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Lejos de una “revolución azafrán”

El 20 de octubre pasado el régimen militar birmano alivió un poco la presión al levantar el toque de queda impuesto en Rangún a fines de septiembre en respuesta a las manifestaciones de la oposición, lideradas por los monjes budistas, que fueron violentamente reprimidas. Sin embargo, este movimiento de protesta, el más importante contra la junta militar en casi dos décadas, carece de cohesión. Por esta razón, a pesar del incremento de la presión internacional sobre los generales, no existe ningún signo serio de apertura o de cambio político.

Al decidir una fuerte alza del precio de la gasolina y del gas natural, el 19 de agosto pasado, el régimen militar birmano desató una crisis económica y social cuyas consecuencias no había calculado. En efecto, un alza similar del precio del petróleo en octubre de 2005 no provocó una ola de protestas como la que sacudió a Rangún y a algunas otras grandes ciudades en septiembre último. Sin embargo, las manifestaciones en las calles, iniciadas por unos pocos militantes y retomadas por la comunidad de monjes budistas (el Sangha), están lejos de haber constituido un movimiento de grandes dimensiones.

El aumento del precio del petróleo tuvo consecuencias directas sobre la vida cotidiana de la población, particularmente en las ciudades. El precio de los transportes públicos casi se duplicó y el costo de utilización de grupos electrógenos destinados a paliar los cortes del suministro eléctrico público se volvió exorbitante. Los precios de los artículos de primera necesidad aumentaron notablemente.

Iniciativa de los jóvenes bonzos 

Los primeros en denunciar las nefastas consecuencias de esa nueva decisión arbitraria de las autoridades militares fueron los escasos militantes demócratas que aún estaban en libertad. En particular los de la "Generación 88", grupo informal de ex estudiantes que participaron en el gran levantamiento del verano de 1988, cuya brutal represión causó cerca de tres mil muertos (militantes, bonzos 1 y estudiantes).

Así, a pesar de la prohibición gubernamental, se organizaron algunas manifestaciones en Rangún frente a la Municipalidad y a la sede de la Liga Nacional por la Democracia (LND), principal partido opositor, cuya secretaria general es Aung San Suu Kyi. Galardonada con el premio Nobel de la Paz en 1991 y confinada a su domicilio desde hace más de cuatro años, Aung San Suu Kyi estuvo privada de libertad la mayor parte de los últimos dieciocho años. Las primeras manifestaciones, que reunieron entre trescientos y cuatrocientos militantes, fueron rápidamente "decapitadas", ya que -siguiendo un esquema clásico de represión dirigida- la policía birmana detuvo a la mayoría de los activistas, comenzando por Min Ko Naing, que había sido liberado en 2004 luego de quince años de prisión.

Sin embargo, mientras ese movimiento de protesta muy marginal parecía debilitarse, como ocurrió en la mayoría de los sobresaltos de los últimos veinte años, aparecieron los primeros signos de descontento en el seno de la comunidad de monjes budistas. Pilar de la sociedad birmana, el Sangha es una institución venerada por la mayoría de los habitantes, casi todos los cuales pasaron algunos meses o años de ordenación en su vida.

Como consecuencia directa del alza de precios del mes de agosto, el costo de las ofrendas y donaciones diarias a los bonzos se hizo más difícil de asumir. Así, reflejando el profundo desasosiego de la población, que cada vez tiene más dificultad para dar la limosna diaria, algunos centenares de jóvenes novicios realizaron espontáneamente desfiles pacíficos a fines del mes de agosto. Esas manifestaciones, limitadas a ciertos monasterios cuyos bonzos venerables permitieron a las jóvenes generaciones salir a las calles en algunas ciudades del centro del país y de Rangún, tenían como principal motivación denunciar "la carestía de la vida" y reclamaban una baja de precios.

Como cada monasterio posee su propia jerarquía, el movimiento de protesta obedeció más a iniciativas individuales de algunas comunidades -impulsadas por jóvenes novicios afectados, al igual que sus familias, por las dificultades socioeconómicas del momento- que a un movimiento general de todo el Sangha.

Estrategia de espera

La protesta adquirió una nueva dimensión con las primeras reacciones del régimen militar. Retomando una estrategia empleada muchas veces antes, las autoridades intentaron debilitar el movimiento -al que por entonces se habían sumado los bonzos, pero que carecía de dirigentes carismáticos- utilizando sus propios simpatizantes civiles, en particular los miembros de la Union Solidarity and Development Association (USDA, por sus siglas en inglés). Esa organización de masas, patrocinada desde 1993 por el jefe de la junta, el general Than Shwe, sirve de "fachada" civil al régimen militar, y estaría compuesta por entre 15 y 18 millones de adherentes, sobre los 47 millones de habitantes del país.

