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La devastación de Fallujah

Ya es oficial: las elecciones en Irak deberían llevarse a cabo el 30 de enero de 2005 y la “comunidad internacional”, reunida en Sharm el-Cheik, se comprometió a apoyar el proceso electoral. Sin embargo, lejos de las declaraciones de principio, la situación de seguridad permanece extremadamente inestable. Respaldado por su propia victoria electoral, Bush ordenó una ofensiva militar contra las ciudades rebeldes.

La ciudad de Fallujah nunca dejó de sentirse vejada. Y con razón. En abril de 2003, después de la caída de Bagdad, un consejo espontáneo de dignatarios religiosos y tribales había asumido el interinato tras el derrumbe de las instituciones del régimen y había enviado a un emisario a negociar con la coalición la rendición de la ciudad. Al igual que en el resto del norte del país, las fuerzas locales supuestamente leales a Saddam Hussein se habían evaporado. Los habitantes reprochaban amargamente al tirano las injusticias y purgas padecidas por todas las familias y esperaban, pragmáticos, para ver qué ofrecían los estadounidenses.

No debieron esperar mucho. Una incomprensible benevolencia hacia los saqueadores permitió confirmar desde un principio la idea, muy difundida, según la cual Estados Unidos se había apersonado en Irak para depredar y destruir el país. Sobre todo, que las tropas estadounidenses desplegadas en la región adoptaron de inmediato una actitud mucho más intrusiva y agresiva que en el sur chiita 1. Porque para ellos Fallujah sólo podía ser una ciudad enemiga, cosa en la que poco a poco se convirtió.

Sin embargo, este presunto bastión de nostálgicos de Saddam Hussein y terroristas extranjeros no era más, en su origen, que una pequeña ciudad relativamente privilegiada bajo el antiguo régimen -en comparación con ciudades totalmente desheredadas, como por ejemplo Hilla- y sobre todo, profundamente conservadora. Su vocación religiosa la había expuesto, por lo demás, a los primeros arrebatos represivos del poder baasista que, a principios de los años '70, había aplastado allí al movimiento local de los Hermanos Musulmanes. En cuanto a su cultura tribal, ésta le valió un ambiguo privilegio: la cooptación de ciertos dignatarios por el régimen, con una serie de purgas, y el ineluctable sometimiento al poder como dolorosa contrapartida. Para acabar con los prejuicios habituales, es preciso recordar que una de las tribus consideradas de las más hostiles al régimen -y que tampoco acepta ahora al ocupante- es precisamente la de Albu Nemer, en los alrededores de Fallujah. Los mismos combatientes, incluso aquellos que hicieron sus armas en la Guardia Republicana o los servicios de información, se indignan por ser sistemáticamente descriptos como fieles al tirano...

¿Cómo pudo convertirse Fallujah en el "cáncer" que es motivo de las quejas aunadas de las autoridades estadounidenses e iraquíes, como si la ciudad estuviera enferma, como si un nuevo tratamiento de shock pudiera curarla? De hecho, las ambigüedades y luego las deficiencias de la ocupación estadounidense tuvieron un exacerbado impacto, y la ciudad aparece como el símbolo de un fenómeno más vasto y difuso. Evidencia, además, otro síndrome: la propensión de Estados Unidos a atascarse en Irak en los efectos perversos derivados de la improvisación de su propia política. Fallujah es el resultado complejo tanto de prejuicios atávicos sobre el régimen y sus supuestos aliados naturales, como de iniciativas en principio duras frente a una población considerada forzosamente hostil. Finalmente, tras el fiasco de abril de 2004, cuando obreros armados con palas descargaron su odio sobre cuatro paramilitares estadounidenses, cuyos cuerpos fueron luego mutilados por la multitud, Estados Unidos sitió la ciudad a modo de represalia, antes de dejarla librada a su suerte. Actualmente, cuando responsables estadounidenses, como el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, aceptan retomar la iniciativa volviendo a ocupar Fallujah, no hacen sino reaccionar a sus propias torpezas. La responsabilidad por esa nueva ofensiva es en primer término suya.

