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Mis encuentros con Yasser Arafat

El pasado 11 de noviembre, a los 75 años, murió en París Yasser Arafat, el presidente de la Autoridad Palestina. Confinado en los últimos años en Ramallah, su muerte puso en evidencia la inquebrantable adhesión que le profesaba el pueblo palestino y ayudó a rememorar las razones profundas de esa adhesión: hace 50 años que Arafat luchaba tenazmente por la independencia de Palestina. La incógnita acerca del futuro de Palestina se agranda a la sombra de quien encarnó su historia y su inconclusa guerra por la autonomía.

Dotado de un sólido equilibrio psíquico, aun en las situaciones más dramáticas Yasser Arafat rara vez manifestó el menor abatimiento o desánimo. Parecía movido por un optimismo a toda prueba, por una voluntad inquebrantable de continuar su combate, por una sorprendente capacidad para recuperarse después de cada caída. Luego de haber seguido su itinerario por espacio de 35 años y de haberme entrevistado con él decenas de veces en mi condición de periodista o de diplomático a cargo de la misión francesa ante la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), me sorprendió hallarlo durante nuestros últimos encuentros, el año pasado, con un ánimo que se parecía mucho a un estado depresivo.

Pálido, cansado, confinado en un edificio en ruinas, habitaba en una pieza sin ventanas, sabiendo que corría el riesgo de verse exiliado o asesinado en cualquier momento; por primera vez consideraba la posibilidad de que "los vestigios de la Autoridad Palestina sean aniquilados". No entendía cómo habían logrado demonizarlo, luego de haber trabajado tanto para firmar la "paz de los bravos" con Israel. La emoción le cerraba la garganta cada vez que se refería a su "socio Itzhak Rabin".

Resignado, se aprestaba a designar un Primer Ministro bajo la triple conminación de Israel, Estados Unidos y -lo que para él era el colmo- de la Unión Europea. Fingía no entender por qué querían imponerle un Primer Ministro, cuando él era "apenas el jefe de una entidad no estatal". Ante la pregunta de si estaba obligado a cumplir con esa orden, Arafat bajó la cabeza, dejando la palabra a uno de los colaboradores sentados a su lado, quien dejó escapar estas palabras: "Bush es el que lo quiere...".

En el desayuno que siguió a la entrevista, al que había invitado a varios ministros, se inició una animada conversación sobre el tema del laicismo del futuro Estado palestino. Nabil Shaath, el ministro de Relaciones Exteriores de la Autoridad, encargado de redactar un proyecto de Constitución, precisó que por razones políticas evidentes, se sintió obligado a incorporar la fórmula "el Islam es la religión del Estado". Se produjo entonces una ola de protestas en torno de la mesa. Saeb Ereikat y Yasser Abd Rabbo, miembros del gobierno, eran los más vehementes. La señora Maie Sarraf, consejera para Cuestiones Europeas, exclamó mirando a Arafat: "¡En mi condición de cristiana, no aceptaré jamás vivir en semejante Estado!". Curiosamente, el Rais se mantuvo en silencio durante toda la controversia, con la mirada clavada en su plato. Presionado para que se pronunciara, declaró prudentemente: "Todavía no tuve tiempo de dar un vistazo al proyecto de Constitución...".

En ocasión de nuestro primer encuentro, en enero de 1969, antes de que fuera electo al frente de la OLP, Yasser Arafat se pronunciaba con aplomo sobre ese mismo tema. Sentado a la mesa del embajador de Argelia en El Cairo, Lakhdar Brahimi 1, el jefe del Fatah explicaba con entusiasmo cómo edificaría un "Estado unificado democrático sobre el conjunto de Palestina" en el cual "judíos, cristianos y musulmanes serían ciudadanos con iguales derechos". No pronunció la palabra "laicismo", cuyo concepto es desconocido para el islam, pero la descripción que hizo del futuro Estado no tenía nada que envidiar a la de una democracia de tipo occidental. Se mostraba totalmente confiado en que la mayoría de los israelíes adherirían a esa fórmula que les garantizaba la paz y la seguridad. Al respecto, hizo el elogio de los judíos sefardíes, mayoritarios en Israel, cuya cultura y mentalidad los convertía en "hermanos gemelos" de los árabes. Arafat los conocía bien por haberlos frecuentado en Egipto durante su juventud y durante su estadía clandestina en los territorios ocupados luego de la guerra de los Seis Días...

