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Recuadros:

Calamidad de calamidades

A pesar de su extrema sofisticación, los modernos métodos y equipamientos para la guerra no garantizan inmunidad a las tropas ni, mucho menos, la ocupación del terreno. El viejo método de combate contra fuerzas superiores, teorizado por los chinos hace siglos, sigue oponiéndose a los avances de la tecnología, al tiempo que los estrategas le oponen otras tácticas, como un crack bursátil provocado o la propaganda.

Estruendos, resplandores, deflagraciones del campo de batalla. Enfundado en su uniforme de última generación con chaleco antibalas integrado, el combatiente estadounidense porta un casco que garantiza su protección, pero que también es un complejo electrónico sofisticado. La computadora, con comando manual, incluye un banco de datos y responde a órdenes vocales. En la pantalla de la parte superior del casco el soldado puede hacer aparecer mapas, su posición calculada por GPS 1, directivas escritas, los datos técnicos necesarios para la identificación de un aparato, e incluso imágenes de video. La cámara integrada al módulo permite ver de noche a través del humo. "Orejas electrónicas", montadas a cada lado del casco, localizan el origen de los sonidos. Para más seguridad, el sistema informático está vinculado a un detector de minas compuesto de censores térmicos y de un micro-radar 2.

Porta un arma, por cierto; en este caso el fusil de asalto M14. Provisto de una cámara térmica capaz de detectar presencias camufladas, el fusil también permite emitir imágenes en red. Observador de tiro gracias a su láser de telemetría y de designación, todo infante se convierte en un elemento de la cadena de información e inteligencia.

¿Ciencia ficción? Ya en 1994, algunos de estos materiales estaban listos para entrar en servicio en el ejército estadounidense, en el marco del proyecto "21st Century Land Warrior Project" (21CLW). Concebida durante la primera guerra del Golfo (1991), la Revolución en los Asuntos Militares (RMA) impulsó entonces al extremo la ventaja tecnológica. Durante la operación "Tormenta del Desierto", las armas victoriosas contra Irak fueron los aviones furtivos, los misiles de crucero (aviones no tripulados) y las bombas de precisión, mientras los demás componentes de la coalición internacional conducida por los estadounidenses tenían un papel subordinado. La coordinación en tiempo real de numerosas armas a gran distancia suministró una capacidad de combate sin precedentes. Un fenómeno inimaginable antes de la aparición de la informática.

 La superioridad tecnológica

 Desde entonces, las más modernas técnicas de comunicación irrigarían todos los niveles de las tropas del siglo XXI, más poderosas, más móviles, más reorganizadas. "Apenas nuestro oponente en el campo de batalla mueva un dedo, el conjunto de nuestras fuerzas será informado y podrá hacerle inmediatamente jaque mate", profetiza el general Dennos Reimer, jefe del Estado Mayor de la US Army 3.

"Táctica internet"; municiones de precisión que incrementan la potencia de fuego de los caza-bombarderos; multiplicación de los aviones sin piloto o drones (Unmanned Aerial Vehicle - UAV), destinados en un principio al reconocimiento, pero cada vez más volcados al combate. Nunca en la historia ha habido semejante abismo entre el primer ejército del mundo y sus rivales o aliados. Gastón Bouthoul, fundador en 1945 de la polemología 4, profetizó en 1962: "El combatiente tiende a convertirse en un ingeniero que prepara la destrucción masiva con máquinas de cálculo, cuadrantes y botones. Esto le permite ser terriblemente consciente y al mismo tiempo inconsciente, pudiendo responder a quienes le hacen reproches: ‘No soy un carnicero, soy un ingeniero'".

Como toda revolución, la de los asuntos militares no concita unanimidad. Incluso en Estados Unidos, algunos oficiales objetan que el equipamiento high-tech de los infantes es muy pesado, entorpecedor. Otros se inquietan: "Con la dependencia exagerada respecto a las redes de computadoras se corre el riesgo de debilitar al ejército en vez de reforzarlo, haciendo mella profundamente en su espíritu combativo, ya que los soldados se convierten antes que nada en gestores de redes" 5. En China, dos coroneles de la fuerza aérea, Qiao Liang y Wang Xiangsui 6 confirman: "Las investigaciones llevadas a cabo por los estadounidenses incluyen forzosamente puntos teóricos ciegos y errores de razonamiento".

Como consecuencia de los "ataques a distancia", el sentimiento de superioridad tecnológica dio nacimiento a un nuevo concepto, el de "cero muertes" (propias).

