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Recuadros:

Estado e Iglesia Católica en Argentina

Históricamente, la Iglesia Católica ha desempeñado un papel sustantivo en la conformación identitaria de la sociedad argentina, y en diversas oportunidades se ha constituido como una de las principales fuentes de legitimidad de los procesos políticos.

Desde los albores de la evangelización, en la época colonial, la Iglesia pretendió homologar la identidad religiosa con la geográfica y cultural. El comportamiento histórico del catolicismo, lejos de recluirse en el ámbito de la sacristía, se extendió al espacio político y social. Lo ilustra la participación de clérigos en la Revolución de Mayo, en la Declaración de la Independencia de 1816 y en la Constitución Nacional de 1853; la consagración del ejército a la Virgen por Manuel Belgrano, las imprentas y universidades fundadas por el catolicismo. Hasta fines del siglo XIX, los nacimientos, matrimonios y defunciones se registraban en las iglesias y las votaciones se hacían en las puertas de los templos. Los cementerios de la Chacarita y la Recoleta eran de carácter religioso.

Las definiciones teóricas del paradigma de la cristiandad, hegemónico entonces, se traducían en preocupaciones y batallas constantes sobre determinados asuntos: educación católica en las escuelas públicas; sostenimiento del culto; control y reglamentación de situaciones referidas a la sexualidad y al matrimonio.

El régimen del Patronato fue la expresión jurídica del vínculo que se tejió entre el poder político y el poder eclesiástico desde los tiempos de la Colonia hasta el establecimiento del Concordato, firmado en 1966. Merced a las sucesivas bulas papales, las autoridades gubernamentales gozaban del derecho de crear cargos eclesiásticos, nombrar sus titulares, recaudar el diezmo del culto, autorizar la publicación de las actas pontificias. Como contrapartida, facilitaban la difusión de la religión en el territorio nacional y asumían la responsabilidad de construir templos y monasterios, así como de velar por el desempeño de los agentes religiosos y brindar ayuda económica.

A lo largo del siglo XIX, la Iglesia Católica contribuyó al proceso de integración de la sociedad, al tiempo que se empeñó en instituirse en única fuente dadora de valores trascendentes a la Nación 1. El Estado, a su vez, se constituyó en garante del lugar predominante que ocupaba el catolicismo. Entre las esferas de lo estatal y lo religioso  -identificado exclusivamente con el catolicismo- se tejieron legitimidades recíprocas que se transformarían en una constante histórica.

Una sociedad plural

Pero a partir del último tramo del siglo XX, las bases constitutivas del Estado-Nación se han erosionado. En la actualidad, la diversidad es el signo que mejor caracteriza a la sociedad argentina desde el punto de vista cultural y religioso. Más allá del prefijo que se utilice para definir a la modernidad actual -hiper, alta, post, etc.-, lo cierto es que el mapa socio-cultural es plural.

La pretensión de reproducir una matriz unificadora a partir de identidades totalizantes resulta entonces inadecuada. Ninguna institución se encuentra hoy en condiciones de monopolizar la producción y transmisión de valores y pautas de conducta que regulan los comportamientos sociales. Si incluso los católicos mantienen abiertamente relaciones pre-matrimoniales, se divorcian, abortan y se muestran a favor de la eutanasia; no concurren a misa y aprueban la pena de muerte, entre otras posturas antidoctrinales, resulta manifiesto que las normativas oficiales pierden cada vez más eficacia respecto a las conductas que los individuos adoptan por sí mismos.

Por otro lado, la consolidación de la democracia se traduce en una mayor visibilidad de los derechos ciudadanos y en un reconocimiento y apropiación social de los mismos en términos de reivindicaciones. Creyentes y no creyentes asumen sus libertades para apreciar una exposición de arte aunque se la catalogue como una blasfemia, o consumen pastillas anticonceptivas a pesar de que un imperativo religioso lo condene.

