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El pensamiento francés en el Río de la Plata

Las relaciones franco-argentinas vienen de lejos. Mariano Moreno tradujo y difundió El Contrato Social con la intención de insuflar a los ciudadanos de la ex colonia española el espíritu republicano. Desde entonces, aunque con altibajos, la influencia mutua no ha cesado.

Cuando en Europa comienza a menguar la importancia del latín como lengua de intercomunicación entre científicos, filósofos, literatos y hombres cultos en general, su papel es sustituido paulatinamente por el francés, fortalecido al punto de transformarse en el idioma hegemónico durante el siglo XVII y, sobre todo, durante el XVIII. Ideas que pronto configurarían una nueva concepción de mundo se expresaban en ese nuevo idioma. A partir de Montaigne y de Descartes -acompañados por un vasto y renovador movimiento literario y artístico- el pensamiento francés va coloreando el quehacer cultural de gran parte del Viejo Continente, proceso que culminará con la Ilustración y la Enciclopedia.

Pese a todas las prohibiciones, barreras y obstáculos impuestos para la libre circulación de los libros por parte de una España apartada de la modernidad, dichas ideas influyeron también de manera notable en amplios círculos de lectores de la Península y, aunque en menor escala, también llegaron a las Colonias, proceso evidentemente favorecido por el surgimiento de nuevos sectores sociales preocupados por la decadencia que agobiaba al pueblo hispano; buscaban éstos nuevas explicaciones para la crisis. Contribuyó a favorecer ese cambio la sustitución de la dinastía de los Austria por la de los Borbones.

En la Argentina, a partir de la Emancipación y por razones obvias se diversifican las influencias, aunque siempre con claro predominio francés; el fenómeno se repite en todo el Continente. Así los "ideólogos" (Georges Cabanis, Antoine Destutt de Tracy, etc.) con fuerte predicamento durante el período rivadaviano. Luego los eclécticos (Victor Cousin), que alcanzaron apreciable difusión. Años después se introduce el romanticismo social y el utopismo cuyas huellas son claramente perceptibles en los hombres de la llamada Generación del "37 ( Esteban Echeverría, José Maria Gutiérrez, entre otros), así como también en dos de las figuras mayores de la inteligencia argentina: Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi. Imperceptiblemente, al citar a estos dos últimos estamos entreabriendo las puertas al positivismo, corriente que alcanzó mucha influencia a partir de la segunda mitad del siglo XIX y perdura casi hasta nuestros días, cuando los libros de la escuela sociológica de Emile Durkheim y la histórica de Henri Berr se siguen estudiando en las universidades latinoamericanas. Súmese a esto la paradoja de que también lleva el sello galo la corriente antipositivista que a principios de esta centuria encarnaron Henri Bergson, Emile Meyerson y muchos más.

Demos ahora un pequeño salto en el tiempo y recordemos que la segunda posguerra acercó a estas playas los nombres, por momentos polémicos, pero no por ello menos influyentes de Jean Paul Sartre, Maurice Merleau-Ponty, el católico Jacques Maritain, etc.; predominio que se prolonga hasta nuestros días a través de Claude Levi-Strauss, Raymond Aron, Michel Foucault o Jacques Lacan, autores que están prácticamente en boca de todos los intelectuales y estudiantes de humanidades del país y del resto de América Latina y responden todos ellos a muy diversas orientaciones.

Y qué decir entonces de los decimonónicos historiadores y pensadores como François Guizot, Felicité de Lamennais, Alexis de Tocqueville, Ernest Renán, Hippolyte Taine, y tantos otros; su importancia puede inferirse del hecho de que algunos de ellos fueron traducidos en Buenos Aires y editados por la incipiente industria editorial argentina. Sus continuadores en este siglo siguen siendo decisivos; baste mencionar en este sentido a Lucien Febvre, Marc Bloch, Camille-Ernest Labrousse, Ferdinand Braudel, Georges Duby, Jacques Le Goff, etc.

La nómina sería interminable si ampliásemos las disciplinas; pero el propósito no es levantar un inventario sino, en esta oportunidad, limitarnos a señalar dos momentos tempranos de la mencionada influencia.

