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Cómo “terraformar” el planeta rojo

El ambicioso proyecto de implantar en otro planeta las condiciones que hacen posible la vida humana en la Tierra ha dejado de ser la fantasía que asomaba en múltiples obras de ciencia ficción del último siglo. En la actualidad es un proyecto formulable en términos científicos y tecnológicos, aunque existe el riesgo de encontrar dificultades insuperables. Por lo demás, es en sí mismo un proyecto sujeto a controversia.

Todos los grandes proyectos de colonización del espacio, o de planetas del sistema solar, se enfrentan a un problema técnico infranqueable. Mantener condiciones favorables a la vida humana fuera de la Tierra, de manera duradera, implica la creación de una versión miniaturizada de un ecosistema terrestre, capaz de evolucionar y de reproducirse a pesar de las condiciones exteriores. La ausencia de atmósfera, de agua o de vegetación, una temperatura exterior demasiado elevada o demasiado baja, una radiación ultravioleta y/o de rayos X demasiado intensa, así como una radioactividad muy fuerte, constituyen obstáculos al desarrollo de una colonia humana fuera de la Tierra, ya sea en la Luna, en Marte o en enormes estaciones suspendidas en el espacio. Para el caso de una futura colonia planetaria, existe una ambiciosa solución: transformar las condiciones vigentes en la superficie del planeta en cuestión, para hacerlas compatibles con las de la vida humana. Esa colosal operación de ingeniería planetaria ya tiene nombre: "terraformación".

La idea de poder modificar las condiciones reinantes en la superficie de Marte aparece ya en 1917 en la novela de Edgar Rice Burroughs, Una princesa en Marte, que inaugura una serie de once novelas en las cuales una "fábrica" de atmósfera hace que el planeta rojo sea habitable. La misma idea se halla en el escritor inglés Olaf Stapledon (1886-1950). Su novela La última y la primera humanidad, publicada en 1930, es un fresco monumental que expone el futuro de la humanidad a lo largo de dos mil millones de años. En esa ficción se logra hacer respirable la atmósfera de Neptuno por medio de plantas genéticamente modificadas que absorben los gases nocivos e inyectan oxígeno.

En cuanto al término "terraformación", hay acuerdo en atribuirlo al escritor estadounidense de ciencia ficción Jack Williamson, que introdujo la palabra "terraforming" en su novela Seetee Ship, publicada en 1951. La terraformación 1 designa el conjunto de operaciones que habría que realizar para que un planeta sea habitable por la especie humana. Desde entonces, la terraformación se convirtió en un tema abundantemente tratado por los autores de ciencia ficción. En 1952, Arthur C. Clarke publica Las arenas de Marte, novela donde se propone calentar ese planeta produciendo la ignición de su luna Phobos por medio de una reacción nuclear. En Dune, la célebre novela de Frank Herbert (1965), los fremens, con la ayuda del paleontólogo imperial Liet Kynes, planean transformar en grandes praderas verdes los inmensos desiertos del planeta Arrakis. Pero la obra de referencia sobre el tema sigue siendo la trilogía de Kim Stanley Robinson (Marte rojo, Marte verde, Marte azul, 1993-1996, Editorial Minotauro) donde el autor trata de la transformación de Marte en un planeta habitable y de sus consecuencias humanas, sociales y políticas.

La terraformación no sólo excita la imaginación de los autores de ciencia ficción, sino que también interesa a los científicos. El primero en estudiar el tema fue nada menos que el célebre astrofísico estadounidense Carl Sagan, quien en 1961 propuso un sistema para hacer más tolerables las condiciones que rigen en Venus, planeta que posee atmósfera y cuyo tamaño es parecido al de la Tierra. La superficie de ese planeta es un verdadero infierno; la temperatura alcanza los 480°C y la presión atmosférica es 92 veces superior a la que conocen los terráqueos. Las sondas soviéticas Venera, que se posaron sobre ese astro entre 1975 y 1982, pueden testimoniarlo, ya que sólo lograron funcionar unos pocos minutos en tales condiciones. A partir del trabajo realizado por Sagan, el tema de la terraformación fue considerado más seriamente. Uno de los investigadores más activos sobre el tema es Christopher McKay, que trabaja en el Ames Research Center de la NASA, en California 2.