Puesto que existe un rechazo a revivir las hecatombes del pasado; que existe un mayor peso de las fuerzas culturales y sociales y de los derechos humanos, esta evolución va en el sentido deseado por las democracias occidentales. Así, la guerra se presenta como "humanitaria"; intervenciones militares destinadas a detener situaciones intolerables (hambrunas, genocidios, limpiezas étnicas, guerras civiles interminables, etc.) 7. Una historia donde reaparece la moraleja de los buenos que al final ganan. Todo para el mayor placer de los estrategas de salón, que ven con excitación que los "ataques quirúrgicos" vuelven a incluir en la agenda una "guerra fresca y alegre".

 La "guerra justa"

 Este progreso -a primera vista-, reactualiza la reflexión a la cual, después del venerable Platón, se dedicó San Agustín en el siglo V, acerca de la distinción entre "guerra justa" -y por lo tanto lícita, puesto que defensiva- e "injusta", y por lo tanto ilícita, ya que es agresiva (8). Esta doctrina, que analiza los conflictos en términos morales, acompañará a lo largo de los siglos -con múltiples avatares e interrupciones- los esfuerzos llevados a cabo para encuadrar el uso de la fuerza en las relaciones entre Estados. Un repertorio de reglas divididas en dos grupos la sostienen: el jus ad bellum (reglas para entrar a una guerra de manera moralmente legítima), y el jus in bello (criterios para una conducción de la guerra moralmente aceptable).

Integrada al derecho internacional positivo, especialmente gracias a las Convenciones de La Haya y de Ginebra, la noción de "guerra justa" reconoce el derecho a defenderse por medio de las armas, ya que los Estados, así como los individuos, tienen "derechos fundamentales", como la "integridad territorial" y la "autodeterminación". Con esto, señala el filósofo Nicolás Tavaglione 9, "la doctrina es, a primera vista, superior a sus dos adversarios teóricos más feroces: el pacifismo absoluto y el realismo amoral".

 Los rehenes civiles

 La operación "Tormenta del Desierto", llevada a cabo bajo el auspicio de la ONU en 1991, estuvo acompañada de la esperanza de un "nuevo orden mundial". En los hechos, la renuncia al uso no defensivo de la fuerza, inscripta en la Carta de las Naciones Unidas, no pone trabas a los Estados, constatan Gilles Andréani y Pierre Hassner 10. Es cierto que durante diez años dominó, aparentemente, la intervención "humanitaria": en Somalia, Haití, Bosnia-Herzegovina, Ruanda, Sierra Leona, Kosovo, Timor Oriental, República Democrática del Congo. Pero "su suerte siguió una curva oscilante". Porque ¿quién decide oponer la violencia a la violencia? ¿Cuándo, cómo y en nombre de qué?

A medida que fue creciendo su influencia, desde el final de la Guerra Fría, Estados Unidos pretendió ser el salvador del planeta, el gendarme del mundo, el emisario de la paz y de la democracia... seguido con demasiada frecuencia por los europeos. De una distinción bien marcada entre lo humanitario y lo securitario se pasó, en Kosovo, a recurrir a la fuerza de manera abierta.

Luego de las masacres perpetradas por las fuerzas de Belgrado, que causaron cerca de 10.000 muertos civiles, las tropas de la OTAN desencadenaron en 1999 una guerra aérea relámpago de 79 días, a pesar  de la opinión de la ONU 11. Ilegal -aunque el Consejo de Seguridad se negó a condenarla- la intervención hizo surgir nuevas preguntas. Por ejemplo: "La de saber si la fuerza debe servir con prioridad para la protección de las víctimas o para la coerción del agresor" (Andréani, Hassner). ¿Causa justa? "La OTAN invocaba objetivos humanitarios -señala Tavaglione-: detener a las fuerzas serbias que realizaban operaciones de depuración étnica contra la población albanesa de Kosovo. (...) Mientras el teatro de operaciones estaba en Kosovo, los bombardeos afectaron sobre todo a Serbia. (...) Pero al llevarlos lejos del campo de batalla, estaban dirigidos a ‘castigar a la sociedad', quebrando así su voluntad o minando su moral, con la esperanza de que obligara, de una u otra manera, al gobierno a poner fin al combate". En otros términos, tomar como rehén a la población civil no combatiente, algo formalmente prohibido por el jus in bello.