Estrategias de influencia

A partir de su consolidación institucional, en la década del '30 del siglo pasado 2, la Iglesia Católica desplegó una serie de estrategias para catolizar al Estado y a la sociedad civil. La ascendencia sobre las altas esferas de gobierno, la fuerte presencia en el campo de lo social y los esbozos de creación de partidos católicos fueron los tres engranajes primordiales para diseminar los valores cristianos en la vida social y "naturalizar" su papel relevante en el escenario público. A su vez, los sucesivos gobernantes han reconocido en sus discursos la impronta católica que conformó a la nación argentina, retórica que se traducía en la práctica en una incidencia concreta de la elite eclesiástica a la hora de elegir a los ministros de Educación 3, de definir las políticas en materia de salud reproductiva o de redactar las leyes educativas, por citar sólo algunos ejemplos.

La presencia pública de la Iglesia Católica toma dos modalidades actualmente vigentes: el papel de mediación que asume y que algunos sectores le reclaman ante los conflictos sociales; la "naturalizada" incursión de sacerdotes en el terreno electoral.

En el primer caso, ante conflictos sociales y/o diplomáticos con dificultades para ser encauzados, los obispados se convierten en espacio de negociación entre las partes involucradas, sea por la predisposición de sus máximas autoridades, por solicitud de dirigentes políticos o por ambas razones 4. Más allá de la buena voluntad eclesial, es evidente que la Iglesia ocupa un campo que incumbe a la política partidaria. Por otro lado, el espacio que la política cede a la Iglesia es otra muestra de la debilidad del sistema político.

En el segundo, puede citarse como ejemplo el obispo emérito de Puerto Iguazú, Joaquín Piña, quien el año pasado resultó airoso en su candidatura como convencional constituyente de la provincia de Misiones. Motivó su postulación, apoyada por todo el arco político opositor provincial y nacional, la oposición a la reelección indefinida que buscaba el gobernador, Carlos Rovira. Los mismos pasos, aunque sin el mismo éxito, siguió el sacerdote Luis Niella en la provincia de Corrientes. El religioso Luis María Ocampo no descarta ser candidato a intendente de Mar del Plata.

El asumirse como mediadora social e insertarse en la arena político-partidaria, sea en la modalidad visible de una contienda electoral -caso Piña- o en la variante solapada, como articulador y garante de acuerdos electorales y con personas de confianza en diferentes listas -es el caso del cardenal Jorge Bergoglio 5- supone la voluntad de preservar una presencia pública extendida y de conservar el poder institucional de la Iglesia Católica.

Dirigencia política sometida

Como toda relación se compone de dos partes, es conveniente desentrañar el modus operandi desplegado por los hombres y mujeres de la política ante la Iglesia, la mayoría de los cuales le reconoce influencia en la toma de decisiones y en las propias prácticas políticas.

Vírgenes entronizadas en el Congreso Nacional o que recorren despachos en la Casa Rosada 6; líderes partidarios que se sienten representados por dignatarios religiosos; visitas periódicas a referentes eclesiásticos para discutir cuestiones de agenda; gobernantes que consultan a obispos para designar ministros; candidatos que buscan sacerdotes como compañeros de fórmula; la perdurabilidad del Tedéum 7, son claros ejemplos de cómo la esfera política propicia la confesionalización del espacio público.

Pese a las lógicas diferenciadas entre las esferas política y religiosa, es indudable que ha habido una instrumentalización sistemática de la Iglesia por parte del Estado y viceversa. En innumerables oportunidades, la Iglesia Católica utilizó las estructuras estatales para reproducir su aparato burocrático y extender su programa pastoral al conjunto de la sociedad 8 . Por otro lado, cuando los procesos políticos mostraron debilidades en su base de sustentación, la búsqueda de "otras" fuentes de legitimidad se tornó una modalidad corriente.

Considerada un apoyo imprescindible, la Iglesia Católica fue requerida para bendecir regímenes políticos, una "lógica" que contribuye a la reproducción y consolidación de la Iglesia como actor institucional. Desde la política se interpela y se escucha a los obispos, no en su condición de referentes religiosos, sino como integrantes de un poder institucional. Es por ese "ida y vuelta" de influencia y receptividad que en Argentina, a diferencia de la mayoría de los países vecinos 9, no se ha logrado establecer una autonomía recíproca entre Estado e Iglesia Católica.

