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“La muerte no duele”

A 43 años del asesinato del abogado, diputado nacional, periodista, director de la revista Militancia Rodolfo Ortega Peña, a manos de la organización parapolicial Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), el pasado 3 de septiembre fue presentado en el Colegio de Abogados de Buenos Aires, el libro La ley y las armas, de Felipe Celesia y Pablo Waisberg (Aguilar, Buenos Aires, 2007), una biografía del recordado militante del peronismo revolucionario. Reproducimos la intervención en el acto del subsecretario de Derechos Humanos de la Nación.

Si uno ha militado junto al "Pelado" y ha sido invitado a presentar este libro, el testimonio no puede faltar. Y esto cuando todavía no se han desvanecido en el aire los ecos de la recordación del 35º aniversario de la masacre del 22 de agosto de 1972 en Trelew 1, ese acontecimiento cargado con la significación de los momentos que sintetizan todo un período de nuestra historia reciente y que preanunció, entre otros, el asesinato de Rodolfo.

No me refiero al testimonio anecdótico, aunque válido, de lo que compartimos en aquel momento, entre la fuga y la masacre, que ha sido relatado más de una vez, o la experiencia concreta de determinados procesos judiciales ante el Camarón 2, o a la vida de la Gremial de Abogados de Buenos Aires.

Me refiero más bien al testimonio sobre el amigo y compañero que ha quedado en el recuerdo de esa manera en que se unen las evocaciones en el corazón y la razón al mismo tiempo, respecto de esos seres que han dejado una impronta imborrable.

Así es, Pelado, y esta reunión es una prueba más de ello. Reunión en la que todo debería ser dicho sin el menor asomo de solemnidad, por respeto a tu memoria, ya que la solemnidad era lo más distante que se podría imaginar de tu forma de ser y de tu implacable sentido del humor.

Porque quiero precisamente hablar del amigo junto al cual "militar era una fiesta", como dije en el artículo de la revista Nuevo Hombre inmediatamente después de su asesinato. Evocar esa inolvidable voz que aún hoy resuena en el recuerdo, una voz afónica y firme, irónica y audaz. Pienso en el amigo, maestro y compañero, que en el fulgor de la época, decía a los que le recomendaban prudencia, "la muerte no duele". 

Pero esa muerte, su muerte, que no era la primera, marcó para muchos de nosotros un punto de inflexión; y esto, más allá de los sentimientos personales, por tratarse de una figura emblemática de lo que podría llegar a ser dentro del peronismo y más allá de él una "izquierda de nuevo tipo", una poderosa fuerza de liberación nacional y social. Comenzaba una cuenta regresiva que llevaría del auge de las luchas populares al reflujo y a la consolidación del terrorismo de Estado por largos años hasta su derrumbe final.

Hoy podemos discutir si considerar que nos encontrábamos en una situación prerrevolucionaria a partir de 1969 y del Cordobazo 3 era una interpretación voluntarista del período.

De lo que no cabe duda es de que entonces se trataba de romper por todos los medios de lucha, como lo vio el Pelado, el cerco dictatorial que en vano pretendía contener la resistencia y la búsqueda de alternativas en una sociedad sumida en una profunda crisis.

Una crisis cuya magnitud era innegable: se unían en la lucha antidictatorial sectores antes enfrentados o distanciados -obreros y estudiantes-; aparecía un sindicalismo clasista, antiburocrático y combativo, que disputaba sectores importantes de la clase obrera a la burocracia sindical; se desarrollaba dentro de la Iglesia Católica el Movimiento de Curas del Tercer Mundo inspirado en la teología de la liberación; emergía un nuevo género de periodismo, el periodismo de investigación; la cultura en múltiples expresiones -el cine, la literatura, la plástica, el movimiento editorial- asumía como nunca los desafíos políticos e ideológicos de la época, tanto en el plano nacional como internacional; la universidad acompañaba las movilizaciones populares; los profesionales, entre ellos abogados, psicólogos, docentes, asumían una militancia política activa. Decididamente, el sistema tenía por fin frente a sí un antagonista capaz de afirmar su hegemonía sobre amplios sectores sociales y la búsqueda de alternativas independientes frente al sector excluyente y conservador del privilegio, que carente de expresión política, había acudido desde 1930 a los golpes militares.

 Las marcas de una generación 

Ese clima de los años '70, en que reinaba la acción, había sido largamente preparado por los acontecimientos y los debates sobre el Estado y la sociedad, sin precedentes hasta entonces en nuestro medio, que se desarrollaron en la década anterior, referidos tanto a la realidad de nuestro país, como de nuestra región y del mundo.

La lucha anticolonial en Argelia, la guerra de Vietnam, la revolución cubana, la experiencia del Che en Bolivia, la masacre de Tlatelolco en México, el Cordobazo y las movilizaciones que siguieron en nuestro país, el triunfo de la Unidad Popular en Chile, marcaron para siempre a una generación. También el cuestionamiento de la historia y la filosofía entendida como una disciplina dramática y palpitante, que en vez de aportar certezas, ponía en duda todo lo que parecía firme y bien establecido.

