo la forma de una calle principal encaramada sobre el gran dique que protege la región contra los macareos y las grandes mareas. Esa calle está bordeada de puestos, comercios de todo tipo, casas de té y algunas viviendas. Termina en un colegio y una pequeña mezquita. Este año, el monzón se ha hecho esperar. Pero un fuerte aguacero da pruebas de su intensidad. Muy rápidamente, se mojan el sari de las mujeres y la falda de algodón -el longhi- de los hombres. Lo que no afecta para nada los negocios.

Mohamad Abdul Mannan Molla, de vientre redondo, bien plantado sobre sus dos piernas delgadas, con el rostro rubicundo al que la barba gris no logra dar apariencia de seriedad, se encuentra al abrigo bajo el paraguas de gruesa tela negra, del que nunca se separa. Discute ásperamente el precio de los ingredientes indispensables para la fabricación del paan, que mastica a lo largo de toda la jornada: grandes hojas muy amargas, ralladura de nuez moscada y cal. Una vez terminadas sus compras, tío Mannan, como se lo llama aquí, emprende el camino de regreso a paso vivo. ¿Tendrá verdaderamente los 70 años que pretende?

Al caserío de Pankhali, donde se encuentra su casa, sólo se accede por un estrecho camino sobre un dique. Tres kilómetros de barro, profundo y resbaladizo, que el viejo recorre con una facilidad desconcertante, sin detenerse más que para intercambiar saludos con vecinos de todas las edades. El calor de los saludos contrasta con la austeridad del paisaje. Hasta donde llega la vista hay inmensos estanques divididos por diques de tierra y destinados a la cría de grandes camarones para la exportación. Si no fuera por los saris coloreados de las mujeres, que circulan llevando sobre sus caderas niños o pesadas vasijas de agua, todo sería monótono y gris.

"Cuando era joven, cuenta Mannan sin aminorar su marcha, aquí no había más que arrozales y manadas de vacas. Era magnífico. Pero después del maremoto de 1988, la tierra se saturó de sal; los cultivos fueron reemplazados por granjas de camarones." ¿Hay que saludar el éxito de esta adaptación a los cambios del medio ambiente? "Esto nos ha traído mucha riqueza, opina Mannan, ya que el bazar antes no existía...". "Riquezas, sí, pero para los ricos, atempera un vecino interviniendo en la conversación. Los pobres son cada vez más pobres 3." La intervención desencadena una polémica en el pequeño grupo de cinco o seis personas que se había formado en torno al viejo.

"Las granjas de camarones, afirma uno, emplean mucha menos gente que los arrozales, ya no hay trabajo." "Antes, recuerda otro, uno podía calentarse con la bosta seca de las vacas. Ahora hay que ir a cortar leña en los Sundarbans." "Antes había seis estaciones, pero se diría que ahora sólo hay cuatro", completa un tercero. Las expresiones no ganan en optimismo cuando el pequeño grupo llega a lo de Mannan, donde tiene la intención de prolongar sus debates.

El recurso del manglar

Cae la noche sobre las tres casitas, con paredes de tierra y techo de hojas de palma aglutinadas en el dique, donde el septuagenario vive con su mujer, Zohura, y las familias de sus dos hijos. En el vecindario se eleva un canto acompañado de un armonio. Entramos. Débilmente iluminada con una lámpara a kerosén, la única pieza sólo tiene como muebles un banco, una mesa y una cama de madera sin colchón. Nos instalamos sobre esteras dispuestas en el suelo de tierra mientras Zohura ofrece paan. Pequeña y consumida por el trabajo, parece tener diez años más que su marido. Pero tiene diez menos. La informamos de la conversación. "Todo ha cambiado", dice. "Antes, había pozos de agua dulce en todos los jardines, pero el agua se ha vuelto salada. Ya no se la puede utilizar. Ahora hay que caminar hasta el bazar o atravesar el río en bote para encontrar agua potable."

