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Guerra de posguerra en Irak

A casi un año de iniciadas las operaciones en Irak –cuyo fin fue oficialmente proclamado el 1 de mayo pasado por el presidente de Estados Unidos George W. Bush– no pasa un día sin que la Resistencia iraquí se manifieste. La victoria estadounidense, saludada como indiscutible e inapelable, se ve claramente cuestionada. La posguerra se convirtió en otra guerra, radicalmente diferente de la que acababa de terminar. Sus características políticas, militares, sociales e internacionales hacen que su desenlace resulte imprevisible.

¿Cómo se llegó a este punto? En perspectiva, se hace evidente que las decisiones adoptadas por los responsables estadounidenses, antes e inmediatamente después de la guerra desatada el año pasado, determinaron en gran medida el curso ulterior de los acontecimientos, mientras continúan las polémicas sobre los pretextos oficialmente invocados para justificar el conflicto.

Los verdaderos objetivos políticos, estratégicos y económicos de la guerra no fueron disimulados en absoluto: reemplazar el régimen del presidente Saddam Hussein por otro claramente favorable a los intereses estadounidenses; completar el cerco estratégico en torno de Irán y del conjunto Siria-Líbano-Palestina y controlar directamente la producción y la comercialización de las inmensas riquezas iraquíes en hidrocarburos para reducir la excesiva dependencia respecto de Arabia Saudita, que luego de los atentados del 11 de septiembre ya no es considerada como un socio tan fiable como se creía antes.

Esos datos, expuestos de manera bastante clara por los responsables estadounidenses antes del inicio de la guerra, culminaban en conclusiones tampoco disimuladas. Irak debía convertirse en un Estado federal ampliamente desarmado, con un poder central lo más débil posible y repartido entre las comunidades kurda, sunita y chiita.

Sobre este último punto continúan las controversias generadas por la interpenetración de los diferentes sectores de la población: kurdos y araboparlantes en el norte del país, sunitas y chiitas en Bagdad 1, mientras los responsables estadounidenses se aferran firmemente a su objetivo. Deben tener en cuenta el apoyo de los dos principales partidos de la comunidad kurda, que exigen una autonomía lo más cercana posible a la independencia. En sus planes, los estadounidenses creían contar con un recibimiento favorable de la comunidad chiita, que algunos incluso preveían "entusiasta". La solución federal parecía ser la única capaz de satisfacer a todos

La posguerra dependía del éxito de ese plan. Pero lo que se produjo fue la destrucción del Estado central iraquí. Luego de la inmediata y total disolución del ejército, la casi total disolución de la policía, el saqueo o el incendio de la mayoría de los ministerios y de dependencias centrales -que unos pocos centinelas hubieran podido impedir- el poder político instaurado por los estadounidenses se mostró incapaz de hacerse cargo del país.

El Consejo Provisorio de Gobierno, principalmente compuesto por hombres que volvían de un largo exilio o por representantes de partidos que habían perdido su arraigo en el país, excepto los dos grandes partidos kurdos, no disponía de ningún instrumento para ejercer efectivamente sus funciones. Sus miembros más independientes y más lúcidos no se hacían ninguna ilusión al respecto.

Aquila al-Hachami, diplomática y ex secretaria de Tarek Aziz cuando éste era canciller, subdirectora del servicio de las organizaciones internacionales antes de la guerra, de confesión chiita, había aceptado participar en esa instancia para ayudar a restablecer las relaciones exteriores de Irak, y seguramente también para proteger al personal de su Ministerio. De paso por París, afirmó que el Consejo Provisorio de Gobierno no tendría "ninguna autoridad y ninguna legitimidad" mientras durara la ocupación estadounidense y que el objetivo del Consejo debía ser conseguir la retirada de las fuerzas de ocupación lo antes posible. Como es sabido, Aquila al-Hachami fue objeto de un atentado a su regreso a Bagdad y murió dos días después.

