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El rostro menudo de la droga

Los autores analizan en este texto la existencia, destinada a “pasar sin dejar rastro”, de un pequeño traficante de la periferia paulista, la historia minúscula de una suerte de mediador entre lo legal y lo ilegal, que pone en cuestión los mediatizados estereotipos del “traficante” y del “crimen organizado”. Un mundo aparte, que de algún modo crea su propia institucionalidad, entre lo formal y lo informal, ante la ausencia de las instituciones del Estado o la presencia ominosa y corrupta de su único representante: la policía.

Una escena común y corriente en la periferia paulista. Un punto distante de la ciudad de San Pablo, un barrio construido mediante irregularidades varias y superpuestas. Ocupaciones y terrenos de propiedad incierta. Todo muy improvisado, muy precario, calles con baches, sin pavimento, que se transforman en verdaderos lodazales en los días de lluvia. Pero las redes de agua y luz finalmente llegaron a estos confines. Y con ellas el reinado de las conexiones ilegales. Desde un auto de una empresa tercerizada que brinda el servicio de mantenimiento de una gran compañía telefónica, estacionado en una de las callejas, un técnico de la compañía conversa con uno de los habitantes del lugar. Es él quien va a hacer el trabajo. Es decir, tirar los cables desde la avenida principal y garantizar luz y teléfono para todos. Pero la prestación del servicio tiene sus formas de regulación. Todo tiene que negociarse bien. Comenzando por el precio y los costos, que serán compartidos por todos. Además, hay que ponerse de acuerdo sobre el trazado de los cables, las casas que se beneficiarán, la extensión de la red clandestina, por dónde pasará y por dónde se ramificará. Es decir: una delicada gestión de la vida local. Esto es lo que está en el centro de la conversación.

Un vida como "todo el mundo"

El interlocutor del técnico es un muchacho de 28 años, que vive allí con mujer e hijos, madre, hermanos y sobrinos. Maneja las negociaciones con habilidad. Nadie sabe bien lo que hace; y, si alguien lo sabe, hace de cuenta que no lo sabe. Pero esto no tiene mucha importancia. Después de todo, el muchacho es un joven respetuoso y gentil con todos, con una familia muy bien estructurada, una hijita adorable y una esposa servicial, siempre dispuesta a ayudar a quien se encuentre en apuros. Pues bien: este muchacho se gana la vida traficando drogas. Es el jefe de una biqueira (kiosco) con mucho movimiento, ubicado en un barrio cercano a su propio domicilio. De hecho, el lugar donde nació, creció, se casó y formó una familia, hasta que, por una de esas vueltas del destino (pelea de familia y vecinos, que terminó en una historia de sangre), sus perspectivas de trabajador (sí, era un trabajador en el mercado formal y con carrera promisoria) se hicieron humo y se vio enredado en la trama de la llamada "economía de bienes ilícitos".

Pero él no mezcla sus negocios con la vida privada. En el barrio en el que vive lleva una vida como "todo el mundo". Si comanda esa especie de gestión de las múltiples ilegalidades de las que está hecho el mundo urbano es porque sabe echar mano de los ardides de una inteligencia práctica que combina el sentido de la oportunidad y el arte de esquivar las situaciones difíciles. En las vueltas de la vida desarrolló una especial habilidad para negociar en los dobleces de lo legal y de lo ilegal y para lograr el frágil equilibrio que conforman los negocios ilícitos: para empezar, el pesado juego entre la compra de protección y la extorsión policial, en verdad un feroz juego de poder; por otro lado (y al mismo tiempo), la gestión de las rutinas de su negocio, que se conectan con las circunstancias de la sociabilidad local, entre el respeto a las reglas de la reciprocidad de la vida cotidiana (a fin de cuentas, fue en ese lugar que nació y creció, construyó lazos de amistad y solidaridad), el cálculo reflexivo para garantizar la complicidad de los habitantes contra las embestidas de la policía, y también la estrategia para el control del territorio frente a los grupos rivales siempre en disputa.

Micro-escenas de un mundo social constituido por una especial confusión entre lo formal y lo informal, lo legal y lo ilegal, y lo ilícito.

De ahí su interés en detenerse en una muy prosaica conexión ilegal con el técnico de la compañía en cuestión, ese peculiar artilugio que vincula a diversos estratos de la historia urbana, que se comunican y se entrelazan en la gestión práctica de la vida cotidiana.