Al término de este conflicto, otra cuestión pasó inadvertida: aunque los estrategas estadounidenses obtuvieron nuevamente de esta victoria relámpago el sentimiento de que la superioridad aérea les permitía por sí sola quebrar a un ejército adverso, no abordaron el problema de la ocupación terrestre frente a una población hostil. Sin embargo, la derrota en Somalia debería haber llamado la atención sobre este asunto. Desde un estricto punto de vista militar, la incursión que llevaron a cabo en Mogadiscio, el 3 de octubre de 1993, fue un éxito. Pero el precio pagado (19 soldados muertos o desaparecidos y 84 heridos), fue demasiado para la opinión pública de un país que se había hecho adepto a la noción de "cero muertes". Esto impuso, como ya había sucedido en 1982 en Beirut, un retiro precipitado.

Primera conclusión: nunca habrá la misma disposición para aceptar los riesgos en una misión de mantenimiento de la paz (cooperación multinacional no obligatoria), como para responder a una agresión en el propio suelo 12. En Pekín, Qiao Liang y Wang Xiangsui sacan otra enseñanza: "Si se juzga por el desempeño del ejército estadounidense en Somalia, donde se encontró desamparado ante las fuerzas de Aidid, podemos concluir que ni aun la fuerza militar más moderna tiene capacidad para controlar el clamor público, o para enfrentar a un oponente que opera de manera no convencional".

 Regreso a la noción hobbesiana

 No convencional fue, por definición, el ataque al territorio estadounidense el 11 de septiembre de 2001, confirmando la previsión de los dos chinos (su obra es de 1998): "Cuando países pobres, de escaso poder militar y entidades guerreras no estatales, resisten a potencias superiores, como Chechenia a Rusia, Somalia a Estados Unidos, Irlanda del Norte a Gran Bretaña y los partidarios de la yihad islámica a todo Occidente, (...) la sabiduría les ordena rechazar sistemáticamente el enfrentamiento con los ejércitos de las grandes potencias y utilizar, en cambio, para resistir, diversas formas de combate como la guerrilla (principalmente urbana), la guerra terrorista, la guerra santa, la guerra prolongada y la guerra de redes".

La respuesta al 11 de septiembre marcó el fin del "cero muertes" (estadounidenses). Es que esta vez se trataba, para Washington, de defender a sus propios ciudadanos.... oficialmente al menos. En efecto, aprovechando la emoción ciudadana, la Casa Blanca movilizó al ejército más poderoso del mundo para llevar a cabo una acción que habría debido mantenerse en el ámbito de la policía y de los servicios de información. No nos extenderemos aquí sobre las razones profundas, ya conocidas, de la "guerra mundial contra el terrorismo", desencadenada por la Casa Blanca: controlar los recursos petroleros del Golfo Pérsico y destruir la capacidad militar de una parte del mundo árabe. Al atacar a Afganistán para expulsar a los talibanes, los expertos del Pentágono creyeron que el conflicto se terminaría en la primavera boreal de 2002. Pero ya sabemos lo que ocurrió.

El 18 de marzo de 2003, con el pretexto de armas de destrucción masiva (ADM) inexistentes, Estados Unidos desencadenó su ofensiva contra el Irak de Saddam Hussein, sin ninguna autorización de la ONU y en contra de la voluntad de varios aliados. "El abandono del multilateralismo intra-occidental es particularmente revelador del retorno de Estados Unidos a los valores hobbesianos", escribe Dario Batistella 13.

La concepción hobbesiana 14 de la guerra, recuerda Batistella, caracterizó las relaciones entre unidades políticas durante toda la Antigüedad y la Edad Media, antes de ser reapropiada por la Francia napoleónica y luego por la Alemania hitlerista. Se apoya en dos postulados principales: "Por un lado, la aceptación de la guerra ilimitada, del ejercicio máximo de la fuerza y la exclusión de todo compromiso con el enemigo durante el combate, entendiendo que el objetivo de la guerra es la ‘destrucción del ejército'; por otro, ‘la creencia en la guerra preventiva', sinónimo de ausencia de reglas para desencadenar una guerra. Todos los golpes están permitidos, sin consideraciones legales ni morales".

Se puede discutir legítimamente la necesidad de desencadenar una guerra "preventiva" -en realidad, "prioritaria"-. "La idea de que el recurso a la fuerza debe ser evitado hasta después del fracaso de todos los intentos de solución pacífica tendría, en caso de un genocidio anunciado o previsible, consecuencias desastrosas", consideran con toda razón Andréani y Hassner. El ejemplo de Ruanda atormenta las memorias. Y además: "¿Qué decisión tomar cuando se vuelve evidente, para los expertos militares, que una acción militar en un momento dado puede tener grandes posibilidades de ser breve y estar coronada por el éxito, mientras que seis meses más tarde, al haber cambiado la relación de fuerzas, el enfrentamiento resultaría más sangriento y más incierto?" 15.