Desde comienzos de 2007 circulan rumores sobre la discreta creación, en el seno de la USDA, de una fuerza de seguridad especialmente entrenada por el ejército y por sus servicios de informaciones para el combate en las calles y la desestabilización de manifestaciones públicas, lo que viene inquietando progresivamente a los observadores. Así es que la Pyithu Swan Arrshin, cuyos cerca de mil integrantes serían principalmente delincuentes liberados y simpatizantes del régimen de confesión musulmana o cristiana, parece haber adquirido desde hace algunos meses una terrible fama.

El 5 de septiembre, en momentos en que varios centenares de bonzos manifestaban en las calles de Pakokku, pequeña ciudad al sudoeste de Mandalay, miembros de esa fuerza especial dispersaron violentamente el desfile, hiriendo y humillando a muchos monjes. Al día siguiente, los bonzos más jóvenes se rebelaron y tomaron como rehenes a las autoridades militares locales que habían venido a disculparse por el incidente. La noticia se diseminó rápidamente por el país y se registraron entonces nuevas manifestaciones espontáneas en reacción al mutismo reinante en la cima del Estado respecto del incidente.

Un mes después de la brutal alza de los precios, el régimen militar aún no había adoptado la menor decisión económica para paliar sus consecuencias. Sobre todo había dejado que prosiguiera la ola de protestas, ya que visiblemente estaba acéfala y sin coordinación. Por otra parte, como la junta siempre buscó congraciarse con los representantes del Sangha más venerados, le resultaba difícil desplegar una represión tan sangrienta y masiva como la de 1988. Frente a esa estrategia de espera, las manifestaciones se repetían en las grandes ciudades, mientras que los videoaficionados, los fotógrafos extranjeros y los militantes clandestinos difundían en el exterior numerosas imágenes del movimiento, que tomó una magnitud nunca antes vista.

Aunque se evoca la cifra de 100.000 manifestantes en Rangún el 24 y 25 de septiembre, al parecer sólo unos 15.000 a 20.000 monjes formaron el núcleo de esa manifestación. El resto eran principalmente habitantes de la ciudad, curiosos, poco acostumbrados a ese tipo de desfiles callejeros, en general prohibidos. Con cierta euforia, muchos birmanos descendieron de los edificios del barrio anglo-indio para observar a los bonzos desfilar valientemente, ofreciéndoles algo para beber, aplaudiéndolos, pero sin tomar parte verdaderamente en la ola de protesta. En la cabeza de los desfiles se vieron sólo unas pocas pancartas militantes, retratos de Suu Kyi y banderas con el pavo real combatiente, emblema de la LND, por temor a represalias directas o por pedido de los propios bonzos.

Ese mismo esquema se reprodujo en otras ciudades, como Mandalay, Sittwe o Toungoo, sin evidenciar la existencia de una verdadera red coordinada, ni una participación política activa del conjunto de la población. Además, no todos los monasterios se sumaron espontáneamente a las manifestaciones, mostrando las divisiones existentes en el seno mismo de la comunidad budista birmana. Muchos bonzos venerables no apreciaron el movimiento de protesta de los jóvenes monjes, condenando su compromiso temporal y su activismo público.

Política de control

Sin embargo, existe entre los monjes de ese país una tradición de compromiso político. El budismo fue uno de los elementos motores del nacionalismo birmano en la primera mitad del siglo XX. Los bonzos U Ottama y U Wisara se distinguieron por su combate pacífico contra los colonialistas británicos, apoyándose en métodos no violentos. U Wisara murió en una prisión colonial en 1929, luego de una huelga de hambre de 166 días. El general Ne Win, cuyo régimen militar aisló a Birmania del resto del mundo entre 1962 y 1988, también se preocupó por amordazar esa fuerza de oposición, adoptando una serie de medidas autoritarias destinadas a enmarcar administrativamente al Sangha. La junta que lo sucedió en 1988 continuó esa política de control de la comunidad budista, en particular por medio del decreto número 20/90 de octubre de 1990, que restringió las posibilidades de asociación y de expresión pública de los bonzos, que pasaron a estar bajo la autoridad del Ministerio de Asuntos Religiosos de la junta.

