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Recuadros:

... y narración de la historia

La narrativa de Yourcenar puede reconocer, en términos generales, tres períodos distintivos: el primero, integrado por Píndaro (una biografía literaria del poeta griego), algunos relatos agrupados bajo el título La mort conduit l'attelage (La muerte conduce la carreta) y los primeros intentos de delinear los personajes de sus obras mayores: Adriano y Zenón; un segundo período comprendido por libros como Alexis, o el tratado del inútil combate y El tiro de gracia, y, finalmente, aquellas obras donde Yourcenar ejerce un inequívoco magisterio de la escritura: Memorias de Adriano y Opus Nigrum. En relación con su obra temprana (Alexis y El tiro de gracia aparecieron en 1929 y 1939 respectivamente, período en el que la autora vivió en Grecia), se puede pensar, sin forzar la analogía, en la influencia de una forma consagrada de la literatura francesa que André Gide manejó con singular pericia: el recitado de una voz que va narrando los acontecimientos de la trama. Con todo, ya se percibe en Yourcenar una de las características que serán predominantes en su propio estilo y que ha sido mayormente desatendida por la crítica: la perfecta correspondencia entre el lenguaje y el carácter del personaje, el tono exacto y el escandido fraseo. El temor y el titubeo de Alexis encajan con sus vacilaciones psicológicas y su relación, temblorosa por excelencia, con Monique: su mujer, su corresponsal y coprotagonista del texto. En El tiro de gracia, por el contrario, el monólogo de Eric von Lhomond se desarrolla en un largo encadenamiento de frases asertivas que funcionan como el contrapunto necesario del desmoronamiento: Eric asiste, como un testigo fervoroso pero impotente, a la caída del mundo alemán en el que ha nacido, del mundo francés de sus antepasados y del mundo ideológico sobre el que se sostiene.

Pero acaso una influencia mucho más trascendente que la de Gide haya sido, para Yourcenar, la de Rilke, cuya presencia y resonancia se pueden advertir aun en sus obras mayores y que deja marcas ya no en la periferia, sino en la cosmovisión profunda. No el Rilke de las Elegías de Duino, sino aquél de Los cuadernos de Malte Laurids Bridgge, un poeta que escribe una novela; el aliento lírico de Yourcenar, por su parte, abreva inequívocamente en el ritmo y la frecuentación del arte poético. Los Cuadernos, como la obra de Yourcenar, son, entre otras cosas, una larga, lúcida y penetrante meditación en torno de la muerte.

A despecho de las enfáticas declaraciones de la propia interesada al respecto ("Nunca en mi vida he escrito una novela histórica. Casi todas las novelas históricas me disgustan") 1, el malentendido que fatalmente acompaña a la celebridad se empeña en reducir y agrupar Memorias de Adriano y Opus Nigrum bajo el rótulo de "novelas históricas". Malentendido y rótulo que flaco favor le hacen a la obra de Yourcenar, habida cuenta de que por estos tiempos y en estas latitudes se conoce como "novela histórica" a un grupo de textos producidos en serie cuyo afán reside en cubrir un número predeterminado de páginas para ilustrar la improbable y anodina relación entre una dama patricia y un héroe de la Independencia. En efecto y por fortuna, Yourcenar no escribe novelas históricas, sino que narra la Historia en el marco ficcional de una novela, lo cual no deja de ser apreciable como diferencia cualitativa. No resulta gratuita, pues, por parte de la autora, la elección de dos personajes situados en el delicado punto de quiebre de dos épocas: el divino Adriano Augusto indaga y es el testigo privilegiado de un mundo que se destruye, Zenón se debate en la frontera entre la Edad Media y el Renacimiento; ambos son representantes inequívocos de su época y anticipan la venidera.