En este caso, la elección de Washington por el término "preventiva" en lugar de "prioritaria" -inscripto en la doctrina de la guerra justa-, no es de ninguna manera azarosa. La diferencia está referida a la temporalidad de la amenaza: una guerra "prioritaria" se emprende ante un peligro percibido como inminente; una guerra preventiva se hace para responder a un peligro... potencial. Así, la National Security Strategy estadounidense justifica la legítima defensa varios años antes de que la amenaza pueda realizarse. Para Batistella, "al atacar a partir de sospechas vagas e inciertas, Estados Unidos se convierte en un injusto agresor". Aun más inquietante, la Nuclear Posture Review, publicada por la Casa Blanca el 9 de enero de 2002, marca un cambio radical en el enfoque de las cuestiones nucleares. En las antípodas del concepto de disuasión, la miniaturización de las armas, como los mini-nukes, abre la puerta a un "empleo medido".

Batalla en todos los ámbitos

 ¿Quién puede dudar ahora de que la guerra estadounidense en Irak agravó en vez de reducir las amenazas de terrorismo y de proliferación nuclear?, se pregunta Pierre Conesa en un ensayo 16 que tiende a demostrar que unilateralismo, terrorismo y proliferación nuclear están vinculados dialécticamente para crear una mecánica de la inseguridad internacional. La caída de la Unión Soviética en 1991, dice, "insufló un sentimiento de embriaguez triunfalista tanto entre los teóricos del islamismo violento, convencidos de haber vencido ellos solos a la URSS en Afganistán, como entre los pensadores del neoconservadurismo estadounidense, que también veían el derrumbe de la ‘potencia del mal'". Para Conesa, el choque de los extremismos religiosos es incuestionablemente una característica dominante de la inestabilidad internacional. Conesa considera al unilateralismo del equipo de Bush como propio de una potencia que justifica su identidad como una suerte de "particularismo sacralizado", un "mesianismo democrático radical", al que los neoevangelistas dan una conclusión religiosa para constituir un "patriotismo bíblico". Resulta, entonces, de la misma naturaleza que el que inspira a los yihadistas, cuando hacen del islam el principio absoluto y definitivo. "Como el objetivo del conflicto es el triunfo de la religión ‘verdadera', el resultado no puede ser otro que la victoria final, y ninguna negociación es posible con ‘el otro', que es presentado como el mal absoluto".

En una región donde el sentimiento de ser el juguete de potencias exteriores exacerba desde hace décadas el nacionalismo y el rechazo de Occidente, cada uno de los actores ve la agresividad en el enemigo y justifica su propia violencia con la violencia anterior de los otros. Esto es cierto tanto para la nebulosa de Al Qaeda, que no respeta ninguna regla y tiene por objetivo la destrucción del orden existente, como para los Estados sometidos a la venganza de Washington. "La única respuesta posible se jugará en lo sucesivo en los ‘igualadores de potencia' que son la proliferación de armas de destrucción masiva, la guerra irregular o el terrorismo que, con costos reducidos, eliminan el desequilibrio militar", concluye Conesa. La incesante lucha entre el escudo y la espada que llevan a cabo los estrategas de todos los países desde hace siglos...

El chino Sun Tzu, famoso general de la época de las Primaveras y los Otoños (722-481 a. C.), desarrolló sus concepciones sobre la estrategia y la táctica en una pequeña obra, El arte de la guerra. Sin negar el interés del combate directo, preconiza la utilización de todos los efectos indirectos capaces de contribuir a la victoria, incluso sin llegar a librar batalla. Dos mil quinientos años más tarde, en una China considerada por Washington como una potencia rival creciente, los coroneles Qiao Liang y Wang Xiangsui no han renegado de su pensamiento. Su obra La guerra sin restricciones, publicada en Pekín en febrero de 1999, ofrece una posibilidad de comparación entre dos culturas estratégicas, la estadounidense y la china, opuestas en todo. Poco importa si "la guerra asimétrica" es una denominación nueva. "En realidad es un asunto viejo: la respuesta del débil al fuerte", afirman los militares chinos.

