Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Cuando la España revolucionaria vivía sus ilusiones de anarquía

El pasado noviembre se cumplió un cuarto de siglo de la muerte del dictador Francisco Franco, un deceso que marcó el nacimiento de la España moderna y democrática. Desde el presente, la efímera vigencia de una revolución libertaria de impronta anarquista en la Cataluña de 1936, que precedió al levantamiento franquista del 18 de julio, colectivizó la industria, la agricultura y los servicios y llegó a abolir el dinero, parece una historia de ficción, aunque fue un sueño maravilloso, boicoteado por sus aliados y también preñado de insensatez, como todos los sueños.

En tiempos en que los apóstoles del Santo Beneficio se perfuman de buena gana con un toque de Anarchiste1, resulta difícil imaginar la envergadura de la revolución libertaria liderada por los trabajadores españoles en los territorios donde echaron por tierra el "pronunciamiento" de los generales contra la República, en 1936. "Nosotros, los anarquistas, no fuimos a la guerra por el placer de defender a la república burguesa (…) No, si tomamos las armas, fue para poner en práctica la revolución social"2, recuerda un ex miliciano de la Columna de Hierro3.

La colectivización de enormes sectores de la industria, los servicios y la agricultura constituyó, en efecto, uno de los rasgos más salientes de esta revolución. La decisión tenía sus raíces en la fuerte politización de la clase obrera, que se organizó principalmente en la Confederación Nacional del Trabajo (CNT, anarco-sindicalista) y, en menor medida, en la Unión General de los Trabajadores (UGT, socialista).

En una España que por entonces contaba con veinticuatro millones de habitantes, el sindicato tenía más de un millón de adherentes y -caso único en la historia del sindicalismo- un solo miembro permanente remunerado. Algunos meses antes del golpe de Estado militar del 18-7-1936, el congreso de Zaragoza de la CNT (mayo de 1936) adoptó una moción que no dejaba duda alguna sobre la concepción de la acción sindical: "Una vez concluida la fase violenta de la revolución, se declarará abolida la propiedad privada, el Estado, el principio de autoridad y, en consecuencia, las clases que dividen a los hombres en explotadores y explotados, opresores y oprimidos. Una vez socializada la riqueza, cuando las organizaciones de productores por fin sean libres, tomarán a su cargo la administración directa de la producción y del consumo"4.

El programa fue aplicado en forma directa por los trabajadores, que no esperaron ninguna clase de directiva de sus "jefes". Lo ejemplifica claramente la cronología de los sucesos de Cataluña. En Barcelona, el 18-7-1936, los comités directivos de la CNT lanzaron un llamado a la huelga general que no incluía la consigna de colectivización. Sin embargo, a partir del 21 de julio, los ferroviarios catalanes colectivizaron los ferrocarriles. El 25 le tocó el turno a los transportes urbanos, tranvías, subterráneos y autobuses; luego, el 26, a la electricidad y el 27, a las agencias marítimas. La industria metalúrgica fue reconvertida de inmediato con el fin de fabricar vehículos blindados y granadas para las milicias que partían a combatir en el frente de Aragón. En suma, en unos pocos días, el 70% de las empresas industriales y comerciales se habían convertido en propiedad de los trabajadores, en una Cataluña que concentraba los dos tercios de la industria del país5.

George Orwell, en su famoso Homenaje a Cataluña, describió aquel júbilo revolucionario: "La emoción que se vivía en Barcelona superaba toda expectativa. Por primera vez en mi vida, estaba en una ciudad donde la clase obrera se había impuesto. Los obreros habían tomado casi todos los edificios de alguna importancia, y en todos ellos ondeaban banderas rojas o la bandera roja y negra de los anarquistas (…) Todos los comercios, todos los bares, llevaban una inscripción que informaba su colectivización; ¡hasta las cajas de los lustrabotas, que habían sido colectivizadas y pintadas en rojo y negro! (…) Todo eso era extraño y emocionante. Buena parte de aquello seguía siendo incomprensible para mí, e incluso, en cierto sentido, no me gustaba: pero había ahí un estado de cosas que se me apareció en el acto como algo por lo cual valía la pena luchar"6.

