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“Primavera de la democracia”

La excepcional tasa de participación en las elecciones presidenciales francesas (alrededor del 85%) y la declinación del Frente Nacional suscitaron comentarios eufóricos sobre una “primavera de la democracia”. Sin embargo, millones de electores optaron en función de las probabilidades de triunfo que atribuían a los candidatos, y de su deseo de obturar el camino a alguno de ellos; no a partir de los programas propuestos.

En sus formas más visibles e institucionales, la democracia parece salir ganando de la primera vuelta de la campaña presidencial francesa. Al privilegiar a los representantes de los dos principales partidos que se alternan en el poder, los resultados del 22 de abril de 2007 habrían puesto nuevamente en su lugar la confrontación política habitual, y la sustitución del Frente Nacional por la Unión por la Democracia Francesa (UDF) en el papel de outsider devolvería con creces a la democracia sus referencias corrientes. Las reglas de financiamiento público y el acceso igualitario (durante algunas semanas) de todos los candidatos a los canales nacionales contribuyeron a ampliar la lucha política. Finalmente, la tasa de participación (83,78%) parece registrar el reencuentro encantado de los ciudadanos con la vía de las urnas. ¿Cómo no alegrarse de alguno de estos aspectos?

Sin embargo, bajo esta aparente reconciliación de la democracia consigo misma, la campaña presidencial puso al descubierto fenómenos que perturban su funcionamiento rutinario. La incierta coyuntura en la que comenzó la campaña llevó al extremo un mecanismo que ofrece un poder único a aquellos cuyo principal crédito proviene de sus relaciones con actores cada vez más determinantes en política (encuestadoras, prensa, patronal). Las reglas de la competencia resultaron modificadas.

La oposición derecha-izquierda -presentada como obsoleta, arcaica, retrógrada y cuyo final ha sido profetizado tantas veces- sólo se invoca para demarcar personalidades, negando las políticas que llevaron a cabo o anuncian. Los llamados al orden sobre el sentido de las posiciones a sostener y de las causas a defender desaparecen entonces en provecho de decisiones tácticas y de cálculos electorales que alimentan tanto los llamados a votar como las justificaciones de candidaturas, alianzas, o comentarios de prensa.

La novedad reside en la presentación pública de tales cálculos que, al instalar en el centro de la escena electoral las bambalinas de las transacciones, elimina una cantidad de censuras sobre aquello que es posible y concebible hacer y decir en política. "Voto útil", "Mejor candidato para ganar",  "Para vencer a Sarkozy" o "Para quitarle electores a Le Pen": estos argumentos fueron en la mayoría de los casos los únicos programas propuestos. Cuando se afirmaron ideas sustanciales, lo fueron menos por las cuestiones sociales que planteaban, que por las expectativas de beneficios que podían conllevar. Curiosa campaña, pues, que vio, si no la derrota de los ideales, al menos su reformulación en función de las tácticas del momento. Ella ilustra una nueva configuración en gestación en la que los intereses políticos inmediatos de algunos van de la mano con las anticipaciones alocadas de los otros. Su dinámica sigue los sobresaltos de la "carrera de caballos" impulsada por las encuestas.

El modo de designación de tres de los candidatos "republicanos" de 2007 a la Presidencia de la República se distinguió de los procedimientos anteriores por eludir las lógicas partidarias y los recursos militantes que éstas otorgan. Ségolène Royal constituye sin duda alguna un caso paradigmático de esa situación, pero Nicolas Sarkozy o François Bayrou no tienen nada que envidiarle.

Tiranía de las encuestas

Royal accedió a una posición de representación sin haber conquistado antes el liderazgo en el seno del partido (al contrario de un François Mitterrand o de un Lionel Jospin); tampoco participó de los debates internos. Se impuso como "presidenciable" ante los analistas, y luego ante un número creciente de representantes, responsables y militantes socialistas hasta su entronización en noviembre de 2006 gracias a las encuestas de popularidad positivas y, desde noviembre de 2005, de las intenciones de voto. Como demostraron Rémi Lefebvre y Frédéric Sawicki, su fuerza derivó no sólo de la impresión de "virginidad política" que esforzadamente elaboró, sino sobre todo del estado de un partido subordinado al imperio creciente de las encuestas de opinión 1.

La transformación del Partido Socialista (PS) en un partido de representantes orientados principalmente hacia las apuestas electorales, la marginación de los militantes obreros en provecho de "jóvenes cuadros", el decaimiento de los "medios" y de las redes socialistas, la ocupación de puestos de responsabilidad por "expertos" que importaron saberes reputados más rendidores (principalmente la técnica de sondeos), contribuyeron a que los dirigentes se volvieran sordos a las expectativas de fracciones sociales que ya casi no frecuentan.