Pekín se inquieta por un posible "encierro" de China ante la presencia militar de Estados Unidos en la región o por el refuerzo de su sistema de alianzas. Para evitar una carrera armamentista agotadora y sin esperanzas, La guerra sin restricciones amplía las acciones bélicas a todos los ámbitos diferentes del dominio militar, a todos los medios diferentes a los guerreros. "La ayuda económica, las sanciones comerciales, la mediación diplomática, la aculturación, la propaganda mediática, el establecimiento y el uso de soluciones internacionales, el recurso a resoluciones de Naciones Unidas, etc., al tiempo que constituyen ámbitos anexos son cada vez más medios paramilitares al servicio de los políticos". En resumen, teniendo en cuenta la relación de fuerzas, Pekín continuará favoreciendo la diplomacia y, más ampliamente, lo que se denomina el soft-power, para tratar de modificar la situación en su beneficio.

 Más allá de lo militar

 En caso de conflicto abierto... "Los modelos de la guerra tradicional, así como las teorías y métodos vinculados a ellos van a enfrentar un desafío". Para los autores, todos los ámbitos van a convertirse en campos de batalla en el futuro. Y a buen entendedor... "Un crack bursátil provocado; una invasión por un virus informático; un simple rumor o un escándalo que provoque una fluctuación del tipo de cambio del país enemigo o que exponga a sus dirigentes en internet, todas estas acciones pueden ser ubicadas en la categoría de armas de nueva concepción".

Superando la "primacía de lo militar", Lian y Xiangsui señalan que una gran potencia en vías de mundialización como China, tiene ya la capacidad de sacudir la economía planetaria simplemente modificando su política económica. "En tal hipótesis, el resultado sería ciertamente superior al de un ataque militar". En resumen, la distinción entre campo de batalla y no campo de batalla ya no existe. La utilización de un medio único será cada vez menos eficaz, mientras que el uso conjugado de métodos diversos tendrá ventajas evidentes.

En conclusión, ambos estrategas observan: "Estados Unidos está en vías de concentrar lo esencial de su energía para volver a hacer ‘una guerra del tipo Guerra Fría, como ya no debiera haber' y, muy probablemente, está gastando su fuerza en una mala dirección".

  1. Global Positioning System.
  2. Jon Gawne, "Le combattant américain du XXIème siècle", Raids, París, diciembre de 1994.
  3. Jean Laffay, "L'US Army du XXIe siècle", Raids, París, marzo de 1999.
  4. Estudio científico de las guerras y, más ampliamente, de los fenómenos de agresividad colectiva. Su obra Le phénomène guerre (Payot, 1962) acaba de ser reeditada ("Petite bibliothèque Payot", Payot, París, 2006).
  5. Jean Laffay, "L'US Army du XXIe siècle", op. cit.
  6. Unrestricted Welfare (La guerra sin restricciones), Pekín, 1999.
  7. Olivier Hubac (dir.), Mercenaires et polices privées, Universalis, París, 2005.
  8. Sobre este tema, véase Christian Delanghe y Henri Paris, Les nouveaux visages de la guerre, Pharos - Jacques-Marie Laffont, París, 2006.
  9. Le Dilemme du soldat. Guerre juste et prohibition du meurtre (El dilema del soldado. Guerra justa y prohibición del asesinato), Editions du Cerf, París, octubre de 2005.
  10. Justifier la guerre? De l'humanitaire au contre-terrosime (¿Cómo justificar la guerra? De lo humanitario al contraterrorismo), Les Presses de Sciences Po, París, octubre de 2005.
  11. China y Rusia se opusieron a una intervención que corría el riesgo de terminar en la división de un país considerado como soberano: Pekín pensaba en Taiwán y Moscú en Chechenia.
  12. Olivier Hubac, op. cit.
  13. Retour de l'état de guerre (Retorno del estado de guerra), Armand Collin, París, 2006.
  14. Thomas Hobbes, filósofo inglés, 1588-1679.
  15. Justicia y Paz- Francia, "Dossier de réflexion sur les interventions militaires extérieures", Documents-Episcopat, París, 8-5-00.
  16. Les mécanismes du chaos. Bushisme, terrorisme et prolifération (Los mecanismos del caos. Bushismo, terrorismo y proliferación), De l'Aube, La Tour-d'Aigue, 2007.