La terraformación es un proceso lento. Primero hay que hacer pasar al planeta elegido por diversas etapas de habitabilidad. Afortunadamente, numerosas modificaciones pueden facilitar la ocupación humana del planeta mucho antes de que el mismo sea totalmente terraformado. Por ejemplo, una atmósfera más densa, incluso irrespirable, sería una excelente protección contra las partículas cósmicas y las radiaciones de alta energía, facilitaría la puesta en órbita de las naves terrestres por aerofrenado, permitiría utilizar aparatos voladores, construir habitaciones no presurizadas y pasearse por su suelo sin escafandra, con una simple máscara de oxígeno.

La ecopoiesis

La primera etapa para concretar la terraformación es la que el biólogo canadiense Robert Haynes llama "ecopoiesis". Consiste en transformar un planeta estéril en un sitio capaz de acoger la vida y de sostener un ecosistema completo. Se podría pensar ingenuamente que para ello basta con dispersar en el planeta elegido una buena cantidad de bacterias cuidadosamente seleccionadas o genéticamente modificadas. Pero no es tan simple. Consideremos el caso de Marte. La temperatura de la superficie varía considerablemente durante el día, de -140°C a +20°C, con una temperatura promedio muy por debajo de cero. La atmósfera tiene una presión extremadamente débil y no existe capa de ozono para filtrar los rayos ultravioletas del sol. Para que las bacterias terrestres, incluso las más tenaces, puedan sobrevivir, habría que realizar las siguientes modificaciones:

- aumentar la temperatura de la superficie en al menos 60°C y aumentar la presión atmosférica;

- lograr que el agua pueda fluir en la superficie;

- reducir sustancialmente la radiación ultravioleta y la lluvia de partículas cósmicas que impactan sobre la superficie.

Los cambios necesarios son fáciles de enumerar, pero difíciles de realizar. Sin embargo, dos fenómenos van a atenuar esas dificultades. En primer lugar, las modificaciones requeridas están estrechamente vinculadas entre sí: afectar una de las condiciones puede hacer avanzar la otra en la dirección deseada. Así, el aumento de la presión atmosférica mejora la protección de la superficie contra las radiaciones y al mismo tiempo crea un efecto invernadero que aumenta la temperatura. A partir de entonces el sistema entra en una "retroacción positiva", expresión que oculta un círculo virtuoso para nuestros fines: la mejoría de la situación crea condiciones favorables para una nueva mejoría. Así, no es para nada necesario llevar gas a Marte para aumentar el espesor de su atmósfera, ni construir enormes calefactores para aumentar la temperatura. Un fuerte impulso inicial permitiría poner en marcha una evolución espontánea de las condiciones marcianas hacia un régimen de alta temperatura, que se espera sea estable. Eso se parece terriblemente a lo que la humanidad está haciendo en la Tierra, con consecuencias no deseables...