Siguiéndole los pasos, Salah Khalaf, conocido como Abu Iyad, que llegaría a ser el número dos de la OLP, utilizó una parábola para indicar que la realización de ese proyecto era prematura: los palestinos -dijo- van a sacudir el manzano que es Medio Oriente hasta hacer caer todos los frutos podridos, que asimiló a los Estados árabes. Sólo después -añadió con una sonrisa maliciosa- podrán recoger la única manzana sana que quedaría en el árbol: Israel. Un prolongado silencio se hizo en torno de la mesa donde estaban sentados varios embajadores árabes. Ninguno de ellos respondió al insulto; ninguno abandonó el lugar. La derrota árabe de junio de 1967 estaba aún muy cercana y el futuro -se creía entonces- pertenecía a los "revolucionarios palestinos".

A partir del año siguiente, los acontecimientos disiparían los fantasmas de los dirigentes palestinos, que alimentaban un rencor tenaz contra los regímenes árabes que habrían traicionado su causa desde el comienzo del conflicto con el movimiento sionista. La prueba de fuerza iniciada con la Jordania del rey Hussein en 1969-1970 concluyó con la masacre de los fedayines (Septiembre Negro) que precedió su expulsión definitiva del reino. Los durísimos términos en que Yasser Arafat nos habló en Amman del "entorno" del monarca, daban lugar a creer que el Rais (al igual que sus aliados del Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP) de George Habache, y del Frente Democrático para la Liberación de Palestina (FDLP) de Nayef Hawatmeh), trataba de derrocar a la monarquía hachemita.

Pocas horas antes de la ofensiva del ejército jordano, Abu Iyad me confió en tono desesperado que temía lo peor: "Seguro que saldremos vencidos de este enfrentamiento". Era perfectamente consciente del poder del ejército de Hussein, del apoyo que tenía de parte de Israel, de Estados Unidos y del Reino Unido, mientras que la OLP no había adoptado ninguna medida de seguridad. Parecía reprocharle a Arafat -con quien compartía el mismo análisis sobre la relación de fuerzas- no haber sabido actuar según sus convicciones íntimas, fundamentalmente al conceder al rey Hussein lo que exigía 2.

Poco después del conflicto armado, Arafat, que vivía en una semi-clandestinidad en Amman, se entregó a una especie de "autocrítica" sistemática. En el curso de una entrevista admitió que los fedayines habían cometido actos de provocación cayendo, según sus palabras, en un "exhibicionismo revolucionario", en "comportamientos inaceptables" respecto de los miembros del ejército jordano, sin olvidar los "secuestros aéreos" que condenaba enérgicamente. Sin embargo, analizando las cosas de cerca, su crítica apuntaba fundamentalmente a las organizaciones rivales, el FPLP y el FDLP, que sin embargo formaban parte de la OLP que él presidía y de la que teóricamente era el máximo responsable.

A Arafat, que se jactaba de ser el comandante en jefe de las fuerzas de la resistencia unidas, le costaba mucho reconocer una derrota. Según decía, había vencido al ejército jordano en 1970 y al ejército israelí cuando la invasión del Líbano en 1982. Respecto de esta última confrontación, me decía, no sin ostensible convicción: "¿No cree usted que resistir heroicamente, durante tres meses, a uno de los ejércitos más poderosos del mundo es en sí una gran victoria?". A su entender, la evacuación de los fedayines de el Líbano con armas y pertrechos en 1982, tuvo como única motivación poner fin a las matanzas de civiles por parte del ejército hebreo.