La cuestión de la laicidad

Las relaciones entre el actual gobierno y la cúpula del episcopado pueden caracterizarse como de tensión y desconfianza. La tensión de fondo no gira en torno a las características de los estilos personales del presidente Kirchner y del cardenal Bergoglio, sino respecto de la laicidad, entendida como el marco político-institucional donde la definición de las políticas públicas no se encuentra subordinada a una doctrina filosófica o religiosa particular, sino que se fundamenta en la legitimidad que deviene de la soberanía popular. En esta línea de análisis, las desavenencias actuales entre el poder político y el poder eclesiástico tienen a la laicidad como sustrato profundo, aunque los propios actores eludan mencionar el tema.

Por convicción propia, o por su escaso margen de acción política luego de la crisis institucional de 2001, sintetizada en el "que se vayan todos", Kirchner emprendió una nueva relación con los llamados "factores de poder": las Fuerzas Armadas, el poder económico concentrado, los organismos multilaterales de crédito y la Iglesia Católica. Con Kirchner, los mecanismos de resolución de las políticas públicas se apoyan en parámetros que contrastan con los históricamente adoptados.

En efecto, en el curso de sus cuatro años de gestión, los obispos han resistido algunas políticas públicas y resoluciones legislativas. La posibilidad de la ligadura de trompas y vasectomía como prácticas quirúrgicas de anticoncepción sin necesidad de una autorización judicial; la ratificación del Protocolo Facultativo de la Convención para la Eliminación de toda forma de discriminación contra la mujer (CEDAW), interpretada por la jerarquía eclesiástica como el atajo hacia la legalización del aborto; las leyes de salud reproductiva y educación sexual y la distribución de la "píldora del día después" en los centros de atención primaria y hospitales públicos de todo el país, constituyen los ejemplos más claros. Es evidente que las disposiciones del ministro de Salud, Ginés González García, no tuvieron como principio orientador la prescripción de la doctrina católica, sino la ampliación de los derechos ciudadanos. Este conjunto de medidas se inspira en la pretensión de universalizar derechos y garantizar su acceso a todas las mujeres.

En el mismo sentido, habría que situar la trascendencia pública de casos de mujeres violadas que solicitaron la interrupción del embarazo, amparadas por el Código Penal. El gobierno de la provincia de Buenos Aires ha reglamentado recientemente la rápida atención en los hospitales públicos de los abortos no punibles, sin requerimiento alguno de carácter judicial. La Resolución Nº 304 del ministro de Salud provincial, Claudio Mate, cobró fuerza luego de que en un hospital de la capital provincial se denegara la práctica del aborto a una discapacitada mental violada, quien tuvo que operarse en una clínica privada.

El tema de la laicidad sobrevuela la controversia entre diferentes sectores. La Corporación de Abogados Católicos considera que las iniciativas gubernamentales se insertan en una línea que propaga la muerte. Como contrapartida, el Colegio de Médicos de la provincia de Buenos Aires sostiene que "el aborto es un problema sanitario y debe resolverse en la esfera de la salud pública". La cuestión de laicidad se presenta nuevamente cuando la jueza de menores, Mirta Guarino, afirma que, a pesar de considerarse católica, "jamás voy a hacer primar una creencia particular sobre la Justicia" 10.

Detrás de los cuestionamientos a la concentración del poder y al "autoritarismo" del gobierno nacional por parte de los obispos, se vislumbra el malestar por su desplazamiento como principales interlocutores en la toma de decisiones del Estado. No se trata de negar a la Iglesia Católica ni de impedir la divulgación de sus principios normativos; sino de subrayar que en democracia los asuntos públicos no pueden definirse por la doctrina de un credo en particular, sino por el más amplio ejercicio de los derechos civiles.