Más importante aun: a los doce años de bloqueo, al profundo retroceso económico y social y a las espantosas consecuencias humanas que de ello resultaron, se agregó la destrucción causada por la guerra. Fueron necesarios varios meses para atenuar los efectos de los ataques, sin lograr eliminarlos. En casi todo el país se impuso una despiadada trilogía: ni combustible, ni electricidad, ni trabajo. Los pocos progresos logrados no compensan los sufrimientos que sigue padeciendo la mayoría de la población.

Análisis hecho añicos 

Las autoridades de ocupación no se dedicaron a reconstruir rápidamente la economía iraquí, ni a organizar una verdadera reconstrucción política del país. No se recurrió a los grandes movimientos nacionalistas que expresaron las tendencias profundas de la opinión pública desde la revolución de 1958 y hasta el establecimiento de una dictadura monolítica; ni a los auténticos sindicatos, ni a los cuadros del ejército, víctimas de la represión ejercida por el régimen de Saddam Hussein, pero que encarnaban el patriotismo iraquí. Tampoco se tuvieron en cuenta los elementos que marcaron la evolución contemporánea de la sociedad iraquí, como la generalización de la escolaridad, el relativo laicismo de la legislación o la condición de las mujeres.

No es excesivo afirmar que las condiciones políticas, económicas y sociales para el desarrollo de la Resistencia iraquí estaban de esa manera reunidas en cuanto terminó la primera fase de la ocupación; quedaba por ver si también estaban reunidas las condiciones militares. La Resistencia surgió antes del verano, es decir, mucho antes de lo que se esperaba. Según el análisis de los servicios estadounidenses, provenía de los últimos partidarios del ex presidente Saddam Hussein y de grupos llegados desde el exterior, pertenecientes a la corriente islamista más extrema, es decir, terrorista, emparentada con el grupo Al-Qaeda. 

Desde un principio, ese análisis no resistía el menor examen. En la región de Tikrit, de donde es originario el ex Presidente iraquí, sus partidarios podían encontrar algún apoyo en la población. Pero su indiscutible impopularidad hacía imposible imaginar que Saddam hubiera inspirado, y menos aun dirigido, una Resistencia nacional que rápidamente se extendió a gran parte del territorio. Para esa Resistencia el ex líder era sin dudas un factor de división y no de unión, un problema más que una ventaja. Seguramente no era Saddam quien podía ayudar a la Resistencia iraquí a alcanzar el apoyo popular necesario para la existencia y el accionar de toda organización clandestina.

En cuanto a grupos llegados desde el exterior, en efecto están presentes en territorio iraquí. Reclutados en todos los países de la región, ingresaron a través de la frontera saudita siguiendo las consignas de la corriente islamista más radical de todo Medio Oriente, "¡Todos a Irak!", para enfrentar directamente a las fuerzas estadounidenses. Como en la guerra todo aliado es bueno, esos grupos fueron en general aceptados por los otros componentes de la Resistencia iraquí. Pero su implantación en el país fue desde el principio difícil y aleatoria, lo que muestra hasta qué punto sus referencias espirituales y su comportamiento no corresponden a las tradiciones de la sociedad iraquí. Su presencia y su accionar pueden ser muy cuestionados en la medida en que se vaya reforzando la Resistencia iraquí.

El análisis estadounidense resultó hecho añicos por los propios acontecimientos: luego de la captura del ex presidente Saddam Hussein, la Resistencia se reforzó y creció, extendiéndose a casi todas las regiones del país. Y teniendo en cuenta el nivel que alcanzó, hay que admitir que cuenta con un gran apoyo popular, sin el cual no podría existir.

Reivindicación nacional 

Su principal componente es lo que podríamos llamar la Resistencia militar, cuyo origen se sitúa a fines de la guerra, en la primavera boreal pasada. Cuando terminaron las operaciones militares en Bagdad, los jóvenes oficiales iraquíes, los cuadros más decididos y los hombres que los siguieron se dispersaron en el territorio, mezclándose entre la población. Llevaban con ellos sus armas livianas y sus armas colectivas de infantería: morteros, ametralladoras, pequeños cohetes portátiles... Se replegaron a las regiones donde podían contar con un mayor apoyo popular, es decir, a las zonas y tribus de donde eran originarios. De esa manera resultaba previsible la extensión -a la vez geográfica y social- de la Resistencia iraquí y la preponderancia, a corto o mediano plazo, de la Resistencia militar.