Los otros dos principales candidatos cuentan con legitimación partidaria, pero no por ello dejaron de tratar de deshacerse en público de las coacciones de su tradición.

Percibido hace algunos años como un "traidor del gaullismo", luego de su apoyo en 1995 a Édouard Balladur, entonces rey de las encuestas, contra Jacques Chirac, presentado entonces como un loser irrecuperable, Sarkozy fue elegido, en noviembre de 2004, cabeza de la Unión por un Movimiento Popular (UMP) con un resultado a la soviética. La "modernización" de la UMP que puso en marcha al importar las técnicas del management privado -contratos en función de objetivos para reclutar adherentes, evaluación del desempeño de las federaciones y publicación de su clasificación en función de sus resultados, webmarketing- transformó al partido en una "empresa comercial" adaptada a la imagen de "ganador" que ofrece.

Esa renovación le confirió además una autoridad de jefe electoral más que necesaria, visto que hasta entonces había perdido todas sus grandes campañas nacionales: presidenciales de 1995, europeas de 1999, regionales de 2004, referéndum de mayo de 2005. Sarkozy se apoya también en las encuestas, sobre las que se hizo experto en el Ministerio del Interior, para mostrar que cada vez que tomó partido, el "pueblo estuvo con él", forzando de esta manera la adhesión de los analistas, de los militantes o de los responsables políticos que se opondrían a algunas de sus medidas.

Su discurso de Poitiers, el 26 de enero de 2007, ilustra esta estrategia de apoyo sobre opiniones comunes para mostrar su "sentido común" y reenviar las diferencias políticas y sociales a un pasado superado: abandono de la herencia gaullista, saqueo (retórico) del panteón de la izquierda, insistencia sobre el último tema de moda (anti-arrepentimiento, ya que Francia debe estar orgullosa de su historia, Antiguo Régimen y colonización incluidos), invento de una fórmula hecha para conservar la atención (el "comunitarismo histórico") 2.

En cuanto a Bayrou, sus llamados al voto útil (en su favor) sólo surgieron una vez que comenzó su espectacular ascenso en las encuestas. De hecho, Patrick Lehingue estima que la revelación de un "tercer hombre" en una carrera prevista desde hace tiempo para dos, se debió no tanto a su trabajo político como a una táctica (recurrente) de los analistas por reanimar "análisis" que se habían vuelto aburridos y repetitivos 3. Que esta táctica haya alcanzado consistencia política al punto de obligar al líder de la UDF a hacer suyo un discurso anti-establishment más propio del Frente Nacional (FN) es esclarecedor sobre las nuevas necesidades del juego político, sobre el estado de desmoronamiento de los colectivos partidarios y sobre la fuerza de las creencias puestas en las competencias imaginarias establecidas por los sondeos.

Libres de compromiso

Cada partido se desprende de sus tradiciones políticas. Luego de tantos "caciques", los militantes parecen elegir ahora al portavoz que optimizará mejor las posibilidades colectivas de victoria, y no a aquel que encarne mejor sus preferencias programáticas. El deseo de no dejar pasar una "locomotora" destinada a convertirse en "tanque de la victoria" es más determinante en las alianzas que las causas que se defienden. Este modo de funcionamiento de las pasiones políticas produce un doble efecto. En primer lugar, el de convencer a los candidatos designados de que deben su lugar sólo a su calidad personal: al interiorizar la idea de que ser el mejor en su campo es ser el primero (y viceversa), no sólo dejan de percibir la lucha política como una cooperación destinada a asegurar la salvación colectiva, sino que se ven llevados a desviarse de las opiniones de quienes los apoyan y a romper los compromisos que favorecieron su ascenso.

También están persuadidos de que una campaña electoral debe movilizar en primer lugar a los analistas y no a los electores, ya que su opinión es menos importante que la de aquellos que la configuran 4. El principal "terreno" sobre el que deben trabajar es un "terreno de papel": salir en portada, superar en las encuestas al contrincante más próximo. Al vivir esta continua "carrera de caballos" como una proeza personal, ven en las encuestas de opinión victorias electorales, y en la elección una encuesta tamaño natural.

La incertidumbre que en estos tiempos rodea los escrutinios no puede sino reconfortarlos en esa visión e impulsarlos a consolidarse mediante criterios volátiles y versátiles 5. Antes que buscar soluciones a los problemas sociales que componen la trama de las vidas comunes, se refugian en un "entre sí" reconfortante: relaciones estrechas con los profesionales de la representación (políticos, consejeros, encuestadores, periodistas) reclutados en las clases superiores, concepción común sobre lo que deben ser un "buen caballo político" y una buena campaña. El predominio de un periodismo de oficina con escasa predisposición a investigar sobre las prácticas reales de los políticos y sobre su connivencia con sectores sociales privilegiados protege la imagen pública que intentan hacer prevalecer por sobre toda intrusión molesta 6.

