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Reacomodamientos capitalistas

Desde la década posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando medio mundo quedó orbitando alrededor de la Unión Soviética y China y empezó la Guerra Fría, el planeta no asistía a un reacomodamiento como el actual. Si entonces el Occidente capitalista se vió obligado a reconocer que había aparecido una alternativa a su dominio -y en consecuencia a prepararse para enfrentarla-, ahora el problema surge, por así decirlo, de sus propias entrañas: el Occidente capitalista desarrollado, históricamente ubicado en el Noroeste (América del Norte, la Europa báltico-atlántica), asiste al paulatino y al parecer inexorable desplazamiento de su eje, de su centro de poder productivo, económico y financiero, hacia el Sur y el Este. China, Rusia, India, los países asiáticos en general y América Latina parecen destinados -y progresivamente decididos- a ocupar el centro de la escena mundial en el siglo XXI.

El problema, al menos por el momento, es para los países desarrollados, no para el capitalismo en sí. Apátrida y amoral, el sistema desplaza su centro de gravedad de manera cada vez más perceptible hacia el Sur y sobre todo hacia el Este, del mismo modo que desde finales del siglo XIX lo hizo hacia el Oeste, desde Inglaterra, Alemania y Francia hacia Estados Unidos. ¿Dónde es posible producir más barato, con menos requisitos laborales, medioambientales y otros; dónde resultan más accesibles y menos caras las materias primas; dónde el mercado potencial es mayor; dónde la inversión necesaria menor y el rendimiento del capital más alto? Si en alguna región o país, por las razones que sean, se reproducen las condiciones que permitieron el formidable crecimiento del capitalismo occidental en los siglos XIX y XX, hacia allí se desplazarán a velocidad creciente las multinacionales, las inversiones y poco a poco, entre los aportes del exterior y el desarrollo local, las tecnologías, el know how. Si en esa región o país en lugar de un régimen débil militarmente y presto al vasallaje -como India ante los ingleses en el XIX- se encuentra uno dispuesto a defender sus intereses y determinar sus propias pautas y ejes de desarrollo, en términos históricos se puede apostar a que allí acabará instalándose el centro de gravedad capitalista.

China es el gran candidato. Con más habitantes que América toda y casi la misma cantidad que América y la Unión Europea; un inmenso y rico territorio; potencia militar y nuclear; un régimen centralizado que controla férreamente todos los resortes políticos y administrativos; una vieja y refinada cultura, la República Popular China es, desde que decidió adoptar los mecanismos de producción y desarrollo capitalistas, el imbatible competidor de los países capitalistas centrales. También Rusia reúne esas condiciones y es por lo tanto otro candidato a hegemonizar el capitalismo del siglo XXI como Estados Unidos el del XX, pero su dirigencia no atinó a salir de manera políticamente ordenada del fracaso de la planificación económica soviética y le llevará un tiempo -quizá demasiado- estabilizarse y entrar realmente en competencia, aunque Vladimir Putin parece decidido y dotado de los medios para lograrlo. India, Brasil, Sudáfrica, aunque verdaderas potencias en ciernes, carecen en el primer caso de la homogeneidad necesaria, en los dos restantes, del poderío poblacional y sobre todo militar-nuclear necesario. Ya se sabe que una de las premisas de la historia es que la política continúa por medio de la guerra, y no se conoce emperador que haya conquistado un trono durable sin medios para defenderlo.

La vejez del sistema

El tema da para mucho y no es la intención desarrollarlo aquí. Las comparaciones históricas, cuando no son objeto de estudios detallados sino simples referencias para colocar el análisis un poco más allá de la coyuntura y del tratamiento mediático habitual (el estólido "se vienen los chinos"), adolecen de aquello tan sabido de que nada se repite nunca del mismo modo, aunque sólo sea porque el tiempo es otro. En este caso, entre otras importantes diferencias habría que considerar que China ingresa al desarrollo capitalista en un momento en que el capitalismo encuentra un obstáculo decisivo a su propio desarrollo: ya no es capaz, sino de manera puntual y provisoria, de crear mercados solventes; por el contrario, destruye o debilita los existentes. Tanto así, que al cabo de poco más de una década de desarrollo espectacular, la economía capitalista china empieza a sufrir, aunque de modo por ahora casi imperceptible, del problema del desempleo estructural y la deslocalización empresaria 1.