Por otra parte, se puede evaluar la importancia de cada componente de la Resistencia a partir de su modo de acción. La importancia de la Resistencia militar corresponde a sus características y a sus medios. Hay que adjudicarle las emboscadas contra las columnas de tropas de ocupación, los blindados livianos, las sedes de los Estados mayores y de puestos de mando, los helicópteros y más excepcionalmente contra los aviones alcanzados cuando volaban a baja altitud. Sus miembros son los únicos que poseen el entrenamiento, el equipamiento y las armas necesarias para esas acciones.

Así es como la Resistencia militar se convirtió en el componente más activo y eficaz de la Resistencia nacional, y por consiguiente en el más indicado para atraer la mayor cantidad de combatientes, informadores y agentes de enlace. Es también el que puede implantar más fácilmente a sus hombres dentro de las filas de la policía formada por los estadounidenses, ya sea para recibir información sobre sus actividades, ya para desatar contra ese cuerpo operaciones particularmente destructivas y disuasivas, como se puede comprobar regularmente. Le basta con encarnar la rebelión nacional contra la ocupación extranjera para contar con el apoyo de todas las comunidades y de todos los medios, teniendo el patriotismo como única motivación.

Luego de la captura de Saddam Hussein y de las detenciones masivas que siguieron, la Resistencia militar pudo integrar a los antiguos partidarios del ex Presidente deseosos de proseguir la lucha. La implantación de la Resistencia militar podría ser tanto más duradera y profunda cuanto se inserte cada vez más en el seno de las tribus, que muy a menudo sirven de marco a su acción.

Los grupos llegados del exterior actúan como lo hicieron en otros lugares: realizan acciones lo más espectaculares posibles, sin considerar los sacrificios que pueden implicar para la población. Así actuaron no hace mucho en Nairobi, Dar-es-Salaam o Bali. Es lo que hicieron en Irak atacando la sede de la Cruz Roja o la de Naciones Unidas. Aparentemente disponen de dinero y municiones gracias a sus contactos exteriores y están en condiciones de reiterar ese tipo de operaciones. Pero a pesar de gozar de la simpatía de los medios islamistas iraquíes con los que se pusieron en contacto, las pérdidas humanas que provocaron ya les cuestan una impopularidad que podría aislarlos.

La extensión geográfica de la Resistencia demostró que podía contar en todo el país con el apoyo popular necesario. Sin embargo, debe hacer frente a problemas particulares que se le presentan en las regiones kurdas y chiitas. En efecto, los partidos políticos prevalecientes en el norte del país, el Partido Democrático Kurdo (PDK) y la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK), están asociados con las fuerzas estadounidenses, que desde hace doce años garantizan la autonomía total de esa región. Pero ni uno ni otro partido controlan la zona totalmente, y deben hacer frente a la hostilidad de otros grupos y de un sector de la población, que no es homogénea. En Mosul, y sobre todo en Kirkuk, turcomanos, árabes y asirios componen una gran parte de la población, probablemente la mayoría, y no aceptan someterse al poder kurdo. De esa manera, constituyen una base para la Resistencia iraquí, a la que incluso se sumaron algunos kurdos.

El grupo extremista islamista al-Ansar al-Islam, que se había implantado en el último período del régimen precedente y que había actuado violentamente contra comunidades cristianas, fue duramente afectado por los bombardeos estadounidenses y los ataques de las milicias del PDK y del UPK. Para colmo, las autoridades iraníes les prohibieron el acceso a su territorio. Actualmente sólo conserva una cantidad de efectivos irrisoria. En cambio, se formaron otros grupos kurdos con la ayuda de países vecinos -Irán, Turquía, Siria- que lograron mantener influencia en la zona. Por diversas razones, esos grupos no aceptan la autoridad de los dos partidos preponderantes. Con eso alcanza para que la Resistencia iraquí pueda establecer alianzas y complicidades suficientes como para mantener un creciente clima de inseguridad y desarrollar ataques espectaculares como el del 1 de febrero de 2004 en Erbil, que dejó 105 muertos. Esa acción fue reivindicada  a través de un mensaje por el grupo islamista extremista Ansar al-Sunna, en términos que tornan dudosa su autenticidad 2.

