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La transformación de Israel

A veces la memoria engaña: cuarenta años nos separan de la Guerra de los Seis Días, pero una parte de los israelíes quiere creer que el período anterior a 1967 fue una edad de oro, nuestro paraíso perdido. Piensan que antes de 1967 la sociedad israelí era una sociedad a escala humana, justa, donde los valores del trabajo, la humildad y la solidaridad se imponían frente a la avidez y al egoísmo, donde todo el mundo se conocía, y -sobre todo- donde nadie ocupaba territorios. Evidentemente, es pura ilusión. En 1966, el año que precedió a la ocupación, el desempleo había alcanzado la cifra récord del 10%, la economía estaba en fuerte recesión y por primera vez en la historia del país eran más los israelíes que partían que los nuevos inmigrantes que llegaban a instalarse. Para colmo, ese mismo año, los 400.000 árabes israelíes que no habían abandonado sus pueblos durante la guerra de 1948 fueron liberados del "gobierno militar" 1. Pero su situación siguió siendo crítica, pues se continuó confiscándoles sus tierras para construir nuevos poblados judíos.

A partir de la Guerra de los Seis Días, Israel pasó a ser considerada una superpotencia militar regional, y hasta internacional. Pero es menos conocido que la guerra modificó espectacularmente la economía del país. Comenzó una era de prosperidad, terminó la recesión y bajó notablemente el desempleo. Cuarenta años después, Israel es otro país. Mientras que en 1967 el PBI por habitante alcanzaba apenas a 1.500 dólares, en 2006 llegó a 24.000 dólares, lo que colocó a Israel en el vigésimo tercer lugar en el Informe sobre el Desarrollo Humano 2005 realizado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Además, en cuatro décadas, más de un millón y medio de judíos se instalaron en el país, con lo que la población judía total pasó de 2,4 millones a 5,5 millones. Se entiende entonces por qué muchos ciudadanos israelíes ven la Guerra de los Seis Días como un momento decisivo en la success story del país.

Para otros, en cambio, 1967 fue la causa de todos los males. Teóricamente, la aplastante victoria de las fuerzas de defensa israelíes frente a los tres ejércitos más poderosos del mundo árabe -los de Egipto, Jordania y Siria- hubiera debido tranquilizar a los israelíes y darles un sentimiento de seguridad. Pero no fue así. Israel no es para nada un lugar seguro, y desde 1967 el país vivió otros seis conflictos: la guerra de desgaste a lo largo del canal de Suez (1968-1970), la guerra del Kipur (1973), las dos "intifadas" (1987-1993 y 2000-2005), y las guerras del Líbano (1982 y 2006). En esos enfrentamientos perdieron la vida unos 5.000 israelíes y cerca de 50.000 árabes: egipcios, sirios, libaneses y, por supuesto, palestinos. En síntesis, Israel aún no cerró el séptimo día de la Guerra de Seis Días.

Sin claras victorias

La dificultad para el país no es sólo que el conflicto perdura, sino que el Ejército ya no sale victorioso. El general retirado Dov Tamari, devenido historiador, subrayó apenas concluyeron los acontecimientos del Líbano del verano boreal de 2006, que la guerra de 1967 había sido la última victoria indiscutible. En su opinión, todos los otros enfrentamientos culminaron en una retirada o en una derrota. Y, cada vez, Tel Aviv tuvo que hacer importantes concesiones. Así, la guerra de 1973 provocó la retirada total del Sinaí, en conformidad con los acuerdos firmados con Egipto en 1979. La primera Intifada concluyó con los acuerdos de Oslo, en 1993; la invasión del Líbano de 1982 terminó con una retirada incondicional en 2000. Por su parte, la segunda Intifada favoreció el desmantelamiento de las colonias judías de la Franja de Gaza, hace cerca de dos años.

¡Y qué decir de la última guerra del Líbano! Durante un cierto tiempo la clase política se mostró triunfalista, pero sólo el 20% de los israelíes estima que fue una victoria, según un estudio publicado por Haaretz una semana antes del fin del conflicto. Esa dificultad en obtener una victoria clara explica sin dudas por qué un veterano de la política israelí confesó recientemente -bajo pedido de anonimato- que no es seguro que Israel aún exista dentro de veinte años. En lugar de disipar los temores, estos cuarenta años de ocupación sólo sirvieron para acentuarlos.

¿En qué momento las cosas dejaron de funcionar? Es algo que viene de lejos. El general Moshe Dayan, el más eminente responsable político de la época, luego del triunfo de 1967 pronunció una frase célebre: "Esperamos una llamada telefónica de los árabes". Quería hacer creer que luego de esa llamada Israel se retiraría de los territorios ocupados -el Sinaí, la Franja de Gaza, Cisjordania y el Golán- a cambio de acuerdos de paz con el mundo árabe. El historiador Tom Segev, en su libro 1967 2, demuestra que esa no era verdaderamente la intención del gobierno israelí. Sin embargo, así fue percibida la posición de Israel en el mundo.