Eso no impidió el desarrollo de una oposición silenciosa en muchos monasterios, entre ellos el de Thamanya (en el Estado de Karen), famoso por simpatizar con Suu Kyi y con su lucha por la democracia. Pero la mayoría de los monasterios, traumatizados por la brutal represión del levantamiento del verano de 1988, no parecen hoy en día dispuestos a iniciar una profunda revolución en las calles, a pesar del manifiesto estado de desesperación de la comunidad.

Teniendo en cuenta la ausencia de una verdadera jerarquía y la profunda infiltración del Sangha por los servicios de informaciones, a la comunidad le resulta muy difícil mostrarse unida ante el poder militar. Ni siquiera durante las grandes campañas de protesta, como la del "rechazo de la ofrenda" (patti ni kauz za kan), en que los monjes dan vuelta el bol de las ofrendas, rechazando así las de los militares y sus familiares, como ocurrió en 1990 en Mandalay. La junta encontrará siempre monasterios que le serán favorables, luego de años de generosidad financiera, de dorados de pagodas y de privilegios concedidos a los bonzos más venerables, particularmente en el seno del comité de la Maha Sangha Nayaka, la organización estatal a cargo del "alto clero" budista.

Además de las divisiones en el seno del Sangha, hay que tener en cuenta que las manifestaciones de septiembre fueron principalmente protagonizadas por la mayoría "birmana" (bama'r), que representa casi dos tercios de la población y vive en el centro del país. Las minorías étnicas, en general cristianas y musulmanas, que guardan tras un lejano abanico montañoso el corazón histórico bama'r de Birmania, se vieron muy poco afectadas. La ola de protesta estuvo lejos de agitar a todo el país, como ocurrió en el verano de 1988: a pesar de la participación de algunas pequeñas localidades rurales como Taunggok o Pakkoku, se trató de un fenómeno esencialmente urbano. Pero sobre todo, el régimen es mucho más sólido que hace veinte años, cuando el general Ne Win renunció de manera repentina, dejando el poder vacante.

En noviembre de 2005, el régimen trasladó la capital de Rangún a Naypyidaw, 380 kilómetros al norte 2 asegurándose así un control más directo del núcleo de su sistema de gobierno. Alejar de Rangún (la "rebelde") el cuartel general del ejército, al igual que los funcionarios y empleados de ministerios -que en 1988 se habían sumado a los manifestantes, en particular durante la gran huelga general del 8 de agosto- fue una decisión táctica de la junta, que por ahora le dio buenos resultados. El centro del poder quizás se mostró sensible en las sombras, pero no fue alcanzado por las manifestaciones.

La junta supo también utilizar sus tropas más fieles y mejor entrenadas (en particular la 22º y la 77º división de infantería ligera) para reprimir gradualmente el movimiento, en especial en Rangún. Y se apoyó sobre todo en sus servicios civiles, desarrollando una represión silenciosa pero de temible eficacia. Los casos que se conocieron de deserción de soldados son muy marginales y no son prueba de un probable derrumbe de la estructura militar, a pesar de que ésta se halló en la complicada situación de manejar una rebelión de bonzos: el budismo constituye una de las principales herramientas de legitimación del poder político en Birmania (ya sea real, militar o democrático).

Por lo tanto, la ola de protesta de septiembre resultó sorprendente, teniendo en cuenta la atmósfera casi de letargo resignado que reinaba en el país desde hacía una década. Pero estuvo lejos de constituir una "revolución azafrán" -siguiendo los pasos de las registradas en Ucrania, Georgia o el Líbano-, como los medios internacionales anunciaron de manera precipitada. Las divisiones internas del Sangha; el carácter "birmano" del movimiento; la eficaz represión militar o paramilitar; la impotencia de una "comunidad internacional" limitada a simbólicas tomas de posición a raíz de su falta de real influencia sobre el país y sobre el régimen, sólidamente confortado en su credo xenófobo y aislacionista, constituyen obstáculos al desarrollo de una "revolución" rápida y concreta.

Los birmanos lo saben: una transición política requiere muchas concesiones, de parte de todos los sectores en juego -la junta, la oposición civil birmana, las minorías étnicas, la "comunidad internacional"- y no basta una simple rebelión en las calles, aun encabezada por monjes budistas.

  1. Se denomina bonzos a los sacerdotes del culto de Buda en Asia Oriental.
  2. André y Louis Boucaud, "Paranoïa, répression et trafics en Birmanie", Le Monde diplomatique, París, noviembre de 2006.
Autor/es Renaud Egreteau
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 101 - Noviembre 2007
Páginas:30,31
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Militares, Estado (Política), Movimientos Sociales
Países Birmania (ver Myanmar)