Este tipo de competencia política abre las puertas a un zapping programático incesante y a retóricas que rayan en el cinismo, ya que la única realidad social que merece ser tenida en cuenta y retraducida es la que ocupa las portadas de las encuestas o de la prensa, y las conversaciones urbanas. Las cuestiones sociales se defienden no tanto por sí mismas (y por los proyectos que vehiculan) cuanto por el ruido mediático que van a provocar y a través del cual se hace la diferencia. Percibido como rentable electoralmente, el tema de la identidad nacional y de la inmigración ofrece un triste ejemplo. Enésima encarnación de un nacionalismo de derecha y de extrema derecha surgido en los años '30, constituyó una estrategia de "escandalización" largamente madurada por Sarkozy -a instancias de Le Pen, modelo en la materia- en detrimento de las consecuencias que podía tener, particularmente en términos de legitimación de discursos racistas.

Pero sólo cuentan las "redifusiones" consabidas, que al atiborrar todos los espacios de discusión, dan que hablar del candidato. Nobleza obliga, si es que se puede decir así: la posición de adversario central de Nicolas Sarkozy organizó toda la competencia a su alrededor y confirmó su autoridad política. Pero también condenó a su campo a abusar de las piruetas destinadas a mostrar que es simultáneamente un hombre de corazón y un "pragmático": la cacería de clandestinos apuntaría así a defender a los inmigrantes mismos contra los "vendedores de sueño" y contra los pasadores que "explotan la desesperación" de los infortunados.

En este estadio, las palabras se desprenden de la realidad que deberían traducir, pero también de las convicciones de quienes las formulan. Suerte de novlang electoral, los discursos son simples obligaciones de campaña que comprometen a quienes los creen, no a quienes los pronuncian. El "cretinismo parlamentario" que denunciaba Karl Marx en el siglo XIX se ve duplicado con el fenómeno también inquietante que describen Victor Klemperer o Jean-Paul Faye a propósito del idioma del totalitarismo: el poder de las palabras para crear la injusticia al travestir su sentido corriente y colonizar las mentes.

Allí está la paradoja. La (no muy) linda gambeta del juego político hacia mundos imaginarios se produce en momentos en que los desafíos sociales -concretos, invisibles en los debates- asedian las vidas comunes. El eje central de la lucha política deriva hacia la derecha cuando se asiste, en la sociedad, a la reanimación de una izquierda movilizada en las calles y en las urnas tras el "choc" de 2002. Y sin embargo la participación en el ritual electoral es impresionante. Arriesguemos entonces una hipótesis. De los abandonos a las removilizaciones fracasadas, los electores se vieron obligados a aprender, ellos también, la "teoría de los juegos". Hicieron uso de ella en sus votos, para imponerse como fuerza de advertencia a candidatos que ya no ven en el trabajo de la representación más que el reflejo de su imagen y de su éxito. 

  1. Rémi Lefebvre, Frédéric Sawicki, La société des socialistes. Le PS aujourd'hui, Ed. du Croquant, Bellecombe-en-Bauges, 2006.
  2. Para un análisis de este discurso, véase Gérard Noiriel, "Les usages de l'histoire dans le discours public de Nicolas Sarkozy", sitio internet del Comité de vigilance face aux usages publics de l'histoire, http://cvuh.free.fr.
  3. Patrick Lehingue, Subunda. Coups de sonde dansl'océan des sondages, Ed. du Croquant, Bellecombe-en-Bauges, 2007.
  4. Como lo demuestra P. Lehingue (en Subunda, op. cit.), los responsables políticos son cada vez menos sensibles a las "opiniones manifestantes" que contradicen sus proyectos políticos, pero muy raramente se animan a contrariar las opiniones de los institutos. En el discurso de Poitiers de Nicolas Sarkozy, los feriados pagos se deben a la bondad y la humanidad de Blum y no al inmenso movimiento obrero de mayo y junio de 1936.
  5. La candidatura "abortada" de Michel Rocard a fines de los años ‘80 fue ya un ejemplo de ello.
  6. Véase sobre este tema, "Derrière les elections, quelle démocratie?", Manière de voir, París, abril-mayo de 2007.
Autor/es Annie Collovald
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 95 - Mayo 2007
Páginas:20,21
Traducción Pablo Stancanelli
Temas Estado (Política), Sociedad
Países Francia