El maremoto de 1988 cumplió la función de un desencadenante. Después, la salinización no dejó de agravarse. Debido a la elevación del nivel del mar, perceptible durante las grandes mareas del monzón, cuando los diques son regularmente desbordados o destruidos 4. "Sin embargo, explica Mannan, que con frecuencia es contratado como capataz en las obras de reparación, cada año los elevamos varios centímetros."

Otro factor es el menor caudal de los ríos durante la estación seca, que no pueden frenar la potencia creciente de las mareas. Se inicia el círculo vicioso. Al favorecer la intrusión cada vez más profunda del agua salada en las tierras y en las napas freáticas, el recalentamiento climático -ya que es claramente de esto de lo que se trata- provoca la desaparición progresiva del cultivo del arroz y de sus empleos.

¿Cómo sobrevivir? En otro lugar no habría otra solución que irse. Pero aquí el manglar ofrece una posibilidad temporaria. Cada vez más, los campesinos que no logran ser empleados en la cría de camarones se reconvierten en pescadores o en cazadores, pirateando en los Sundarbans en busca de madera y miel salvaje. El hijo menor de Mannan, Abdul Rhaman Molla, de 30 años y pescador en el manglar, confirma: "Cada día hay más gente en el agua. Desde hace cinco años, los que vienen del norte tienen hasta tres días de navegación para venir a pescar aquí". Lo que no deja de tener incidencia en los recursos. "Cada vez hay menos alevines de camarones y de peces. Donde yo podía pescar diez kilos de alevines en una jornada, ya no atrapo más que quinientos gramos."

Los hombres que se aventuran en los Sundarbans se arriesgan mucho, sin embargo. El manglar está infestado de piratas que secuestran y golpean a los pescadores para extorsionarlos. Es también el refugio de los temibles tigres de Bengala, a los que se les adjudican un centenar de víctimas cada año. Esta doble evocación pone momentáneamente fin a la sorprendente alegría que acompañaba hasta ahora una conversación tan poco regocijante. Al lado, la música cesa y el vecino melómano se une a la pequeña asamblea. Ya no se oye, entre los relatos, más que el croar de miles de ranas. Cada cual tiene una historia aterradora para contar. Que es el reverso de un profundo apego a la región. Una región de islamismo moderado que tolera la práctica de la música, no acosa a las mujeres y permite una buena cohabitación con los hindúes; incluso comparten con ellos el culto a Bono Vidi, diosa de la selva. Una región bajo el influjo de la belleza y el imaginario de los Sundarbans.

En cuanto a los manglares, la presión cada vez más fuerte que ejercen los hombres viene a agregarse a la salinización creciente, al aumento del nivel del océano, a la elevación de la temperatura del agua y de la atmósfera, que ya padece y a las cuales no tiene tiempo de adaptarse. Su decadencia se traduce en la desaparición de sus árboles más grandes y de una gran cantidad de especies animales y vegetales. Ahora bien, sin esta biodiversidad, se podría romper el frágil equilibrio que permite a los seres humanos sobrevivir en el sudoeste, y cientos de miles de personas se verían obligadas a emigrar. Son más de 8.000 las familias que dependen directamente de los Sundarbans para su subsistencia, y por lo menos 5 millones indirectamente.

"¿Irse? Pero ¿adónde? Prefiero morir aquí", dice Zohura, provocando la risa de sus invitados. "Yo llevaré mi familia a Dacca, no hay otra opción", asegura su hijo Rahman, más pragmático. Pero la cuestión, para ellos, todavía no es urgente. La primera urgencia es adaptarse. Cotidianamente.