Gracias a la observación de numerosos relieves, actualmente parece indiscutible que en el pasado fluyeron líquidos sobre la superficie marciana, fundamentalmente agua. Además, una atmósfera densa, casi seguramente formada en su mayoría por dióxido de carbono (CO2) recubrió el suelo de ese planeta. Los planes de ecopoiesis de Marte se apoyan en la idea de que es posible volver a crear ese medio ambiente desaparecido. La principal hipótesis supone que aún existe en el planeta una gran cantidad de CO2 y que se la puede extraer fácilmente, pues estaría aprisionada en "reservorios" de superficie. Al liberar esa substancia se obtienen dos efectos. En primer lugar, se logra aumentar la presión atmosférica y formar un embrión de atmósfera. Luego, el CO2 -que capta la radiación infrarroja- es un gas de efecto invernadero: cuanto mayor es su porcentaje en la atmósfera, mayor es el recalentamiento de ésta, lo que acelera la máquina térmica. Una temperatura elevada favorece la liberación del gas por sublimación (paso directo del estado sólido al gaseoso) del hielo de los casquetes polares, o por el desgasado del suelo marciano, el regolit. Esa mayor producción aumenta la presión y la temperatura atmosférica, lo que a su vez aumenta la liberación de dióxido de carbono, lo que aumenta la presión y la temperatura, etc. La explotación de los casquetes polares o del regolit, para liberar el dióxido de carbono, no es una idea descabellada. A lo largo del año marciano 3, la presión atmosférica puede aumentar en un 20% cuando, en la primavera, los casquetes polares se subliman bajo el efecto de la radiación solar. Igualmente, la presión atmosférica disminuye en invierno, cuando el dióxido de carbono gaseoso se condensa hacia el estado sólido.

De todos modos, sólo existe una idea aproximativa de la cantidad aprisionada en los casquetes y en el regolit. Según ciertas estimaciones, los casquetes polares contendrían suficiente CO2 como para multiplicar la presión atmosférica actual por 10 o por 20. Las reservas del regolit permitirían sumar un factor 4 ó 5 para alcanzar una presión final cercana a la mitad de la presión atmosférica terrestre. Sin embargo habría que prepararse para algunas decepciones, pues el espectrómetro Omega de la sonda europea Marte Express 4 descubrió en enero de 2004 que, contrariamente a lo que se creía, el casquete polar austral está formado mayoritariamente de hielo de agua.

También es posible que el dióxido de carbono se halle presente bajo la forma de carbonatos, como en la Tierra. En nuestro planeta, el dióxido de carbono aprisionado en los carbonatos marinos vuelve a la atmósfera gracias a la actividad volcánica, luego de haber pasado por las entrañas de la Tierra. En Marte, los carbonatos deberán ser vaporizados utilizando medios particularmente drásticos: explosiones nucleares, impactos de asteroides, disparos de láser. Comenzar a bombardear un planeta para apoderarse de él es ciertamente un comportamiento típico de nuestra especie, pero esa evidente falta de sutileza podría no despertar mucho entusiasmo...

Elevar la temperatura

¿Cómo proceder? Un estudio de Christopher McKay y Robert Zubrin 5 indica que bastaría una elevación de 4°C de la temperatura del casquete polar sur para poner en marcha ese proceso, pues la amplificación natural permitiría reducir el tiempo, la energía y los medios técnicos necesarios para modificar las condiciones climáticas marcianas. Para ello, los autores proponen simplemente calentar el casquete polar por medio de un inmenso espejo espacial que focalizaría la luz solar. Debería ser grande (un centenar de kilómetros de radio), liviano y hábilmente instalado, de manera que la gravedad marciana compense la presión -escasa pero no inexistente- que ejerce la luz solar sobre la superficie del espejo. Éste mantendría una posición estacionaria respecto de la zona que debe iluminar. Ese tipo de espejo sería una versión gigante del espejo orbital ruso Znamya, desplegado en febrero de 1999 y formado por una vela de Mylar de 5 milésimas de milímetro de espesor y de 25 metros de diámetro.

Otra solución para elevar la temperatura de un casquete polar: extender sobre el mismo una sustancia negra, como polvo de carbón, que al absorber más eficazmente la luz solar provocaría un aumento de la temperatura. Según un estudio de la NASA, esta técnica permitiría derretir los casquetes en un plazo cercano a un siglo. Sin embargo hay un inconveniente: el viento marciano, a pesar de ser muy tenue, podría perturbar la pulverización o llevarse la capa de sustancia negra una vez colocada.