Divisiones políticas

Por tradición, la comunidad chiita no posee homogeneidad política. Su hostilidad al régimen de Saddam Hussein era casi unánime desde la represión sufrida cuando esa comunidad se rebeló al término de la guerra de 1991. Pero el chiismo fue también cuna del nacionalismo iraquí, base de los principales partidos nacionalistas, incluido el Baas, e incluso del Partido Comunista cuando estaba en el apogeo de su influencia, a fines de la década de 1950.

Actualmente, la comunidad chiita está nuevamente dividida en corrientes diversas, pero por el momento predominan los grupos políticos y religiosos conservadores. Desde su residencia de Nadjaf, de donde nunca sale, el ayatola Sistani aparece como su inspirador, pero es más bien el portavoz de un grupo dirigente lanzado a la lucha por el poder dentro de la comunidad y a escala de todo el país. Su táctica es lograr un acuerdo directo con las autoridades de ocupación y su estrategia consiste en invocar los principios democráticos, reclamando la aplicación inmediata del sufragio universal. Su objetivo es asumir el control del Estado iraquí, gracias a su superioridad numérica en la sociedad iraquí. Pero allí reside su mayor peligro de fracaso, pues la política estadounidense continúa descartando la idea de un poder central fuerte y aprovecha la hostilidad de las otras comunidades contra un eventual régimen donde los chiitas tuvieran una preponderancia aplastante.

Por lo demás, las corrientes conservadoras simbolizadas en el ayatollah Sistani no tienen el campo libre. Ya el verano pasado el joven ayatollah Mokhtada al Badr llamaba a la Resistencia contra el ocupante. Y aunque todavía no hablaba de lucha armada -al menos no explícitamente- el tono de sus sermones era el mismo del discurso de los primeros grupos de la Resistencia nacional, instando a los iraquíes a un enfrentamiento inmediato contra los ocupantes. En cuanto a los movimientos chiitas vinculados con el régimen iraní, el movimiento Asrii y el grupo Al Dawa, su estrategia -concordante con la definida por Teherán y coincidente con las corrientes inspiradas por Sistani- apuntaba a la unión entre las comunidades y a la formación de un poder nacional único, cuyo objetivo final era lograr la retirada de las fuerzas estadounidenses. Pero esa estrategia fue revisada y numerosos indicios permiten ver un acercamiento a las posiciones de la Resistencia nacional y un comienzo de participación progresiva en la lucha armada (ver "¿Kurdistán...?").

Simultáneamente, los movimientos nacionalistas que hasta no hace mucho tenían su base en la comunidad chiita resurgen de un largo período de silencio y de clandestinidad. Aparecieron tres corrientes que retoman la historia del nacionalismo iraquí, pero hasta el momento preservan lo más posible el secreto de sus actividades: la corriente llamada "panárabe" o "nasserista"; una corriente comunista radicalmente opuesta a la anterior representada por uno de sus jefes en el Consejo Provisorio de Gobierno; y la fracción del antiguo partido baasista que se separó del ex presidente Saddam Hussein reprochándole haber traicionado los ideales del Baas en beneficio de la dictadura de un clan y haber arruinado al país con guerras absurdas, olvidando la unión del mundo árabe, la revolución social y el laicismo. El regreso de las antiguas corrientes nacionalistas apenas comienza, pero la lógica de sus opciones debería llevarlas a incorporarse a la Resistencia nacional.