Pero es necesario replantear la relación entre el Estado y la Iglesia Católica, para adecuarlos a la configuración social y cultural de los tiempos. Se impone cimentar un vínculo institucional más maduro, a partir del reconocimiento de la autonomía recíproca. Es el Estado laico el que garantiza la convivencia entre ciudadanos de credos e intereses diversos, respetando todas las libertades, incluida la religiosa.

La consolidación del proceso de laicidad requerirá de una transformación profunda en el arraigado modus operandi de la dirigencia política y de la aceptación por parte de la Iglesia de la nueva conformación de la sociedad.

  1. La Iglesia se opuso a las leyes de corte secular del presidente Julio Roca: Ley de Registro Civil; Ley 1420 de educación laica, Ley de matrimonio civil. Para aplicarlas, en 1884 Roca se vio obligado a romper relaciones diplomáticas con el Vaticano, reanudadas recién en el siglo XX, en su segunda presidencia (es notable que este grave entredicho no se enseñe en las escuelas ni figure en los libros de texto). Las incursiones del gobierno de Juan D. Perón en la educación y la acción social, áreas de tradicional influencia católica, también desembocaron en enfrentamientos entre el poder político y el poder eclesiástico, que culminaron con la excomunión de Perón y el golpe de Estado que lo derrocó, apoyado por la Iglesia.
  2. Entre 1933 y 1939, se crearon once diócesis. En seis años se fundaron tantas jurisdicciones eclesiásticas como desde 1570 a 1933.
  3. A modo de ejemplo, Oscar Ivanissevich, Atilio Dell'Oro Maini, Antonio Salonia y Juan Llach, entre otros.
  4. Entre los casos más recientes, se destacan las intervenciones de los obispos Marcelo Melani en Neuquén, Juan Carlos Romanín en Santa Cruz y Jorge Lozano en Gualeguaychú.
  5. Además de sus frecuentes intervenciones mediáticas, es público el apoyo de Bergoglio a la flamante Coalición Cívica. Carlos Gabetta, "Populistas, liberales y sociedad", Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, mayo de 2007.
  6. La Virgen María fue entronizada en el Palacio Legislativo por la hermana del vicepresidente Víctor Martínez, durante el gobierno de Raúl Alfonsín. La Virgen Desatanudos transitó por las oficinas de la Casa de Gobierno cuando Fernando de la Rúa ejerció la Presidencia. Inés Pertiné, su esposa, ¡colocó un pesebre en la entrada de la Casa Rosada! Los tres episodios tuvieron lugar bajo administraciones del partido radical, habitualmente asociado a los ideales de laicidad.
  7. Ceremonia que rubrica la "consagración sagrada" del poder democrático, solicitada por los sucesivos Presidentes, a pesar de no estar prescripta en ninguna legislación.
  8. A la ya mencionada ampliación del número de diócesis, debe agregarse el vicariato castrense, creado en 1957 bajo el gobierno de facto de Pedro Eugenio Aramburu y elevado a obispado en 1992.
  9. La separación de la Iglesia con el Estado en Brasil, data de 1891, en Uruguay de 1919, en Chile de 1925 y en México de 1917.
  10. La Nación, Buenos Aires, 24-3-07.

Modelos eclesiásticos

Cristiandad: También denominado integrista, busca restaurar la sociedad cristiana tal como existió desde la época del emperador Constantino (siglo IV) hasta el fin de la Edad Media. Se basa en una concepción teocrática que pone el acento en el poder institucional de la Iglesia y la sitúa por encima de los poderes civiles, sobre los cuales presiona para que se adecuen a sus postulados. Se puede ubicar en esta corriente a Héctor Aguer, arzobispo de La Plata; Antonio Baseotto, ex obispo castrense; Jorge Lona, obispo de San Luis; Emilio Ogñénovich, arzobispo emérito de Luján; los fallecidos Adolfo Tortolo y Victorio Bonamín y organizaciones como los Cursillos de Cristiandad, el Instituto del Verbo Encarnado, la Fraternidad de Agrupaciones Santo Tomás de Aquino (FASTA), los Legionarios de Cristo (México) y los Heraldos del Evangelio (Brasil).
Neocristiandad: Propone impregnar a la sociedad con los valores cristianos a través de la “evangelización de la cultura”. Adaptando sus estrategias a los cambios del mundo actual, reconoce la dinámica propia de los poderes temporales pero procura cristianizarlos desde adentro. Ortodoxa doctrinalmente, muestra sin embargo una preocupación especial por las cuestiones sociales. Adscriben a esta orientación Jorge Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires y actual presidente de la Conferencia Episcopal Argentina; los fallecidos Raúl Primatesta y Antonio Quarracino, ex-presidentes de la CEA, y organizaciones como la Renovación Carismática Católica y “Comunión y Liberación” (Italia).