En ese largo monólogo del emperador romano dirigido en forma de carta a Marco Aurelio, Yourcenar no sólo logra plasmar con exquisita sabiduría la controvertida existencia de un hombre (la soledad del poder y el murmullo de la multitud, la embriaguez del amor y el abismo del duelo, la crueldad del príncipe y el arrepentimiento del estadista), sino que retorna a una de las patrias que está más cerca de su corazón: Grecia. "He pensado y he vivido en griego", le confiesa el emperador romano a Marco Aurelio, y no se puede menos que vislumbrar que en esas palabras también reside el equilibrio clásico y apolíneo que dimana de la obra de Yourcenar. Y si por debajo de la serena exterioridad de Adriano se puede entrever el destello de la pasión disciplinada ("aparentemente mi vida era la cordura misma"), también en Yourcenar se puede adivinar la sombra de Dionisios detrás de una fachada de ático pudor.

En los "Cuadernos de notas" que suceden a las Memorias... y cuya lectura suscita casi tanto interés como la novela misma, Yourcenar afirma que escribió su libro apoyada en gran parte sobre "esa ‘magia simpática' que consiste en transportarse mentalmente al interior de otro". La acusada inclinación de Yourcenar por la cultura oriental trasciende con holgura su admiración por Murasaki Shikibu (la gran novelista japonesa del siglo XI), o la escritura de sus Cuentos orientales (diez notables recreaciones de relatos clásicos, publicados originalmente en 1938), sino que halla su razón de ser en la práctica más encarnada. El concepto del vacío, el gran misterio del vacío y la plenitud (que ha sido durante siglos el denuedo de los chinos y que estimuló al filósofo francés Emmanuel Lévinas a postular: "Donde no hay nada, algo hay"), es uno de los ejes centrales del taoísmo. Lo que intenta y logra Yourcenar a partir de las Memorias... es la experiencia del vacío (de hecho, tal es el título que elige para su ensayo sobre la obra de Yukio Mishima). Crear en sí misma el vacío, imponerse el silencio para colmarlo con la plenitud de otra voz. En una serie de entrevistas con Matthieu Galey que llevan por título Con los ojos abiertos (la edición argentina data de 1982), Yourcenar observa que "la manera más profunda de entrar en un ser, sigue siendo escuchar su voz, comprender el canto mismo de que está hecho (...). Se trata de un cierto tono, de una cierta manera de expresarse". El vacío, pues, que colma la voz de otro es, por un lado, la experiencia central de un novelista, pero también un modo privilegiado de penetrar en el secreto de la alteridad, ese hondo abismo que ni siquiera estrecha el afecto hacia el otro; tal como afirma Adriano: "Ese bello extranjero que sigue siendo, a pesar de todo, cada ser que amamos". En tal sentido, El laberinto del mundo (las memorias de Yourcenar compuestas por Recordatorios, Archivos del Norte y ¿Qué? La Eternidad), si por una parte conforman y recrean la historia de Europa a partir del siglo XIX, también constituyen un trabajo de minucioso desciframiento tanto de la autora (ese sujeto lábil que se escurre entre los dedos cada vez que se pronuncia la palabra "yo") como de sus seres más cercanos: "La vida de mi padre me es tan desconocida como la de Adriano".

