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La última de las traiciones

Los militares estadounidenses enviados a Irak no sólo fueron engañados respecto de las verdaderas razones de la guerra, sino que la opinión pública desconoce en general (gracias a la complicidad de la mayoría de los medios de comunicación) el número de bajas y, sobre todo, de heridos graves. Los políticos los ignoran, porque “la foto” de una visita a ciegos y amputados de todo tipo sería fatal en términos electorales.

No puedo olvidar la fotografía publicada el 30 de diciembre pasado en la portada de The New York Times para ilustrar un artículo de Jeffrey Gettleman. Mostraba a un hombre joven sentado en una silla delante de los alumnos de una clase de sexto año, en Blairsville, Pensilvania. A su lado había una mujer. No era la profesora sino la madre del joven. Estaba allí para asistirlo, puesto que era ciego.

Ese joven de 24 años, sargento de los army rangers, se llama Jeremy Feldbusch. El 3 de abril pasado vigilaba una represa sobre el río Éufrates cuando su cara fue alcanzada por las esquirlas de un obús que cayó a unos treinta metros. Al salir del coma, cinco semanas después de haber entrado en un hospital militar, había perdido la vista. Dos semanas más tarde se lo condecoraba con las medallas Purple Dogal y Bronce Star, pero seguía ciego. A su cabecera, su padre le dijo: "Sin duda Dios consideró que ya habías visto bastantes matanzas como esa".

El mismo día los diarios anunciaban que durante esta guerra 477 soldados estadounidenses ya habían perdido la vida. Pero lo que en general se omite decir es que por cada soldado muerto se cuentan cuatro o cinco heridos graves.

La expresión "heridos graves" dista mucho de reflejar la realidad en todo su horror. Charlene, la madre del sargento Feldbusch, que junto con su marido pasó dos meses prácticamente sin moverse de la cabecera del herido, vio un día a una joven militar que se arrastraba por los pasillos acompañada de su hijo de tres años. Tenía amputadas las dos piernas.

Charlene había llorado. Más tarde confió a Gettleman: "No se imagina cuántas veces pude recorrer estos pasillos y cruzar gente sin piernas o sin brazos pensando: "Esto le hubiera podido pasar a mi hijo. ¿Por qué sus ojos?".

¿Cuántos de estos "heridos graves" (hoy tres mil o más) regresaron ciegos o amputados de piernas o brazos? Hace poco la actriz Cher declaró a la cadena C-Span que había pasado el día en el Walter Reed Hospital de Washington con soldados que volvieron de la guerra. "Cuando llegué al hospital la primera persona con quien me crucé era un muchacho de diecinueve o veinte años a quien le faltaban ambos brazos. (...) Allí todo el mundo perdió o un brazo o una pierna y a veces incluso los dos. (...) Si no existiera ninguna razón para hacer esta guerra, pienso que esta es la cosa más escandalosa que nunca haya visto. (...) Me pregunto también por qué (...) Cheney, Wolfowitz, Bremer, el Presidente... en fin, por qué nunca posan en las fotos con todos estos muchachos. No entiendo que oculten tan cuidadosamente a esta gente. (...) Es increíble."

El envío de jóvenes, hombres y mujeres, al otro extremo del mundo en pleno corazón de un país extranjero y acorazados con las armas más terroríficas, pero que sin embargo no los ponen al abrigo de actos de guerrilla que los dejarán ciegos o minusválidos, ¿no constituye la última traición cometida por nuestro gobierno contra nuestra juventud?

Muy a menudo los padres comprenden eso antes que su hijo o hija y discuten con ellos antes de que partan. Es lo que hizo la señora Ruth Aitken, quien pretendía convencer a su hijo de que se trataba de una guerra por el petróleo mientras que él, capitán del ejército, afirmaba proteger a su país contra el terrorismo. Murió el 4 de abril durante un combate en las cercanías del aeropuerto de Bagdad. "Hacía su trabajo -declara la señora-. Pero me pone loca saber que esta bendita guerra fue vendida a la opinión pública y a los soldados por lo que no era."

En Baltimore, el padre de Kendall Waters-Bey, sargento en jefe de los marines, esgrime delante de las cámaras una fotografía de su hijo muerto y exclama: "Presidente Bush, usted me robó a mi único hijo". En Escondido, California, Fernando Suárez del Solar declara a los periodistas que su hijo, cabo de los marines, murió "por el petróleo de Bush".