Cristianismo modernista: Propicia la autonomía entre las realidades temporales y las religiosas, entre el Estado y la Iglesia. Desde una concepción liberal, impulsa la colaboración y el diálogo con la sociedad en el marco del pluralismo ideológico. Resalta los valores de la democracia, priorizando los derechos individuales. Pertenecen a este modelo Jorge Casaretto, obispo de San Isidro; Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora; Justo Laguna, obispo emérito de Morón; la Revista Criterio y organizaciones como los Focolares.

Cristianismo liberador: Considera fundamental participar en la construcción de una sociedad justa y solidaria y en la promoción de los derechos sociales. La prioridad no pasa por fortalecer a la Iglesia como institución, sino por estimular el protagonismo de los sectores populares en los ámbitos político, social, cultural y religioso. Forman parte de este espacio Joaquín Piña, obispo emérito de Puerto Iguazú; Pedro Olmedo, obispo de Humahuaca; Miguel Hesayne, obispo emérito de Viedma; los ya fallecidos Jaime de Nevares y Jorge Novak y organizaciones como el Centro Nueva Tierra, los Seminarios de Formación Teológica, la corriente sacerdotal de Opción por los Pobres, la Revista Tiempo Latinoamericano y las Comunidades Eclesiales de Base. En la década del setenta, tuvo su expresión a través del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo.

En la realidad, estos modelos no se dan en “estado puro”. En ciertos aspectos, pueden coincidir personas y grupos con distintas posiciones a los cuales se ubica en los modelos según sus tendencias predominantes. Esta clasificación tiene por objeto ayudar a conocer y analizar el trasfondo de las diversas prácticas pastorales y elaboraciones teológicas.