Respecto del regolit, el problema es más complejo, pues el dióxido de carbono, fijado sobre la superficie de los minerales, es más difícil de liberar. En ese caso, el aumento de la temperatura debería afectar a un gran espesor del regolit (200 metros) y no sólo a una capa superficial. Para evitar ese problema, se podrían introducir en la atmósfera gases de efecto invernadero más eficaces que el dióxido de carbono. Grandes fábricas, del tipo de los "procesadores atmosféricos" que James Cameron mostró en su película Alien 2 (1986), producirían miles de millones de toneladas de clorofluorocarbonos (CFC), moléculas cuya contribución al efecto invernadero es diez mil veces más eficaz que las de dióxido de carbono. En la Tierra, los CFC liberados por la actividad industrial favorecieron el calentamiento climático y la aparición del agujero de ozono. Ese problema no se planteará en Marte... pues no posee capa de ozono.

Una vez que las condiciones marcianas hayan sido mejoradas un poco, sería posible introducir microorganismos. Si estos son capaces de producir amoníaco y metano, buenos gases de efecto invernadero, esos seres vivos podrían así contribuir al recalentamiento del planeta. Sin embargo, Marte no será para nada un paraíso. Los microorganismos elegidos deberían ser campeones de la capacidad de supervivencia en medios extremos. Ya se ha visto en simulaciones hechas en laboratorio, que ciertas especies de bacterias que producen metano pueden adaptarse a una presión atmosférica reducida y hallar en el suelo marciano la nutrición necesaria para sobrevivir. Así se podría aprovechar la formidable capacidad de resistencia de las bacterias Deinococcus radiodurans (que pueden sobrevivir a dosis muy altas de radiaciones iónicas) o de Matteia (capaces de sobrevivir sin agua).

Una vez que la atmósfera marciana se haya vuelto más densa, en algunos lugares la temperatura será suficiente para que el agua líquida vuelva a fluir en la superficie. La atmósfera seguirá siendo irrespirable, pero permitirá la vida de microorganismos o de líquenes. Un ser humano podrá caminar sin traje especial presurizado, aunque tendrá que protegerse del frío y llevar una máscara de oxígeno.

El recalentamiento y el aumento de densidad de la atmósfera pueden lograrse con medios sorprendentemente modestos, pero la etapa siguiente es más complicada: se trata de reactivar la hidrosfera del planeta para que recupere un ciclo del agua completo, como el que pudo existir hace algunos miles de millones de años. Los casquetes polares parecen ser las reservas más evidentes. Según los datos recogidos por la sonda estadounidense Mars Odyssey 6, también habría agua en gran cantidad, en forma de hielo, en el subsuelo marciano.

Por último, el agua podría hallarse también en ciertos minerales del regolit marciano. Si las reservas de Marte resultaran insuficientes, será necesario proceder a la importación. Entre las soluciones cuantitativamente satisfactorias para ello citemos dos: capturar un núcleo de cometa o un gigantesco bloque de hielo de los anillos de Saturno, y estrellarlo contra la superficie del planeta rojo. Otro bombardeo más, pero para una causa noble.

En algunos lugares el vapor de agua liberado se condensará en forma de nubes: por primera vez, luego de varios miles de millones de años, la lluvia regará la superficie de Marte. Así aparecerán lagos, torrentes y ríos; el agua serpenteará de nuevo sobre la roja corteza. Se inundará el fondo del Valles Marineris, transformándolo en un río inmenso que correrá entre vertiginosas paredes y tendrá una anchura extraordinaria. Las planicies bajas del hemisferio norte, situadas dos kilómetros por debajo del nivel medio de la superficie, se transformarán en un océano que rodeará el Polo Norte marciano.