Pero augurar en qué momento y de qué modo resolverá la humanidad el pasaje de este modo de producción a otro superior es todavía objeto de la política-ficción, aunque la decodificación del mapa genético capitalista y el diagnóstico sobre las características de su vejez hayan sido hechos y demostrados hace ya tiempo 2. Como respecto a la conquista del planeta Marte (pág. 24), sobre el final histórico del sistema capitalista se puede decir con certeza cómo y por qué, pero subsisten enormes interrogantes sobre cuándo y a qué precio.

No obstante, los países o regiones que aspiren a devenir, sino el eje del mundo al menos entes desarrollados y homogéneos con verdadero peso en el escenario internacional, deberán tener en cuenta el dato, porque los enormes desplazamientos en curso estarán marcados por el vértigo del desplazamiento capitalista en pos de una ganancia cada vez menor y más efímera, al menos en el sector productivo. Dicho en otros términos, los países o regiones emergentes deberán conciliar intercambio, apertura de mercado, con la protección de aquellos sectores productivos que sus propios planes estratégicos indiquen, tanto a escala de un país como de un bloque regional. Lo mismo respecto a las inversiones y la politica monetaria. Será decisivo controlar los flujos especulativos, no sólo por la zozobra e inestabilidad que implican, sino porque en el contexto de despiadada competencia internacional tenderán más que nunca a ser utilizados como arma extorsiva. En la reunión del G-20 realizada en Berlín en noviembre pasado -a la que Argentina no asistió-, el presidente del Eurogrupo, Gerrit Zaim, señaló que "la excesiva volatilidad y el desordenado movimiento de divisas son indeseables para el crecimiento económico; (...) nos inquieta esa evolución desestabilizadora, ligada a la acumulación de déficits fiscal y comercial en Estados Unidos" 3.

Por el momento, la víctima principal de esta guerra planetaria que no dice su nombre parece ser Europa. El dólar ha perdido ya un 40% de su valor respecto al euro y las exportaciones de la Unión Europea -base de su crecimiento, porque la demanda interna sigue débil- sufren en consecuencia. Las previsiones de crecimiento de la UE para este año fueron revisadas a la baja por tercera vez consecutiva 4.

Fieles a una ortodoxia insensata, las autoridades estadounidenses acusan por su parte a los europeos de sus propios déficits, ya que al no realizar las "reformas estructurales necesarias" (ya se sabe, acabar con el Estado de bienestar), no compran lo suficiente en Estados Unidos. De modo que el presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, ya hizo saber a "sus amigos" europeos que los mercados deben pronunciarse sobre el dólar, lo que viene a querer decir que seguirá bajando, vistos los déficits estadounidenses.

Pero si Estados Unidos se permite retozar con los problemas de sus "amigos", la tortilla le presenta otra cara en relación con China. A pesar de las presiones sobre la delegación China en Berlín y de las que George W. Bush ejerció personalmente en Santiago de Chile sobre su par chino Hu Jintao, el yuan sigue subvaluado y en consecuencia las exportaciones chinas continúan viento en popa. Por otra parte, tanto China como Japón, por razones diferentes, siguen comprando masivamente bonos del Tesoro estadounidense, con lo que además de beneficiarse coyunturalmente, acumulan un formidable elemento de presión sobre la primera potencia mundial 5. La República Popular China posee una enorme cantidad de esos bonos, y si alguna vez algún Presidente estadounidense decide enviar sus marines a rescatarlos, tendrá que considerar que a diferencia de Irak, Irán o Corea del Norte, ese país es una verdadera potencia económica y militar-nuclear. Esto deja de parecer un escenario de política-ficción si se toman en cuenta los antecedentes de las partes en juego y el escenario que los analistas toman cada vez más en consideración: un desplazamiento masivo de la inversión internacional hacia el Este 6.

Una gran oportunidad

Así las cosas, que Brasil y Argentina hayan concedido a China la condición de "economía de mercado" que Estados Unidos y la UE le retacean es sin duda un peligro para sus industrias. Pero por un lado todo dependerá de los mecanismos de protección de que sepan dotarse y, sobre todo, del tipo de estrategia de desarrollo que adopten: si cada país irá por su lado; si al contrario el Mercosur asume una estrategia común (si negocia en bloque el ALCA; ¿por qué no lo hizo con China?); si se ponen o no en marcha mecanismos de inversión y capacitación para aumentar la competitividad industrial; si se establecen o no modalidades convenientes para la participación china en los grandes proyectos de infraestructura; si en cada caso se exigen o no reciprocidades... Por otra parte, ¿acaso Estados Unidos y la UE, economías de mercado por definición, no protegen a brazo partido los sectores que consideran sensibles? ¿Cuál es la diferencia, cuando se negocia en serio, entre el reconocimiento o no de la condición de "economía de mercado"? ¿Procede como tal Estados Unidos cuando cierra el acceso a los tubos sin costura o a la miel y los limones argentinos? ¿Procede así la UE cuando se niega a considerar sus escandalosas -para la "economía de mercado"- subvenciones agropecuarias?