Comunidades católicas tradicionalistas

Giménez Béliveau, Verónica

En los últimos años, el fenómeno del surgimiento de grupos conservadores en el seno de las iglesias se ha hecho visible. Lejos de expresar resabios de épocas pretéritas, su afianzamiento dentro de la Iglesia católica es una expresión más de las relaciones sociales modernas. La pluralización de los espacios religiosos en América Latina, ligada a la consolidación de la forma democrática de gobierno, ha llevado no sólo al crecimiento de grupos religiosos no católicos, sino también a la diversificación de comunidades dentro del catolicismo. Los Legionarios de Cristo, fundados en 1941 en México, el Instituto del Verbo Encarnado (1984) y la Fraternidad de Agrupaciones Santo Tomás de Aquino (1968) creados en Argentina, el Sodalitium Christianae Vitae surgido en 1971 en el Perú, entre otros movimientos, ilustran esta tendencia.
Una primera característica de los grupos católicos tradicionalistas es que proponen a sus fieles espacios comunitarios definidos, marcados por identidades fuertes. En un mundo que aparece ante algunos católicos como privado de rumbo, las comunidades ofrecen certezas con justificaciones doctrinales y teológicas, dan razón y sentido a sus miembros en una época en que el Estado, las organizaciones políticas y sociales, y, lo que puede parecer más sorprendente, las instituciones religiosas mismas, se vuelven incapaces de satisfacer las demandas de ordenamiento ontológico y práctico de la vida.
En este contexto, las comunidades tradicionalistas proponen normas de vida claras, una moral sexual estricta, códigos de comportamiento definidos y regulados. Formar parte de FASTA, por ejemplo, no depende sólo de la voluntad del ingresante: luego de un curso de formación que puede extenderse a lo largo de varios años, el nuevo miembro debe jurar, en una solemne ceremonia, fidelidad al grupo. La máxima autoridad de la comunidad lo integra entonces oficialmente, a través de la fórmula ritual “por la autoridad que me fue conferida en tanto que fundador y capellán de FASTA, te recibo en nuestra Fraternidad, y por los méritos de Santo Tomás de Aquino y de nuestro padre Santo Domingo, te hago partícipe de todas las gracias, las indulgencias, los privilegios y los bienes espirituales de la Ciudad Miliciana…”.
El mantenimiento y la reproducción de identidades fuertes y de convicciones severas exigen la presencia de una organización grupal capaz de contenerlas. La segunda característica de los grupos católicos tradicionalistas es la creación de una comunidad relativamente cerrada, donde se multiplican los vínculos intracomunitarios, mientras que con el “afuera” tienden a disminuir. Para las religiosas del IVE es regla asumir un nuevo nombre cuando se ingresa a la comunidad. Las novicias, junto con la adopción del hábito y el corte de sus cabellos, dejan de ser llamadas por su nombre civil y se transforman en María de las Lágrimas, María del Sagrario, María Virgine, María Anima Christi...
La formación de identidades fuertes en el marco de comunidades cerradas conduce a distintos tipos de conflicto con la institución eclesiástica, lo que constituye el tercero de los rasgos que las define. Aunque en este punto la estructura de la Iglesia, jerárquica y a la vez flexible, permite a los grupos acordar con determinadas instancias eclesiales (por ejemplo, personajes afines en la Curia Vaticana) y disputar espacios de poder con otras, como los obispos diocesanos.
Finalmente, la cuarta característica de los grupos tradicionalistas católicos tiene que ver con su flexibilidad organizativa: los modos que eligen para establecer relaciones de pertenencia con la Iglesia suponen altos grados de autonomía en las decisiones del gobierno del grupo, que las comunidades resguardan celosamente. Dónde fundar nuevas sedes, cómo elegir autoridades, qué regulaciones imponer para el ingreso de nuevos miembros, son prerrogativas que la comunidad se reserva. También qué acciones públicas emprender, con qué autoridades establecer contactos, cuáles demandas plantear a los Estados.
Las comunidades se reposicionan en el espacio público con objetivos claros: la conservación y expansión de espacios educativos confesionales, pero sobre todo la definición de pautas que atañen particularmente al control del cuerpo de la mujer. La activa presencia de miembros del IVE y de otros grupos católicos tradicionalistas durante el XIX Encuentro Nacional de Mujeres, realizado en Mendoza en octubre de 2004, es un ejemplo, así como la actuación de miembros de FASTA en el XX Encuentro Nacional de Mujeres, realizado en Mar del Plata en 2005. Afiches y folletos en defensa del “niño por nacer”, interminables debates sin solución posible en los talleres de los encuentros, promovidos por militantes católicas, hablan de la firme determinación de no ceder posiciones en un campo de lucha considerado primordial. La cuestión del aborto y de la salud sexual y reproductiva están en el centro de la polémica.