Estados Unidos y las autoridades iraquíes utilizaron distintos argumentos para justificar la ofensiva: la existencia de ese santuario habría contribuido a fortalecer la capacidad operativa de ciertos grupos de opositores armados y les habría brindado una zona de repliegue, de descanso y reorganización desde la cual habrían llevado a cabo proezas en todo el país. Por su valor simbólico, adquirido durante la confrontación de abril, la ciudad canalizaría también numerosos recursos, humanos y financieros, alimento de la violencia. Afirmaron también que en razón de las próximas elecciones nacionales y de la necesidad de asentar la tan frágil autoridad del gobierno central, era necesario intentar restablecer la integridad del territorio iraquí. Finalmente, siempre según la argumentación oficial, la población de Fallujah, sin duda ampliamente hostil a la presencia estadounidense, debía ser protegida de las intimidaciones de opositores armados cuya causa no abrazaba necesariamente, preservada de bombardeos estériles e incesantes, e incluso provista de servicios públicos elementales interrumpidos desde hace meses.

Encarnar al enemigo

No obstante, el nuevo sitio a Fallujah pareció responder ante todo a otros propósitos. Pese a la puesta en escena de una cierta "soberanía" iraquí, ilustrada por una "luz verde" dada teatralmente por el primer ministro Eyad Allawi, los iraquíes no son tontos: ¿no consistía la verdadera "luz verde" en una contribución a la reelección del presidente Bush? Fueron muchos los que vieron en las negociaciones iniciadas antes de la ofensiva con los representantes de los movimientos rebeldes el simple pretexto para desencadenar la operación en el momento más oportuno, dentro de la agenda política estadounidense.

Ligar la suerte de la ciudad y sus habitantes a la del "terrorista jordano" Abu Musab al-Zarqawi 2 no podía sino reforzar la impresión expandida en Irak de una intervención ineluctable, sin que importara el precio que debieran pagar los civiles. Por otra parte, si bien tanto el Primer Ministro como el ministro de Defensa iraquíes habían subrayado su deseo de "liberar" a los habitantes inocentes de Fallujah, su previsible éxodo en la inminencia de las hostilidades no había suscitado ninguna medida seria de alojamiento temporario ni de indemnización; ni, en una palabra, de seducción. Mientras la "libertad" se convierte en un argumento guerrero, se replantea la cuestión que la operación Iraqi Freedom nunca supo zanjar: ¿a quién se trata pues de convencer, sino a los "liberados"?

Intuitivamente, las respuestas a esta pregunta son motivo de inquietud. ¿Acaso el objetivo de Eyad Allawi no era, asumiendo una postura intransigente, satisfacer a aquellos que -tanto en Irak como en el extranjero- ven en un gobierno autoritario alguna esperanza para el futuro? ¿Y no era, para la administración estadounidense, un modo de dar un puñetazo sobre la mesa, para convencer a su propia opinión pública, así como a sus enemigos, de su inquebrantable resolución? Con mayor sutileza, las autoridades civiles vieron sin duda en ello una solución militar cómoda a un problema muy complejo, difícil de resolver por la vía política; por su parte, los militares encontraron allí la ocasión de conseguir la victoria tangible que durante tanto tiempo se les había negado, combatiendo a un enemigo menos escurridizo, replegado en posiciones defensivas, defendiendo después de todo un territorio, aun cuando éste fuese urbano.

A decir verdad, estas especulaciones tienen un único mérito: el de subrayar, en los distintos actores mencionados, la necesidad de un enemigo o, más exactamente, la necesidad de encarnar al enemigo. Nada nuevo hay en ello. El derrocamiento de Saddam Hussein debía bastar para llevar a Irak al camino recto. Su arresto, en diciembre de 2003, debía dar el golpe de gracia a una oposición armada que estaba al acecho. Desde entonces, el mal parece emanar de Al-Zarqawi: su importancia sería tal que su muerte saldaría el costo mediático de las víctimas civiles filmadas por las televisoras árabes durante los numerosos ataques de que fue objeto su organización.

Fuga hacia adelante

Análogamente a esos personajes intercambiables, el territorio en disputa en Fallujah remite ante todo a una concepción particular del enemigo, insistiendo en su exterioridad respecto del resto de la población, concepción que alimenta la confusión entre la eliminación física de los opositores y el hecho de vencer a la insurrección. Había pues que "liberar" a la población de sus nuevos opresores, al precio de entrampar, en la ciudad sitiada, a todos los hombres de entre 15 y 55 años 3; al precio de cortar el agua a los habitantes que se habían negado al exilio, para reforzar la ventaja de que disponían los marines; al precio de privarlos de asistencia ocupando el hospital y manteniendo a raya a las organizaciones no gubernamentales, por haber apoyado una propaganda adversa donde se denunciaba el mito de la guerra "quirúrgica".

