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América Latina en el siglo XXI

Entre los muchos datos de la realidad que hoy alimentan la incipiente tormenta de ideas que sacude a América Latina, no es el menor que este mes, en plena gira de George W. Bush por cinco países, vaya a tener lugar en Quito y Manta, Ecuador, la Conferencia Internacional por la Abolición de las Bases Militares Extranjeras, con la presencia de activistas, académicos y políticos de todas las regiones del mundo 1. En Manta, precisamente, funciona una base militar estadounidense cuyo permiso caduca en 2009 y que el presidente ecuatoriano, Rafael Correa, afirmó que no renovará.

Decimos incipiente tormenta de ideas porque en efecto lo es y porque son tantos los problemas a resolver que el panorama se presenta cargado de elementos contradictorios, enrevesado y terrible, aunque vibrante de promesas y energía. Los dirigentes y las sociedades latinoamericanas se ven envueltos en el torbellino del mundo; perciben el fenómeno como una amenaza y una oportunidad que los desafía y al mismo tiempo los pone de cara a la ciénaga de su propia historia, de su responsabilidad presente.

Todos bregan por algo nuevo, pero ninguno de los modelos antiguos parece servir. Los buenos liberales tienen que volverse hacia un pasado cada vez más lejano, casi una arcadia perdida, para reconocer sus ideas. Los populistas deben, por fin, resolver cuáles son sus verdaderas propuestas ante una realidad que hace de su estilo una pantomima y desnuda la corrupción de sus métodos. La izquierda ha llegado, también por fin, a la página del libro que habla del momento en que el capitalismo habrá dado todo de sí; pero su propia realidad es el marasmo consecutivo a un fracaso estruendoso. La experiencia soviética no fue un ensayo general del comunismo antes de debutar en el teatro de la Historia, sino un tremendo error, algo que no sólo no funcionó, sino que no debe funcionar, no al menos de esa manera. El centralismo democrático se reveló puro centralismo y cero democracia; la economía ciento por ciento planificada desde el Estado, ineficaz en su conjunto y generadora de todo tipo de corruptelas.

Dicho en pocas palabras: el capitalismo nacional es ya imposible en los países en desarrollo y el socialismo no se sabe qué es, aunque sí se sabe lo que no debe tratar de ser. Esta disyuntiva que aparentemente desemboca en la nada atraviesa todo el mundo no desarrollado y comienza a conmover a las grandes democracias desarrolladas, pero quizá en ninguna parte como en América Latina se da sobre todo en el terreno, en los hechos y alternativas concretas que se originan en las sociedades en movimiento.

A muchos, a muchísimos, este punto de vista les sigue pareciendo una ingenuidad, un wishfull thinking sofisticado, ¿pero no sienten ustedes, simplemente leyendo con atención los buenos periódicos, que estamos viviendo un tormentoso, violento, confuso, imprevisible y apasionante fin de época? Es como si se hubiesen abolido los husos horarios y todo el planeta, en estado de vigilia, estuviese enfrascado en una confrontación con peligro de muerte, pero más vivo y en posesión de sus medios que nunca.

Gobiernos variopintos

El mosaico América del Sur muestra por un lado un eje Cuba-Venezuela-Bolivia. Uno se declaró socialista hará pronto medio siglo y a pesar de sus extraordinarios avances sociales, ha heredado del modelo soviético lo esencial de sus trabas económicas y políticas; otro se propone avanzar hacia el socialismo del siglo XXI en una transición desde la democracia representativa hacia la participativa; desde un capitalismo lumpen y subdesarrollado hacia un ¿capitalismo, socialismo? de Estado descentralizado. El tercero es una inédita experiencia de acceso al poder democrático representativo por parte de los indígenas y sus descendientes del altiplano, cuyos dirigentes, acompañados de algunos intelectuales y sectores medios, miran hacia y se orientan desde las experiencias cubana y venezolana. Luego hay los gobiernos de Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, Chile y recientemente Ecuador, todos alianzas o partidos democráticos con el común propósito, que reconoce muchos matices, de desarrollarse en el marco de un capitalismo más anclado en lo nacional, más distributivo y armónico, relativamente autónomo, en el marco de las democracias representativas tradicionales.

O sea, desarrollo capitalista nacional o decidida transición hacia un nuevo socialismo, de contornos difusos. Lo malo conocido o lo bueno por conocer. El problema es que todos se encuentran con límites muy precisos e inmediatos. El capitalismo global no ofrece oportunidades al nacional; las toma todas y además destruye mercados y fuentes de trabajo. Las sociedades, que lo sienten en carne propia y están en carne viva, presionan. La propuesta socialista se presenta imprecisa, con demasiadas vías, todas estrechas por ahora. Los sectores sociales que la apoyan salen de la marginalidad en el subdesarrollo capitalista, que es como decir de un medioevo con pantallas de televisión que acabó mostrándoles, curiosamente, la cara oscura de la modernidad liberal capitalista. Los demás países siquiera se plantean todavía la salida del neoliberalismo.

O sea que el capitalismo no es la vía, pero el socialismo, sea lo que sea, está detrás de las propias limitaciones, de la ausencia de cuadros políticos y técnicos, de la inexperiencia en la producción y la administración. También del otro lado de los meandros de la democracia representativa, eso que en televisión se confundía con los programas cómicos, pero en la realidad es un sólido edificio, preparado para la defensa de intereses concretos.