En la misma época, Israel inició un proceso que hizo muy difícil, si no imposible, cualquier acuerdo basado en el intercambio de territorios contra la paz. Antes de terminar 1967 el primer ministro laborista Levi Eshkol, considerado una "paloma", permitió que los primeros colonos se instalaran en Cisjordania (en Kfar Etzion). El ministro de Defensa, Moshe Dayan, ordenó destruir las ciudades y pueblos sirios de las alturas del Golán ocupado, para construir una colonia israelí sobre las ruinas de la ciudad siria de Kuneitra. Y a comienzos de 1968 se autorizó a los israelíes a vivir en el centro de la ciudad ocupada de Hebron. Cuarenta años más tarde se ven los resultados: el centro se convirtió en una ciudad fantasma donde los palestinos tienen prohibido vivir, pasear o hacer las compras; y todo eso para dejar el lugar libre a unos 500 colonos judíos. No es casualidad que el primer atentado suicida se haya producido en Hebron: en 1994 Baruch Goldstein asesinó a 39 musulmanes dentro de la mezquita de Abraham, en la Tumba de los Patriarcas.

Basta mirar un mapa para comprender que las colonias en Cisjordania fueron construidas siguiendo un plan establecido para aislar a las comunidades palestinas entre ellas y para crear una continuidad entre las colonias judías y el territorio del Estado de Israel previo a 1967. Además se edificaron instalaciones en torno de los barrios árabes de Jerusalén, para separar la parte oriental de esa ciudad de los poblados palestinos vecinos, y luego en el valle del Jordán, para separar de Jordania la margen oeste del río. Se construyeron rutas a lo largo de las colonias, en el corazón de Cisjordania, para separar Naplús de Ramallah o Kalkilya de Tulkarem.

La trampa de las colonias

Ariel Sharon, gran arquitecto de la colonización, declaró abiertamente en 1975 que su objetivo era impedir la creación de una entidad palestina. Esa estrategia, apoyada durante años por todos los gobiernos -tanto de derecha como de izquierda- logró su objetivo. Más de 250.000 israelíes viven actualmente en cientos de colonias en Cisjordania, sin contar los 200.000 habitantes de las nuevas aglomeraciones construidas en la Jerusalén ocupada. Su gran número logró incluso modificar la posición de la clase política al respecto: hoy en día, salvo las formaciones árabes y el Partido Comunista, todos los responsables israelíes -de Yossi Beilin a Ami Ayalon, y de Ehud Olmert a Tsipi Livni- consideran que la incorporación de los "bloques de colonias" debe ser parte integrante de cualquier acuerdo de paz. El trazado del famoso muro de separación está dirigido a incorporarlas a Israel.

Lo que resulta extraño es que esos mismos dirigentes, incluso Ariel Sharon antes de su ataque cerebral, reconocen hoy en día en privado -y a veces públicamente- que las colonias constituyen el principal obstáculo para la firma de un acuerdo de paz con los palestinos y con el conjunto del mundo árabe. Israel es una especie de víctima de ese monstruo que construyó durante cuarenta años de ocupación. Le resulta imposible absorber esas colonias sin anexar la margen oeste del Jordán, un paso que incluso los gobiernos de derecha más extremista se han negado a dar a causa de sus implicaciones a nivel internacional, jurídico y sobre todo demográfico, pues la diferencia en la tasa de natalidad indica que el "Gran Israel" tendría en poco tiempo una mayoría palestina. Pero tampoco puede deshacerse de esas colonias, en la medida en que ellas aparecen como un elemento inseparable de la sociedad israelí. La colonización se convirtió en una trampa.

Cabe preguntarse si Israel cayó voluntariamente en esa trampa. ¿Se acostumbró a la ocupación al punto de no poder vivir sin ella? Desde hace cuarenta años vivimos en una sociedad basada en privilegios. Es cierto que ya antes de la Guerra de los Seis Días los nuevos inmigrantes provenientes de países árabes gozaban de derechos inferiores a los de los judíos llegados de Europa. Y los palestinos que vivían en Israel estaban aun en peores condiciones. Pero luego de 1967 el Estado instauró un sistema oficial de discriminación: privó de sus derechos políticos al millón de palestinos que residían en 1967 en Cisjordania y en la Franja de Gaza (actualmente son 3,5 millones) cuya vida, en todos los aspectos, fue puesta bajo el control de los comandantes militares.