Redes y mediaciones

Los mismos procedimientos y los mismos mediadores se ponen en acción para dar luz eléctrica a una pequeña, pequeñísima favela que rápidamente se formó allí mismo, en el barrio donde el muchacho capitanea su negocio. Es un barrio más viejo, con una urbanización consolidada hace tiempo. Sin embargo, en un terreno vacío aparecieron los primeros habitantes que, sin otra alternativa, instalaron allí casa y familia. La favela estaba formándose allí, a la vista de todos. Sucede que aparecieron improvisados falsificadores de títulos de propiedad de la tierra, apropiándose de un terreno para después alquilar o vender el lugar a los recién llegados. El muchacho y sus socios (también viejos habitantes del lugar) consideraron que era necesario garantizar que las cosas funcionaran, como se dice, "de manera correcta". Expulsaron a esos mercaderes de desgracia ajena, dividieron los lotes como se debe y establecieron las reglas para su distribución entre los que de hecho los necesitaban. Después trataron de garantizar los "servicios urbanos" de luz y agua, echando mano de los servicios profesionales de quien entiende de la cuestión y es capaz de hacer bien el trabajo. Y ahí están ahora las conexiones ilegales de luz y agua, todo funcionando debidamente para el bienestar de todos.

El hecho es que el muchacho y sus socios pasaron poco a poco a ocuparse de las cuestiones locales. Por ejemplo del tema de la canasta básica, otro artilugio urbano en torno del cual se movilizan otras tantas gestiones prácticas de la vida cotidiana. Desde hace mucho tiempo, las canastas son distribuidas por un tradicionalísimo liderazgo comunitario, al que recurren las mujeres cuando no encuentran otros medios para garantizar el sustento de sus familias: problemas de salud, de desempleo, de orfandad, de abandono; o la prisión de proveedores -padres o hijos- o incluso la muerte violenta de los que fueron las víctimas en un "matar o morir", como se dice, esos episodios recurrentes que forman parte de la historia local (no sólo local), en los que se mezclan la violencia policial (y sus prácticas de exterminio), la acción de los asesinos y justicieros, disputas de territorios y ajustes de cuentas.

Habitantes antiguos del lugar, los líderes comunitarios se empeñan desde hace tiempo en paliar estos problemas. Desde hace años se esfuerzan por solicitar ayuda a todos los que puedan movilizar recursos: donaciones voluntarias (siempre inciertas) de los comerciantes locales; donaciones (además de inciertas, discontinuas) de asociaciones filantrópicas y, en particular, del clientelismo político viejo y querido, en cuyo caso, las donaciones siguen los rumbos mutantes de los intereses políticos y el ritmo desacompasado del calendario electoral.

Cuando el muchacho y sus socios entraron en el negocio, se movilizaron otras redes y otras mediaciones: comerciantes y conductores de pequeñas camionetas de transporte que también se mueven en esas inciertas fronteras entre lo informal y lo legal, siempre lidiando con las "fuerzas del orden" (inspectores y policías) por medio del chantaje y de la extorsión, más allá de los asaltos y los robos de la pequeña delincuencia local y, en el caso de los conductores de camionetas, disputas, a veces letales, que involucran a grupos rivales interesados en el control de los rentables circuitos del llamado transporte alternativo. A cambio de la protección, a medias requerida, a medias impuesta, todos entraron en el circuito de la solidaridad popular, garantizando los recursos y también la fachada semi-legal para las canastas básicas que continuaron distribuyéndose y administrándose como siempre.

Zonas de fricción

La distribución de las canastas básicas sigue sus rutinas. Y el "jefe" garantiza ahora que todo siga por la senda correcta. También sucede así con los festejos que patrocina y organiza en las fechas conmemorativas: día de la madre, día del niño, Navidad y fin de año. En el mes de junio, el campo de fútbol, emplazado en un terreno baldío, se transforma en espacio para fiestas. Otras tantas gestiones locales: el muchacho y sus empleados más influyentes negocian con los equipos locales el uso del espacio, conversan con el personal del Centro Deportivo Municipal (mediación oficial y legal que administra el espacio, los juegos y los equipos locales), patrocinan el montaje y la organización de los puestos utilizados por los habitantes para vender las comidas y bebidas propias de una fiesta de junio. E incluso garantizan que todo esté bien iluminado mediante conexiones ilegales esparcidas en puntos estratégicos, siempre por los mismos medios.

La fiesta es un éxito de público y crítica. Parientes, conocidos, vecinos, parejas de enamorados circulan alegremente. Los niños se divierten con el palo enjabonado. Y las familias celebran esta, digámoslo así, variación local de la economía solidaria, pues los puestos recibieron una nada despreciable fuente de ingresos para quienes están siempre complicados con salarios irrisorios, empleos inciertos y desempleo prolongado. Como se ve, todo muy bien sintonizado con los tiempos actuales.