Por supuesto, padres e hijos no son los únicos en haber sido traicionados. El pueblo iraquí, al que se le había prometido liberarlo de la tiranía, vio su territorio -ya devastado por dos guerras y diez años de sanciones internacionales- atacado por la más poderosa fuerza militar de toda la historia. Los militares estadounidenses se felicitaron por esta campaña "Choque y Terror" que provocó más de diez mil víctimas iraquíes entre hombres, mujeres y niños, sin contar varios miles de heridos, y que precipitó al país a un estado de postración total. El ejército de ocupación, tan eficaz cuando se trata de destruir, se limitó después a asistir a la destrucción y al saqueo de los monumentos históricos iraquíes.

Herencia amarga 

La lista de traiciones es muy larga. Este gobierno traicionó las esperanzas que el mundo había depositado en la paz. Después de los cincuenta millones de muertos provocados por la Segunda Guerra Mundial se había encargado a la nueva Organización de Naciones Unidas, según los términos de su Carta, "preservar a las generaciones futuras de la peste de la guerra".

El pueblo estadounidense fue traicionado porque, a pesar del fin de la Guerra Fría y de la desaparición de la "amenaza comunista" que servía para justificar el desvío de varios miles de millones de dólares en favor del presupuesto militar, se sigue con el saqueo de la riqueza nacional. Se continúa a costa de los enfermos, de los niños, de las personas de edad, de los sin techo, de los desocupados, barriendo así la esperanza -nacida después de la caída de la Unión Soviética- de que "los beneficios de la paz" podrían garantizar la prosperidad general.

Pero volvamos a la última traición; la traición a esos jóvenes enviados a la guerra con el bolsillo lleno de algunas grandiosas promesas, de discursos mentirosos sobre la libertad y la democracia, sobre el deber y el patriotismo. Nuestra cultura histórica es demasiado limitada para que recordemos que estas promesas y estas mentiras remontan muy lejos en nuestro pasado nacional.

Se enroló a hombres jóvenes -en realidad casi niños, ya que todos los ejércitos del mundo, incluido el nuestro, siempre estuvieron compuestos por niños- en el ejército revolucionario de los Padres Fundadores, inspirados por la retórica grandiosa de la Declaración de Independencia. Pero rápidamente se dieron cuenta de que los habían engañado. Se encontraban en harapos y sin botas mientras que sus oficiales llevaban la gran vida y los comerciantes se conducían como buitres. Miles de ellos se rebelaron y algunos fueron ejecutados por orden del general George Washington. Tras la guerra, cuando los granjeros endeudados del oeste de Massachusetts -incluidos muchos ex combatientes- se opusieron al despojo de sus tierras, las fuerzas armadas se encargaron de someterlos.

Historia clásica de la traición a los mismos a quienes se envía a matar y hacerse matar en la guerra. Pero cuando los soldados se dan cuenta, se rebelan. Durante la guerra contra México miles de soldados desertaron. Durante la Guerra de Secesión no era bien visto que los ricos pagaran para escapar al reclutamiento y que financistas como J. P. Morgan amontonaran ganancias a medida que los cadáveres se apilaban en los campos de batalla. Los soldados negros que se habían unido al ejército nordista y jugado un papel decisivo en la victoria de los unionistas sólo sobrevivieron para conocer de nuevo la pobreza y el racismo.

Los veteranos de la Primera Guerra Mundial, muchos de los cuales regresaron impedidos y traumatizados, una docena de años más tarde fueron duramente afectados por la Gran Depresión. Reducidos al desempleo y sus familias al hambre, veinte mil de ellos marcharon a Washington y se instalaron en campamentos levantados en la orilla opuesta del río Potomac. Exigían que el Congreso pagase las compensaciones financieras que se les había prometido. En lugar de eso, el ejército los dispersó con fusiles y gases lacrimógenos.

Quizás haya sido para hacer olvidar estos terribles acontecimientos -a menos que no sea en la euforia de la brillante victoria sobre el fascismo- que se otorgó a los soldados desmovilizados de la Segunda Guerra Mundial el famoso G. I. Bill que les garantizaba la gratuidad de los estudios, préstamos inmobiliarios y un seguro de vida a tasas interesantes.