Estrategia de salida 

¿Quién va a ganar esta "guerra de la posguerra" ya iniciada? Midiendo la dimensión de los obstáculos que se presentan, Estados Unidos parece haber optado por una estrategia de salida. Esta se define en cuatro puntos: el repliegue de sus fuerzas en torno de ciertos centros importantes y de las regiones petroleras; la reunión de una asamblea constituyente cuya composición quedará bajo su control y sin recurso al sufragio universal; la organización de una policía local; el recurso a contingentes extranjeros para ocupar el lugar de las unidades enviadas de regreso a Estados Unidos.

Pero esos cuatro objetivos pueden fracasar. La evacuación de una parte del país por parte de las fuerzas estadounidenses dejaría el campo libre a la Resistencia iraquí en varias regiones donde podría hacerse fuerte. En tal caso, el nuevo gobierno instaurado por Estados Unidos tendría aun menos posibilidades de establecer su autoridad. La policía local, como ya ocurre actualmente, será infiltrada por la Resistencia o aislada de la población. Los contingentes extranjeros, que carecen de toda motivación, no conocen el país, ni sus habitantes, ni su idioma, acabarán -como cabe observar desde ahora- encerrados en sus acantonamientos.

Los dirigentes estadounidenses se verían entonces compelidos a apoyarse en la principal fuerza que, fuera del Kurdistán, aún da prioridad a un acuerdo con las fuerzas de ocupación: la corriente tradicionalista y conservadora de la comunidad chiita. Recientemente se produjo un episodio revelador al respecto: la abrogación -aprobada apenas con los votos justos por el Consejo Provisorio de Gobierno- del estatuto de la familia de 1959, uno de los más avanzados del mundo árabe, en beneficio de una aplicación más o menos estricta de la sharia. Todo depende -en ese punto como en todos los demás- del acuerdo final del representante estadounidense, Paul Bremer. Pero todos los diarios iraquíes aseguraron, no sin razón, que ese voto no podría haberse concretado nunca si Bremer no hubiera estado de acuerdo, más o menos discretamente.

Los problemas que enfrenta la ocupación estadounidense no disimulan las dificultades de la Resistencia iraquí. El agotamiento de sus reservas de armas y de municiones, evocada por varios expertos, no es su dificultad principal: en toda la región existen fuentes de aprovisionamiento clandestinas. Lo que puede comprometer su futuro y su desarrollo son las divisiones internas, aparentemente difíciles de superar, entre corrientes islamistas y corriente laicas modernistas; entre fuerzas formadas en el interior, provenientes de todas las categorías sociales, y grupos llegados del extranjero e inspirados en una ideología política y religiosa muy diferente del patriotismo iraquí; o entre las corrientes opuestas que desgarran a todas las comunidades, sobre todo la chiita.

Los más combativos entre los responsables de la Resistencia iraquí dan a entender que se acerca el momento en que se constituya un frente único de la Resistencia. Queda por verse si esa información proviene de los más informados o simplemente de los más optimistas.

  1. Ver, por ejemplo, el coloquio organizado por el American Entreprise Institute a partir del 15-11-02 y los seminarios desarrollados en enero de 2003, el informe del Council on Foreign Relations que propuso la creación de 18 provincias, y el informe de Robert D. Kaplan titulado Post Saddam Scenario.
  2. AFP, 4-2-04.