Lo que lo había conmocionado y hasta desestabilizado, fue la masacre de cientos de refugiados palestinos en los campamentos de Sabra y Chatila en septiembre de 1982, luego de su partida de Beirut. Poco después me había concedido una entrevista en Damasco, donde estaba refugiado, y evocó esa tragedia con los ojos llenos de lágrimas. Se quejaba de haber sido traicionado por Estados Unidos y por Francia, que habían retirado sus tropas prematuramente, cuando en realidad se habían comprometido a proteger a los palestinos del Líbano. Acusó directamente al general Ariel Sharon, por entonces ministro de Defensa, de haber implicado a sus fuerzas especiales y a sus comandos en la masacre. Furioso, exclamó: "Ni Begin ni Sharon son judíos; los crímenes que cometen no son conformes ni a la moral ni a la tradición judía; los verdaderos judíos son los que se niegan a participar en la empresa de aniquilamiento del pueblo palestino...". Y concluyó: "A todos los pacifistas y demócratas israelíes o judíos, ofrezco el aprecio y el reconocimiento del pueblo palestino, que no olvidará jamás su solidaridad en los momentos cruciales". Arafat aludía así a los cientos de miles de israelíes que habían manifestado su solidaridad con las víctimas de Sabra y Chatila, mientras que la opinión pública árabe se había mostrado indiferente. Se sentía además agradecido a Pierre Mendes-France, a Nahum Goldmann y a muchas otras personalidades judías de la diáspora, que habían manifestado su desaprobación ante la ofensiva israelí contra el movimiento palestino. Sin duda fue en esa época cuando decidió recibir en su sede de Túnez a representantes de la sociedad civil israelí y trabajar en favor del reconocimiento recíproco del Estado de Israel y de la OLP, proyecto que logró concretar una década más tarde en Oslo.

En Túnez, Arafat se dirigió en más de una ocasión al embajador de Francia que yo era entonces, directamente o a través de Abu Iyad, el número dos de la OLP, para facilitar los contactos con personalidades judías o israelíes y también con el gobierno de Jerusalén. En 1985, al día siguiente del bombardeo por parte de la aviación israelí de la sede de la OLP, del que escapó por milagro, Yasser Arafat me invitó a visitar su minúscula habitación, que había sido alcanzada por un cohete de los israelíes. Tomó de su biblioteca la autobiografía del general Ezer Weizmann, una "paloma" entre los "halcones" del partido nacionalista de Begin, y futuro presidente del Estado de Israel, y me dijo con una gran sonrisa: "Este es un hombre a quien respeto, me gustaría mucho conocerlo personalmente...".

François Mitterrand había logrado establecer relaciones de confianza con Yasser Arafat, mucho antes de la memorable visita de éste a París en 1989. Así, a comienzos de 1986, Mitterrand le había pedido por mi intermedio que facilitara la liberación de rehenes franceses secuestrados en el Líbano por grupos islamistas vinculados a Irán. La administración francesa creía saber que esos grupos estaban infiltrados por agentes de la OLP. Encantado de poder hacer un favor, Arafat convocó en mi presencia a dos de sus más cercanos colaboradores para pedirles que viajaran inmediatamente, uno a Beirut y el otro a Teherán, donde yo mismo debía ir. A ambos les dio una orden prioritaria: cuidar que los rehenes fueran mantenidos vivos y en buena salud, a la espera de que las negociaciones para su liberación -que yo debía iniciar en Teherán- llegaran a buen término.

Yasser Arafat cometió errores de cálculo y de juicio; sus defectos, sus flaquezas, sus comportamientos ambiguos o contradictorios, también son innegables. Pero los palestinos, que no se privaban de criticar severamente a quien consideraban como su padre, se lo perdonan, a la vez que profesan por él un culto inquebrantable: durante medio siglo Arafat logró la proeza de resistir a enemigos temibles en la escena internacional (Israel, Estados Unidos, la mayoría de los países árabes) y en el seno de su propio movimiento: los maximalistas, que no dejaron de poner obstáculos en el camino que llevaba al "compromiso histórico" que Arafat ambicionaba. Soñaba con convertirse en el Mandela palestino, el primer presidente de una Palestina soberana, aunque fuera reducida a su más simple expresión. La muerte lo fulminó en el umbral de su "Tierra Prometida".

  1. Que sería luego canciller, y posteriormente representante especial del secretario general de la ONU, para cumplir misiones en Afganistán y en Irak.
  2. Se trataba de limitar estrictamente las actividades de la resistencia palestina en Jordania.
Autor/es Eric Rouleau
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 66 - Diciembre 2004
Páginas:12,13
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Política internacional
Países Palestina