Rodolfo Ortega Peña había sido historiador desde los años '60. Es cierto que su experiencia como historiador junto a Eduardo Luis Duhalde, no obstante su solidez, no tuvo características propiamente académicas. No era un defecto. Su finalidad principal apuntaba a encontrar claves del problemático presente en nuestra joven historia, leída desde el punto de vista del oprimido y no en la perspectiva de las clases dominantes.

Fue abogado y periodista en los años que siguieron, diputado nacional 4 y militante siempre.

Asumió cada uno de esos papeles por entero, con la intensidad y la prisa de las épocas en las que todo parece posible y el mundo aparece constantemente sujeto al cambio, épocas en que "todo lo sólido se desvanece en el aire".

En ese contexto, una gran pluralidad de intereses intelectuales, y ese destino de hombre dividido entre mundos distintos, le permitía a Rodolfo Ortega Peña la distancia creadora que lo llevó a hacer del Derecho, esa disciplina esencialmente formalista y conservadora, algo dinámico, viviente y siempre habitado por esa característica de la creación que es la sorpresa.

Tal vez uno de los rasgos clave en este terreno, el de los procesos judiciales de carácter político, fue su capacidad de desnudar un sistema a partir de casos individuales. La biografía escrita por Celesia y Waisberg subraya la importancia de la reflexión sobre la experiencia argelina a este respecto.

En 1965 Ortega Peña y Duhalde publican Felipe Vallese: Proceso al Sistema. Allí citan el libro que Simone de Beauvoir escribió con la abogada feminista Gisèle Halimi sobre la vida de una activa militante del FLN argelino, Djamila Boupacha, torturada por las fuerzas de ocupación. "Sería inútil indignarse; protestar hoy en nombre de la moral contra ‘excesos' o ‘abusos' (...) En ninguna parte hay abuso o exceso; lo que reina en todas partes es un sistema." Y también: "Un hombre es torturado; sucumbe, o lo rematan, o se suicida; se escamotea su cadáver: no hay cadáver por consiguiente no hay crimen. A veces un padre, una esposa pregunta; se le responde: desaparecido, y el silencio vuelve a cerrarse".

Ortega Peña sostuvo hasta el último momento su afirmación según la cual "la sangre derramada no será negociada"; la sostuvo no con su muerte, sino con todos los actos de su vida, sabiendo que lo exponían a perderla a manos del terrorismo de Estado. La represión criminal ya había aparecido en el país bajo la dictadura instaurada por Juan Carlos Onganía en 1966 y las que siguieron. Ortega lo había denunciado, junto a Eduardo Luis Duhalde y muchos de nosotros, casi todos integrantes de lo que sería la Gremial de Abogados de Buenos Aires. Con la misma energía denunció la represión ilegal a partir de la masacre del 20 de junio de 1973 en Ezeiza. 

Los responsables del asesinato 

No podía soportarse tanta lucidez, unida a tanta combatividad. Entre los ideólogos del asesinato de Ortega Peña y de otros dirigentes populares, a más de Felipe Romeo, director del pasquín fascista El Caudillo, se contó un personaje del establishment, Juan Ernesto Alemann, quien sería secretario de Hacienda de Jorge Rafael Videla y conspicuo ideólogo del neoliberalismo a través de todas las épocas. 

El 17 de marzo de 1974, en una nota editorial del diario alemán de Buenos Aires, el economista recomendaba aplicar a los miembros de la guerrilla y a sus "colaboradores" la metodología nazi de desapariciones reglamentada en los decretos de Hitler firmados por Keitel y conocidos como "noche y niebla".  Decía en esa oportunidad Alemann en el Argentinisches Tageblatt: "Si uno ve esta guerra sucia desde un punto de vista meramente militar, llega a la conclusión de que el gobierno puede acelerar y facilitar considerablemente su victoria, actuando contra las cúpulas manifiestas -de ser posible en "noche y niebla"- y sin que esto trascienda demasiado. Si Firmenich, Quieto, Ortega Peña, etc., desaparecieran de escena, esto implicaría un golpe extremadamente duro para el terrorismo".

Eduardo Luis Duhalde denunció que poco después del asesinato del padre Carlos Mugica 5, cometido el 11 de mayo de 1974, Antonio Benítez, ministro de Justicia del presidente Juan Perón, lo convocó junto a Ortega Peña a una reunión en un domicilio particular. López Rega había presentado al Presidente en Olivos un "Plan de Eliminación del Enemigo" con diapositivas de los posibles blancos, entre los que estaban precisamente Ortega Peña y Duhalde. Perón había escuchado y había guardado silencio.

En diciembre de 2006 el juez federal Norberto Oyarbide inició los procedimientos para extraditar desde España al ex comisario Rodolfo Eduardo Almirón, custodio de José López Rega, y en enero de este año ordenó la detención de otro de los cómplices del "Brujo" 6, el ex comisario Juan Ramón Morales, recientemente fallecido.