Con el tiempo, el muchacho se volvió un personaje importante en la vida local. No pocas veces, al andar por las calles, lo llaman, con un evidente sentido de la ironía, "intendente". Algunos le piden trabajo, dinero, un coche prestado para llevar a un familiar enfermo al hospital, favores varios. En la práctica actúa como un administrador de problemas cotidianos: peleas de vecinos, conflictos de familia, adolescentes peleadores e insolentes, barullo excesivo a altas horas de la noche; es decir: todas las cosas que puedan llamar la atención de la policía o que puedan provocar hostilidad y mala voluntad de los habitantes, situación delicada y peligrosa, pues es siempre de este modo que surgen las temidas denuncias anónimas que motivan la intervención violenta de la policía.

El hecho central es que todo se confunde con la gestión cotidiana del negocio local de la droga, que depende en buena medida de su anclaje en esas redes de sociabilidad, al mismo tiempo que engendra otras tantas relaciones en el barrio, que a su vez se estructuran en equilibrios inestables y siempre pasibles de acabar en tensiones, conflictos, desafectos, malentendidos, deslealtades, disputas o historias de venganza personal, que pueden ser fatales.

Se trata de toda una gestión de las relaciones locales para garantizar la lealtad de los "empleados" y la complicidad de sus familias; para arbitrar en conflictos o para definir los límites que no se deben pasar, en particular entre los más jóvenes, en verdad chicos, casi niños, cuando empiezan a sentirse importantes y poderosos y crean problemas con los habitantes y el vecindario.

Al mismo tiempo, esta gestión de las relaciones cotidianas toca tangencialmente otras tantas prácticas ilícitas, que no siempre, y no necesariamente, tienen vínculos estrechos con el negocio de la droga, pero que también interactúan con las redes de la sociabilidad local en las fronteras inciertas entre lo informal y lo ilegal: los tradicionalísimos talleres mecánicos, que se multiplican por toda la periferia, en los que se mezclan el trabajo informal y la transacción de piezas de origen dudoso, que alimenta un increíble mercado popular de piezas, bicicletas, motos y autos de "segunda mano". También los muy modernos y en plena expansión mercados de CD piratas y productos falsificados varios, fuente de ingresos para los administradores de puntos de venta de la periferia. También allí se despliegan y movilizan redes locales de sociabilidad y una confusa catarata de intermediarios que de variados modos conectan a los sectores más paupérrimos de la ciudad con la riqueza, o al menos con la ilusión: el actualísimo y muy rentable negocio de los tragamonedas, que desplaza al tradicional juego de lotería clandestino y que, como éste, también se mueve en el vidrioso mundo de los intermediarios y la compra de protección policial, proporcionando generosos ingresos a sus operadores.

Prácticas comunes, en sus versiones tradicionales o modernas, que navegan en las fronteras borrosas entre recursos de supervivencia y prácticas ilícitas 1, vinculadas -o no, o no siempre- con la pequeña criminalidad común 2.

Estas prácticas y redes sociales que constituyen la vida de un barrio de periferia crean otras tantas zonas de fricción, que a su vez precisan ser bien administradas para evitar complicaciones con la población local y principalmente para evitar acontecimientos indeseables con la policía: ajustes sobre procedimientos, horas, lugares y circunstancias para las transacciones ilícitas; acuerdos de conveniencia para impedir disputas indeseables; arbitrajes difíciles cuando las desavenencias involucran a organizaciones criminales y las soluciones de muerte rondan en el aire.

Lo que está en juego en todo esto son micro-regulaciones del negocio de la droga, su rostro menudo, podría decirse, que se conecta con los hechos y circunstancias, artilugios y redes sociales que constituyen la vida local. De ello depende el buen funcionamiento de los negocios y también el delgado equilibrio de un juego de vida y muerte. Pues todo funciona muy bien, o puede funcionar muy bien, hasta que la rueda de la vida da una vuelta y la estructura se resquebraja o desploma: los choques con la policía, siempre presente en un juego perverso de protección y extorsión; las disputas de territorio con grupos rivales; o los desafectos de unos y otros que terminan por accionar soluciones de muerte. El muchacho sabe de esto, y los habitantes del barrio también.

"Uniones peligrosas"

Son historias de un pequeño traficante de la periferia paulista. Historias minúsculas, como diría Foucault, "existencias destinadas a pasar sin dejar rastro" 3, pero que interesan justamente porque, al contrario de los estereotipos que construyen las figuras fantasmagóricas del "Traficante" y del "Crimen Organizado", son portadoras de un haz variado de relaciones y conexiones con el mundo social. Por eso mismo constituyen formidables guías para conducirse en la difícil comprensión del mundo urbano actual.