Para aumentar el tenor en oxígeno de la atmósfera de Marte y hacerla respirable, habrá que diseminar sobre el planeta cianobacterias, acostumbradas a vivir en condiciones extremas, y cuya actividad de fotosíntesis capta el CO2 y libera oxígeno. En la tierra, esos microorganismos dominaron la vida durante dos mil millones de años. Las cianobacterias elegidas lograrán al principio llevar la presión parcial en oxígeno al valor-mínimo de un hectopascal 7, para que las plantas puedan desarrollarse libremente. Esas plantas posiblemente deberán ser genéticamente modificadas para aclimatarlas a las duras condiciones marcianas y para aumentar su producción de oxígeno. Cuando la presión parcial supere los 120 hectopascales, los primeros colonos podrán salir a pasear sin necesidad de colocarse sus máscaras de oxígeno.

La terraformación es un trabajo de largo aliento. La de Marte requiere una serie de etapas cuyas escalas de tiempo son bastante diferentes. Para completar la primera etapa, la ecopoiesis, habrá que contar varios cientos de años. Unos miles de años más tarde debería ser posible cultivar plantas en Marte. Y se necesitarán unos miles o decenas de miles de años más para que la atmósfera sea suficientemente rica en oxígeno para que podamos respirar sin asistencia externa.

Dos grandes defectos

Es preciso concluir la descripción de las grandes líneas de ese plan con un aspecto algo pesimista en cuanto a las posibilidades de éxito. En efecto, el planeta rojo adolece de dos grandes defectos que podrían arruinar cualquier intento de terraformarlo. En primer lugar, al ser Marte un planeta más pequeño y menos denso que la Tierra, su gravedad es menor. Tan baja, que fue incapaz de evitar la fuga de la mayor parte de su atmósfera primitiva hacia el espacio. Por lo tanto, si se restableciera artificialmente una atmósfera en Marte, es perfectamente plausible que los gases liberados o inyectados se desvanezcan nuevamente en el medio interplanetario, destruyendo así todos los esfuerzos realizados.

Además, Marte ya no posee campo magnético, pues el mecanismo que lo había creado inicialmente desapareció al enfriarse el núcleo del planeta (un fenómeno asociado con su reducido tamaño). En la Tierra, ese campo magnético forma una especie de escudo, que junto a la atmósfera protege su superficie de las partículas de alta energía de origen solar o cósmico. Es casi seguro que no será posible reactivar el campo magnético de Marte, de modo que el planeta no podrá disponer de ese formidable paraguas natural que protege la superficie y limita la evaporación de la atmósfera.

Terraformar Marte es un proyecto grandioso, uno de los más extraordinarios jamás imaginados por el cerebro humano. Se le puede reprochar su carácter absurdo o su arrogancia. En su famosa trilogía marciana, Kim Stanley Robinson describe con lujo de detalles un método creíble para cambiar la cara de Marte. Intenta también responder a un difícil interrogante: ¿debe lanzarse la humanidad a terraformar el planeta rojo? En la novela se enfrentan dos grupos con ideas radicalmente diferentes. Para los Verdes, la terraformación es la lógica continuación de la conquista espacial. Para los Rojos, Marte es un santuario geológico, que atestigua la historia de nuestro sistema solar, y que debe ser absolutamente preservado. En definitiva, se trata de una oposición entre un antropocentrismo que defiende la idea de que la humanidad debe expandirse hacia todos los lugares que le sean accesibles, y un biocentrismo que reconoce el valor intrínseco de la naturaleza y trata de protegerla. La extensión al cosmos de la ética conservacionista que existe en la Tierra abre indiscutiblemente nuevas perspectivas al debate político y filosófico: ¿hay que autorizar la terraformación, si fuera posible?; ¿es aceptable modificar el aspecto de un planeta?

Sin embargo, la colonización de Marte puede resultar ineluctable. Después de todo, nuestro planeta es frágil; el impacto de un asteroide puede en un instante hacer desaparecer a la humanidad y su historia. Terraformar Marte sería de alguna manera mejorar las posibilidades de supervivencia de la humanidad a largo plazo, dentro del sistema solar, y -más ampliamente- en la galaxia. Pero algo es cierto: la terraformación de Marte es posible y podría ser lanzada con la tecnología de este comienzo del siglo XXI, aunque a condición de algunas profundizaciones teóricas y de un esfuerzo técnico considerable.