Es por eso que en estas cuatro décadas las relaciones entre los israelíes y los palestinos que viven bajo la ocupación se deterioraron profundamente. Pero los israelíes consideran totalmente normal una situación en la que unos gozan de todos los derechos mientras que los otros se ven privados de ellos. Las restricciones cada vez más importantes que se les imponen a los palestinos para moverse libremente, el hecho de que los israelíes sólo los frecuentan en Cisjordania cuando son enviados allí como soldados, no han hecho más que acentuar esas diferencias.

Un país desigual

Uno de los más profundos cambios registrados por la sociedad israelí luego de 1967 fue su rápida transformación en una sociedad capitalista moderna. Las grandes obras iniciadas luego de la guerra generaron una poderosa clase empresaria, que pudo explotar la mano de obra barata de los territorios ocupados. Miles de millones de dólares (desde 1973, Estados Unidos otorga 3.000 millones anuales a Israel como ayuda militar), fueron dedicados a la alta tecnología militar más eficaz, lo que transformó al país en una superpotencia de la hi-tech.

Paralelamente, a causa del sistema de privilegios instaurado por la ocupación, la sociedad se fue dividiendo de manera profunda y progresiva. En 1967 más del 80% de la fuerza de trabajo dependía de un sindicato único que controlaba un tercio de la economía nacional. Los kibbutzim gozaban aún de una gran consideración. Actualmente, con menos del 25% de trabajadores sindicalizados, la israelí es una de las sociedades más injustas del mundo occidental: según el índice Gini, que mide las desigualdades sociales, el Estado hebreo ocupa el lugar número 62, uno de los peores resultados entre las economías avanzadas 3. Dieciocho familias controlan el 75% de la economía. Esta situación se debe en parte a la Guerra de los Seis Días.

Y se pueden mencionar otras consecuencias importantes. A partir de 1967 el conflicto árabe-israelí pasó a ocupar un lugar preponderante en la escena internacional. Israel sacó provecho de esa situación, pues a ella se deben sus excelentes relaciones con Estados Unidos, su papel eminente a nivel internacional, su poderío militar y su prosperidad. Al igual que el hecho de que la Liga Árabe, después de haberse negado a cualquier negociación luego de la Guerra de los Seis Días, ahora le proponga firmar una paz global con todos los países árabes.

Pero 1967 produjo también consecuencias muy negativas. Si Israel se ganó ese lugar privilegiado en Occidente, es por ser considerado un "frente sangriento" (bleeding front) entre Occidente y Oriente, entre la civilización "judeo-cristiana" -extraña invención, si se tiene en cuenta la historia de ambas religiones- y la civilización musulmana. Luego de los atentados del 11 de septiembre, esa visión se extendió ampliamente en Israel, mucho más allá de la derecha religiosa, para la cual, desde 1967, la colonización en tierra de Israel obedece a una voluntad divina. Esto transformó el conflicto árabe-israelí, en un principio territorial, y por lo tanto político, en un enfrentamiento cultural y religioso. El Viceprimer Ministro y jefe del partido Israel Beitenou (Israel nuestra casa) que preconiza "la transferencia de los palestinos" de Israel y de los territorios ocupados, declaró al diario Haaretz que Israel era un "puesto de vanguardia del mundo libre" 4.

Todo eso puede explicar el sentimiento de apocalipsis que se apoderó de muchos sectores de la sociedad israelí luego del conflicto del Líbano, en el verano boreal pasado. En la medida en que se presenta a Hezbollah como el brazo armado de Irán, y a la República islámica como la promotora de esa guerra de civilizaciones, el fracaso del ejército israelí -a pesar de ser poderoso y ultrasofisticado- frente a algunos miles de combatientes chiitas supuestamente mal entrenados, representó un traumatismo. Muchas personas percibieron el hecho de que miles de cohetes fueran lanzados sobre el norte de Israel durante un mes, sin que el ejército lograra impedirlo, como un signo de que nosotros, los israelíes, somos indeseables en la región y que a largo plazo podemos ser derrotados por el gigante musulmán.

En síntesis, esos cuarenta años terminaron paralizando a la sociedad, al punto que sus dirigentes ya no tienen el coraje de buscar una real solución al conflicto. La ocupación acabó invadiendo a Israel.

Ese "gobierno" los obligaba a respetar el toque de queda, a solicitar permisos de viaje, a padecer confinamiento, y favoreció la colonización judía por medio de la confiscación de tierras árabes.
  1. Tom Segev, 1967, Keter, Jerusalén, 2007.
  2. Para el índice Gini, 0 representa la perfecta igualdad. En 2006, Israel obtuvo 39,2 contra 36 el Reino Unido, 32,7 Francia, 28,3 Alemania... y 40,8 Estados Unidos.
  3. Haaretz, Tel Aviv, 30-3-07.
Autor/es Meron Rapoport
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 96 - Junio 2007
Páginas:24,25
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Historia, Sociedad
Países Israel