Muchos son los extranjeros que, al igual que Franz Borkenau, experimentaron ese "formidable poder de atracción de la revolución". En Spanish Cockpit7, Borkenau refiere el caso de un joven empresario estadounidense cuyo negocio resultó arruinado por la revolución y que sin embargo mantiene una posición muy favorable a los anarquistas, a quienes admira por su desprecio por el dinero. Se niega a partir, porque "ama ese suelo, ama ese pueblo y poco le importa haber perdido sus bienes si el viejo orden de cosas se derrumba para dar lugar a una comunidad humana más elevada, más noble y más feliz".

Paradojas del poder anarquista

En total, el movimiento de colectivización habría involucrado entre un millón y medio y dos millones y medio de trabajadores8, pero es difícil hacer un balance preciso: no existen estadísticas globales, y muchos archivos fueron destruidos. De todos modos, podemos basarnos en los datos fragmentarios que publicó la prensa, en particular la prensa sindical. Y en los numerosos testimonios de los actores y observadores del conflicto.

En las empresas colectivizadas, el director era reemplazado por un comité electo, compuesto por miembros de los sindicatos. El ex director podía seguir trabajando en la misma empresa, pero con un salario igual al de los demás empleados. En ciertos sectores, como el de la industria de la madera, la actividad se unificó y reorganizó, desde la producción hasta la distribución, bajo la égida del sindicato. En la mayoría de las empresas de capitales extranjeros (como el teléfono y algunas grandes fábricas metalúrgicas, textiles o agro-alimenticias), aunque el propietario estadounidense, británico, francés, alemán o belga quedara oficialmente en su puesto para no incomodar a las democracias occidentales, un comité obrero asumía la gestión. Los bancos, si bien no fueron colectivizados, perdieron lo esencial de su autonomía de gestión en beneficio del gobierno. Éste disponía así de un importante medio de presión sobre las colectividades que padecían dificultades financieras.

El modo de organización del sindicato inspiró al de los sectores socializados: comité de fábrica elegido por la asamblea de los trabajadores; comité local que reunía a los delegados de los comités de fábrica de la localidad; comité de la zona; comité regional; comité nacional. En caso de conflicto a escala local, la resolución correspondía al plenario de los trabajadores; en caso de conflicto a una escala más elevada, correspondía a las asambleas de delegados o a los congresos. Pero por su poder y presencia, la CNT detentaba de facto el poder en Cataluña.

El funcionamiento de las colectividades se revelaba entonces como muy heterogéneo. En los ferrocarriles de Cataluña, por ejemplo, donde el conjunto de los asalariados percibían una remuneración anual de 5000 pesetas, se decidió de todos modos que el personal técnico, cuyo trabajo podía considerarse menos interesante, recibiría un suplemento de 2000 pesetas al año. En 1938, el salario único era regla en Lérida en el sector de la construcción, pero en Barcelona un ingeniero seguía ganando diez veces más que un operario. Una de las industrias más importantes de Cataluña, la textil, promulgó la semana de cuarenta horas, redujo las diferencias salariales entre técnicos y obreros y suprimió el trabajo a destajo de las obreras, pero la diferencia entre los ingresos de los hombres y los de las mujeres persistió en la mayoría de los casos.

Pese a todos los esfuerzos de las colectividades por modernizar la producción, la situación se fue degradando con el correr de los meses. Tanto en el terreno económico como en los demás, la guerra devoraba a la revolución. Las materias primas escaseaban y los mercados se reducían, por la avanzada territorial de los militares insurrectos. Además, como el esfuerzo se concentraba en la industria militar, en los demás sectores la producción cayó estrepitosamente, lo que acarreó un ascenso de la desocupación de los técnicos, escasez de los bienes de consumo, carencia de divisas y una inflación galopante.

Frente a esta situación, las colectividades no estaban en pie de igualdad. A fines de diciembre de 1936, el sindicato de madereros manifestó su indignación en una declaración donde reclamaban "un fondo común y único entre todas las industrias, para lograr una distribución igualitaria. Lo que no aceptamos, es que haya colectividades pobres y otras ricas"9. Un artículo de febrero de 1938 da una apreciación de esta disparidad: "Las empresas colectivizadas pagan 120, 140 pesetas como máximo por semana y las colectividades rurales, un promedio de 70. Los obreros de la industria de guerra ganan 200 o más por semana"10. Esas desigualdades llevarían a algunos revolucionarios a evocar la amenaza de un "neo-capitalismo obrero"11.