Panorama desde Irán

De La Gorce, Paul-Marie

Los dirigentes iraníes debieron proceder últimamente a una revisión general de sus relaciones exteriores y de su estrategia. Si esas decisiones fueron difíciles de adoptar, fue porque tenían graves consecuencias para el país y porque enfrentaban entre sí a los tres principales centros de poder, cuyas divergencias o compromisos determinan la política iraní: el ayatollah Jamenei, guía supremo de la Revolución, asistido por el Consejo de los Guardianes de la Revolución; el ayatollah Jatami, presidente de la República, y su predecesor, el ex presidente Alí Rafsandjani, actual titular del Consejo de verificación del derecho islámico.
Pero ante la amenaza –considerada por todos muy probable, si no inevitable– de ataques aéreos estadounidenses contra las instalaciones nucleares iraníes y contra los centros científicos, técnicos e industriales anexos, se logró un acuerdo de diálogo con la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA). Esta podrá inspeccionar los centros nucleares del país y serán suspendidas las tareas de enriquecimiento de uranio, pese a no estar prohibidas por el Tratado de no proliferación 1.
Los acontecimientos que se produjeron a continuación mostraron que si bien quedaba así descartada toda amenaza inminente y directa, el gobierno de Estados Unidos seguía considerando a Irán como un país enemigo. El tono empleado en los comentarios sobre la decisión iraní seguía siendo claramente hostil. El régimen de Teherán era públicamente sospechado de pretender utilizar ardides en vistas de las futuras inspecciones de la AIEA y de pretender reanudar en cuanto pueda las tareas de enriquecimiento de uranio. Nada permitía prever el menor alivio en la tensión entre ambos países. A eso se debe que la dirección iraní haya operado un nuevo cambio de política, pero esta vez en Irak.
Las discusiones entre los dirigentes iraníes también fueron intensas sobre ese punto. Algunos pensaban que había que evitar crear nuevos riesgos de enfrentamiento con Estados Unidos. Otros dirigentes estimaban que era necesario reconocer que Estados Unidos e Irán se hallaban decididamente en campos opuestos y que no había más que asumir las consecuencias. Por lo tanto, había que oponerse lo más firmemente posible a su penetración en la región y, más concretamente, a que el territorio iraní quede cercado por el dispositivo militar estadounidense instalado en el Golfo Pérsico: Paquistán, Afganistán, Asia Central y ahora Irak. A esto hay que agregar que en el seno de la dirección iraní existe una corriente más radical, que aceptó de muy mala gana las concesiones hechas a la AIEA (y por lo tanto, indirectamente, a Estados Unidos) y que estima indispensable reaccionar ahora en otros terrenos.
A eso obedece el importante cambio que se comienza a observar en la política iraní respecto de Irak. Ese cambio procede antes que nada de una evidencia: la Resistencia iraquí se convirtió en un elemento de mucha importancia en la región; posee manifiestamente una base muy amplia en el país y por lo tanto su acción habrá de continuar. Si Irán se mantiene a un lado, acabará por quedar marginado de la lucha que se desarrolla actualmente en el “teatro de operaciones” iraquí. En consecuencia, la dirección iraní ya no podía seguir con la estrategia empleada hasta el pasado otoño, destinada a establecer un poder nacional único en Irak sin procurar instaurar una República islámica que hubiera generado la división de la comunidad chiita y la oposición de las otras comunidades, con el único objetivo de precipitar la retirada estadounidense. Por lo tanto se optó por una distribución de roles.
Mientras que Abdelaziz el-Hakim, muy próximo a Teherán, sigue reclamando en el Consejo Provisorio de Gobierno de Irak que se desarrollen elecciones por sufragio universal en todo el país, manteniéndose por lo tanto en el terreno de la resistencia política, la rama armada de los movimientos pro iraníes recibe los equipos y refuerzos que le permitirán tener un mayor peso en el curso de los próximos acontecimientos. Además, una rivalidad cada vez más ostensible y acompañada a veces de reales enfrentamientos opone a esos grupos a la corriente inspirada por el ayatollah Sistani. Por último, se establecieron contactos con las otras facciones de la Resistencia iraquí, tanto dentro de la comunidad chiita como de las demás colectividades.
Ese doble juego tiene sus riesgos y la dirección iraní es consciente de eso. Razón por la cual hasta ahora procuró por todos los medios políticos y oficiosos usar el lenguaje más moderado posible a propósito de los asuntos iraquíes. Pero lo que se observa en el terreno sugiere más bien que las autoridades iraníes se dotaron de medios de acción que pueden utilizar sobre ese “teatro de operaciones” como si fueran un freno o un acelerador, según las circunstancias y sus intereses.

  1. Ver “Amenaza iraní; amenaza a Irán”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, octubre de 2003.


Autor/es Paul-Marie De La Gorce
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 57 - Marzo 2004
Páginas:14,15,16
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Conflictos Armados, Militares, Colonialismo, Estado (Política), Movimientos Sociales
Países Estados Unidos, Irak