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Reseñas de libros

Inversión del proceso de desarrollo

De Carlos H. Waisman

Editorial:
Eudeba
Cantidad de páginas:
320
Lugar de publicación:
Buenos Aires
Fecha de publicación:
Abril de 2006
Precio:
28 pesos
Este libro se propone explicar el fenómeno argentino de inversión del proceso de desarrollo a partir de la gran depresión de 1929. Carlos H. Waisman, con riguroso método científico y documentación de calidad, desmenuza las versiones del marxismo economicista, del funcionalismo y de la teoría de la dependencia –impregnadas de cierto objetivismo mecanicista y exógeno– para hacer hincapié en los factores subjetivos y endógenos. Un audaz enfoque que hace insoslayable la obra, porque desmantela cuerpos de creencias muy caros al movimiento popular, en particular aquel que pone el acento en la agresión externa (que persiste a pesar de los reveses de la historia). Waisman sostiene que en el período entre la depresión y la posguerra “la institucionalización de un proteccionismo radical y una estrategia corporativista para el movimiento obrero constituyeron las causas inmediatas de la inversión del desarrollo en la Argentina”. Hasta aquí, discutible o no, es la clásica crítica liberal al peronismo.
Sin embargo, la idea fuerte del autor es responder a por qué las clases dominantes (elites) aceptaron esa autonomía del Estado de un bonapartismo sui generis que iba contra sus propios intereses. Según Waisman, tanto la Iglesia, los militares, la burocracia estatal y el nacionalismo –de tradiciones corporativistas–, como la propia burguesía agroexportadora –de tradición liberal–, aceptaron el discurso de Perón, que los asustaba con la revolución social o con  la guerra civil, porque tal prejuicio era más fuerte en esas elites que en el mismo Perón, a quien califica más bien de pragmático. Luego pasa a examinar los factores sociales, políticos e históricos internos y externos que fueron conformando ese injustificado temor a la revolución en los años cuarenta, para demostrar que tal peligro no existía. El autor parece probar su tesis esencial y, de ser así, introduce severas grietas en la teoría social y política dominante, porque el “fracaso” argentino se debería entonces a razones políticas, a la paranoia con que las “elites” dirigentes intentaron resolver las contradicciones de la crisis capitalista.
Como remate paradójico, esa política destinada a enfrentar a un irreal peligro de revolución a la larga se tornó contra las mismas elites, ya que posibilitó cierta autonomía de la clase obrera, facilitó la formación de una dirigencia revolucionaria y creó las reales condiciones revolucionarias en los setenta. Pero, según el autor, los revolucionarios se equivocaron y la canalizaron por la vía militar en desmedro de la organización política. En esta tradición argentina “que ya nos es familiar”, las clases dominantes “entraron en pánico y reaccionaron con exageración” respondiendo con el terrorismo de Estado, que restituyó el poder a las elites tradicionales. Pero para entonces Argentina era ya un país subdesarrollado.
La obra deja, no obstante, gruesos baches, entre ellos, por qué Canadá o Australia, a los que se compara con Argentina, no “fracasaron” a pesar de mantener políticas de pleno empleo y altos salarios tan criticadas a Perón.
Autor/es de esta reseña Arnol Kremer
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 86 - Agosto 2006