Ambos fueron acusados de haber participado en los asesinatos de Ortega Peña, Carlos Mugica, Alfredo Curutchet, Julio Troxler, Silvio Frondizi, José Luis Mendiburu, Carlos Laham y Pedro Leopoldo Barraza.

Si se quisiera ensayar un esbozo de vidas paralelas, sería posible intentarlo entre dos figuras clave de los años '60 y '70, cuyos destinos parecen confluir en ese resplandor de la época, que semejaba el anuncio de un nuevo amanecer.

Esas vidas paralelas podrían ser la del dirigente del sindicato de Luz y Fuerza de Córdoba Agustín Tosco y la de Rodolfo Ortega Peña.

Si sus orígenes sociales y sus prácticas los diferenciaban -uno obrero y sindicalista, el otro abogado, periodista, historiador y legislador- hay algo que parece unirlos, además de un común anhelo por un mundo más justo y más humano. 

Los une su creatividad, la capacidad de no enredarse en el laberinto de la realidad y la búsqueda siempre lúcida del hilo conductor, su determinación de asumir enteramente el compromiso sin cálculos personales de ningún tipo y de evitar los encasillamientos que limitan, su vocación para constituirse en referentes para distintas corrientes en busca del gran río al que sin embargo esos afluentes no llegarían a confluir, porque sabemos todos cuál fue el curso de la historia.

Era una época habitada por la centralidad del poder. Pero también sabían que el poder no se construye tan sólo en un "gran día", sino a lo largo de cada jornada en una lucha que también puede ser cotidiana y gris.

Tanto el "Pelado" Ortega como el "Gringo" Tosco tenían una clara noción de que en la política, conforme a esa visión, todo lo que no sea construir un poder democrático avanzado es una quimera.

Compartían también la convicción de que nunca lo peor es mejor, que siempre un resquicio democrático es preferible a una dictadura, no sólo por los desastres que ahorra, sino por el espacio que abre para el avance de las luchas populares. 

Después de esa ceremonia de incorporación a la Cámara de Diputados en el Congreso de la Nación en que exclamó "¡Sí, juro! Y la sangre derramada no será negociada", un promisorio cronista del diario La Opinión -quien no era otro que Osvaldo Soriano- preguntó a Ortega sobre la posibilidad de llevar adelante su cometido en el Congreso: "Aun dentro de un recinto burgués hay margen", respondió. Luego, el flamante diputado agregó: "No, no sentiré la soledad: nada hay ahora más solo que este Parlamento. A mí me acompaña el pueblo que votó por la liberación". 

El alto precio de la libertad 

En cuatro meses y medio desde que asumió el cargo de diputado de la Nación hasta su asesinato, Ortega Peña desarrolló con el mismo sentido innovador con que emprendió otras empresas una profusa labor parlamentaria y llevó su banca a la calle, al centro de múltiples conflictos.

Y sin embargo podemos preguntarnos. Pero entonces, ¿tantos sacrificios fueron válidos? La muerte de Agustín Tosco, oculto, perseguido y enfermo y el asesinato de Ortega Peña, entre miles de pérdidas, asesinatos y desapariciones, ¿pueden leerse en una clave distinta a la de la tragedia?

Todos estos sacrificios no nos condujeron a la patria sin explotadores ni explotados que muchos soñamos.

Pero nos abrieron las puertas de una Argentina menos autoritaria y más democrática, menos excluyente y discriminadora y más abierta a la integración social -aunque aún falte tanto por hacer en ese terreno-, un país menos vuelto hacia el Norte y más apto para tratar de avanzar con nuestros hermanos de la región hacia un mundo más justo y más humano para todos.

No llegamos a las playas de la patria socialista, de la liberación nacional y social. Sin embargo, nos acercamos al horizonte de la democracia, el Estado de derecho y los derechos humanos.

Pese a todas las limitaciones y carencias de la situación, les debemos a tantos sacrificios poder transitar el arduo camino de la libertad.

  1. El 22-8-1972, bajo la dictadura del general Alejandro Lanusse, 16 de los presos políticos que en una operación parcialmente fallida se habían fugado del penal de Rawson fueron asesinados a mansalva en la base Almirante Zar, de Trelew.
  2. Modo popular de denominar a la Cámara Federal en lo Penal, o Fuero antisubversivo, un tribunal especial inconstitucional destinado a juzgar delitos contra la "seguridad nacional".
  3. Estallido popular protagonizado fundamentalmente por obreros y estudiantes, que ganó las calles de la ciudad de Córdoba el 29-5-1969, abriendo una etapa de proliferación de levantamientos populares.
  4. Constituyó en el Congreso el Bloque de Base, unipersonal.
  5. Perteneciente al Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo.
  6. Apodo de López Rega debido a sus inclinaciones esotéricas.
Autor/es Rodolfo Mattarollo
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 100 - Octubre 2007
Páginas:36,37
Temas Historia, Literatura
Países Argentina