En octubre de 1936, la Generalitat (gobierno catalán) ratificó por decreto la existencia de las colectividades e intentó planificar sus actividades. Decidió nombrar "controladores" gubernamentales dentro de las empresas colectivizadas. Debilitados políticamente, los anarquistas serían utilizados para reestablecer el control del Estado sobre la economía.

El dinero a la hoguera

Aunque "nadie, ningún partido, ninguna organización dé consignas para proceder en tal sentido"12, se formaron también algunas colectividades agrarias. La colectivización afectó sobre todo a los latifundios, cuyos propietarios huyeron a la zona franquista o fueron sumariamente ejecutados. En Aragón, donde los milicianos de la columna Durruti13 dieron impulso desde fines de julio de 1936 al movimiento, este último alcanzó a casi todos los pueblos: la federación de las colectividades agrupaba a medio millón de campesinos.

Las actas de propiedad de las haciendas, reunidas en la plaza del pueblo, eran quemadas. Los campesinos entregaban todas sus posesiones a la colectividad: tierras, herramientas de trabajo, animales de labranza u otras. En ciertos pueblos, el dinero fue abolido y sustituido por bonos. Esos bonos no constituían una moneda: no permitían adquirir medios de producción, sino solamente bienes de consumo, y en cantidad limitada.

El dinero acumulado por el comité fue utilizado para comprar en el exterior los productos faltantes que no podían ser objeto de trueque. En su visita a la colectividad de Alcora, importante poblado de 5000 habitantes, Kaminski, historiador allegado a los anarquistas alemanes, señala: "Detestan el dinero, quieren desterrarlo mediante la fuerza y el anatema (pero es) un mal menor, válido en tanto el resto del mundo no haya seguido el ejemplo de Alcora".

Los comunistas se equivocaron al denunciar un "terrorismo anarquista": el ingreso a la colectividad, percibido como una forma de vencer al enemigo, era voluntario. Los que preferían el modo de explotación familiar seguían trabajando sus tierras, pero no podían explotar el trabajo de los demás, ni beneficiarse con los servicios colectivos. Por otra parte, las dos formas de explotación coexistieron en muchos casos, y no sin conflictos, como en el caso de Cataluña. La puesta en común permitía evitar el parcelamiento de las tierras y modernizar su explotación.

Los trabajadores agrícolas que años antes rompían las máquinas en signo de protesta contra el desempleo y la caída de los salarios, las utilizaron gustosos para aliviar sus tareas. Se desarrolló el uso de fertilizantes y la avicultura, los sistemas de riego, las granjas piloto y las vías de comunicación. En la región de Valencia se reorganizó, bajo la égida de los sindicatos, la comercialización de las naranjas, cuya exportación proveía una importante fuente de divisas. Las iglesias que no habían sido quemadas fueron transformadas en edificios civiles: depósitos, salas de reunión, teatros y hospitales. Y como el credo anarquista sostenía que el fundamento de la emancipación estaba en la educación y la cultura, surgieron escuelas, bibliotecas y centros culturales en los pueblos más aislados.

La asamblea general de los campesinos elegía un comité de administración, cuyos miembros no recibían ninguna ganancia material. El trabajo se realizaba en equipos, sin jefe, habiendo sido suprimida esa función. Los consejos municipales se confundían frecuentemente con los comités, que eran de hecho los órganos de poder local. Por lo general, el modo de remuneración era el salario familiar, bajo la forma de bonos allí donde había sido abolido el dinero.

Por ejemplo en Asco, Cataluña, los miembros de las colectividades recibían un carné familiar. En el reverso de la tarjeta, había un calendario para tildar las fechas de compra de víveres, que no podían recibirse sino una vez por día en los diferentes centros de aprovisionamiento. Las tarjetas eran de diferentes colores, para que los que no sabían leer pudiesen distinguirlas fácilmente. La colectividad remuneraba al maestro, al ingeniero y al médico, cuya atención era gratuita14.