Lo que se quema y purifica

Médico, filósofo y alquimista, Zenón es, en la obra de Yourcenar, el contestatario por excelencia en la medida que se opone a todo: a la institución familiar desde su situación de bastardo; a la universidad en el curso de su juventud (no deja de lamentar haber tenido que aprender de memoria "todos esos lugares comunes"); a la grosera riqueza de los príncipes; a la escolástica y su magma de palabras huecas (como Hamlet, también Zenón podría decir: "palabras, palabras, palabras"). Situado en medio del debate entre la Iglesia y la Reforma, Zenón se afana por arribar a aquello que los tratados alquímicos designan con el nombre de opus nigrum: la fase de separación y de disolución de la sustancia que es la parte más ardua de la Gran Obra, dejando un margen de duda respecto a si la expresión se aplica a la experiencia sobre la materia o deviene símbolo de las pruebas del espíritu para liberarse de rutinas y prejuicios. Supondría una grosera simplificación ver en el alquimista un retrato en negativo de Adriano; si el emperador intenta acceder al equilibrio del estadista, Zenón detenta la "fría abnegación del médico"; si el emperador se desborda, también el médico flaquea ante aquello que trasciende la anatomía y la enfermedad: "Hay que querer a alguien para percatarse de cuán escandaloso es que la criatura muera..."; la frase la podría suscribir Adriano frente a la muerte de Antínoo. Lo que se quema, lo que arde, lo que exorciza y lo que purifica resulta esencial en Opus Nigrum en la medida en que el fuego es el elemento predominante de la trama en la cual la figura del alquimista se destaca sobre las piras humanas a las que se les prende fuego en virtud de dogmas intangibles. Zenón es definido como "el compañero del fuego". Retrospectivamente, el destino de Zenón es anticipado por el Eric de El tiro de gracia: "Se puede confiar en el fuego, con la condición de saber que su ley es morir o abrasar". Acusado de impiedad y herejía, Zenón se suicida antes de morir abrasado. Vale la pena detenerse brevemente en esa instancia de la novela: allí se dice que, para Zenón, "el proceso se había transformado en algo equivalente a una de esas partidas de cartas (...), cada una de las piezas del juego legal tenía un valor arbitrario". La confesada admiración de Yourcenar por Jorge Luis Borges no podía estar ilustrada de mejor manera: un proceso que es un infinito juego de azar en el cual, a la postre, hereje y teólogo se confundirán en una sola y única persona.

Se podrían postular (en términos amplios y, por lo tanto, inexactos, como los que comporta toda generalización) dos grandes grupos de escritores: aquellos en lo que predomina el sentido del argumento, en los cuales el argumento importa ("importa demasiado" como señala E.M. Forster 2 y aquellos que logran trascender la trama argumental en busca de un sentido más hondo que la anécdota. Se puede especular, asimismo, que cuando el sentido del argumento y el afán de trascendencia confluyen en un punto de convergencia exquisito, el lector se halla ante el infrecuente milagro: la obra maestra. Tal es el caso de la obra de Marguerite Yourcenar.

  1. Con los ojos abiertos (conversaciones de Marguerite Yourcenar con Matthieu Galey), Emecé, Bs. As., 1982.
  2. Edward Morgan Forster, Aspectos de la novela, Debate, Madrid, 1983.

Reflexiones

El crimen del loco consiste en que se prefiere a los demás. Esta preferencia impía me repugna en los que matan y me espanta en los que aman. La criatura amada ya no es, para esos avaros, sino una moneda de oro en que crispar los dedos. Ya no es un dios; apenas una cosa. Me niego a hacer de tí un objeto, ni siquiera el Objeto amado.
(Fuegos)

Trajano había llegado a ese momento de la vida, variable para cada hombre, en que el ser humano se abandona a su demonio o a su genio, siguiendo una ley misteriosa que lo obliga a destruirse o trascenderse.
(Memorias de Adriano)


Bibliografía en castellano

Memorias de Adriano, Sudamericana, Bs. As., 1955.
El tiro de gracia, Compañía General Fabril Editora, Bs. As., 1960.
Alexis, o el tratado del inútil combate, Compañía General Fabril Editora, Bs. As., 1966.
Cuentos orientales, Alfaguara, Bs. As., 1982.
Opus Nigrum, Alfaguara, Barcelona, 1982.
Como el agua que fluye, Alfaguara, Madrid, 1983.
Mishima o la visión del vacío, Seix Barral, Barcelona, 1985.
El denario del sueño, Alfaguara, Madrid, 1992.
Archivos del Norte, Alfaguara, Madrid, 1996.
Recordatorios, Alfaguara, Madrid, 1998.
¿Qué? La Eternidad, Santillana, Madrid, 2006.
Fuegos, Alfaguara, Madrid, 1984.


Autor/es Osvaldo Gallone
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 102 - Diciembre 2007
Páginas:37
Temas Literatura