Todo muy distante de las imágenes ampliamente mediatizadas -y aceptadas como verdad- de un mundo capturado y dominado por el así llamado "Crimen Organizado". Imágenes que instalan y trivializan la criminalización de la pobreza y alimentan la obsesión por las garantías y el llamado a la represión abierta y sin pudor (la gramática de la guerra, el combate al "enemigo"); a la gestión de los supuestos riesgos que generan los pobres 4 por medio de los dispositivos de administración aplicados a las llamadas "poblaciones en situación de riesgo". En rigor, el biopoder del que habla Foucault, es decir: gestión de las poblaciones, gestión de las vidas y, en estos tiempos en que la excepción se volvió regla, la administración de sus urgencias para tornar a los "individuos gobernables" bajo la racionalidad triunfante del mercado 5.

Estas micro-escenas ponen en foco un mundo social que no cabe en los estereotipos que vienen accionando los dispositivos de excepción: sean las figuras fantasmagóricas del "Crimen Organizado", versión nativa del "Imperio del Mal" contra el cual sólo queda la estrategia de la guerra (y el exterminio); sea, en su cara "edificante", la fricción de las poblaciones encapsuladas en las llamadas "comunidades", subyugadas o aterrorizadas, o por lo menos amenazadas, pero destinadas a la remisión por la intervención salvadora de programas sociales. En nombre de la urgencia y de la emergencia, el espacio de la política se sustrae, tanto como se erosiona el campo de la crítica (y el ejercicio de la inteligencia crítica) 6, bajo la figuración de toda una ciudad pensada y configurada bajo la lógica de una gestión de los riesgos, riesgos sociales, que pautan programas sociales y también los hoy celebrados proyectos de revalorización de espacios urbanos, populares y centrales 7.

Así, es todo un mundo social el que queda fuera de mira. Pero es justamente en esas tramas urbanas formadas en los dobleces de lo formal y de lo informal, de lo legal y de lo ilegal, que es necesario detenerse. Como muestra Michel Misse 8, la clave para la comprensión de la violencia asociada a los mercados ilícitos, en particular el tráfico de drogas, está justamente ahí, en las "uniones peligrosas", en esas relaciones de poder articuladas en el pesado juego de la compra de protección y extorsión policial, en el llamado mercado de protección, también ilegal, que se alimenta de las políticas (y prácticas) de la criminalización y detona episodios de violencia que muy frecuentemente asumen formas extremas y devastadoras 9.

Pero las dos caras de los dispositivos de excepción -la represión y la gestión de la pobreza- ya forman parte del orden de las cosas. Las tensiones de este mundo nacen de la fricción entre los "individuos gobernables" y lo que escapa a los dispositivos de gestión, es decir: entre la gobernabilidad de la gestión y la "nuda vida" 10. Es esto lo que palpita en filigrana en las "historias minúsculas" que conforman nuestras ciudades. Es en estos puntos de fricción que hombres y mujeres negocian la vida y los sentidos de la vida. Al filo de la navaja.

  1. Vincenzo Ruggiero y Nigel South, "The late city as a bazaar: drug markets, illegal enterprise and the barricades", The British Journal of Sociology, Londres, 1997.
  2. Moisés Naím, Ilícito, Debate, Buenos Aires, 2006.
  3. Michel Foucault, La vida de los hombres infames, La Piqueta, Madrid, 1990.
  4. En el momento en que se escribían estas líneas, los "dispositivos de excepción" (que el lector nos perdone el eufemismo) estaban siendo una vez más aplicados en la ocupación del "Complejo del Alemán" en Río de Janeiro.
  5. Michel Foucault, Nacimiento de la biopolítica, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2007.
  6. Craig Calhoun, "A world of emergencies: fear, intervention, and the limits of cosmopolitan order", The Canadian Review of Sociology and Anthropology, Montreal, noviembre de 2004.
  7. Vincenzo Ruggiero, "Securité et criminalité économique", en Michel Kokoreff, Michel Peraldi y Monique Weinberger, Économies criminelles et mondes urbains, PUF, París, 2007.
  8. Michel Misse, "As ligações perigosas: mercado informal, ilegal e narcotráfico e violência no Rio de Janeiro", Crime e violência no Brasil contemporâneo. Estudos de sociologia do crime e da violência urbana, Lumen Juris, Río de Janeiro, 2006.
  9. Giorgio Agamben, Homo Sacer. El poder soberano y la nuda vida, Pre-textos, Valencia, 1998.
Autor/es Vera Da Silva Telles, Daniel Veloso Hirata
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 100 - Octubre 2007
Páginas:16,17
Traducción Martín De Brum
Temas Corrupción, Narcotráfico, Estado (Política)
Países Brasil