En términos de negociación, el país del Mercosur que debe recuperar más terreno es Argentina, luego de ceder riquezas naturales y enormes porciones de soberanía durante el menemismo (Sosa, pág. 8). Pero al margen de situaciones particulares, parece claro que en el actual proceso de recomposición mundial América Latina ha devenido la niña bonita de poseedores y aspirantes a la hegemonía. Al concluir la Cumbre Iberoamericana de Costa Rica y la de la Asociación Asia Pacífico en Chile, en un mismo día de finales de noviembre el presidente chino Hu Jintao se reunió con Fidel Castro en La Habana; el ruso Vladimir Putin con Lula en Brasilia y el estadounidense George W. Bush con Álvaro Uribe en Bogotá. Si todos estos desplazamientos no constituyen marcas de interés y precupación, entonces hay que considerar que los líderes de tres de los países más grandes del mundo se dedican al exotismo turístico...

La pelota, como suele decirse, está pues en el campo de América Latina. De ella, de sus dirigentes, de sus sociedades, depende que la niña bonita se convierta en una señora independiente, libre, próspera y segura de sí y de su futuro, o que se la siga comprando como a una prostituta, al precio de más miseria y postergaciones para la mayoría de su población. No parece ser este último el camino elegido por las sociedades que en Argentina, Brasil, Chile, Uruguay y Venezuela han optado por gobiernos progresistas con un mandato de libertad, igualdad y autonomía; o el de las de Bolivia, Colombia, Paraguay, Ecuador y Perú, que en condiciones distintas se agitan en la misma dirección.

En este contexto global y particular, las reuniones de Ayacucho y Ouro Preto (páginas 4 a 11) adquieren una significación que esta vez va más allá de las habituales declaraciones vacuas de unidad y soberanía. Es cierto que la Unión Sudamericana sigue siendo poco menos que una utopía, pero el Mercosur es una realidad, aunque por ahora mucho más tangible por los esfuerzos de sus adversarios por destruirlo que por los de sus integrantes para consolidarlo. En cualquier caso, el Mercosur existe y eso hace más de la mitad de la Unión Sudamericana: la producción agropecuaria e industrial y las reservas energéticas de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay y de los dos observadores del sistema (Chile y Venezuela), bastarían y sobrarían para que América del Sur se cierre sobre sí misma y se dedique a desarrollar sus mercados internos y a contemplar por algunas décadas cómo el resto del mundo resuelve sus problemas.

Pero no se trata de eso, por supuesto, sino de tomar conciencia de la oportunidad que este momento de la evolución del capitalismo representa y de asumir el reto: los países de América del Sur deben y pueden resolver unidos sus graves problemas y unidos plantarse ante el resto del mundo. Casi dos siglos después, la utopía de Bolívar y San Martín es un fruto maduro que millones de latinoamericanos quieren atrapar. ¿Se pondrán los dirigentes a la altura o dejarán que caiga y se pudra en tierra? La Historia, también apátrida y amoral, no perdona a quienes dejan pasar la oportunidad.

  1. Carlos Gabetta, "La ilusión del trabajo", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, febrero de 2004.
  2. Carlos Marx, El Capital, Fondo de Cultura Económica, México, 1978.
  3. Babette Stern, "Au Forum Asie-Pacifique...", Le Monde, París, 20-11-04. El mercado mundial de cambios mueve 5.000.000 de millones de dólares por día, casi tres veces el PBI francés.
  4. Babette Stern, ibid. "En el tercer trimestre, la actividad se redujo un 0,3%, luego del 0,5% y el 0,7% en los dos trimestres precedentes".
  5. Luis de Sebastián, "Cumbre del G-20: poco ruido y pocas nueces", El País, Madrid, 25-11-04.
  6. El empresario brasileño Synesio Batista Da Costa declaró: "Hay que recordar que los chinos tienen comprada casi la mitad de los títulos del Tesoro norteamericano que se pusieron en venta. China está en condiciones de provocar un terremoto financiero en el mundo". Francesc Relea, "Un remedio chino...", El País, Madrid, 22-11-04.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 66 - Diciembre 2004
Páginas:2,3
Temas Mundialización (Cultura), Mundialización (Economía)