Reglas de la guerra

Jus ad bellum (el derecho a la guerra)
1. Una guerra se justifica si se hace por una causa justa objetiva (resistencia a la agresión, protección de los inocentes, reparación de un daño).
2. Una guerra se justifica si está motivada por una intención subjetivamente recta, como la de los jefes de Estado que invocan una causa justa de buena fe, y no como un pretexto que encubre motivos inmorales.
3. Una guerra se justifica si es declarada públicamente de buena y debida forma por una autoridad competente.
4. Una guerra se justifica si constituye el último recurso disponible para promover una causa justa, ya que los medios pacíficos de resolución del conflicto se han agotado.
5. Una guerra se justifica si tiene posibilidades razonables de tener éxito, quedando así excluida la guerra “desesperada”.
6. Una guerra se justifica si provoca daños proporcionales al perjuicio que busca corregir.

Jus in bello (El derecho en la guerra)
1. Un beligerante debe dar pruebas de poder discriminar entre combatientes y no combatientes, ya que las poblaciones civiles gozan de inmunidad y nunca deben ser tomadas como objetivo.
2. Un beligerante justo debe limitarse a acciones proporcionales a los objetivos perseguidos, estando absolutamente desterradas, por ejemplo, las armas de destrucción masiva.
3. Un beligerante justo debe considerar prohibido cualquier medio intrínsecamente malo, como campañas de violaciones masivas, genocidios, empleo de armas con efectos incontrolables (químicas o biológicas). u


Ambigüedad moral

Tavaglione, Nicolas

“Al menos desde las comedias de Aristófanes (IV a.C.), se sabe que la paz es preferible a la guerra. Y desde La Ciudad de Dios de San Agustín, y a pesar de los esfuerzos del filósofo para persuadir a los mortales afligidos por el saqueo de Roma (410 d.C.) de que Dios no admitía ninguna queja, se sabe que la guerra es un cortejo que trae los más severos infortunios. Se encuentran allí, en primer lugar, ‘toda la gama de maneras horribles de morir’; y luego se sufren las angustias del desposeimiento, de la muerte sin sepultura, de la tortura, la violación, el cautiverio y el exilio. Luego de algunos siglos de progresos tecnológicos y, más tarde, de centralización política, es posible sostener, como el historiador militar John Keegan, que la guerra se ha convertido en ‘la calamidad de las calamidades’, ya que ‘ha superado a la enfermedad y al hambre en la jerarquía de las amenazas que este mundo hace pesar sobre la vida, la libertad y la felicidad de los seres humanos’. Sin embargo, se admite a veces que una guerra puede ser justa, ya que circunstancias excepcionales exigen respuestas excepcionales.
Aparece así la ambigüedad moral de la guerra: por un lado, es considerada como un medio aceptable para alcanzar algunos fines políticos de la mayor importancia, con lo que el ‘punto de vista moral’ puede aprobarla y elegirla, de ser necesario; por otro lado, es considerada un mal de la mayor gravedad, y entonces el ‘punto de vista moral’ debe condenarla y evitarla a cualquier precio.
Una simple consideración lingüística viene, a fin de cuentas, a confirmar esta ambigüedad. Las palabras ‘pogrom’, ‘masacre’ y ‘guerra’, aunque no sean sinónimos, tienen un parecido de familia: los fenómenos a los cuales hacen referencia están marcados por un desencadenamiento de violencia colectiva en la cual están como suspendidas las prohibiciones ordinarias que castigan el asesinato, la crueldad o la brutalidad. Pero tienen una diferencia: mientras que nunca diríamos un ‘pogrom justo’ o una ‘masacre justa’, nos sentimos autorizados a decir ‘una guerra justa’.
El uso de la palabra ‘guerra’ es, por lo tanto, algo ambivalente: ubicada generalmente en la categoría del estado de cosas ‘intrínsecamente inmorales’, en algunas ocasiones la guerra es clasificada en la categoría del estado de cosas ‘moralmente justificables’. Los propios partidarios de la idea de guerra justa están de acuerdo: ‘A veces se hace necesario para una nación defenderse mediante la fuerza de las armas. Y como la guerra es un asunto grave, porque supone el sacrificio y la supresión de preciosas vidas humanas, la conciencia exige de aquellos que se preparan para ella, enunciar claramente el razonamiento moral que subyace a sus acciones’ 1.”

  1. Enola Aird, John Atlas, Jay Belsky y otros, “What We’re Fighting For”, Institute for American Values, 2002.


Autor/es Maurice Lemoine
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 96 - Junio 2007
Páginas:28,29,30
Traducción Lucía Vera
Temas Militares