El estudio de la terraformación (natural o artificial), además de ser un posible objetivo a largo plazo de la exploración espacial, es un excelente estimulante intelectual que favorece el desarrollo del trabajo interdisciplinario, el intercambio de conocimientos y la reflexión sobre la acción de una humanidad convertida en "ingeniero planetario". Pues si bien es posible y hasta fácil hacer de Marte un sitio habitable, también es fácil desestabilizar y deteriorar irremediablemente la biosfera terrestre.  

  1. El autor de este artículo utiliza el neologismo francés "terraformage", y señala que, "la mayoría de los textos franceses utilizan la traducción ‘terraformation', término que, al contrario de ‘terraformage' puede aplicarse también al proceso natural de formación del ecosistema terrestre".
  2. Ames Research Center
  3. Marte gira sobre su eje a una velocidad comparable a la de la Tierra: el día marciano dura 24 horas y 39,6 minutos. En cambio, su revolución en torno del Sol es casi dos veces más lenta que la de la Tierra: el año marciano cuenta 669 días marcianos, es decir 687 días terrestres.
  4. Marte Express
  5. Christopher McKay y Robert Zubrin
  6. Mars Odyssey
  7. En Marte, la presión atmosférica en el suelo varía según la estación del año, entre 6 y 10 hectopascales (hPa), lo que cabe comparar con los 1.015 hPa que se registran sobre la superficie de la Tierra.

En viaje hacia Nirgal

Rivière, Philippe

Todo sucedía como si el primer gran paso afuera de nuestro planeta debiera ser el último. Con la finalización del programa Apolo, que representó también el apogeo de la Guerra Fría, la conquista del espacio parecía retraerse sobre las órbitas terrestres. Algunos astronautas partían a experimentar la ausencia de gravedad en una estación espacial internacional sin un objetivo claro, arreciaba la rivalidad entre los sistemas satelitales de comunicación, observación o posición.
Pese a unas misiones de observación cada vez más poderosas, que les daban nuevos ojos y nuevas imágenes para soñar, los humanos permanecían clavados al suelo.
Harrison H. Schmitt, último hombre en pisar la Luna (¡en 1972!), se dispone hoy a festejar sus 80 años. La aventura espacial nunca recobró el entusiasmo popular que tuvo en la Guerra Fría. Pero ahora diversos proyectos van haciendo resurgir la atracción del espacio. Los viajes orbitales circunterrestres se hacen costumbre, aunque no se democratizan. Algunos multimillonarios se regalan unas vueltas a la Tierra en la estación espacial internacional 1. Y a partir del éxito de SpaceShipOne –primer avión espacial privado en efectuar dos vuelos con menos de cinco días de intervalo–, hasta los simples millonarios pueden regalarse el privilegio de contemplar desde lo alto el planeta azul. El 4 de octubre pasado, Mojave Aerospace Ventures –el constructor de SpaceShipOne 2– se hacía acreedor, por esa conquista, del Ansari X-Prize, una recompensa de 10 millones de dólares. El premio se convierte en una competición anual, análoga a la Copa América de vela, y es la señal de partida de la conquista espacial privada.

“Nueva frontera”