Inundaciones crecientes

Dacca, julio de 2006. Con sus calles todavía sin asfaltar, sus inmuebles nuevos, pero no totalmente terminados -aunque ya ocupados-, el barrio de Niketon parece haber surgido de la tierra con las últimas lluvias del monzón. Dacca, con 13 millones de habitantes hoy y 21 millones previstos para 2015, lo que la ubicaría en el cuarto lugar mundial por su población, es una de las megalópolis cuya expansión es más rápida en el mundo. En todas partes se construyen, muchas veces demasiado rápido y con sorprendente imbricación, torres de vidrio, villas miseria, residencias, conjuntos de construcciones de siete a ocho pisos donde la planta baja está ocupada por un estacionamiento de autos y los balcones desfigurados por aparatos de aire acondicionado desparejos. En uno de estos inmuebles sin atractivo alguno se encuentran las oficinas del Bangladesh Unnayan Parishad (BUP) 5, un organismo de investigación que dirige Ahsan Uddin Ahmed, autor de numerosos artículos que tratan sobre el impacto del recalentamiento climático en Bangladesh.

Sentado muy derecho en un sillón cuyo respaldo ha sido recubierto por una toalla -destinada a absorber la transpiración durante las fallas en la ventilación-, el investigador recuerda fríamente los desafíos: "Los habitantes del sudoeste de nuestro país son hoy los más afectados por el recalentamiento planetario, pero dentro de un tiempo será el conjunto de la población la que se verá afectada". Con más de 140 millones de habitantes concentrados en un territorio de unos 140.000 km2 6, Bangladesh es uno de los Estados más expuestos del mundo: el tercer informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (GIEC) 7 calculaba en 5,5 millones la cantidad de personas desplazadas y en 10,9% la pérdida de territorio llano del país bengalí, debido a una elevación de 45 centímetros en el nivel del mar.

Hay que precisar que en Bangladesh las inundaciones son un fenómeno normal. Recorrido por cientos de riachos y tres grandes ríos -el Ganges, el Meghna y el Brahmaputra-, el país recibe el 92% de las aguas provenientes del Tibet, de Bután, India y Nepal. Este enorme torrente llega principalmente cuando se produce el monzón e inunda en promedio un tercio del territorio. "La gente aprendió a adaptarse, insiste el investigador, pero el recalentamiento climático viene a trastornar este esquema." Por un lado, el aumento de las precipitaciones en el período del monzón, asociado al derretimiento de los glaciares del Himalaya, aumenta la cantidad de agua a evacuar. Por otro, la elevación del nivel del mar hace más difícil el desagote fluvial. Cabe prever que las inundaciones anuales ganen progresivamente en tamaño y en duración, rompiendo el frágil equilibrio que existió a lo largo de siglos entre una población todavía muy mayoritariamente rural y una naturaleza caprichosa.

Migración a las ciudades

Pero no es todo. El aumento de la temperatura, combinado con precipitaciones significativamente atenuadas fuera de los períodos de monzón, podría, a la inversa, terminar en situaciones de sequía en el noroeste del país. Así como también en una disminución del caudal de los cursos de agua. Privada de este freno líquido y empujada por las mareas, el agua salada podría entonces subir cada vez más alto hacia el norte, contaminando a su paso los campos y las napas freáticas. Finalmente, aunque el investigador reconoce que el oleaje generado por las tormentas es un factor agravante de la elevación del nivel del mar, no incluye el aumento de la potencia de los ciclones en la lista de las calamidades inducidas por el recalentamiento planetario. Porque, en su opinión, la cuestión plantea todavía demasiados problemas en el plano teórico. Pero, en cualquier caso, las consecuencias nefastas del cambio de clima no dejan a salvo ninguna región del país.

"Si queremos evitar una migración masiva hacia las ciudades, debemos ayudar a la gente a comprender lo que ocurre." La calma olímpica y las palabras precisas de Mohon Kumar Mondal contrastan con las maneras ampulosas de muchos dirigentes de organizaciones no gubernamentales de la región de Munshiganj Bazar. Se encuentra en Dacca por unos días con el fin de conseguir fondos para su organización, Gana Unnayan Sangstha 8. Con esta minúscula estructura local, Mohon ha montado clubes ecológicos en los caseríos de los alrededores. Allí se encuentran los pobladores para hablar de los cambios observados y para llevar a la práctica soluciones a los problemas planteados: plantación de árboles, elevación de las viviendas, gestión del agua potable, utilización de semillas de arroz menos sensibles a la sal.