El catolicismo contestatario

Donatello, Luis Miguel

En octubre de 1992 se conmemoraron en Argentina los 500 años de colonización europea en la región. El gobierno de Carlos Menem, consecuente con su neoliberalismo, organizó los festejos con epicentro en Puerto Madero, antigua zona portuaria en decadencia que iniciaba su reconversión en urbanización de lujo. Firmas españolas, que recientemente se habían visto beneficiadas en las licitaciones de empresas públicas privatizadas, auspiciaban las distintas exposiciones. La nueva “reconciliación” entre el “conquistador” y el “conquistado”, se relacionaba con la “reconciliación” que el gobierno proponía entre los argentinos, indultando a los jerarcas de la última dictadura militar. Así, modernización, desarrollo económico, neoliberalismo y conquista española se amalgamaban en una genealogía que ponía a Argentina en la senda “correcta”. Todo ello bendecido por sectores de la Iglesia Católica favorables a un gobierno que en los foros internacionales se ponía a la derecha del Vaticano en cuestiones como salud reproductiva o derechos de género.
Pero otro tipo de eventos se gestaban para esas fechas. Confrontando simbólicamente la celebración, establecían un horizonte que hermanaba las denuncias contra la dictadura militar, contra un modelo económico que excluía a vastos sectores de la población, contra el ejercicio discrecional del Poder Ejecutivo por parte del primer mandatario, contra un cosmopolitismo cultural “excluyente", haciendo de la resistencia al neoliberalismo una sola bandera.
Esos eventos servirían para que adquiriesen forma la red social y la identidad de los sectores más “contestatarios” del catolicismo. Las experiencias fundacionales de este espectro eran de dos tipos. Por un lado, quienes durante la última dictadura militar, desde posiciones diversas, confluirían en el movimiento de derechos humanos. Por otro quienes, de manera más reciente, habían participado del tejido organizativo surgido para afrontar la crisis hiperinflacionaria y el posterior “ajuste” que castigaron duramente a los sectores populares, incrementando las consecuencias de las políticas excluyentes implementadas durante la última dictadura militar.
Ambas fuentes se aglutinarían a partir de la identificación positiva con el clima de efervescencia colectiva y política de los años '60 y '70. Así, se unían en una misma “construcción de memoria” el martirologio de los pueblos originarios, el de los “desaparecidos” y el de los “excluidos” del último tercio del siglo XX, imputando responsabilidades a una misma “estructura de dominación” (“pecado estructural”) juzgada como “injusta”.
Conceptos como “Teología de la Liberación” (Gutiérrez, pág. 8), “resistencia al neoliberalismo” y “denuncia profética”, se amalgamaban, dotando de sentido a prácticas diversas.
Este “catolicismo contestatario” se expresará de diversas formas, no excluyentes entre sí, que dotan de sentido espacios simbólicos dejados vacantes por las fuerzas políticas tradicionales.
Se trata, fundamentalmente, de tres tipos de opciones. Por un lado, buscarán desarrollar su praxis en estructuras político-partidarias que ya en los inicios del menemismo se plantearon como “alternativas”: el Grupo de los Ocho, el Frente Grande, el Polo Social y, finalmente, el FREPASO. Actualmente, los que siguieron este recorrido, transitan dos tipos de carriles. Hay quienes optaron por seguir en esta esfera, fundamentalmente en las distintas corrientes que conforman la actual fuerza gobernante. Pero también quienes buscan profundizar su vocación en los espacios de la “sociedad civil”.
En segundo término, el ámbito de lo que Javier Auyero denominó “beligerancia popular”, será otro “locus” privilegiado por los “católicos contestatarios”. Primero, con la activa participación de miembros de la jerarquía eclesiástica, como fue en los casos de Neuquén o Jujuy, entre otros. Luego, a partir de la acción cotidiana de sacerdotes, monjas y agentes pastorales en un proceso que representaba un distanciamiento con la institución eclesial. Gran parte de lo que hoy se conoce como “Movimiento de Trabajadores Desocupados” posee una raíz católica cuyos orígenes se han desdibujado, pero no sus prácticas “ascético-radicales”.
Finalmente, hoy se ha vuelto significativo el espacio denominado “sociedad civil”, tal vez el escenario de las experiencias más dinámicas. Más de un tercio de las ONG en Argentina están constituidas o dirigidas por militantes católicos. Y en ellas se encuentra gran parte de las tendencias “contestatarias”, desarrollando una praxis que busca el cambio de las formas de vida en ámbitos reducidos, a partir de “otras” maneras de concebir las relaciones sociales. 


Autor/es Juan Cruz Esquivel
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 96 - Junio 2007
Páginas:6,7
Temas Iglesia Católica, Sociedad, Políticas religiosas
Países Argentina