El primero es suficientemente conocido. Nos referimos a la reedición de El contrato social o principios del derecho político. "Obra escrita por el ciudadano de Ginebra Juan Jacobo Rosseau… Se ha reimpreso en Buenos-Ayres para instrucción de los jóvenes americanos… En la real imprenta de niños expósitos. Año de 1810". La introducción es de Mariano Moreno, quien manifiesta allí su propósito de "reimprimir aquellos libros de política, que se han mirado siempre como el catecismo de los pueblos libres", y además observa: "Entre varias obras, que deben formar este precioso presente que ofrezco a mis conciudadanos, he dado el primer lugar al Contrato Social escrito por el ciudadano de Ginebra, Jean Jacques Rousseau. Este hombre inmortal, que formó la admiración de su siglo y será el asombro de todas las edades, fue quizás el primero, que disipando completamente las tinieblas con que el despotismo envolvía sus usurpaciones, puso en clara luz los derechos de los pueblos…"1

La fisiocracia

El otro elemento, el que denominamos "un capítulo desatendido" en el antetítulo, requiere para su comprensión un ligero rodeo. Dentro del esquema mercantilista predominante en las potencias colonizadoras, la idea de riqueza era equivalente a metales preciosos o indios explotables en abundancia; por consiguiente, los territorios que constituían el Virreinato del Río de la Plata prácticamente carecían de atractivo o interés, salvo el político-militar. Para aquella racionalidad, el hecho de que tuviésemos dilatados litorales marítimos y fluviales no impedía que se nos impusiese una forzada mediterraneidad, es decir, dependíamos del Virreinato del Perú. Con todo lo que hoy pueda parecer de absurdo, la línea que debía orientar el comercio del Río de la Plata con Europa era una quebrada, sinuosa, que atravesaba Córdoba, Salta, Alto Perú, Lima, Panamá, etc. Nuestros territorios atlánticos, de fácil y económica comunicación marítima, estaban convertidos en regiones dependientes de una difícil, desorientadora y costosa comunicación terrestre. Las distancias, los riesgos, el contrabando, favorecían una situación de estancamiento.

La nueva racionalidad que derivaba de las ideas de la Ilustración y de la fisiocracia que se iban imponiendo en algunos sectores de la Corte contribuirá a modificar las perspectivas de esta disparatada estructura administrativa y espacial. Las reformas borbónicas trataron de corregir esa situación.

Por eso nos parece revelador destacar la sobresaliente importancia que adquirirán las ideas fisiocráticas -contemporáneas aunque no asimilables a las de la Ilustración- cuya doctrina sostenía que la riqueza no es equivalente a la acumulación de metales preciosos, sino que su única y legítima fuente la constituye la Naturaleza, que se prodiga a través de la actividad agrícola; las manufacturas y el comercio ("industrias estériles") no hacen sino transformarla o trasladarla. Los precios máximos, los monopolios, los impuestos, las gabelas, solo son trabas que conducen al empobrecimiento general. Se necesita libertad y solo ella asegura la riqueza de los pueblos, y desde luego la de los campesinos, columna vertebral de la sociedad. Pues bien, admitir las ideas fisiocráticas era otorgar sentido (y valor) a los vastos y despoblados territorios de la región. Si para una concepción mencantilista eran marginales y despreciables, cambian sustancialmente de signo con las de la fisiocracia, que, a su vez, implica otra concepción del trabajo y de la educación.

Si necesitásemos pruebas acerca de la difusión y conocimiento de esta corriente entre nosotros, recordemos que Manuel Belgrano fue el primer traductor al castellano de François Quesnay, la figura máxima del movimiento2.

Vale decir que la aplicación de estas ideas -tarea que Belgrano asumió desde el Consulado y el Correo de Comercio- dieron sentido a estos territorios al favorecer la concepción de otro "modelo" de país, y sobre ese rumbo trabajaron Vieytes, Cabello, Moreno y tantos otros. ¿La búsqueda de un nuevo "modelo" no será hoy para Argentina una cuestión tan decisiva como lo fue entonces? ¿Acaso formularlo no llevaría a entender muchas de las inadecuaciones y críticas actuales a la zigzagueante orientación de nuestro demorado desarrollo del último medio siglo?

  1. Seguimos el texto ofrecido por el P. G. Furlong, Historia y Bibliografía de las primeras imprentas rioplatenses. 1700-1850, Lib. Del Plata, Bs. As., 1959.
  2. Máximas generales del gobierno económico de un Reyno agricultor. Traducido del francés por D. Manuel Belgrano, abogado de los Reales Consejos y Secretario del Consulado de Buenos Ayres. 1794, en la oficina de Ramón Ruiz.
Autor/es Gregorio Weinberg
Publicado en Suplemento Francia - Argentina
Número de ediciónNúmero 13 - Julio 2000
Temas Mundialización (Cultura), Educación
Países Argentina, Panamá, Perú, Austria, España