El tío Mannan forma parte del club de Pankhali. Lo que le significa hacer regularmente presentaciones a sus vecinos, a pesar de ser analfabeto. "Aquí las personas constatan los desajustes, pero como están muy poco informadas, no saben explicarlos. Por eso implementamos, con un equipo de actores y músicos locales, espectáculos itinerantes que permiten comprender lo que ocurre a escala mundial, a partir de representaciones de nuestra cultura."

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de Mohon y del muy fuerte apego que tienen los habitantes de Munshiganj a su región, una cantidad creciente de los que no pueden trabajar en las explotaciones de camarones ni en el manglar se ven obligados a irse. Es lo que le ocurrió a Mohamad Abdul Hamid, de 25 años y padre de dos niños. Incapaz de alimentar a su familia en el lugar, desde hace un año es conductor de triciclos de pasajeros (rickshaw) en el denso tránsito de la capital. Un oficio agotador. "No hay otro más duro", precisa excusándose con una gran sonrisa melancólica. Su voz es ronca, cascada por la polución, y su cuerpo muy delgado. "Necesito varios días para recuperar un poco de peso cuando vuelvo a mi casa, explica, lo que hago casi todos los meses, en cuanto puedo ahorrar suficiente dinero para el viaje y las necesidades de mi mujer y mis dos hijos."

Para poder aguantar, Hamid se apoya en la solidaridad de un pequeño grupo de jóvenes, todos originarios de los alrededores de Munshiganj. Juntos le alquilan al propietario de su rickshaw una pequeña pieza para cocinar y reunirse, así como un piso con suelo de bambú donde caen postrados después de diez o doce horas de un trabajo extenuante. El propietario, un hombre indolente y astuto, añora un poco la época, no tan lejana, en que era granjero, cuando el garaje de los triciclos alojaba vacas y en el dormitorio de los conductores almacenaba el heno y la paja... Pero la ciudad absorbió sus tierras, y su negocio de rickshaw prospera: "Cada vez son más los que vienen a pedirme trabajo", dice casi acostado sobre el banco de madera desde el cual vigila sus actividades.

Hamid confirma lo dicho: "El año pasado, cuando llegué, sólo éramos once de Munshiganj, ahora somos casi cincuenta". ¿Han hecho todos el duelo de su región de origen? ¿Están dispuestos a perseverar en una actividad que -ahora que son jóvenes y con buena salud- les brinda apenas lo justo para vivir? Hamid sueña con ahorrar lo necesario para montar un pequeño negocio de camarones en su casa.

Soluciones globales

El geógrafo Maudood Elia, especialista en desplazamientos internos, predice otro futuro para Hamid en su oficina sobria y moderna, ubicada en la torre relumbrante de una de esas universidades privadas que florecen en Dacca desde hace algunos años, muy lejos del barrio de Kilgaon donde se apilan los conductores de rickshaw: "Es el esquema típico: el jefe de familia llega primero. Comienza enviando dinero a su familia, pensando que va a volver a instalarse con ellos, pero en general lo que sucede es lo inverso". El profesor confirma el crecimiento de Dacca, principal destino de los migrantes, cuya superficie "aumentó 40% en veinte años".

Si, como prevé el último informe del GIEC 9, la presión climática continúa ejerciéndose sobre Bangladesh, hay que prever desplazamientos masivos de población. Tanto en el sudoeste como en el resto del país. Dacca está muy lejos de poder absorber ese éxodo rural que se multiplica, en la medida en que la capital corre también el riesgo de verse sujeta a inundaciones de gran amplitud, como las que sufrió en 2004. ¿Adónde irán los refugiados de Bangladesh? ¿A los países vecinos?