Mientras innumerables textos de doctrina y de "devolución de experiencia" publicados por el ejército estadounidense, y más particularmente por los marines, describen a la población como el "centro de gravedad" de la insurrección, es decir, el objetivo a "conquistar" para desintegrar al adversario, la liberación anunciada de Fallujah hace temer fuertemente un enardecimiento del enemigo. Hasta que se cumplan las promesas de reconstrucción, cosa que tomará mucho tiempo, la realidad es que la ciudad está destruida. La magnitud de la destrucción materializa por otra parte una profecía doble: para los estadounidenses, es una prueba de la realidad concreta del mal que había que extirpar; para los habitantes, da la prueba definitiva de la agresividad de Estados Unidos, de su voluntad de vejar específicamente a Fallujah.

Desde el inicio de su absurda relación, a medida que las fuerzas de Estados Unidos tuvieron la confirmación de sus presupuestos respecto de la ciudad y actuaron en consecuencia, los habitantes de Fallujah fortalecieron su propia percepción de un ocupante arrogante, brutal, injusto. Paralelamente al mito de la resistencia heroica se desarrolló entonces toda una argumentación de víctima, toda una simbólica del mártir, fusionándose el tema de la resistencia y el del mártir dentro de la noción de sacrificio. Fallujah se sacrificaría valientemente en nombre de Irak y del islam. Esta visión irriga a una producción de videos y sitios de internet cuya difusión excede ampliamente al terrritorio en disputa. E inspira dinámicas que superan por lejos el marco de Fallujah.

Esta mitología de la ciudad-víctima encuentra su consagración en la ofensiva estadounidense-iraquí tal como fue concebida. Una lógica de confinamiento, la ausencia de perspectivas de capitulación, el valor simbólico de la ciudad para ciertos grupos de opositores armados, se conjugaron para garantizar un baño de sangre. La toma del hospital, útil para contener el torrente de imágenes sangrientas, no podía sino fortalecer la empatía -incluso relativa, incluso ambigua- de muchos iraquíes con los combatientes atrincherados, sin hablar de los civiles. En cuanto a los daños causados a la infraestructura, alimentarán inevitablemente toda una imaginería cuidadosamente compuesta. Sobre todo, y a pesar de las declaraciones retóricas, la rápida indemnización de los daños provocados, la instalación de estructuras funcionales de gobierno local -cosa que representa en sí misma un desafío- y la inmediata transformación de la ciudad en una enorme obra en construcción no han sido suficientemente planificadas.

Fallujah podría entonces convertirse en el símbolo del salvajismo de los "ocupantes" y del servilismo de sus aliados iraquíes cooptados, antes que en vitrina de lo que las autoridades tienen para ofrecer en ausencia de los "terroristas". No obstante, el trabajo de socavamiento realizado por estos últimos ha sido regularmente utilizado por las autoridades en el poder como la justificación primera de todos los disfuncionamientos. Si la eliminación de esas "fuerzas anti-iraquíes" sobre un territorio dado no abre ninguna era de reconstrucción y estabilidad, es difícil imaginar en qué contribuirá la "liberación" de Fallujah para reunir a las poblaciones alienadas que se suponía debía reintegrar al proceso político. Los ejemplos recientes de los combates en Nadjaf y Samarra, donde las indispensables medidas de acompañamiento político y económico acabaron siendo fragmentarias y tardías, no se prestan al optimismo. Pero qué importa, si todavía habrá que perseguir a los enemigos que no dejan ya de surgir en el vacío creado por la concentración de la atención y los medios militares sobre Fallujah. "Mantener el rumbo", según la cantinela del presidente George W. Bush, se resume cada vez más en una fuga hacia adelante. 

  1. Sobre los pecados originales del ocupante en Fallujah, David Baran, "Quiproquo en Fallujah", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, junio de 2003.
  2. Las autoridades estadounidenses pedían a los habitantes la entrega de los "terroristas" y de Zarqawi para evitar el ataque.
  3. En efecto, nada impedía que Estados Unidos aplicara tests de explosivos en los puestos de control que rodeaban la ciudad, antes que rechazar sin distinciones a los combatientes y civiles. Esos tests simples y rápidos, que sirven para determinar si una persona ha manipulado recientemente explosivos o armas de fuego sólo fueron empleados después de los combates más intensos.
Autor/es David Baran
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 66 - Diciembre 2004
Páginas:16,17
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Conflictos Armados, Política internacional
Países Estados Unidos, Irak