Pero de regreso al país, los ex soldados de Vietnam rápidamente se dieron cuenta de que ese mismo gobierno que los había arrojado a una guerra inmoral e inútil, que les provocó traumatismos físicos y psicológicos, sólo pensaba en olvidarlos lo antes posible. Ocurre que Estados Unidos esparció sobre numerosas regiones de Vietnam el famoso agente naranja que provocó cientos de miles de muertos en la población vietnamita y causó cáncer y malformaciones en los lactantes. Muchos G. I. estadounidenses también fueron expuestos a dicho agente naranja y decenas de miles de ellos, inquietos por las enfermedades que sufrían o por los problemas que afectaban a sus hijos recién nacidos, pidieron la ayuda del Departamento de Excombatientes. El Estado negó cualquier responsabilidad. No obstante, una acción judicial entablada contra Dow Chemical, productor del famoso defoliante químico, concluyó de mutuo acuerdo con una indemnización de 180 millones de dólares. Dado que cada familia recibió mil dólares puede suponerse que más de un centenar de miles de familias habían denunciado haber sufrido los efectos del agente naranja.

Si bien el gobierno consagra cientos de miles de dólares a la guerra, dice no disponer de dinero para ayudar a los veteranos de Vietnam que viven en la calle, se pudren en los hospitales militares, sufren trastornos psicológicos y se suicidan en proporciones alarmantes... La amarga herencia de la guerra.

Después de la guerra del Golfo de 1991 el gobierno estadounidense se felicitaba porque, si bien las víctimas iraquíes rondaban las cien mil, sólo se deploraban ciento cuarenta y ocho víctimas entre los soldados estadounidenses. Sin embargo, lo que el gobierno omitió informar a la opinión pública (ver Klinenberg, pág. 36) es que doscientos mil veteranos de ese conflico iniciaron juicios por enfermedades o heridas que son consecuencia de esa guerra. En el curso de los doce años que siguieron, ocho mil trescientos excombatientes murieron y el Departamento de Excombatientes aceptó ciento sesenta mil reclamos por invalidez.

Recuerdos y olvidos

La traición a los soldados y a los veteranos prosigue durante la llamada "guerra contra el terrorismo". Se desvaneció la promesa de ver a los liberadores estadounidenses recibidos con flores y, al contrario, todos los días mueren soldados asesinados por la guerrilla iraquí, lo que significa claramente que no son bienvenidos en Irak. En un artículo aparecido en el Christian Science Monitor a fines del mes de julio de 2003, un oficial de la tercera división de infantería con base en Irak declaraba: "Hablemos con franqueza, la mayoría de los soldados que encontré tienen la moral muy baja".

Y los que vuelven con vida pero ciegos o impedidos advierten que la administración Bush recorta los presupuestos destinados a los ex combatientes. Aunque no deja de agradecer a los que sirven en Irak, Bush sigue con su discurso sobre el estado de la Unión y callando el número de los que regresaron gravemente heridos de una guerra cada vez más impopular.

La visita relámpago del Presidente en Irak con motivo de Thanksgiving (Día de Acción de Gracias), de la cual la prensa se hizo generoso eco, fue juzgada muy diferentemente por una enfermera militar de la base alemana de Landstuhl, donde se recibe a los heridos. Su mensaje dice: "Mi Thanksgiving presidencial fue un poco diferente. Lo pasé en el hospital ocupándome de un joven teniente de West Point herido en Irak. (...) Cuando se restriega los ojos con los puños y balancea la cabeza de adelante hacia atrás parece un chico. Mis diecinueve heridos de hoy se asemejan todos a muchachitos, pero perdieron piernas y brazos, o peor aun la vista. (...) Es una verdadera pena que Bush no haya podido invitarnos a la festividad. (...) Los muchachos concuerdan conmigo, pero eso nunca lo leerán en los diarios".

En cuanto a Jeremy Feldbush -quien perdió la vista en esta guerra- la antigua ciudad minera de Blairsville, de tres mil seiscientos habitantes, celebró su vuelta y el alcalde lo felicitó. Recordé al soldado ciego y amputado de todos sus miembros, protagonista de la novela de Dalton Trumbo, Johnny fue a la guerra 1. Tendido sobre su colchón, incapaz de hablar u oír, se acuerda de la fiesta que su ciudad organizó cuando partió a la guerra y de todos los grandes discursos sobre el honor de combatir por la libertad y la democracia. Cuando por fin encuentra un medio de comunicarse en morse con la cabeza, pide a las autoridades que lo trasladen a todas las escuelas de la región para mostrar a los niños la realidad de la guerra. Pero no le responden: "En un terrible instante lo comprende todo. Sólo tenían una idea en mente: olvidarlo".

De cierta manera la novela nos pedía, como hoy los veteranos que volvieron de esta guerra, no olvidar.

  1. Dalton Trumbo, Johnny fue a la guerra, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1972.
Autor/es Howard Zinn
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 58 - Abril 2004
Páginas:12,13
Traducción Teresa Garufi
Temas Conflictos Armados, Militares, Estado (Política)
Países Estados Unidos, Irak