Es muy poco probable, si se quieren evitar violencias. Como dice sin pestañear Maudood Elahi, "emigrar a India y Myanmar será muy difícil, porque India ya tiene problemas demográficos y ambos países se verán también muy afectados por los cambios climáticos. ¡Para no hablar de la cuestión política! Por eso hay que buscar desde ya cooperaciones fuera del sur de Asia. Es algo vital". Siempre flemático, prosigue: "Las organizaciones internacionales como la ONU y la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) cumplen un rol decisivo en la planificación de las migraciones masivas que se anuncian. Para ser directo, pienso que los países que disponen de más territorio van a tener que cambiar su política migratoria. Si se considera que el recalentamiento climático es un problema global, se deben buscar soluciones globales".

Por este enfoque global milita desde hace veinte años el profesor Atiq Rhaman, fundador del Bangladesh Centre for Advanced Studies (BCAS) 10, un centro de investigación pluridisciplinario, precursor en el estudio de los impactos socioeconómicos del clima. Muy didáctico en el campo científico, habla sin rodeos de cuestiones de justicia internacional, a las cuales agrega el recalentamiento climático. "Este recalentamiento es, para Bangladesh, que ya padece la incuria de sus políticos y múltiples desastres naturales, el factor adicional crítico, la gota de agua que hace desbordar el vaso. Sin embargo, nuestro país sólo representa el 0,3% o el 0,4% del total de emisiones de gases con efecto invernadero. Es decir, menos de la mitad que la ciudad de Nueva York. De este modo, nosotros debemos reducir nuestras emisiones, es un deber moral. Pero, al mismo tiempo, si el resto del mundo no hace nada, habrá una catástrofe humanitaria importante. ¿De quién será entonces la responsabilidad?"

¿Hay alguna salida para esta injusticia global? "Propongo desde hace mucho tiempo la solución siguiente, prosigue Rhaman: cada país debe tomar a su cargo, es decir, transportar y recibir, una cuota de refugiados climáticos, que estará en función de sus niveles de emisión de gases con efecto invernadero presentes y pasados." Una solución que tal vez pase por la extensión del estatus de refugiado, tal como lo define la Convención de Ginebra de 1951, a la noción de refugiado climático. La hipótesis puede sorprender, pero tiene el mérito de incitar a la reflexión.

  1. Densa selva de pantanos y manglares situada en el delta del río Ganges (Bangladesh). Abundan en la zona las serpientes, cocodrilos y ciervos, sanguijuelas y mosquitos. Hay un cierto desarrollo de la industria maderera, pero la selva es un santuario para animales salvajes y el último refugio de los tigres de Bengala.
  2. Los mangles son árboles o arbustos leñosos que crecen en manglares. El hábitat del mangle es exclusivamente tropical e intermareal, teniendo por lo tanto el suelo o sedimento saturado de agua y es salino, o de salinidad variable. En ellos se encuentra una amplia variedad de especies vegetales, pero los "verdaderos manglares" constituyen unas 54 especies.
  3. Cédric Gouverneur, "Bangladesh en las garras del comercio global", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, agosto de 2005.
  4. Bangladesh dispone de pocas mediciones confiables. En el sudoeste, los pescadores confirman haber observado una elevación notable del nivel del mar en los últimos treinta años. En este período, el último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (GIEC) da una gama de 12 a 22 centímetros para todo el planeta.
  5. www.bup-bd.org/index.htm
  6. Tiene una densidad de población de 1.001 habitantes por kilómetro cuadrado.
  7. GIEC, Bilan 2001 des changements climatiques. Les éléments scientifiques, vol. I, Ginebra, 2001.
  8. En 2006, esta asociación ha sido distinguida por el Foro Internacional de Kioto, que se realiza cada tres años.
  9. El último informe del GIEC fue publicado el 1-2-07.
  10. www.bcas.net
Autor/es Donatien Garnier
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 94 - Abril 2007
Páginas:26,27,28
Traducción Lucía Vera
Temas Medioambiente, Salud
Países Bangladesh