Vaivenes de la integración 

¿Y entonces? El presidente Bush va a Uruguay para plantar una pica en la integración regional. El presidente Lula se le adelanta y trata de convencer al presidente Vázquez de que no se salga del Mercosur. El presidente Bush no puede ofrecer gran cosa al presidente Vázquez, porque su propio Congreso le tiene frenados dos TLC, con Perú y Colombia. El presidente Lula ofrece al presidente Vázquez un paquete de favores de emergencia, porque Brasil no se ha decidido aún a encabezar el proceso de integración y el Mercosur, como tal, no ha analizado aún qué ofrecer a los países pequeños. Y así, ni el presidente Vázquez, ni su gobierno, ni su conmocionada base partidaria y social (Moreira, Elías, páginas siguientes), podrán decidir con convicción la alternativa entre el amigo americano y los "hermanos" del sur.

Un nuevo maná parece caer del cielo: la producción agrícola de energía 2. Los países centrales prometen una demanda sostenida y precios en alza para el maíz, la soja y otros cultivos. Pero en México eso ya disparó el precio de la tortilla y amenaza con provocar un terremoto social que acabaría con la ya agrietada democracia 3. Ese país firmó hace más de una década un TLC con Estados Unidos, un socio que ahora está levantando un muro de hormigón, acero y controles electrónicos en la frontera común. En Brasil, además de restringir el área de cultivos para la alimentación y disparar los precios internos, la carrera por la energía agrícola aceleraría la ya gravísima deforestación que sufre el Amazonas y postergaría sine die una reforma agraria cuya necesidad y posibilidades claman al cielo y que el gobierno de Lula prometió y nunca cumplió 4. Tanto en Brasil, como en Argentina y los demás países, aceleraría el proceso de concentración y extranjerización de la tierra y acentuaría el desplazamiento de pequeños y medianos propietarios y arrendatarios.

O sea, el mundo presiona, eso provoca conflictos (recordar las décadas neoliberales) y en muchos países se otorga a los dirigentes un mandato nuevo, pero éste supone una opción estratégica cuya sola posibilidad ha desatado los demonios internos, aguzado los debates y enfrentamientos de clases. ¿Capitalismo nacional o socialismo del siglo XXI? ¿ALCA o Mercosur?

Respecto a la integración todo el mundo dice estar de acuerdo y se avanza en algunos hechos concretos, pero de manera bilateral. El viaje de Néstor Kirchner a Venezuela fue en los papeles muy fructífero para los dos países. Pero habrá que cumplir lo acordado, pasar de los anuncios político-mediáticos al cumplimiento en el largo plazo. Es decir, lograr que a lo largo del tiempo las respectivas burocracias, la respectiva corrupción, los respectivos intereses no acaben desdibujando hasta la nada los compromisos de cooperación e intercambio recíproco. Lo que es decir que en cada país son necesarios cambios profundos, culturales, en el sentido antropológico: en qué clase de tribu, de sociedades, tienen que convertirse para salir del pozo en que se encuentran.

Mirando alrededor, el panorama es más bien pavoroso. El capitalismo en su fase especulativa más atroz, violenta e invasora, despojándose día a día de su máscara democrática. El mundo árabe y persa sacudido por una oleada fundamentalista que se expresa tanto en Arabia Saudí como en Irán, en Pakistán o en Egipto y en algunos ghettos occidentales y que puede conducir a un conflicto internacional grave o deslizarse, como hasta ahora, por una pendiente de inseguridad y paranoia planetaria. La China, devenida el modelo capitalista soñado: una clase obrera y un campesinado alfabetizados, rígidamente controlados por un aparato rodado y eficaz; salarios bajísimos, disciplina, control absoluto de la protesta social. En el resto del mundo, paraísos fiscales, mafias, atrocidades y violencias públicas y privadas; inminente desastre ecológico.

Pero América Latina tiene todas las bazas para salir adelante. Riquezas, territorio y unidad cultural; campesinos, mano de obra industrial, clases medias, científicos e intelectuales producto de un tránsito marginal y caótico, pero tránsito al fin, por la modernidad.

Tiempos duros y apasionantes, que reclaman estadistas y visionarios de la historia antes que políticos al uso que pueden dejar pasar la oportunidad.

  1. En 2005 existían 735 bases militares de EE.UU. repartidas en los cinco continentes, con un valor aproximado de 127.000 millones de dólares. El total del personal militar estadounidense, incluyendo sus bases, es de 1.840.062, apoyado por 473.306 empleados civiles del Departamento de Defensa y 230.328 empleados locales. El Pentágono es uno de los mayores terratenientes del mundo: sus bases ocupan 12.726.668 hectáreas. Habría además varias bases secretas. Eduardo Tamayo, "Desafío al gorila de mil libras", ALAI, Quito, 23-2-07.
  2. Eleonora Gosman, "Biocombustibles, eje de la gira de Bush...", Clarín, Buenos Aires, 26-2-07, y Raúl Zibechi, "La segunda oleada neoliberal", ALAI, Montevideo, 22-2-07.
  3. Joëlle Stolz, "La ‘crise de la tortilla' fait descendre les méxicains dans la rue", Le Monde, París, 2-2-07.
  4. Este tema se complica para Lula. El mes pasado, la Central Unica de Trabajadores se unió por primera vez al Movimiento de los Sin Tierra en la ocupación de 14 predios. Juan Arias, "Primer apoyo sindical...", El País, Madrid, 26-2-07.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 93 - Marzo 2007
Páginas:3