Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Israel, un gobierno inquietante

El nuevo equipo de gobierno de Israel, luego de que los votantes sancionaran el fracaso del primer ministro Ehud Barak (no la perspectiva de paz), es una coalición donde la extrema derecha se alía con los laboristas. Se cierra así la etapa del proceso de paz, desbaratado por una situación explosiva que compromete la estabilidad de la región.

El gobierno consagrado por el Parlamento israelí el 7 de marzo de 2001 no tiene precedentes en la historia de Israel. Nunca un equipo había tenido tantos miembros: veintiséis ministros y doce viceministros. Esta hinchazón atestigua el precio que pagó el primer ministro Ariel Sharon por asociar a su empresa lo esencial de la clase política. De hecho hay muy pocos ausentes: los partidos árabes, el partido sionista de izquierda Meretz, el partido nacional religioso y el movimiento judío oriental Gesher. Otra novedad: los laboristas nunca habían aceptado ejercer el poder asociados con la extrema derecha, uno de cuyos dirigentes, el general Zeevi, promueve la "transferencia" de los palestinos, y otro, Avigdor Lieberman, amenazó recientemente con "bombardear Teherán y el embalse de Asuán".

Pero lo más inquietante es el programa de esta coalición. Presentarlo como moderado implica en el mejor de los casos autosugestión y, en el peor, manipulación. La línea negociada entre el Likud y el Partido Laborista hace tabla rasa con lo logrado en negociaciones anteriores y da la espalda a la idea misma de acuerdo definitivo. Al negarse a toda concesión sobre una nueva retirada del ejército israelí, como asimismo sobre Jerusalem y los refugiados, pretende de hecho imponer a los palestinos el statu quo actual.

Por último, y sobre todo, se propone responder a la demada de seguridad que llevó a Sharon al poder, restableciendo el "orden" en los territorios cueste lo que cueste. Independientemente de lo que suceda, se cierra una página de la historia de Medio Oriente: la del llamado "proceso de paz" , abierto por la Conferencia de Madrid de 1991 y la Declaración de principios israelí-palestina del 13 de septiembre de 1993.

Es cierto que siete años de autonomía se saldaban con muy magros resultados para los palestinos. Contrariamente a los compromisos asumidos por el Estado judío, la Autoridad palestina ejerce plena soberanía en menos del 20% de los territorios ocupados en 1967; una proporción que se eleva al 42% si se suman las zonas donde comparte la soberanía con Israel. Por añadidura, cada uno de estos islotes está separado de los otros mediante rutas de circunvalación que conducen a las colonizaciones judías. Porque la colonización de Cisjordania casi se duplicó desde 1993. En cuanto a la economía palestina, aun antes de la Intifada y el bloqueo era incapaz de garantizar una vida digna a tres millones de habitantes.

Este era el polvorín que harían estallar el 28 de septiembre de 2000 la visita del jefe del Likud a la Explanada de las mezquitas y las balas disparadas al día siguiente contra los manifestantes, que dejaron un saldo de siete muertos. Los sacrificios padecidos por la población árabe de Jerusalén oriental, Gaza y Cisjordania sólo hubieran sido tolerables si las negociaciones de paz desembocaban en un acuerdo sólido que creara las condiciones para el nacimiento de un verdadero Estado palestino independiente.

No fue el caso de las propuestas que presentó Ehud Barak en la cumbre de Camp David. Es verdad que el Primer ministro proponía ceder un porcentaje más elevado de Cisjordania, pero ésta seguiría partida en tres pedazos por los bloques de colonias que Israel planeaba anexar. En cuanto a Jerusalen, proponía cierta autonomía para los barrios palestinos situados al Este: después de Camp David, una forma de distribuirse la ciudad. En cuanto a los refugiados, se negaba a cualquier forma de aplicación del derecho a regresar proclamado por las Naciones Unidas desde el 11 de diciembre de 1948.

Ni siquiera las sugerencias más favorables a los palestinos que presentó el presidente de Estados Unidos William Clinton en diciembre de 2000, precisamente antes de ceder su lugar a George W. Bush, bastaron para salir del atolladero: las últimas negociaciones de Taba, en enero de 2001, fracasaron a pesar de algunos pasos adelante.

El resultado fue la aplastante victoria de Sharon sobre Barak el 6 de febrero pasado, a la que contribuyó la abstención masiva. El miedo que la Intifada palestina suscitó en los israelíes y la prioridad otorgada a la seguridad pesaron en el resultado del escrutinio. Asimismo, el reiterado fracaso de las negociaciones con Siria, tanto como con los palestinos, produjo una desilusión brutal y sin duda duradera en la opinión pública. Sin embargo sería errado interpretar el voto de los israelíes como un rechazo a toda perspectiva de paz: las encuestas llevadas a cabo en vísperas de la elección confirmaban que alrededor de las tres cuartas partes de los ciudadanos seguían esperando un acuerdo de paz y atribuían a Shimon Peres la posibilidad de ganar si Barak se retiraba a último momento.

Lo que en realidad sancionó el electorado es el fracaso del Primer ministro saliente, que contradiciendo sus promesas se mostró incapaz de hacer la paz con sirios y palestinos en el exterior y de llevar a cabo la esperada política social y laica en el interior.

El gobierno de unión nacional dirigido por Sharon vuelve la espalda a estos objetivos. Al aceptar por fin participar, los laboristas asumen una triple y pesada responsabilidad. Por una parte corren el riesgo de funcionar como garantía de la política de fuerza contra los palestinos que exige la dirección militar, dado que los atentados en Israel proporcionan el pretexto para un endurecimiento de la represión, que en esta oportunidad podría apuntar a la misma Autoridad palestina. Por otra parte, impiden la renovación de su propio partido y el relanzamiento del movimiento pacifista. Por último, al convertirse en taparrabos de la derecha y la extrema derecha, presionan sobre los gobiernos extranjeros, en nombre del "consenso nacional israelí", para tratar de evitar toda forma de internacionalización del conflicto.

En suma, el equipo de Sharon representa un gobierno peligroso en una situación peligrosa. Pero deberá tener en cuenta varios factores susceptibles de frenar los ardores belicosos de algunos de sus miembros. En primer lugar la misma Intifada, cuya radicalidad, alimentada por la brutalidad de la represión (al 8 de marzo se había superado el umbral de 440 muertos -65 de ellos israelíes- y 20.000 heridos) hacen temer lo peor: Israel teme no solamente la multiplicación de operaciones terroristas, sino también el callejón sin salida estratégico donde se encontraría después de una eventual intervención en los territorios autónomos. En segundo lugar las reacciones del mundo árabe, cuyas poblaciones, sensibilizadas por los programas de información continuos por televisión, como Al Jazira1 ya se movilizaron el año pasado, obligando a sus gobiernos a romper o congelar las relaciones con Israel. Por último, la nueva administración de Estados Unidos, a quien la simpatía por Israel no le impide velar por la estabilidad de los regímenes árabes aliados.

Sin olvidar a la opinión pública mundial, cuya intervención será decisiva en cualquier caso para impedir una escalada suicida de los dos pueblos en cuestión.

  1. David Hirst, "La television arabe qui dérange" , Le Monde diplomatique, Paris, agosto 2000.
Autor/es Dominique Vidal
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 21 - Marzo 2001
Temas Armamentismo, Sexismo, Estado (Política), Movimientos Sociales
Países Estados Unidos, Francia, Cisjordania (ver Autoridades Palestinas), Gaza (ver Autonomías Palestinas), Israel, Siria