De todos modos, esto es una bagatela en comparación con el otro gran proyecto espacial tripulado. Porque ya no se trata de ciencia ficción: el hombre llegará pronto a Marte, el planeta fascinante que los griegos llamaban “Ares”, los babilonios “Nirgal”, los incas “Auqakuh” y los sumerios “Simud”… Principal promotor de esta empresa, el presidente de la Mars Society –asociación internacional de 6.000 miembros 3–, Robert Zubrin, defiende una concepción radical de la aventura. Este ex jefe de ingenieros de Martin Marietta Astronautics (absorbida en 1995 por Lockheed Martin), ofrece en su asombroso libro The Case for Mars (Alegato a favor de Marte) 4, una defensa y descripción de su plan de misión denominado “Mars Direct”.
El proyecto consiste en enviar, en enero de 2014, una primera nave con destino a Marte, sobre un lanzador pesado del tipo de los cohetes Saturn V (Estados Unidos) o Energia (Rusia). Ignorar totalmente a la Luna, ya que después de todo, demanda menos energía llegar al planeta rojo que a la Luna, dado que la atmósfera tenue de Marte permite frenar sin gasto de propergol 5. Lanzar a continuación, cada dos años (tiempo determinado por el período de revolución de los dos planetas alrededor del Sol), dos nuevos cohetes: uno llevará a su tripulación, tras 180 días de vuelo, junto a la nave lanzada dos años antes, que servirá para el regreso de los astronautas; el otro, sin tripulación, consistirá únicamente en un nuevo módulo de regreso para la misión siguiente. Los cuatro exploradores dispondrán de 550 días para visitar los alrededores y efectuar experiencias, duración excepcional que garantiza el interés científico de la misión.
Toda la astucia del procedimiento consiste en su (relativa) liviandad: la nave de retorno se envía vacía, y produce su propergol in situ, descomponiendo químicamente la atmósfera marciana gracias a un generador eléctrico embarcado (lo cual no carece de riesgos: ver Gagnon, pág. 26). El mismo Zubrin demostró, con medios relativamente limitados, la factibilidad técnica de esta explotación de los recursos locales. Además, cada misión dejará sobre el terreno su Spacehab, o Módulo de Habitación Espacial, lo que permitirá durante cierto plazo la implantación de una base científica permanente sobre el suelo de Marte.
El autor procura convencer al gran público, y lo logra gracias a una profusión de explicaciones pedagógicas muy logradas sobre la navegación dentro del sistema solar, la química de los propulsores, los cálculos de las cantidades de agua y alimentos que hay que llevar y que hay que producir sobre el terreno, las mejores trayectorias que permiten evitar las sobredosis de radiación, la manera de definir un reloj y un calendario locales, de orientarse sin brújula según las posiciones de las lunas Deimos y Fobos, etc. ; todo lo cual hizo de The Case for Mars un libro para estudiar en la escuela media y un best-seller en Estados Unidos.
Como buen estadounidense, Robert Zubrin apuesta todo a la noción de “nueva frontera”, convoca la historia de los pioneros de la conquista del Oeste para encarar el desarrollo de una futura población humana marciana (sin indios a exterminar en este caso), y concibe la propiedad privada y el espíritu de empresa como los más potentes motores de la colonización espacial. Pero ya se trate de misiones comandadas por las potencias espaciales actuales (Estados Unidos, Europa, incluso China), o por multinacionales, el ingeniero no deja subsistir duda alguna sobre el siguiente punto: existe ya un plan no sólo realista, sino realizable a corto plazo, para colonizar Marte. Las generaciones que partirán a establecerse en el planeta rojo ya han nacido.

  1. Robert Bell, “Une station spatiale ruineuse et inutile”, Le Monde diplomatique, París, febrero de 1999.
  2. Sociedad dirigida por Burt Rutan y financiada por el cofundador deMicrosoft, Paul Allen.
  3. Rama francesa: Planète Mars, 28, rue de la Gaîté, 75014 París. La asociación agrupa a apasionados de Marte que no siempre defienden las posiciones de Robert Zubrin sobre la colonización y la terraformación.
  4. Hay una traducción al francés: Robert Zubrin, Cap sur Mars, un plan pour l’exploration et la colonisation de Mars par l’Homme, Editions Henri Goursau, Saint-Orens de Gameville, 2004, 400 páginas, 23 euros.
  5. Combustible de los cohetes.


Autor/es Roland Lehoucq
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 66 - Diciembre 2004
Páginas:24,25,26
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Tecnologías, Sociedad, Ciencia