Este modo de funcionamiento no estaba desprovisto de morosidad ni de contradicciones. Kaminski relata cómo, en Alcora, un joven que quería visitar a su novia que vivía en el pueblo de al lado debía conseguir la aprobación del comité para cambiar sus bonos por dinero para poder pagar el autobús. En muchos casos, la concepción ascética de los anarquistas acerca de la sociedad nueva se llevaba muy bien con la vieja España, puritana y machista. De allí surge, indudablemente, la paradoja del salario familiar, que dejaba "a la mujer, el ser más oprimido de España, bajo la entera dependencia del hombre"15.

Las colectividades terminarían por chocar con las fuerzas políticas hostiles a la revolución, incluso dentro del campo republicano. Aunque débil en julio de 1936, el Partido Comunista Español (PCE) creció en importancia con la ayuda soviética. Tal como lo preconizaba Moscú, aplicó la estrategia de alianza con la pequeña y mediana burguesía en contra del fascismo. Así, en el Levante, el ministro comunista de agricultura Vicente Uribe no dudó en confiar la comercialización de las naranjas a un organismo rival del comité sindical y que además estaba ligado, desde antes de la guerra, a la derecha católica, regionalista y conservadora.

Después de las jornadas de mayo de 1937, durante las cuales los comunistas y el gobierno catalán provocaron enfrentamientos sangrientos en Barcelona en un intento de tomar las posiciones estratégicas ocupadas por los anarquistas y por el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM, semi trotskista), el gobierno central anuló el decreto de octubre de 1936 sobre las colectivizaciones y asumió en forma directa la defensa y la policía en Cataluña. En agosto de 1937, las minas y las industrias metalúrgicas pasaron al exclusivo control del Estado.

Al mismo tiempo, las tropas comunistas, conducidas por el general Lister, procuraron desmantelar las colectividades de Aragón con métodos terroristas. Aunque reducidas y asediadas por todos los flancos, sobrevivirían hasta la llegada de las tropas franquistas.

En el momento de la entrada de los ministros anarquistas al gobierno republicano, Kaminski se interrogaba acerca de los riesgos de "la eterna traición del espíritu por parte de la vida". La victoria del general Franco cortó de cuajo estos interrogantes. Embanderada de rojo y negro, la España libertaria entró en la historia como sobreviviente de las desilusiones de este siglo. Un día, un pueblo sin dios ni amo prendió fogatas con los billetes de banco. En estos tiempos en que el dinero es rey, ese recuerdo basta para confortar a más de uno.

  1. Última creación de un célebre fabricante de perfumes francés.
  2. Patricio Martínez Armero, citado por Abel Paz, La columna de Hierro, ediciones Libertad-CNT-Barcelona, 1997.
  3. Esta milicia anarquista, célebre porque los detenidos que liberaba se destacaban en ella, combatió fundamentalmente en el frente de Teruel.
  4. Mociones del congreso de Zaragoza de la CNT, mayo de 1936 (folleto).
  5. Carlos Semprún Maura, Révolution et contre-révolution en Catalogne, Editions Marne, Paris,1974.
  6. Georges Orwell, Hommage à la Catalogne, Editions Champ libre, 1982.
  7. Franz Borkenau, Spanish Cockpit, Editions Champ libre, París, 1979.
  8. Véase Frank Mintz, Autogestion et anarcho-syndicalisme, Editions CNT, París, 1999.
  9. Carlos Semprún Maura, op.cit.
  10. Artículo de Augustin Souchy en Solidaridad Obrera (diario de la CNT), Barcelona, febrero de 1938.
  11. Gaston Leval, Espagne libertaire, Editions du Cercle et Editions de la Tête de feuille, París, 1971.
  12. Abad de Santillán, Por qué perdimos la guerra, Imán, Buenos Aires, 1940.
  13. Nacido en 1896, dirigente de la UGT, luego de la CNT, tras el golpe de estado franquista, en 1936, Buenaventura Durruti asume la dirección de una milicia que cumplió un rol importante en los combates de Barcelona, luego en Aragón y finalmente en el frente de Madrid. Allí sería herido de muerte el 20 de noviembre, en circunstancias controvertidas.
  14. H.E. Kaminski, Ceux de Barcelone, Editions Allia, París, 1986.
  15. Ibid.
Autor/es Frederic Goldbronn, Franck Mintz
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 18 - Diciembre 2000
Páginas:34, 35, 36
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Historia, Movimientos Sociales
Países España